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Archive for 22/10/09

lansquenetes

Pero pasemos a hablar de la figura de los lansquenetes. De este lugar aportamos la siguiente información:

El término de lansquenete apareció en Alemania hacia 1470. Lo aplicó Pedro de Hagenbach, gran Bailío de Alsacia, a los soldados de infantería mercenarios reclutados en tierras germanas por cuenta de Carlos el Temerario. La palabra viene del alemán Landsknecht; de Land: tierra o país, y Knecht: servidor. Se denominaba así al soldado de origen germánico, que durante los siglos XV y XVI se extendió por los países de Europa occidental formando tropas mercenarias. Su formación se debió al abuelo de Carlos V, el emperador Maximiliano I de Austria. Una de las razones de su creación fue la necesidad de contar con unas fuerzas capaces de enfrentarse a la mejor infantería de su época: los suizos. Aunque la razón primordial debió de ser la falta de apoyo militar que la nobleza alemana concedía a Maximiliano para sostener las guerras del Imperio, por ello parece lógico que decidiese la creación de este cuerpo. El encargado de hacerlo fue Jorge von Frundsberg, que a pesar de ser luterano fue fiel vasallo a la casa de Habsburgo hasta su muerte. Mandó reclutar gente en el campo y las ciudades con el compromiso de equiparlos y pagarles, adoptando así el modelo suizo. Ha de considerársele como el verdadero padre de los lansquenetes, ya que además de formarlos fue su primer jefe militar, consiguiendo darles una cohesión moral y un entrenamiento superior al que tenían los mercenarios suizos, enemigos mortales de los germanos. Aún así, al crearse dichas unidades, se inspiraron en el método suizo, pero con el tiempo no sólo lo igualaron sino que lo mejoraron al fusionarlos con el de sus aliados españoles. Su táctica se basaba en la formación grandes cuadros de piqueros, con disciplina férrea para realizar una defensa o ataques. Su talón de Aquiles se resume en una sola frase: “Si no hay dinero, no hay lansquenetes”.

Georg_von_Frundsberg


Esa reclamación fue oída demasiadas veces, siendo una de las causas que llevaron a los generales a desconfiar de ellos, además de su tendencia a pasarse al enemigo si éste pagaba mejor, cosa natural por ser mercenarios (a pesar de que en teoría eran fieles a su emperador). Llegaron a tener fama de revoltosos e indisciplinados, actitud motivada casi siempre por la morosidad  de los soberanos que los contrataban.

Para reclutar a estos mercenarios el emperador recurría a un militar con licencia para formar un regimiento cuyo reglamento estaba perfectamente estipulado. Este coronel, el Obrist, reclutaba en primer lugar a su segundo y a continuación a tantos capitanes como compañías hubiera previstas. El anuncio del reclutamiento se hacía con gran acompañamiento de tambores. Un buen coronel como Von Frundsberg podía alistar 20.000 hombres en unas cuantas semanas. Las condiciones esenciales para ser aceptado eran: el poseer armas propias, espada o pica; tener como mínimo un jubón propio y estar calzado. Una vez seleccionado el recluta debía acudir con su equipo completo a un lugar de reunión, el Musterung. El hombre se integraba entonces con los demás reclutas, que a continuación se colocaban en dos columnas frente a frente. En un extremo de dichas columnas se formaba un arco, una especie de yugo romano, con dos alabardas y una pica y, al pie del mismo, se situaba un oficial. Éste era el encargado de comprobar que todo el que se presentaba tenía su equipo mínimo, pero también que gozaba de buena salud y era fuerte. Sólo podían franquear el arco los reclutas alistados. Los hombres recibían entonces su peculio y se reunían alrededor del Obrist, quien daba lectura a sus derechos y obligaciones. A continuación juraban fidelidad al emperador, a su causa y a sus oficiales. El alistamiento tenía una duración mínima de seis meses; el juramento podía renovarse al finalizar este periodo. El Obrist, seguidamente, nombraba oficialmente a su segundo, el Locotent, frente a la tropa, y luego formaba un estado mayor constituido entre otros por un jurista, un preboste, un verdugo, un carcelero, etc., además de los capitanes, quienes a su vez, designaban a sus oficiales en sus respectivas compañías. Formaban en regimientos de 10 compañías de 400 hombres cada una. Cada compañía se dividía en 40 pelotones, cada uno de los cuales contaba con 10 soldados (piqueros o arcabuceros) o 6 “Doble Paga” (Doppelsöldner) armados con mandobles. El regimiento solía constar de 4.000 hombres, aunque usualmente no llegaba a estar completo y estaba mandado por un coronel. Los “Doble Paga” eran lansquenetes veteranos que cobraban el doble de un salario normal, ya fuese por dicha veteranía o por el tipo de arma utilizado: el mandoble. Su misión principal consistía en abrir huecos en el cuadro enemigo y debilitar a las primeras filas, lugar donde normalmente formaban los mejores hombres. Aquellos contaban con una línea de infantes dispuestos en guerrilla, “Verlorene Haufe” (soldados sin esperanza), normalmente combatientes penados, que podían enmendar sus crímenes luchando en una de las posiciones más peligrosas, aunque también se les unían otros combatientes sedientos de gloria y de mayor paga… si es que sobrevivían a la batalla.

lansquenete1

Aquí y aquí hay más información.

Como en el primer artículo de esta miniserie decíamos, en la novela León el Africano de Amin Maalouf hay referencia a este cuerpo militar en el último capítulo de la obra (dentro de “El libro de Roma”) y que lleva por título El año de los lansquenetes 933 de la Hégira (8 de octubre de 1526-26 de septiembre de 1527).

Los fragmentos seleccionados son éstos:

En el momento de su muerte, el jefe de las Bandas Negras estaba intentando, desesperadamente, impedir que se juntaran, en el norte de Italia, dos poderosos ejércitos imperiales: uno, compuesto ante todo por castellanos, que se encontraba en el Milanesado; el otro, el más peligroso con mucho, formado por lansquenetes alemanes, casi todos luteranos de Baviera, de Sajonia y de Franconia. Habían cruzado los Alpes e invadido el Trentino con el convencimiento de haber recibido una misión divina: castigar al papa, culpable de haber corrompido a la cristiandad. Diez mil herejes frenéticos, avanzando contra el papa bajo la bandera de un emperador católico: tal fue el azote que cayó sobre Italia aquel año.

Aprovechando la niebla que hacía inútil la artillería instalada en Sant’Angelo, los lansquenetes escalaron la muralla por varios puntos y se dispersaron por las calles. Algunas personas pudieron escapar aún y llegar al castillo, llevando en la mirada el relato de los primeros horrores. Luego fueron llegando otros testimonios.

¡Por el Dios que me ha hecho recorrer el ancho mundo, por el Dios que me ha hecho vivir el tormento de El Cairo y el de Granada, nunca he visto de cerca tanta bestialidad, tanto odio, tanto sanguinario encarnizamiento, tanto placer en la matanza, la destrucción, el sacrilegio!

¿Me creería alguien si dijera que regocijados lansquenetes violaron a las monjas sobre los altares antes de estrangularlas? ¿Me creería alguien si dijera que saquearon los monasterios, que despojaron a los monjes de sus vestiduras y los forzaron, bajo la amenaza del látigo, a pisotear el crucifijo y a proclamar que adoraban a Satán el Maldito; que los antiguos manuscritos de las bibliotecas sirvieron de pasto a gigantescas fogatas a cuyo alrededor bailaban los soldados borrachos; que ni un santuario, ni un palacio, ni una casa se libraron del saqueo; que ocho mil ciudadanos perecieron, sobre todo los pobres, mientras los ricos permanecían rehenes hasta que se pagara un rescate?

Clement_VII._Sebastiano_del_Piombo._c.1531.

A veces, algunos milicianos, algunos restos de las Bandas Negras, intentaban impedir el acceso a las encrucijadas, pero pronto quedaban desbordados por las oleadas de asaltantes. En el barrio del Borgo, y sobre todo en las proximidades del palacio del Vaticano, los guardias suizos resistieron con admirable valor, sacrificándose por decenas, por cientos, para defender cada calle, cada edificio, retrasando así algunas horas el avance de los Imperiales. Pero acabaron por sucumbir ante el número y los lansquenetes invadieron la plaza de San Pedro al grito de:

-¡Lutero papa! ¡Lutero papa!

Clemente VII estaba aún en su oratorio, ignorante del peligro. Un obispo vino a tirarle, sin contemplaciones, de la manga:

-¡Santidad! ¡Santidad! ¡Ya llegan! ¡Os matarán!

El papa estaba de rodillas. Se levantó y se apresuró hacia el corredor que conduce a Sant’Angelo, mientras el obispo le llevaba el bajo de la sotana para que no tropezara. Pasó corriendo delante de una ventana y un soldado imperial le disparó una salva, pero sin alcanzarlo.

-¡Santidad, vuestra sotana blanca se ve demasiado! – le dijo su acompañante, apresurándose a taparlo con su propio manto malva, menos llamativo.


Amin_Maalouf

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