ALEA IACTA EST
“El destino ya está decidido, el dado ya ha sido lanzado“. Alea era una especie de juego de dados con el que jugaban los romanos. La expresión se usa para indicar que en una empresa cualquiera todo queda ya en manos del destino o del azar o ya no hay posibilidad de volver atrás en alguna cosa, o cuando se toma una decisión importante. Iacta est es la tercera persona del singular del pretérito perfecto de indicativo pasivo del verbo iacio (lanzar).
Según Suetonio (Vida de los doce Césares, I, 32, 1) Julio César pronunció esta frase al pasar el río Rubicón, declarándose así en rebeldía contra el Senado y comenzando la guerra civil contra Pompeyo. En realidad, es la traducción al latín de un verso del comediógrafo griego Menandro.
En efecto, se cita como el original de la frase un fragmento de la Arrephoros de Menandro, citada en El banquete de los sofistas de Ateneo de Naucratis.
ΑΡΡΗΦΟΡΟΣ Η ΑΥΛΗΤΡΙΣ
Α. οὐ γαμεῖς, ἀν νοῦν ἔχῃς, τοῦτον καταλείπων τὸν βίον· γεγάμηκα γὰρ αὐτός· διὰ τοῦτό σοι παραινῶ μὴ γαμεῖν.
Β. δεδογμένον τὸ πρᾶγμ᾿· ἀνερρίφθω κύβος.
Α. πέραινε, σωθείης δέ· νῦν ἀληθινὸν εἰς πέλαγος αὑτὸν ἐμβαλεῖς γὰρ πραγμάτων,
La arréforo o la flautista
- No te casarás, si eres sensato, cuando dejes esta vida. Yo mismo me casé. Por eso te recomiendo que no te cases.
- El asunto está decidido. El dado se ha arrojado.
- Muy bien, que te vaya bien. Pero te vas a lanzar a un verdadero piélago lleno de problemas.
Aquí la frase en su contexto:
Consecutusque cohortis ad Rubiconem flumen, qui prouinciae eius finis erat, paulum constitit, ac reputans quantum moliretur, conuersus ad proximos: ‘etiam nunc,’ inquit, ‘regredi possumus; quod si ponticulum transierimus, omnia armis agenda erunt.’ cunctanti ostentum tale factum est. quidam eximia magnitudine et forma in proximo sedens repente apparuit harundine canens; ad quem audiendum cum praeter pastores plurimi etiam ex stationibus milites concurrissent interque eos et aeneatores, rapta ab uno tuba prosiliuit ad flumen et ingenti spiritu classicum exorsus pertendit ad alteram ripam. tunc Caesar: ‘eatur,’ inquit, ‘quo deorum ostenta et inimicorum iniquitas uocat. iacta alea est,’ inquit. atque ita traiecto exercitu, adhibitis tribunis plebis, qui pulsi superuenerant, pro contione fidem militum flens ac ueste a pectore discissa inuocauit.
Prosiguió a pie por estrechos senderos hasta el Rubicón, que era el límite de su provincia y donde le esperaban sus cohortes. Detúvose breves momentos, y reflexionando en las consecuencias de su empresa, exclamó dirigiéndose a los más próximos:
—Todavía podemos retroceder, pero si cruzamos este puentecillo, todo habrán de decidirlo las armas.
Cuando permanecía vacilando, un prodigio le decidió. Un hombre de talla y hermosura notables, apareció sentado de pronto, a corta distancia de él, tocando la flauta. Además de los pastores, soldados de los puestos inmediatos, y entre ellos trompetas, acudieron a escucharle; arrebatando entonces a uno la trompeta, encaminóse hacia el río, y arrancando vibrantes sonidos del instrumento, llegó a la otra orilla. Entonces César dijo:
—Marchemos a donde nos llaman los signos de los dioses y la iniquidad de los enemigos. Iacta alea est. (La suerte está echada.)
Cuando el ejército hubo cruzado el río, hizo presentarse a los tribunos del pueblo, que, arrojados de Roma, habían acudido a su campamento; arengó a los soldados y, llorando, invocó su fidelidad, rasgándose las vestiduras sobre el pecho.
Plutarco, en la Vida de Pompeyo, nos dice:
καὶ γὰρ ἐπὶ τὸν ῾Ρουβίκωνα ποταμὸν ἐλθών, ὃς ἀφώριζεν αὐτῷ τὴν δεδομένην ἐπαρχίαν, ἔστη σιωπῇ καὶ διεμέλλησεν, αὐτὸς ἄρα πρὸς ἑαυτὸν συλλογιζόμενος τὸ μέγεθος τοῦ τολμήματος. εἶτα, ὥσπερ οἱ πρὸς βάθος ἀφιέντες ἀχανὲς ἀπὸ κρημνοῦ τινος ἑαυτούς, μύσας τῷ λογισμῷ καὶ παρακαλυψάμενος πρὸς τὸ δεινόν, καὶ τοσοῦτον μόνον ῾Ελληνιστὶ πρὸς τοὺς παρόντας ἐκβοήσας, “᾿᾿Ανερρίφθω κύβος,” διεβίβαζε τὸν στρατόν.
Habiendo, pues, llegado al río Rubicón, que era el límite de su provincia, se paró pensativo y estuvo por algún tiempo meditando lo atrevido de su empresa. Después, como los que de un precipicio se arrojan a una gran profundidad, cerró la puerta a todo discurso, apartó los ojos del peligro, y sin articular más palabras que esta expresión en lengua griega: Tirado está el dado, hizo que las tropas pasaran el río.
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DIEM PERDIDI!
“He perdido un día! “. Perdidi es la primera persona del singular del pretérito perfecto del verbo perdo y diem es el acusativo de dies, diei (día). El emperador Tito, hijo de Vespasiano, pronunciaba estas palabras todos los días que no había podido hacer alguna buena acción. Nos lo transmite Suetonio en su obra Vida de los doce Césares, VIII, 8, 1.
Natura autem beniuolentissimus, cum ex instituto Tiberi omnes dehinc Caesares beneficia a superioribus concessa principibus aliter <rata> non haberent, quam si eadem isdem et ipsi dedissent, primus praeterita omnia uno confirmauit edicto nec a se peti passus est. in ceteris uero desideriis hominum obstinatissime tenuit, ne quem sine spe dimitteret; quin et admonentibus domesticis, quasi plura polliceretur quam praestare posset, non oportere ait quemquam a sermone principis tristem discedere; atque etiam recordatus quondam super cenam, quod nihil cuiquam toto die praestitisset, memorabilem illam meritoque laudatam uocem edidit: ‘amici, diem perdidi.’
Inclinado, naturalmente, a la benevolencia, fue el primero que prescindió de la costumbre, seguida desde Tiberio por todos los césares, de considerar nulas las gracias y concesiones otorgadas antes de ellos, si ellos mismos no las ratificaban expresamente; en un solo edicto declaró, en efecto, que eran todas válidas y no permitió que se solicitase aprobación para ninguna. En cuanto a las demás peticiones que podían hacerle, tuvo por norma no despedir a nadie sin esperanzas. Hacíanle observar sus amigos que prometía más de lo que podía cumplir, y contestaba, que nadie debía salir descontento de la audiencia de un príncipe. Recordando en una ocasión, mientras estaba cenando, que no había hecho ningún favor durante el día, pronunció estas palabras tan memorables y con tanta justicia celebradas: Amigos míos, he perdido el día.
FESTINA LENTE
“Date prisa despacio; apresúrate poco a poco“. Festina es la segunda persona del singular del imperativo de presente del verbo festino (darse prisa) y lente un adverbio de modo. Palabras atribuidas a Augusto (Suetonio, Vida de los doce Césares, II, 25, 4), al hablar de que la precipitación y la temeridad son los efectos que más debe evitar un general. Suetonio las cita en griego. Indican que es conveniente ir despacio cuando se pretende un trabajo bien hecho.
Dona militaria aliquanto facilius phaleras et torques, quicquid auro argentoque constaret, quam uallares ac murales coronas, quae honore praecellerent, dabat; has quam parcissime et sine ambitione ac saepe etiam caligatis tribuit. M. Agrippam in Sicilia post naualem uictoriam caeruleo uexillo donauit. solos triumphales, quamquam et socios expeditionum et participes uictoriarum suarum, numquam donis impertiendos putauit, quod ipsi quoque ius habuissent tribuendi ea quibus uellent. nihil autem minus [in]perfecto duci quam festinationem temeritatemque conuenire arbitrabatur. crebro itaque illa iactabat:
Σπεῦδε βραδέως· ἀσφαλὴς γάρ ἐστ᾿ ἀμείνων ἢ θρασύς στρατηλάτης.
et: ‘sat celeriter fieri quidquid fiat satis bene.’ proelium quidem aut bellum suscipiendum omnino negabat, nisi cum maior emolumenti spes quam damni metus ostenderetur. nam minima commoda non minimo sectantis discrimine similes aiebat esse aureo hamo piscantibus, cuius abrupti damnum nulla captura pensari posset.
Prefería dar como recompensas militares arneses, collares y preseas, cuyo valor lo constituían el oro y la plata, a coronas valarias o murales, mucho más ambicionadas. Extraordinariamente avaro de estas últimas, jamás las concedió al favor, y las dio casi siempre a simples soldados. Regaló a Agripa, después de su victoria naval en Sicilia, un estandarte de color de mar. Nunca otorgó estas distinciones a los que habían disfrutado los honores del triunfo, por más que hubiesen tomado parte en sus expediciones y contribuido a sus victorias; la razón era que ellos mismos habían tenido derecho para distribuir como quisieran estas recompensas. En su opinión, nada convenía menos a un gran capitán que la precipitación y la temeridad, y así repetía frecuentemente el adagio griego: Apresúrate lentamente, y este otro: Mejor es el jefe prudente que temerario, o también éste: se hace muy pronto lo que se hace muy bien. Decía asimismo que sólo debe emprenderse una guerra o librar una batalla cuando se puede esperar más provecho de la victoria que perjuicio de la derrota; porque, añadía, el que en la guerra aventura mucho para ganar poco, se parece al hombre que pescara con anzuelo de oro, de cuya pérdida no podría compensarle ninguna presa.
PECUNIA NON OLET!
El dinero no huele (no apesta). Frase atribuida al emperador Vespasiano cuando Tito le retrajo el hecho de haber establecido un impuesto sobre la orina de las letrinas (Vida de los doce Césares VIII, 23, 3). Parece que el amoníaco de la orina descompuesta se utilizaba para hacer desaparecer de la ropa las manchas de grasa, por lo que los bataneros ponían recipientes en los urinarios públicos para usar después la orina en sus oficios.
Vespasiano les hizo pagar un impuesto por colocar estos recipientes en los urinarios y Tito, su hijo, se lo recriminó. Vespasiano le mostró el primer dinero conseguido con el nuevo impuesto y le preguntó si olían. Al decir le que no, le contestó que venían de la orina. Suele decirse cuando se saca dinero de algún negocio sucio y se replica que el dinero no huele y es igualmente válido.
Reprehendenti filio Tito, quod etiam urinae uectigal commentus esset, pecuniam ex prima pensione admouit ad nares, sciscitans num odore offenderetur; et illo negante: ‘atquin,’ inquit, ‘e lotio est.’
Al reprocharle su hijo Tito que hubiera ideado incluso un impuesto sobre la orina; le puso ante las narices la suma que había obtenido del primer pago de este impuesto, preguntándole si le desagradaba el olor; y al responder aquél que no, replicó: “Pues ha salido de la orina”.
TU QUOQUE, FILI MI?
“Tú también, hijo mío? “. Fili mi son los vocativos singulares del sustantivo filius, filii (hijo) y del pronombre posesivo meus. -a, -um (mío). Según Suetonio (Vida de los doce Césares, I, 82, 2) algunas fuentes decían que Julio César dirigió estas palabras a su ahijado Marco Bruto, uno de sus asesinos, en los famosos Idus de Marzo (15 de marzo del 44 a. C.). Sin embargo, el historiador romano y otros lo niegan.
De todas maneras, Suetonio se hace eco de estas palabras y además, velando por la tradición, según la cual las pronunció en griego, así nos lo transmite en su obra:
Caesar Cascae brachium arreptum graphio traiecit conatusque prosilire alio uulnere tardatus est; utque animaduertit undique se strictis pugionibus peti, toga caput obuoluit, simul sinistra manu sinum ad ima crura deduxit, quo honestius caderet etiam inferiore corporis parte uelata. atque ita tribus et uiginti plagis confossus est uno modo ad primum ictum gemitu sine uoce edito, etsi tradiderunt quidam Marco Bruto irruenti dixisse: καὶ σὺ τέκνον exanimis diffugientibus cunctis aliquamdiu iacuit, donec lecticae impositum, dependente brachio, tres seruoli domum rettulerunt. nec in tot uulneribus, ut Antistius medicus existimabat, letale ullum repertum est, nisi quod secundo loco in pectore acceperat.
César le cogió a Cascas el brazo, atravesándoselo con su punzón, e intentó lanzarse fuera, pero una nueva herida le detuvo. Dándose cuenta entonces de que se le atacaba por todas partes con los puñales desenvainados, se envolvió la cabeza en la toga, al tiempo que con la mano izquierda dejaba caer sus pliegues hasta los pies, para caer más decorosamente, con la parte inferior del cuerpo también cubierta. Así fue acribillado por veintitrés puñaladas, sin haber pronunciado ni una sola palabra, sino únicamente un gemido al primer golpe, aunque algunos han escrito que, al recibir el ataque de Marco Bruto, le dijo: “¿Tú también, hijo?”. Mientras todos huían a la desbandada, quedó allí sin vida por algún tiempo, hasta que tres esclavos lo llevaron a su casa, colocado sobre una litera, con un brazo colgando. Según el dictamen del médico Antistio, no se encontró entre tantas heridas ninguna mortal, salvo la que había recibido en segundo lugar en el pecho.







