
En nuestro anterior capítulo ofrecimos completa la Fábula de Polifemo y Galatea de Luis de Góngora.
Al final del poema ofrecemos nosotros el final del capítulo que Dámaso Alonso dedica a la obra:
Lo sereno y lo atormentado; lo lumínico y lo lóbrego; la suavidad y lo áspero; la gracia y la esquiveza y los terribles deseos reprimidos. Eterno femenino y eterno masculino, que forman toda la contraposición, la pugna, el claroscuro del Barroco. En una obra de Góngora se condensaron de tal modo, que es en sí ella misma como una abreviatura de toda la complejidad de aquel mundo y de lo que en él fermentaba. Sí, se condensaron – luz y sombra, norma e ímpetu, gracia y malaugurio – en la Fábula de Polifemo, que es, por esta causa, la obra más representativa del Barroco europeo.
Pero esto es lo asombroso: Galatea y Polifemo (lo celestial y lo telúrico) se resolvieron- estéticamente – en un organismo único: en esa Fábula de Polifemo y Galatea, ya unidad, ya eterna criatura de arte. Prodigio del arte.
En las tres estrofas de la dedicatoria al conde de Niebla, Góngora se proponía presentar una nueva versión de la dedicatoria de las Églogas de Garcilaso a Don Pedro de Toledo, que a continuación ofrecemos:
El dulce lamentar de dos pastores,
Salicio, juntamente y Nemoroso,
he de contar, sus quejas imitando;
cuyas ovejas al cantar sabroso
estaban muy atentas, los amores,
de pacer olvidadas, escuchando.
Tú, que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo,
y un grado sin segundo,
agora estés atento, solo y dado
al ínclito gobierno del Estado
Albano; agora vuelto a la otra parte,
resplandeciente, armado,
representando en tierra al fiero Marte;
agora de cuidados enojosos
y de negocios libre, por ventura
andes a la caza, el monte fatigando
en ardiente jinete, que apresura
el curso tras los ciervos temerosos,
que en vano su morir van dilatando;
espera, que en tornando
a ser restituido
al ocio ya perdido,
luego verás ejercitar mi pluma
por la infinita innumerable suma
de tus virtudes y famosas obras;
antes que me consuma
faltando a ti que a todo el mundo sobras
En tanto que este tiempo que adivino
viene a sacarme de la deuda un día
que se debe a tu fama y a tu gloria,
que es deuda general, no sólo mía,
mas de cualquier ingenio peregrino
que celebra lo dino de memoria;
el árbol de la victoria
que ciñe estrechamente
tu gloriosa frente
dé lugar a la hiedra que se planta
debajo de tu sombra, y se levanta
poco a poco, arrimada a tus loores;
y en cuanto esto se canta,
escucha tú el cantar de mis pastores.

Vemos que Garcilaso insta a Don Pedro de Toledo a que deje la política, la guerra o la caza y se pare a escuchar sus versos, al tiempo que exalta su figura (Tú, que ganaste obrando un nombre en todo el mundo, y un grado sin segundo).
Garcilaso, en su Égloga I, había hecho a su pastor Salicio dirigirse a una Galatea, que no es otra que Filomena:
5.
SALICIO
¡Oh más dura que mármol a mis quejas
y al encendido fuego en que me quemo
más helada que nieve, Galatea!
Estoy muriendo, y aun la vida temo;
témola con razón, pues tú me dejas,
que no hay sin ti el vivir para qué sea.
Vergüenza he que me vea
ninguno en tal estado,
de ti desamparado,
y de mí mismo yo me corro agora.
¿D’un alma te desdeñas ser señora
donde siempre moraste, no pudiendo
della salir un hora?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
6.
El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va de nuevo al oficio
y al usado ejercicio
do su natura o menester l’inclina;
siempre está en llanto esta ánima mezquina,
cuando la sombra el mundo va cubriendo,
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
7.
Y tú, desta mi vida ya olvidada,
sin mostrar un pequeño sentimiento
de que por ti Salicio triste muera,
dejas llevar, desconocida, al viento
el amor y la fe que ser guardada
eternamente solo a mi debiera.
¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera,
pues ves desde tu altura
esta falsa perjura
causar la muerte d’un estrecho amigo,
no recibe del cielo algún castigo?
Si en pago del amor yo estoy muriendo,
¿qué hará el enemigo?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
del agua fugitiva.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
13.
Siempre de nueva leche en el verano
y en el invierno abundo; en mi majada
la manteca y el queso está sobrado.
De mi cantar, pues, yo te via agradada
tanto que no pudiera el mantüano
Títero ser de ti más alabado.
No soy, pues, bien mirado,
tan disforme ni feo,
que aun agora me veo
en esta agua que corre clara y pura,
y cierto no trocara mi figura
con ese que de mi s’está reyendo;
¡trocara mi ventura!
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
14.
¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?
Si no tuvieras condición terrible,
siempre fuera tenido de ti en precio
y no viera este triste apartamiento.
¿No sabes que sin cuento
buscan en el estío
mis ovejas el frío
de la sierra de Cuenca, y el gobierno
del abrigado Estremo en el invierno?
Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
m’estoy en llanto eterno!
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
15.
Con mi llorar las piedras enternecen
su natural dureza y la quebrantan;
los árboles parece que s’inclinan;
las aves que m’escuchan, cuando cantan,
con diferente voz se condolecen
y mi morir cantando m’adevinan;
las fieras que reclinan
su cuerpo fatigado
dejan el sosegado
sueño por escuchar mi llanto triste:
tú sola contra mí t’endureciste,
los ojos aun siquiera no volviendo
a los que tú hiciste
salir, sin duelo, lágrimas corriendo.
16.
Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,
no dejes el lugar que tanto amaste,
que bien podrás venir de mí segura.
Yo dejaré el lugar do me dejaste;
ven si por solo aquesto te detienes.
Ves aquí un prado lleno de verdura,
ves aquí un’ espesura,
ves aquí un agua clara,
en otro tiempo cara,
a quien de ti con lágrimas me quejo;
quizá aquí hallarás, pues yo m’alejo,
al que todo mi bien quitar me puede,
que pues el bien le dejo,
no es mucho que’l lugar también le quede.
17.
Aquí dio fin a su cantar Salicio,
y sospirando en el postrero acento,
soltó de llanto una profunda vena;
queriendo el monte al grave sentimiento
d’aquel dolor en algo ser propicio,
con la pesada voz retumba y suena;
la blanda Filomena,
casi como dolida
y a compasión movida,
dulcemente responde al son lloroso.
Lo que cantó tras esto Nemoroso,
decildo vos, Pïérides, que tanto
no puedo yo ni oso,
que siento enflaquecer mi débil canto.

Observemos el verso decildo, vos, Pïérides, que tanto, muy semejante al 360 de la Fábula gongorina: ¡referidlo, Piérides, os ruego!
Hay en la obra de Garcilaso elementos presentes en Teócrito.
Así los versos
13.
Siempre de nueva leche en el verano
y en el invierno abundo; en mi majada
la manteca y el queso está sobrado.
Nos recuerdan a:
Pero a pesar de ser como soy, conduzco un rebaño de mil ovejas que, cuando las ordeño, me dan, para beber, la leche más buena del mundo. Nunca me falta el queso, ni en verano ni en otoño ni en pleno invierno, y mis zarzos están siempre llenos hasta arriba.
En fin, hasta aquí este breve repaso a la presencia de Polifemo en la literatura.
Remitimos aquí para las secuelas del Polifemo y a este otro lugar para otras obras sobre Polifemo.


