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Archive for 18/11/11

El centro de instrucción secundaria “Paideia”, fundado en el 2104, y próximo a cumplir 90 años de existencia, estaba orgulloso de ofrecer a su alumnado la mejor formación que un joven podía encontrar en Neápolis. El material más moderno e innovador, los mejores equipos electrónicos, audiovisuales, digitales, informáticos, tecnológicos o deportivos; los mejores laboratorios de biología, física o química. Una magnífica aula de música y un polifuncional salón de actos, así como un gimnasio completísimo y distintas pistas deportivas. Se sumaba a ello un excelente laboratorio de idiomas, auténtica envidia de otros centros, que había costado mucho dinero, aunque se mostraba cada día que pasaba como una gran inversión.

Pero no sólo las instalaciones eran de lo mejor y más moderno; los mejores docentes de cada materia se habían dado cita en aquel centro instructivo. No sólo eran profesionales de sólida formación universitaria, sino que todos habían realizado su master, su doctorado, su curso en el extranjero y había participado en numerosos cursos de perfeccionamiento en su materia y, en general, en didáctica, psicopedagogía, resolución de conflictos o recursos humanos.

La dirección del centro sabía explotar estos elementos para atraer a lo más granado de la sociedad neapolitana, a los hijos e hijas de las familias más acomodadas y también a los alumnos que en su instrucción primaria había destacado por su rendimiento académico. Éstos, aunque pertenecieran a familias menos acomodadas o de una clase social media o baja, eran admitidos en el centro, que les gestionaba una beca del estado o, directamente, la otorgaba el propio centro, pues era para él más importante contar con alumnado excelente que “perder” dinero, cosa que, por otro lado, no ocurría, ya que la matrícula y los gastos que suponían estudiar en el “Paideia” eran muy elevados.

Muchos de los alumnos del centro había conseguido premios estatales en instrucción y otros tantos llegaban a las diferentes universidades de la nación con impecables expedientes académicos.

El centro tenía como objetivo la instrucción integral del alumnado en todas las facetas del saber, desde la música a la educación física, pasando por la física, las matemáticas, la literatura, la tecnología o los idiomas. Todo de acuerdo a los vigentes planes de estudio y, en ellos, las materias de Latín y Griego no estaban presentes.

Sí lo estuvieron tiempo atrás, entre el año de fundación del centro y el 2173, año de desaparición del Latín; el Griego lo hizo en el 2151. También en ambas materias el centro contó con magníficos profesionales, entre los que destacaron Marcus Virgil y Titus Horace, en la asignatura de Latín, y Pindar Hesiod o Plato Menander, en Griego.

Estos profesores, esforzados, ilusionados, denodados, que esperaban, contra toda esperanza, un futuro mejor para sus asignaturas, trataron de comunicar  a sus alumnos su pasión por el mundo grecolatino, aquel mundo de la Tercera Era, tan lejano en el tiempo, pero tan cercano en el espíritu, en el modo de ser, en la lengua, en la cultura de Pangea.

No entendían la hostilidad de las autoridades educativas contra sus materias, tan poco nocivas, o ¿acaso sí porque obligaban a los alumnos a cuestionarse ciertas ideas, conceptos y a pensar y reflexionar?

Observaban con horror cómo la autoridad instructiva de la nación desmantelaba, en virtud de una muy opinable rentabilidad o utilidad de los conocimientos, los estudios clásicos y, en cualquier foro en el que se hallaran, advertían a quien quisiera escucharles de las consecuencias que llegaría a tener esta medida.

No olvidaban su trabajo docente en el que trataban de innovar y hacer uso de los medios digitales, informáticos, electrónicos y audiovisuales en el plano didáctico, para estar con los tiempos y atraer más a unos alumnos sometidos a una gran presión familiar, pedagógica y social que trataba de apartarlos de unos estudios inútiles, ineficaces, poco rentables y obsoletos.

No le valieron al griego los esfuerzos de personas como Pindar Hesiod o Plato Menander que en el centro “Paideia” desarrollaron una labor digna de encomio, que incluso consiguió premios nacionales, en alumnado y profesorado. Como se ha dicho, el griego desapareció de los planes de estudio universitarios en el 2138 y el 2151 fue el último año en el que se ejerció su docencia en la instrucción secundaria.

El primer profesor de griego del “Paideia” fue Plato Menander, desde su creación, en el 2104, y hasta el 2135. Le sucedió en el puesto Pindar Hesiod hasta el 2151, año de la eliminación de la materia en la instrucción secundaria. Durante un curso, el 2140-2141, este último estuvo ejerciendo la docencia de Historia Antigua, especialidad de la que era también Doctor, puesto que ya no existían los estudios de Filología Clásica, en la universidad “Koiné” de Neápolis y en el “Paideia” le sucedió un joven profesor que había finalizado la carrera de Estudios Clásicos en el 2138, año de su eliminación en los planes de estudio universitarios.

Con apenas 25 años el sustituto de Hesiod, llamado Homer Greek, se encargó de la docencia del griego en el selecto centro neapolitano. Su juventud y su inexperiencia le impidieron estar a la altura del titular de la plaza, pero, aun así, suplió su bisoñez, su falta de rodaje y su aún reciente, y poco asentada formación universitaria, con grandes dosis de ilusión, imaginación y trabajo.

Fue un curso realmente fructífero, que le permitió crecer como persona y como profesor. Tuvo la suerte de estar rodeado de buenos compañeros de trabajo y de tener un escaso, pero entusiasta grupo de alumnos, a los que impartía la docencia de Griego y de Cultura Grecolatina. En un primer momento le costó hacerse un hueco en el claustro de profesores que recelaba del sustituto del estimado y valorado Pindar Hesiod, pero poco a poco se granjeó la simpatía de sus compañeros que supieron ver en él a un joven amante del trabajo y de su asignatura, dispuesto a colaborar en todas las experiencias didácticas del centro y a aumentar la calidad de la instrucción que el “Paideia” ofrecía a la sociedad de Neápolis, y de Pangea en general, pues al centro acudían alumnos de otras localidades de la nación.

En el curso 2140-2141 corrían ya vientos muy contrarios a la lengua de Platón en los centros de instrucción secundaria, tras haber sido eliminados ya en la universidad, y el joven Homer Greek veía con gran preocupación su inminente futuro, lo cual no era óbice para entregarse a su trabajo, que él definía como un la inoculación en el alumnado de un virus absolutamente benigno, pero adictivo, a la lengua y cultura griegas, y también latinas, que había ocupado toda la Tercera Era. No entendía cómo los protagonistas de toda una Era en la historia de la Humanidad habían de ser borrados de la instrucción de los jóvenes pangeanos.

Su colectivo, bastante reducido, había luchado y lo continuaba haciendo contra la decisión gubernamental, que contaba incluso con la oposición de la Secretaria Yourcenar. Se había perdido la batalla en la universidad, pero aún no se había perdido la guerra de las Clásicas.

El resto de profesorado mostraba una actitud desigual ante los problemas del colectivo de instructores clásicos, por usar la terminología gubernativa. Mientras unos se mostraban solidarios con la gens classica, como a veces la llamaba Pindar Hesiod, y apoyaban sus quejas y reivindicaciones, otros permanecían ajenos a esta justa lucha y observaban el desarrollo de los acontecimientos con distanciamiento y frialdad.

Y llegó el final del curso. Pindar Hesiod se reincorporó desde su destino universitario y Homer Greek abandonó el “Paideia”, dejando un buen recuerdo entre compañeros colegas y alumnos y llevándose él también una magnífica impresión de aquel centro instructivo.

Por delante se le abría un futuro incierto.

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