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Archive for 18/03/10

Es hora ya de que ofrezcamos el texto griego de la parábola del hijo pródigo y su traducción.

επεν δέ, νθρωπός τις εχεν δύο υούς. κα επεν νεώτερος ατν τ πατρί, πάτερ, δός μοι τ πιβάλλον μέρος τς οσίας. δ διελεν ατος τν βίον. κα μετ ο πολλς μέρας συναγαγν πάντα νεώτερος υἱὸς πεδήμησεν ες χώραν μακράν, κα κε διεσκόρπισεν τν οσίαν ατο ζν σώτως.

δαπανήσαντος δ ατο πάντα γένετο λιμς σχυρ κατ τν χώραν κείνην, κα ατς ρξατο στερεσθαι. κα πορευθες κολλήθη ν τν πολιτν τς χώρας κείνης, κα πεμψεν ατν ες τος γρος ατο βόσκειν χοίρους· κα πεθύμει χορτασθναι κ τν κερατίων ν σθιον ο χοροι, κα οδες δίδου ατ.

ες αυτν δ λθν φη, πόσοι μίσθιοι το πατρός μου περισσεύονται ρτων, γ δ λιμ δε πόλλυμαι. ναστς πορεύσομαι πρς τν πατέρα μου κα ρ ατ, πάτερ, μαρτον ες τν ορανν κα νώπιόν σου, οκέτι εμ ξιος κληθναι υός σου· ποίησόν με ς να τν μισθίων σου.

κα ναστς λθεν πρς τν πατέρα αυτο. τι δ ατο μακρν πέχοντος εδεν ατν πατρ ατο κα σπλαγχνίσθη κα δραμν πέπεσεν π τν τράχηλον ατο κα κατεφίλησεν ατόν. επεν δ υἱὸς ατ, πάτερ, μαρτον ες τν ορανν κα νώπιόν σου, οκέτι εμ ξιος κληθναι υός σου.

επεν δ πατρ πρς τος δούλους ατο, ταχ ξενέγκατε στολν τν πρώτην κα νδύσατε ατόν, κα δότε δακτύλιον ες τν χερα ατο κα ποδήματα ες τος πόδας, κα φέρετε τν μόσχον τν σιτευτόν, θύσατε κα φαγόντες εφρανθμεν, τι οτος υός μου νεκρς ν κα νέζησεν, ν πολωλς κα ερέθη. κα ρξαντο εφραίνεσθαι.

ν δ υἱὸς ατο πρεσβύτερος ν γρ· κα ς ρχόμενος γγισεν τ οκί, κουσεν συμφωνίας κα χορν, κα προσκαλεσάμενος να τν παίδων πυνθάνετο τί ν εη τατα. δ επεν ατ τι δελφός σου κει, κα θυσεν πατήρ σου τν μόσχον τν σιτευτόν, τι γιαίνοντα ατν πέλαβεν.

ργίσθη δ κα οκ θελεν εσελθεν. δ πατρ ατο ξελθν παρεκάλει ατόν. δ ποκριθες επεν τ πατρ ατο, δο τοσατα τη δουλεύω σοι κα οδέποτε ντολήν σου παρλθον, κα μο οδέποτε δωκας ριφον να μετ τν φίλων μου εφρανθ· τε δ υός σου οτος καταφαγών σου τν βίον μετ πορνν λθεν, θυσας ατ τν σιτευτν μόσχον.

δ επεν ατ, τέκνον, σ πάντοτε μετ μο ε, κα πάντα τ μ σά στιν· εφρανθναι δ κα χαρναι δει, τι δελφός σου οτος νεκρς ν κα ζησεν, κα πολωλς κα ερέθη.


Añadió: Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo al padre: “Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde”. Él les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor reunió todo y emigró a un país lejano, donde derrochó su fortuna viviendo como un libertino.

Cuando gastó todo, sobrevino una carestía grave en aquel país, y empezó a pasar necesidad. Fue y se puso al servicio de un hacendado del país, el cual lo envió a sus campos a cuidar cerdos. Deseaba llenarse el estómago de las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

Entonces recapacitando pensó: “A cuántos jornaleros de mi padre les sobra el pan mientras yo me muero de hambre. Me pondré en camino a casa de mi padre y le diré: He pecado contra Dios y te he ofendido; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros”.

Y se puso en camino a casa de su padre. Estaba aún distante cuando su padre lo divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó. El hijo le dijo: “Padre, he pecado contra Dios y te he ofendido, ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados: “Enseguida, traed el mejor vestido y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado y matadlo. Celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado. Y empezaron la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Cuando se acercaba a casa, oyó música y danzas y llamó a uno de los criados para informarse de lo que pasaba. Le contestó: “Es que ha regresado tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”.

Irritado, se negaba a entrar. Su padre salió a rogarle que entrara. Pero él respondió a su padre: “Mira, tantos años llevo sirviéndote, sin desobedecer una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos. Pero, cuando ha llegado ese hijo tuyo, que ha gastado tu fortuna con prostitutas, has matado para él el ternero cebado”.

Le contestó: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado.


Prosigue diciendo Francesc Ramis.

Desde el aspecto literario nuestra historia constituye una parábola. En ella aparece la confrontación de dos actitudes opuestas: la de los dos hermanos y la del padre.

La actitud de los dos hijos

El hijo menor

a) La decisión de dejar la casa del Padre

La regla fundamental, en el derecho israelita, es que solo los hijos varones tienen derecho a la herencia. Entre ellos, el mayor tiene una posición privilegiada y recibe el doble que los demás en la distribución de los bienes paternos (Dt 21, 17; metafóricamente 2 Re 2, 9). Sin embargo, en nuestro texto, es el hijo menor quien pide al padre la parte correspondiente de la heredad.

El menor, el que tenía menos derecho, pide a su padre un lote de la fortuna familiar. No se limita a “pedir”, sino que “exige”. La palabra “dame” figura en imperativo (δός = imperativo de aoristo del verbo δίδωμι). No se dirige a su padre mediante una súplica, o una solicitud; lo hace exigiendo una prerrogativa. El padre respeta la libertad de su hijo; y, sin replicar nada, reparte los bienes entre los dos hermanos. Después, el hijo menor, reuniendo todo lo suyo, abandona la casa paterna y se encamina a un país lejano.

b) La experiencia de una vida que se destruye

Lejos de la casa del padre y en una tierra extraña, las condiciones se vuelven adversas. Para explicarnos plásticamente el estado de abandono que padece, la narración se vale de frases muy duras:

Se ajustó con uno de los habitantes de aquel país = ἐκολλήθη ἑνὶ τῶν πολιτῶν τῆς χώρας ἐκείνης

Aquel hijo que, tal vez, había abusado de su derecho al obligar a su padre a repartir la herencia, ahora tiene que “ajustarse” a las condiciones que le impone un desconocido en un país extranjero y en tiempo de hambre. Todos hemos experimentado, en nuestra vida que la existencia se hace más dura cuando debemos adaptarnos a las leyes del mundo por haber abandonado los preceptos de Dios.

– … lo mandó a sus campos a guardar cerdos = ἔπεμψεν αὐτὸν εἰς τοὺς ἀγροὺς αὐτοῦ βόσκειν χοίρους

Guardar cerdos era, desde la perspectiva de la religión judía, una actividad degradante e inaceptable. La misma legislación israelita prohíbe comer carne de cerdo, y el Antiguo Testamento considera el cerdo como un animal impuro (Dt 14, 8). El Nuevo Testamento, destacando la repugnancia judía hacia los cerdos, nos cuenta la curación del endemoniado de Gerasa (Lc 8, 26-39): los demonios que salen de aquel enfermo penetran en el cuerpo de los puercos, en lo más inmundo. La situación del hijo menor es peor que la de los mismos cerdos. Éstos pueden comer algarrobas, pero él ni siquiera puede saciarse con esta comida. Desearía comer el alimento de los puercos, pero nadie se lo da.


c) La decisión por rehacer la vida

Cuando la situación de este hombre no puede ser más desesperada, decide volver a la casa del padre. Pero fijémonos, con atención, en las razones que le impulsan a regresar al hogar paterno.

– La primera motivación, la más profunda y también la más real, es el hambre. La primera razón por la cual piensa volver no es por amor a su padre, ni para reconstruir la unidad familiar. La actitud de fondo por la que decide retornar es porque “no tiene donde caerse muerto” (como diríamos en un lenguaje coloquial): “Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí estoy muriéndome de hambre”.


– Una vez que ha padecido el dolor del hambre y el abandono, aparece una segunda reflexión: “He pecado contra el cielo y ante ti”. La expresión “pecar contra el cielo” (ἁμαρτάνειν εἰς τὸν οὐρανὸν) equivale a “pecar contra Dios”. Durante el siglo I, los judíos no citaban el nombre de Dios. Únicamente lo pronunciaba con voz temblorosa el Sumo Sacerdote cuando, una vez al año, entraba en el recinto más sagrado y recóndito del Templo. En el habla cotidiana los judíos sustituían la palabra “Dios” por el término “cielo”; así, la realidad divina permanecería envuelta en el misterio.

Esa segunda reflexión es crucial. El hijo menor se da cuenta de que él ha pecado. Su situación no es fruto de la casualidad ni de la mala suerte. Él mismo ha desordenado y arruinado su vida. Precisamente eso es el pecado: romper nuestra propia vida; hacer añicos el proyecto de Dios para con nosotros y destrozar la relación con los hermanos. La “cornada” del hambre le hace descubrir que él ha malbaratado su propia existencia y, a la vez, arruinado el proyecto de su padre en favor suyo.

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