Último capítulo de esta larga serie dedicada a las citas mitológicas en los Carmina Burana, iniciada el 30 de octubre de 2010, y que, en estos últimos números, se ha centrado en la figura de Paris.
Continuamos con el canto III de la Ilíada que iniciamos en nuestro anterior capítulo:
En tales términos habló. Helena sintió que en el pecho le palpitaba el corazón; pero al ver el hermosísimo cuello, los lindos pechos y los refulgentes ojos de la diosa, se asombró y dijo:
—¡Cruel! ¿Por qué quieres engañarme? ¿Me llevarás acaso más allá, a cualquier populosa ciudad de la Frigia o de la Meonia amena donde algún hombre dotado de palabra te sea querido? ¿Vienes con engaños porque Menelao ha vencido a Alejandro, y quiere que yo, la diosa, vuelva a su casa? Ve, siéntate al lado de Paris, deja el camino de las diosas, no te conduzcan tus pies al Olimpo; y llora, y vela por él, hasta que te haga su esposa o su esclava. No iré allá, ¡vergonzoso fuera!, a compartir su lecho; todas las troyanas me lo vituperarían, y ya son muchos los pesares que conturban mi corazón.
La diosa Afrodita le respondió colérica:
— ¡No me irrites, desgraciada! No sea que, enojándome, te abandone; te aborrezca de modo tan extraordinario como hasta aquí te amé; ponga funestos odios entre troyanos y dánaos, y tú perezcas de mala muerte.
Así habló. Helena, hija de Zeus, tuvo miedo; y echándose el blanco y espléndido velo, salió en silencio tras de la diosa, sin que ninguna de las troyanas lo advirtiera.
Tan pronto como llegaron al magnífico palacio de Alejandro, las esclavas volvieron a sus labores y la divina entre las mujeres se fue derecha a la cámara nupcial de elevado techo. La risueña Afrodita colocó una silla delante de Alejandro; sentóse Helena, hija de Zeus, que llevaba la égida, y apartando la vista de su esposo, le increpó con estas palabras:
—¡Vienes de la lucha… Y hubieras debido perecer a manos del esforzado varón que fue mi anterior marido! Blasonabas de ser superior a Menelao, caro a Ares en fuerza, en puños y en el manejo de la lanza; pues provócale de nuevo a singular combate. Pero no: te aconsejo que desistas, y no quieras pelear ni contender temerariamente con el rubio Menelao; no sea que en seguida sucumbas, herido por su lanza.
Contestó Paris:
—Mujer, no me zahieras con amargos reproches. Hoy ha vencido Menelao con el auxilio de Atenea; otro día le venceré yo, pues también tenemos dioses que nos protegen. Mas ea, acostémonos y volvamos a ser amigos. Jamás la pasión se apoderó de mi espíritu como ahora; ni cuando después de robarte, partimos de la amena Lacedemonia en las naves que atraviesan el ponto y llegamos a la isla de Cránae, donde me unió contigo amoroso consorcio: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de mí se apodera.
Dijo, y se encaminó al tálamo; la esposa le siguió, y ambos se acostaron en el torneado lecho. (Ilíada III, 395-448)
La traducción es de Luis Segalà i Estalella, en Espasa Calpe.
En el final del canto VI hay otra breve conversación entre los hermanos Paris y Héctor:
Οὐδὲ Πάρις δήθυνεν ἐν ὑψηλοῖσι δόμοισιν,
ἀλλ᾿ ὅ γ᾿, ἐπεὶ κατέδυ κλυτὰ τεύχεα ποικίλα χαλκῷ,
σεύατ᾿ ἔπειτ᾿ ἀνὰ ἄστυ ποσὶ κραιπνοῖσι πεποιθώς.
ὡς δ᾿ ὅτε τις στατὸς ἵππος ἀκοστήσας ἐπὶ φάτνῃ
δεσμὸν ἀπορρήξας θείῃ πεδίοιο κροαίνων
εἰωθὼς λούεσθαι ἐϋρρεῖος ποταμοῖο
κυδιόων· ὑψοῦ δὲ κάρη ἔχει, ἀμφὶ δὲ χαῖται
ὤμοις ἀΐσσονται· ὃ δ᾿ ἀγλαΐηφι πεποιθὼς
ῥίμφά ἑ γοῦνα φέρει μετά τ᾿ ἤθεα καὶ νομὸν ἵππων·
ὣς υἱὸς Πριάμοιο Πάρις κατὰ Περγάμου ἄκρης
τεύχεσι παμφαίνων ὥς τ᾿ ἠλέκτωρ ἐβεβήκει
καγχαλόων, ταχέες δὲ πόδες φέρον· αἶψα δ᾿ ἔπειτα
῞Εκτορα δῖον ἔτετμεν ἀδελφεὸν εὖτ᾿ ἄρ᾿ ἔμελλε
στρέψεσθ᾿ ἐκ χώρης ὅθι ἧ ὀάριζε γυναικί.
τὸν πρότερος προσέειπεν ᾿Αλέξανδρος θεοειδής·
ἠθεῖ᾿ ἦ μάλα δή σε καὶ ἐσσύμενον κατερύκω
δηθύνων, οὐδ᾿ ἦλθον ἐναίσιμον ὡς ἐκέλευες;
Τὸν δ᾿ ἀπαμειβόμενος προσέφη κορυθαίολος ῞Εκτωρ·
δαιμόνι᾿ οὐκ ἄν τίς τοι ἀνὴρ ὃς ἐναίσιμος εἴη
ἔργον ἀτιμήσειε μάχης, ἐπεὶ ἄλκιμός ἐσσι·
ἀλλὰ ἑκὼν μεθιεῖς τε καὶ οὐκ ἐθέλεις· τὸ δ᾿ ἐμὸν κῆρ
ἄχνυται ἐν θυμῷ, ὅθ᾿ ὑπὲρ σέθεν αἴσχε᾿ ἀκούω
πρὸς Τρώων, οἳ ἔχουσι πολὺν πόνον εἵνεκα σεῖο.
ἀλλ᾿ ἴομεν· τὰ δ᾿ ὄπισθεν ἀρεσσόμεθ᾿, αἴ κέ ποθι Ζεὺς
δώῃ ἐπουρανίοισι θεοῖς αἰειγενέτῃσι
κρητῆρα στήσασθαι ἐλεύθερον ἐν μεγάροισιν
ἐκ Τροίης ἐλάσαντας ἐϋκνήμιδας ᾿Αχαιούς
Paris no demoró en el alto palacio; pues así que hubo vestido las magníficas armas de labrado bronce, atravesó presuroso la ciudad haciendo gala de sus pies ligeros. Como el corcel avezado a bañarse en la cristalina corriente de un río, cuando se ve atado en el establo, come la cebada del pesebre y rompiendo el ronzal sale trotando por la llanura, yergue orgulloso la cerviz, ondean las crines sobre su cuello, y ufano de su lozanía mueve ligero las rodillas encaminándose al sitio donde los caballos pacen; de aquel modo, Paris, hijo de Príamo, cuya armadura brillaba como un sol, descendía gozoso de la excelsa Pérgamo por sus ágiles pies llevado. El deiforme Alejandro alcanzó a Héctor cuando regresaba del lugar en que había pasado el coloquio con su esposa, y así le dijo:
—¡Mi buen hermano! Mucho te hice esperar y estarás impaciente, porque no vine con la prontitud que ordenaste.
Respondióle Héctor, de tremolante casco:
— ¡Hermano querido! Nadie que sea justo reprochará tu faena en el combate, pues eres valiente, pero a veces te abandonas y no quieres pelear, y mi corazón se aflige cuando oigo murmurar a los troyanos, que tantos trabajos por ti soportan. Pero vayamos y luego lo arreglaremos todo, si Zeus nos permite ofrecer en nuestro palacio la copa de la libertad a los celestes sempiternos dioses, por haber echado de Troya a los aqueos de hermosas grebas. (Ilíada VI, 502-529)
Y hasta aquí esta serie de capítulos sobre las alusiones mitológicas en los Carmina Burana, tanto la colección medieval, como la versión de Carll Orff, que nos han permitido conocer un poco mejor a determinados personajes allí citados: la Ocasión, Hécuba, Paris, Flora, Procne o Filomena.






