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Archive for 24/12/08

O magnum mysterium!

El acontecimiento que celebramos esta noche provocó la creación del responsorio para el canto de Maitines del día de Navidad, O magnum mysterium. El texto es el siguiente:

O magnum mysterium

et admirabile sacramentum,

ut animalia viderent Dominum natum,

jacentem in præsepio.

Beata virgo, cujus viscera meruerunt

portare Dominum Christum, Alleluia!

O gran misterio

y admirable sacramento,

que los animales vieran al Señor nacido,

echado en un pesebre.

Feliz la virgen, cuyas entrañas merecieron

llevar al Señor Jesucristo ¡Aleluya!

Este sencillo canto ha merecido la atención de numerosos compositores. Todos ellos compusieron para estas palabras auténticas obras maestras, desde Byrd a Lauridsen, pasando por Palestrina o Victoria.

Música que ayuda a reflexionar qué celebramos exactamente en Navidad y, también, ¿por qué no?, en la condición humana y que merece, hoy, un sitio en nuestro blog.

Primero Victoria:

Aquí, con la partitura:

Luego Byrd, en arreglo de Lundgren:

Finalmente, Lauridsen, en dos versiones. La primera de un magnífico coro filipino en directo:

La segunda grabada, a cargo de los Robert Shaw Chamber Singers:

Realmente, la obra de Lauridsen es emocionante; como lo es el Benedictus de The Armed man: A Mass for peace de Karl Jenkins. En esta noche de paz, confiamos en que este preciado don llegue pronto a todos los rincones de la tierra; entre otros títulos el Niño que hoy nace lleva el de Príncipe de la Paz.

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Apócrifo, en el sentido etimológico de la palabra (viene de ἀπόκρυφος “oculto” y éste de ἀποκρύπτω “ocultar”) significa “cosa escondida, oculta”. Este término servía en la antigüedad para designar los libros que se destinaban exclusivamente al uso privado de los adeptos a una secta o iniciados en algún misterio. Tales eran entre los romanos los libros Sibilinos y el Ius Pontificum. Después esta palabra vino a significar libro de origen dudoso, cuya autenticidad se impugnaba.

Entre los cristianos se designó con este nombre a ciertos escritos cuyo autor era desconocido y que desarrollaban temas ambiguos, si bien se presentaban con el carácter de sagrados. Por esta razón, el término apócrifo vino con el tiempo a significar escrito sospechoso de herejía o, en general, poco recomendable.

Además de los citados apócrifos paganos, se encuentran apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento.

La noción de apócrifo neotestamentario… está íntimamente ligada con el concepto de canon de las Sagradas Escrituras. Según esto, podremos incluir en la citada categoría todos los escritos que, desarrollando temas análogos a los de los libros canónicos del Nuevo Testamento, pretenden de forma más o menos velada arrogarse el carácter de sagrados y equipararse a los que la Iglesia tiene como inspirados, sin que, a pesar de todo, hayan conseguido ser recibidos oficialmente por ella en el canon.

Nos consta, en efecto, por el testimonio de San Lucas (1, 1) que, ya desde el principio, muchos emprendieron el trabajo de coordinar la narración de las cosas que tuvieron lugar en tiempo de Jesús. Orígenes (185- 254), cuando comentaba este pasaje, distinguía ya, al lado de los cuatro evangelios inspirados y recibidos como tales por la Iglesia, otros muchos “compuestos por quienes se lanzaron a escribir evangelios sin estar investidos de la gracia del Espíritu Santo”, y que, por tanto, estaban destituidos de toda autoridad. Según él, tales libros estaban, sobre todo, en poder de los herejes.

Lo que llevamos escrito es el comienzo de la Introducción general a la edición crítica y bilingüe de Los evangelios apócrifos, acargo de Aurelio de Santos Otero en la BAC (Biblioteca de Autores Cristianos).

De los Apócrifos de la Natividad hemos elegido los extractos del Liber de Infantia Salvatoris que el propio de Santos ofrece en su cuidada edición. De la introducción a estos extractos aportamos estos fragmentos:

De entre las muchas narraciones apócrifas dependientes, próxima o remotamente, del Protoevangelio, escogemos el Liber de infantia Salvatoris, por sus abundantes rasgos de originalidad…

Dada la gran semejanza que existe entre este apócrifo y el Pseudomateo (a veces se dan verdaderas interopolaciones), se discute sobre la relación de prioridad entre ambos. Aunque la cuestión no está definitivamente resuelta y las opiniones de los críticos son encontradas, parece que debe descartarse la opinión que considera a nuestro apócrifo como fuente de inspiración para el Ps. Mt. y, por tanto, anterior.

El estilo, en efecto, dista mucho de reflejar aquella artificiosa ingenuidad característica de los apócrifos antiguos. Su carácter fluido y novelístico, al par que elegante, acusa la mano de un erudito compilador carolingio (s. IX) que ha ido recogiendo datos diversos y los ha ido amalgamando en una composición personal. Su labor ha consistido, sobre todo, en completar profusamente con toda clase de detalles pintorescos los episodios ya conocidos, pero susceptibles de interés; en refundir otros según su propio gusto y en aludir ligeramente a los que eran ya demasiado conocidos.

Pueden darse ciertamente episodios bastante antiguos y desconocidos hasta el presente 8sobre todo los referentes al nacimiento), que James hace depender del vetusto Evangelio de Pedro (s.II); pero éstos, en frase de Cecchelli, “provano tutt’al più la utilizzazione di altri testi oltre il Protoevangelio di Giacomo e lo Pseudo Matteo, non la grande antichità di tutta la redazione attuale”.

El afán de dejar bien en claro lo relativo a la virginidad de María hace que a veces se encuentren en el relato expresiones de marcado sabor docético, lo cual no prueba, sin embargo, que el autor fuera formalmente un hereje.

Hasta aquí la introducción de Aurelio de Santos.

En estos apócrifos se ha basado gran parte de la iconografía navideña y de los detalles que inundan nuestros belenes.

 

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Del Liber de infantia Salvatoris hemos elegido el pasaje en el que la comadrona Zaquel, a la que José ha buscado para que asista en el parto a María,  narra a José y su hijo Simeón una cosa maravillosa (rem admirabilem).

Es una narración bastante desconocida, pero muy bella que describe el estupor que se produce en toda la naturaleza en el momneto del nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios.

Zaquel comienza: Itaque intende in verba mea et in corde tuo retine (Así pues, presta atención a mis palabras y reténlas en tu corazón).

Cum introissem ad puellam inspiciendam, inveni eam faciem sursum habentem et intendentem in caelum et secum loquentem. Ego vero suspicor quia orabat et benedicebat Altissimum . Cum ergo venissem ad eam, dixi ei:”Filia dic mihi, non aliquem dolorem sentis aut aliquis locus membrorum tuorum tenetur doloribus?” Illa autem quasi nihil audiret, et sicut solida petra ita inmobilis permanebat in caelum intendens.

In illa hora requieverunt omnia silentio maximo cum timore. Nam et venti cessaverunt non dantes flatum suum, neque aliquis ex foliis arborum motus est neque aquarum sonitus auditus est, neque moverunt se flumina, neque maris fluctuatus erat, et omnia aquarum nascentia siluerunt, neque vox hominum sonuit, et erat silentium magnum. Nam et ipse polus cessavit ab ea hora ab agilitate cursus. Mensurae horarum pene transirant, omnia cum timore magno siluerant stupentia nos exspectantes adventum altitudinis Dei terminum saeculorum.

Cum ergo approssimavit hora, processit virtus Dei i palam. Et satns puella intuens in caelum et vinea facta est. Iam enim procedebat terminus bonorum. Cum vero processisset lux, adoravit eum quae se vidit enixam. Erat autem ipse infans solummodo circumfulgens, vehementer mundus et iocundissimus in respectu, quoniam totum pax pacans solus apparuit. In illa autem hora quan natus est, audita est vox multorum invisibilium una voce dicentium: Amen. Et ipsa lux quae nata est, multiplicata est et de claritate luminis sui solis lumne obscuravit, et repleta est haec spelunca lumine claro cum odore suavissimo. Sic autem nata est haec lux quemadmodum ros de caelo descendit super terram. Nam odor illius super omnem odorem unguentorum fragrat.

Ego autem steti stupens et mirans et timor apprehendit me. Intendebam enim in tantam claritatem luminis nati. Ipsa autem lux paulisper in se residens assimilavit se infanti et in continenti factus infans ut solent infantes nasci. Et assumpsi audaciam et inclinavi me et tetigi eum, levavique eum in manibus meis cum magno timore, et perterrita sum quod non erat pondus in eo sicut hominis nati. Et inspexi eum, et non erat in eo aliqua coinquinatio, sed erat quasi in rore Dei Altissimi totus nitidus corpore, levis ad portandum, splendidus ad respiciendum, et dum nimis mirarer eo quod non ploraret sicut soliti sunt nati infantes plorare, et dum tenuissem eum in faciem intendens, risit ad me iocundissimum risum, apreriensque oculos intendit in me argute, et subito regressa est lux magna de oculis eius tanquam choruscus magnus.

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Cuando hube entrado para examinar la doncella, la encontré con la faz vuelta hacia arriba, mirando al cielo y hablando consigo misma. Yo creo que estaba en oración y bendecía al Altísimo. Cuando hube, pues, llegado hasta ella, le dije: “Dime, hija ¿no sientes por ventura alguna molestia o tienes algún miembro dolorido?” Mas ella continuaba inmóvil mirando al cielo, cual una sólida roca y como si nada oyese.

En aquel momento se pararon todas las cosas, silenciosas y atemorizadas: los vientos dejaron de soplar; no se movió hoja alguna de los árboles, ni se oyó el ruido de las aguas; los ríos quedaron inmóviles y el mar sin oleaje; callaron los manantiales de las aguas y cesó el eco de voces humanas. Reinaba por doquier un gran silencio. Hasta el mismo polo abandonó desde aquel momento su vertiginoso curso. Las medidas de las horas habían ya casi pasado. Todas las cosas se habían abismado en el silencio, atemorizadas y estupefactas. Nosotros (estábamos) esperando la llegada del Dios alto, la meta de los siglos.

Cuando llegó, pues, la hora, salió al descubierto la virtud de Dios. Y la doncella, que estaba mirando fijamente al cielo, quedó convertida (como) en una viña, pues ya se iba adelantando el colmo de los bienes. Y en cuanto salió la luz, la doncella adoró a Aquel a quien reconoció haber ella misma alumbrado. El niño lanzaba de sí resplandores, lo mismo que el sol. Estaba limpísimo y era gratísimo a la vista, pues sólo El apareció como paz que apacigua todo (el universo). En la misma hora de nacer se oyó la voz de muchos espíritus invisibles que decíana a una voz: “Amén”. Y aquella luz se multiplicó y oscureció con su resplandor el fulgor del sol, mientras que esta cueva se vio inundada de una intensa claridad y de un aroma suavísimo. Esta luz nació de la misma manera que el rocío desciende del cielo  a la tierra. Su aroma es más penetrante que el perfume de todos los ungüentos de la tierra.

Yo, por mi parte, quedé llena de estupor y de admiración y el miedo se apoderó de mí, pues tenía fija mi vista en el intenso resplandor que despedía la luz que había nacido. Y esta luz fuese poco a poco condensando y tomando la forma de un niño, hasta que apareció un infante (tal) como suelen ser los hombres al nacer. Yo entonces cobré valor: me incliné, le toqué, le levanté en mis manos con gran reverencia y me llené de espanto al ver que no tenía el peso (propio) de un recién nacido. Le examiné y vi que no estaba manchado lo más mínimo, sino que su cuerpo todo era nítido, como acontece con la rociada del Dios Altísimo; era ligero de peso y radiante a la vista. Y mientras me tenía sorprendida el ver que no lloraba, como suelen hacerlo los recién nacidos, y estaba mirándole de hito en hito, me dirigió una gratísima sonrisa; después, abriendo los ojos, fijó en mí una penetrante mirada y al instante salió de su vista una gran luz como si fuera un relámpago.

Bellísimo y detallista relato el de la comadrona Zaquel. Silencio expectante, luz refulgente, sonrisa gratísima, olor de Dios, temor y reverencia a Dios, consciencia de ser testigo de un hecho excepcional.

Relato, aunque apócrifo, interesante. Desde luego el nacimiento de Jesús, a nuestro entender, debió ser más “normal”, como el de cualquier niño, pero a los testigos de aquel nacimiento no se les escapó que algo sublime, pero a la vez sencillo, estaba ocurriendo: la Encarnación de Dios, con todo lo que eso supone.

Esta noche admiraremos, un año más, con agradecimiento este misterio profundo que ocurrió de la forma más sencilla que pueda imaginarse. Dios nace pobre, Dios nace fuera de su hogar, Dios nace sin estrépito, Dios nace sencillo, Dios nace débil, Dios de nace de noche.

¡Feliz Navidad del 2008 a todos los lectores de este blog!

postalxiquet

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