
Estos días estoy releyendo las Elegías Romanas de Goethe. En los próximos días o semanas se publicará aquí algún otro artículo sobre esta obra. Pero hoy, a vuela pluma y sin mucha profundización, me he decidido a ofrecer la Elegía XI.
Se me antoja un poema precioso y preciso. El poeta ofrece a las Gracias unas pocas hojas y unos capullos de rosa. Las Gracias son divinidades de la belleza, y, tal vez, en su origen, potencias de la vegetación. Esparcen la alegría en la Naturaleza, en el corazón de los humanos e incluso en el de los dioses. Habitan en el Olimpo en compañía de las Musas, con las cuales forman a veces coros. Pertenecen al séquito de Apolo, el dios músico. Se representan generalmente como tres hermanas llamadas Eufrósine, Talía y Áglae, tres jóvenes desnudas cogidas por los hombros; dos de ellas miran en una dirección y la del medio, en al dirección opuesta. Su padre es Zeus; su madre, Eurínome, hija de Océano. A veces, su madre es Hera en vez de Eurínome.
Se atribuye a las Gracias toda clase de influencias sobre los trabajos del espíritu y las obras de arte. Han tejido con sus propias manos el velo de Harmonía. Acompañan gustosas a Atenea (diosa de las labores femeninas y de la actividad intelectual), así como a Afrodita y Eros, y a Dioniso.

Esto es lo que dice Pierre Grimal en su Diccionario de Mitología Griega y Romana. Y es curioso que todos los nombres de dioses que aparecen en este artículo del Diccionario (Zeus, Hera, Apolo, Atenea, Afrodita, Eros y Dioniso) lo hacen también en el poema de Goethe (Jupiter = Zeus, Juno = Hera, Phöbus = Apolo, Minerva = Atenea, Bacchus = Dioniso, Cythere = Venus).

Alfonsina Janés en su introducción a la edición de las Poesías de Goethe en Bosch dice:
Las Elegías romanas son una alabanza de lo natural. La ética que las anima es el epicureísmo, el hedonismo; el hombre tiene la obligación de ser feliz; la vida práctica se orienta hacia las necesidades verdaderas del hombre de sentimientos naturales. Las elegías cantan una vida sin temores, el recogimiento, la renuncia al ajetreo de la vida pública y de la fama, la dedicación al estudio de la naturaleza y del arte, la discreción, el carácter sagrado de las fuerzas naturales, el reconocimiento pleno de los límites humanos, la aceptación sin temor de la caducidad y la muerte, el poder del amor que domina a hombres y dioses, el culto al amor por parte de todos aquellos a quienes ha sometido…
Pues bien, casi todo ello está presente en esta elegía: el poeta coloca las hojas en el altar de las Gracias (divinidades de la belleza y de la naturaleza; influencia sobre los trabajos del espíritu y obras de arte) sin temor (vida sin temores).
El artista disfruta en su taller (dedicación al estudio de la naturaleza y del arte). Un taller, pensamos, lleno de estatuas de divinidades (Goethe se dedicaba al dibujo), que le hacen compararlo a un Panteón, en la acepción primigenia del término, esto es, un templo dedicado a todos los dioses.
Y allí están Júpiter y su esposa Juno, uno bajando su cabeza y la otra alzándola. ¿Arrepentido el primero de una nueva aventura amorosa, altiva la segunda y echándole en cara su nueva infidelidad?
Goethe presenta a Apolo (Phöbus) con un atributo típico del dios de la música y el Sol: su rizada cabellera.

Atenea no está para bromas.
El ligero Hermes (recordemos sus atributos: sandalias aladas) es tierno y travieso.

En las miradas anhelantes de Afrodita a Baco, y en el recordado abrazo del dios del vino, podemos rastrear otro de los temas de Goethe en sus Elegías: el poder del amor que domina a hombres y dioses, el culto al amor por parte de todos aquellos a quienes ha sometido.
Pero, ¿quién es “der herrliche Sohn”, el espléndido o extraordinario hijo de Baco (Dioniso) y Venus (Afrodita = Cythere)? Pues no es otro que Príapo, representado en forma de personaje itifálico cuya misión era guardar las viñas y los jardines, particularmente los vergeles. Como dios asiático y por su condición de dios de la fecundidad, Príapo fue incluido en el cortejo de Dioniso, tanto más fácilmente cuanto que presentaba ciertas afinidades con Sileno y los sátiros.
Pausanias, en Descripción de Grecia, IX, 31, 2 nos dice:
ἐνταῦθα καὶ Τηλέφῳ τῷ Ηρακλέους γάλα ἐστὶν ἔλαφος παιδὶ μικρῷ διδοῦσα καὶ βοῦς τε παρ αὐτὸν καὶ ἄγαλμα Πριάπου θέας ἄξιον. τούτῳ τιμαὶ τῷ θεῷ δέδονται μὲν καὶ ἄλλως, ἔνθα εἰσὶν αἰγῶν νομαὶ καὶ προβάτων ἢ καὶ ἑσμοὶ μελισσῶν· Λαμψακηνοὶ δὲ ἐς πλέον ἢ θεοὺς τοὺς ἄλλους νομίζουσι, Διονύσου τε αὐτὸν παῖδα εἶναι καὶ Αφροδίτης λέγοντες.῾᾿
Hay también allí una cierva dándole leche a Télefo, hijo de Heracles, un niño pequeño, y junto a él un buey y una imagen de Príapo digna de ver. Este dios es venerado donde pastan cabras y ovejas y hay enjambres de abejas. Pero los de Lámpsaco lo veneran más que a los demás dioses, y dicen que es hijo de Dioniso y de Afrodita. (traducción de María Cruz Herrero Ingelmo, en Gredos)
En otras versiones, es hijo de Afrodita y Adonis o de Afrodita y el propio Zeus. Según ciertos mitógrafos, la deformidad física de Príapo era debida a los maleficios de Hera. Cuando Afrodita llegó al país de los etíopes, después de su nacimiento, sorprendió a todos los dioses por su belleza. Zeus quedó enamorado de sus gracias y se unió con ella. Afrodita estaba a punto de tener un hijo, pero Hera, temerosa de que este hijo, si reunía la belleza de su madre y el poder de su padre, se convirtiese en un peligro para los Olímpicos y, por otra parte, celosa de los amores de su marido, tocó el vientre de Afrodita, de modo que el niño nació deforme. Al venir al mundo, Príapo tenía un miembro viril enorme, desmesurado (nótese el fenómeno del priapismo). Al verlo, Afrodita temió que si hijo, y también ella misma, fuesen objeto de las burlas de los dioses y lo abandonó en el monte. Lo descubrieron unos pastores, los cuales lo criaron y tributaron culto a su virilidad. Por eso, según se decía, Príapo quedó como un dios rústico.
La información sobre Príapo vuelve a ser de Pierre Grimal y su libro citado.
No nos queda más que ofrecer el poema y su traducción. La traducción es de Alfonsina Janés, en Bosch, serie Erasmo, textos bilingües.
La traductora prefiere verter al español “wenigen” (pocas) como “estas”.
Euch, o Grazien…
XI
Euch, o Grazien, legt die wenigen Blätter ein Dichter
Auf den reinen Altar, Knospen der Rose dazu,
Und er tut es getrost. Der Künstler freuet sich seiner
Werkstatt, wenn sie um ihn immer ein Pantheon scheint.
Jupiter senket die göttliche Stirn, und Juno erhebt sie;
Phöbus schreitet hervor, schüttelt das lockige Haupt;
Trocken schauet Minerva herab, und Hermes, der leichte,
Wendet zur Seite den Blick, schalkisch und zärtlich zugleich.
Aber nach Bacchus, dem weichen, dem träumenden, hebet Cythere
Blicke der süßen Begier, selbst in dem Marmor noch feucht.
Seiner Umarmung gedenket sie gern und scheinet zu fragen:
“Sollte der herrliche Sohn uns an der Seite nicht steh’n?”
Gracias, sobre vuestro puro altar, coloca un poeta estas hojas
y además los capullos de la rosa;
y lo hace sin temor. El artista disfruta en su taller
aunque lo que lo rodea se asemeja a un panteón.
Júpiter baja su divina frente y Juno la alza;
hace su aparición Febo y va meciendo su ensortijada cabeza;
Minerva mira hacia abajo poco afable, y Hermes, el ligero,
aparta la vista a un lado, travieso y tierno a la vez.
Mas a Baco, el dúctil, el soñador, eleva Cítere
miradas de dulce anhelo, húmedas incluso en el mármol.
Piensa feliz en su abrazo y parece preguntar:
“¿No debiera por ventura el extraordinario hijo encontrarse a nuestro lado?”



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Un abrazo, Lucía.
Muchas gracias, Lucía, por tu comentario, que impulsa a seguir con el trabajo. Espero que este espacio os sea de alguna utilidad, u os sirva de deleite; así, y según el verso de Horacio: aut prodesse volunt aut delectare poetae (Arte Poética, 333), conseguiríamos uno de nuestros objetivos: la utilidad de lo que aportamos o su disfrute para nuestros lectores. Gracias.