Gustavo Bueno en Ontogenia y filogenia del basilisco, en El Basilisco (revista de filosofía, ciencias humanas, teoría de la ciencia y de la cultura) 1ª época, nº 1, 1978, dice sobre el nacimiento del basilisco:
En el siglo XIII habrá dejado de ser un misterio el origen del basilisco: los gallos, cuando son viejos, ponen un huevo pequeño que, incubado un día canicular en un establo por una bestia venenosa (o un sapo), produce el basilisco. Confluye así la filogénesis medieval del basilisco con la sabiduría egipcia sobre el ave Ibis. Sabido es que esta zancuda de regiones cálidas era muy respetada en Egipto porque libraba las riberas del Nilo de numerosos reptiles. El Ibis combate a los reptiles y, a la vez, se encuentra en el origen del basilisco: los egipcios creían que el basilisco nacía de un huevo de Ibis. Paradójicamente, los campesinos de las riberas del Nilo destruían los huevos del Ibis a fin de prevenir funestos nacimientos. Diríamos que en la Edad Media se ha sustituido el Ibis por el gallo, que es quien ahora pone el huevo del basilisco.
La vuelta del Ibis, pájaro migratorio, correspondía con las crecidas fertilizantes del Nilo: el Ibis fue símbolo de prosperidad, como protector de los trabajos campestres. Pero después de la venida del Ibis, de la crecida, llega la sequía. ¿No es ésta sequía producida por algo que nace del huevo del Ibis, la misma sequía producida por la mirada del basilisco? De hecho, los egipcios destruían ritualmente los huevos del Ibis.
En el capítulo XIV de la 1ª parte de El Quijote encontramos al basilisco en el episodio de Grisóstomo y la pastora Marcela. Tras la lectura de la Canción Desesperada de Grisóstomo, llena, por otra parte, de alusiones y citas de personajes mitológicos condenados a terribles penas como Ticio, Tántalo, Sísifo, Ixión, las Danaides o Cerbero, y cuando se disponen a leer otro de los papeles que se han salvado del fuego, aparece en la cima del monte la mismísima Marcela “tan hermosa, que pasaba a su fama su hermosura”:
Mas apenas la hubo visto Ambrosio, cuando con muestras de ánimo indignado, le dijo: ¿vienes a ver por ventura, oh fiero basilisco destas montañas, si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida; o vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición, o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma, o a pisar arrogante este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de que más gustas, que por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.
De nuevo tenemos alusiones a la cultura clásica (¿cómo quieres que entiendan, desatinado Wert, nuestros alumnos el Quijote sin unas mínimas nociones de cultura clásica?), en concreto, y además del basilisco, con el que compara a Marcela (fiero basilisco destas montañas) se cita a Nerón y el incendio de Roma o el episodio de Tulia que pasó por encima del cadáver de su padre Servio Tulio, rey de Roma, asesinado por su marido Tarquino, aunque un romance castellano hacía a Tulia hija de Tarquino.
En efecto, según nos narra Tito Livio (Ab Urbe Condita I, 48, 3-7), Servio Tulio, sexto rey de Roma, fue asesinado por unos emisarios de Lucio Tarquinio, casado con Tulia la menor, una de las hijas de idéntico nombre, de Servio Tulio. Las dos hermanas estaban casadas con dos hermanos: Lucio Tarquinio y Arrunte Tarquinio, pero se habían unido los caracteres más fogosos, violentos y ambiciosos con los más moderados y pacíficos: Lucio Tarquinio con Tulia la Mayor, y Arrunte Tarquinio con Tulia la Menor. Pero murieron las dos personas con carácter pacífico y se casaron Tulia la Mayor con Lucio Tarquinio, pese a la oposición de Servio. Desde entonces, como dice Livio, “comenzó a estar cada día menos segura la vejez de Tulio”. Tulia la Menor consiguió la muerte de su hermana y su cuñado y, tras casarse con Lucio Tarquinio, lo instigó a hacerse con el trono, a decirle que era digno de él, por ser hijo de Tarquinio Prisco. Éste se ganó el favor de senadores y jóvenes irrumpió un día en el foro y se sentó en el solio real de la curia, donde injurió al rey Servio Tulio diciendo que era un esclavo, hijo de una esclava. En pleno discurso de Lucio Tarquinio se presenta Servio Tulio que echa en cara a Tarquinio su osadía, pero Tarquinio agarra a Servio, lo saca de la curia y lo tira escaleras abajo. Servio, casi desangrado, huye a su casa, pero los emisarios de Tarquinio le dan alcance y lo matan.
Tito Livio escribe: “se supone, por ser algo en consonancia con sus otros crímenes, que esto se hizo por instigación de Tulia”. Y luego viene el episodio al que Cervantes, por boca de Ambrosio, se refiere (Ab Urbe Condita I, 48, 6-7):
A quo facessere iussa ex tanto tumultu cum se domum reciperet pervenissetque ad summum Cyprium vicum, ubi Dianium nuper fuit, flectenti carpentum dextra in Vrbium cliuum ut in collem Esquiliarum eueheretur, restitit pavidus atque inhibuit frenos is qui iumenta agebat iacentemque dominae Seruium trucidatum ostendit. Foedum inhumanumque inde traditur scelus monumentoque locus est—Sceleratum vicum vocant—quo amens, agitantibus furiis sororis ac viri, Tullia per patris corpus carpentum egisse fertur, partemque sanguinis ac caedis paternae cruento vehiculo, contaminata ipsa respersaque, tulisse ad penates suos virique sui, quibus iratis malo regni principio similes propediem exitus sequerentur.
Él le indicó que se alejase de aquel tumulto tan considerable y, al regresar a casa, cuando llegó a la parte más alta del barrio Ciprio – donde estaba hace poco el templo de Diana -, y giró a la derecha hacia la cuesta Urbia, para ganar la colina de las Esquilias, el cochero, asustado, se paró en secó con un tirón de riendas y mostró a su ama el cadáver de Servio tendido en el suelo. Allí ocurrió, según la tradición, un hecho infame de lesa humanidad y el lugar da fe de ello: se llama calle del Crimen, pues en ella Tulia, fuera de sí, presa de las furias vengadoras de su hermana y de su marido, hizo pasar, según dicen, el carro por encima del cuerpo de su padre, y llevó parte de la sangre del parricidio en el carro teñido de rojo, manchada ella misma por las salpicaduras, hasta los dioses del hogar suyos y de su marido; debido a la cólera de éstos penates, al mal comienzo de aquel reinado iba a suceder pronto un final semejante.
La traducción es de José Antonio Villar Vidal, en Gredos.
Hecho el paréntesis sobre Tulia, a propósito del parlamento de Ambrosio, seguimos con el Capítulo XIV de El Quijote. En su respuesta Marcela vuelve a usar el término basilisco:
El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala: el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá, ni seguirá, en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato?







[...] Gustavo Bueno en Ontogenia y filogenia del basilisco, en El Basilisco (revista de filosofía, ciencias humanas, teoría de la ciencia y de la cultura) 1ª época, nº 1, 1978, dice sobre el nacimiento d… [...]
[...] Gustavo Bueno en Ontogenia y filogenia del basilisco, en El Basilisco (revista de filosofía, ciencias humanas, teoría de la ciencia y de la cultura) 1ª época, nº 1, 1978, dice sobre el nacimiento d… [...]