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Archive for 6/05/10

¿España no es Grecia?

Hemos escuchado esta frase muchas veces estos últimos días. La frase que da título a este artículo, usada, eso sí, como afirmación se ha convertido en una especie de mantra repetido hasta la saciedad. Sólo hay que escribirlo en Google y observar los resultados. Éste, o este otro; quizá aquél o el de más allá. Hay quien lo repite tres veces, cual jaculatoria del Rosario.

La frase me sirve de excusa para hablar sobre la herencia griega, sobre el por qué de la presencia del griego en los estudios de bachillerato en España y sobre la evidente importancia de la Grecia antigua en nuestra cultura actual.

En la introducción al currículum de Griego I y II en el Decreto que establece el currículum del bachillerato en la Comunidad Valenciana leemos:

La principal finalidad del griego en el Bachillerato es la asimilación por parte del alumnado de todos los aspectos culturales que, nacidos en la Grecia Antigua, permanecen vigentes hoy en el mundo moderno: lingüísticos, literarios, filosóficos, estéticos, éticos, políticos, científicos, etc., es decir, la comprensión de nuestra cultura partiendo del estudio de la cultura griega. La razón fundamental por la que nos acercamos a ella es la de perfeccionar el conocimiento de nosotros mismos, ya que como herederos culturales de los griegos, el estudio de su mundo y su cultura nos debe hacer aumentar el conocimiento del nuestro, tanto en aquella parte que nos une, y que es mucha, como en la que nos separa. Por ello, aunque pertenezca al área de la lengua, en la enseñanza del griego siempre se unen lengua y cultura, ya que este estudio se desarrollará sobre escritos literarios, filosóficos, históricos… de la cultura griega, y se deducen los aspectos positivos que hay que fomentar en el alumno. Es fundamental el conocimiento de la estructura de la lengua griega, ya que, la iniciación del estudio gramatical en las lenguas clásicas del Bachillerato debe permitir, por traslación, una mayor reflexión relativa al hecho lingüístico y la estructura tanto la propia lengua, como de las otras lenguas del currículo, reflexión que hasta ahora había quedado reducida.

Una de las mayores justificaciones de las lenguas clásicas en la enseñanza ha sido el despliegue del pensamiento lógico de los alumnos por medio del trabajo de traducción.

El acceso y la interpretación de los textos, de diferentes tipo y autores, que habrán estado presentados de una manera adecuada, unos originales, en la medida del posible, y otros de traducidos, les permitirá el conocimiento directo del pensamiento de los autores griegos y se descubrirá los múltiples indicios que aún persisten en el mundo actual. El contacto con las más notables muestras del legado de Grecia, con los aspectos más significativos de su historia y cultura, llevará a cabo la profundización en unas señales de identidad que se hacen relevantes, aún, en nuestros días.


Cuando analizamos la realidad que nos rodea en el mundo actual, no podemos evitar hacer referencia al mundo griego. Prácticamente todo lo que hace referencia a la conducta del ser humano ya se ha dado, se ha estudiado, y además, poseemos infinidad de referencias y antecedentes para basarnos en los acontecimientos del mundo griego o en las referencias posteriores a estas épocas. Así, los temas más candentes de la vida contemporánea, como el amor y la lucha, la libertad y la esclavitud, el ciudadano y el estado, la vida y la muerte, el hombre y la divinidad se encuentran tratados en el mundo griego tan profusamente como en el mundo actual y por eso se pueden extraer muchas enseñanzas.

Hasta aquí nuestro extracto del citado Decreto. Y proseguimos.

“Que cada uno sea a su modo griego, pero que lo sea”: este aforismo de Goethe (1749-1832), escrito en uno de los momentos más radiantes de la cultura europea, no ha perdido, hoy en día, ni un ápice de su profunda significación. En Grecia se pusieron los fundamentos de la cultura europea (de Grecia toma Europa hasta su nombre) y todo intento por ser “ser humano” debe inspirarse, necesariamente, en la concepción griega de la “humanidad”, aunque no nos percatemos. Según Dilthey (1833-1911) tres son los fermentos constitutivos de lo que nombramos “europeo”: la concepción del mundo como un κόσμος (cosmos) racional y ordenado, plástico, con el hombre en su centro – es la herencia griega -; la grandiosa concepción del Derecho Romano – la razón escrita – ; y la decisiva aportación del Cristianismo que, a su vez, recoge la herencia grecorromana, dándole un nuevo sentido. Hasta la mitad del siglo XX el mundo griego y su herencia han suscitado un enorme interés, reflejado en todos los campos de la cultura (literatura, arte, filosofía, enseñanza, pintura, historia, etc.) y lo continúa haciendo, salvo la enseñanza, por lo menos en nuestro país.

En efecto año tras año los planes de estudio se han encargado de arrinconar las asignaturas “clásicas” y la LOGSE signó, sino de iure, sí de facto la sentencia de muerte del latín y sobre todo del griego. Con la LOE la situación no ha cambiado mucho. Y eso no porque desaparezcan las asignaturas en sí, sino porque quedan en una de las dos modalidades de Bachillerato y porque dentro de la modalidad a la que pertenecen deben competir duramente, sobre todo el griego, con un gran número de asignaturas de modalidad socialmente más “útiles” o pedagógicamente más “llamativas”. La Cultura Clásica, con la última reforma (LOE) es de oferta obligatoria en tercer curso de ESO y el Latín es materia troncal con otras siete materias de las que el alumnado debe elegir tres.

Ya hemos hablado de la situación de nuestras optativas en otra ocasión.

Cuando en los países, en los que las reformas educativas que eliminaban el estudio del mundo clásico, se produce un revitalización de lo que llamamos clásicas, en España las últimas reformas, con 20 años de retraso, han puesto la lápida encima de la tumba, ya excavada por anteriores planes de estudio, del latín y el griego.

Confiamos en que de aquí 20 años llegue a España el renacimiento de la cultura clásica. Pero dejémonos de lamentaciones (recordamos el proverbio chino: si tu mal tiene remedio, por qué te quejas; si no le tiene, por qué quejarte) y volvamos a destacar la importancia del estudio del griego.

El mundo griego – ¿quien lo duda? – continúa interesando a los hombres de hoy. Continúa siendo una de las fuentes inagotables de nuestra vida espiritual.

En efecto, “El pensar europeo empieza con los griegos, y desde entonces no hay otra manera de pensar. Los europeos no tenemos opción. Tenemos la seguridad de que aquellos que filosofamos o hacemos ciencia siguiendo esta forma griega de pensar, independientemente de las condiciones históricas de su desarrollo, estamos tendiendo a lo absoluto e inmutable: tendemos hacia la verdad. Más aún, no sólo tendemos, sino que realmente alcanzamos algo absoluto, constante, verdadero.”

(Bruno Snell, Las fuentes del pensamiento europeo, Razón y Fe, Madrid, 1963, página 7)

No se puede negar el milagro. Todos los que han conocido Grecia, han orado, a su modo, sobre la Acrópolis. Todos los que han estudiado sus obras, han proclamado la deuda de la Humanidad. Ha habido en el globo un pequeño rincón de la tierra donde, bajo el cielo más bonito, hubo hombres dotados de una organización intelectual única, donde las artes y las letras se reflejaron sobre las cosas de la Naturaleza como una segunda luz: en estas palabras de Ingrès se encontrará el comentario para todo cuanto se ha escrito sobre Grecia.”

(H. Berr en el prefacio al libro de A. Jardé, La formación del pueblo griego, Cervantes, Barcelona, 1926).

La Grecia Antigua es hoy para nosotros no un ideal supremo, sino un mundo de experiencias humanas; un mundo a nuestra medida y en el que nos reconocemos a nosotros mismos. Es muy cierto que también otros pueblos y culturas del pasado han desarrollado interesantes civilizaciones, pero el caso griego es especial. En primer lugar la aventura humana de los griegos se nos ofrece como un ciclo completo desarrollado con características propias en una zona bien definida y en un espacio de tiempo relativamente breve y muy preciso.

En segundo lugar las realizaciones helénicas no sólo han dejado una fuerte huella sobre las nuestras, sino que han estado incorporadas a nuestra cultura y como tales las hemos transmitido a pueblos de otras áreas. Tenemos una filiación irrenunciable que nos une a ellas.

La relación que enlaza nuestra cultura y nuestro mundo con el mundo y la cultura griegas hace de nosotros – queramos o no – herederos de la Hélade y estamos llamados a continuar la experiencia humana que se inició en Grecia.

La asunción de esta experiencia confirma nuestra identidad propia, por qué (con palabras de Zubiri) no es que los griegos sean nuestros clásicos: es que, en cierto modo, los griegos somos nosotros. Herencia griega son el predominio de la razón crítica, que lleva hacia actitudes propicias al desarrollo del pensamiento filosófico-científico y a la creación de métodos de investigación; situaciones de conflicto y oscilaciones en las bases fundamentales de la vida humana: religión, organización social, fórmulas políticas, planteamientos éticos…, con respuestas actuales que reproducen a un nivel más amplio y en forma más compleja las que se suscitaron en varios momentos en la Antigua Grecia; los problemas – límite del ser humano -encuentran su expresión en los mitos que, elaborados en la antigüedad, perpetúan su vigencia entre nosotros, manteniéndose vivos y abiertos a la reinterpretación (en filosofía, poesía, arte, etc.).

No podríamos agotar en breve espacio la simple enumeración de los hechos que indican la penetración de los elementos culturales helénicos en nuestro mundo moderno, y no sólo en Occidente, sino en todas las zonas del planeta, ya que a todas ha llegado, de forma más o menos oportuna, la cultura occidental, que dio sus primeros y definitivos pasos en el Hélade.

Jacqueline de Romilly concluye su libro de 1997 ¿Por qué Grecia?, al que ya nos hemos referido en otra ocasión, con estas palabras:

Resulta incluso asombroso constatar que, en nuestra época de rechazo de los estudios griegos, esa influencia se manifieste de dos formas muy diferentes y de alcance muy desigual. La primera es visible y, al menos en apariencia, muy objetiva. Se traduce en modas, por el recurso a nombres propios y a vagas alusiones mitológicas. El hilo de Ariadna o el complejo de Edipo son recuerdos griegos; los juegos olímpicos y la maratón, también. La Europa que forjamos a toda marcha lleva nombre griego y se vale gustosa de una heroína raptada por Zeus. Todos los espectadores de televisión están acostumbrados a escuchar fórmulas como ésta: “Ariane 5 va a alcanzar a Hermes”. Y hasta los más ignaros de los jóvenes intelectuales hablan con más satisfacción del eros que del amor.

Esta moda me divierte. No descansa en ningún conocimiento serio, pero comporta, no obstante, implicaciones reveladoras. Supone, en algunos casos, que las palabras griegas conservan su fuerza y su claridad: el eros (ἔρως) no es ni la philía (φιλία) ni el ágape (ἀγάπη); el eros es por tanto más claro que el amor. Más a menudo, estos usos suponen la proyección de los símbolos, incluso desviados de su sentido o segados de su origen: el complejo de Edipo o la maratón no sobrevivirían si muchas generaciones no hubieran oído hablar de esas imágenes límite del crimen o de la hazaña. Y, por último, constataremos que estos griegos son de todos y de nadie; y, como en muchos otros terrenos, la Grecia antigua proporciona un lenguaje que, una vez más lo diré, es universal.

Sin embargo, aunque estas supervivencias me divierten – pequeños icebergs que flotan a la deriva sin que nadie sepa ya por qué están ahí -, existe otra supervivencia, mucho más profunda y desconocida por casi todos. Lo queramos o no, está hecha de ideas que viven en nosotros sin que lo sepamos – como nuestro corazón o nuestra sangre – y que, a través de distintos intermediarios, provienen de la Grecia antigua. En efecto, la herencia griega, basada en la aspiración a lo universal, se ha convertido en el espíritu mismo de nuestra civilización occidental. La condena de la violencia, la tolerancia, el respeto de la justicia y el deseo de libertad son un poco los lemas que se atribuyen a la democracia. Y detrás de los lemas se ocultan fuerzas vivas, a las que, en nuestros días, resulta ya peligroso resistirse. Por el contrario, en la época en la que Europa se crea, puede no resultar indiferente reconocer esta deuda, cuando la tendencia es en demasiadas ocasiones a olvidar.

Cuando vemos que disidentes checos invocan contra la tiranía las lecciones de Tucídides, hay sin duda ahí un escorzo; y la mayoría de ellos, seguramente, no conocen a Tucídides. Sin embargo, su actitud se corresponde a la perfección con la lección de Grecia, y quizá no se la comprendería sin el impulso primero dado en Grecia hace veinticinco siglos.

Sólo hemos hablado aquí de política, pero la sensibilidad en nuestros diversos países, los hábitos de pensamiento y el esfuerzo hacia la claridad, la ciencia, la filosofía – ese esfuerzo que casi nunca ha cesado desde entonces -, remiten de nuevo a las primeras audacias de Grecia en esos diversos ámbitos.


Incluso si se llega a cortar hoy días el contacto con ese momento privilegiado de la historia de la humanidad, no se destruirá esa larga maduración, a lo largo de la cual ha dado sus frutos, en nosotros.

Un corte semejante sería absurdo, culpable y peligroso. Al intentar responder a la pregunta “¿Por qué Grecia?”, respondemos siempre un poco a la pregunta más habitual y prosaica que plantea: “¿Por qué el griego?”.

Después de todo, los atenienses de entonces eran muy conscientes de lo que hacían y del papel que merecían desempeñar. Tucídides le hace decir a Pericles que Atenas es para Grecia una “lección viva”, una “educación”, una paideusis (παίδευσις). Lo fue para los griegos y los griegos lo fueron para todos nosotros: que Grecia tuviera un presentimiento tan fuerte de ello me tranquiliza y me maravilla.

Hasta aquí el fragmento de Jacqueline de Romilly.

¿España no es Grecia? nos preguntábamos en el título. Puede que en el sentido económico y financiero en el que se ha usado últimamente esta frase, quizás no lo seamos (así lo espero por nuestro bien).

Pero en otros muchos sentidos sí somos Grecia, como han dicho Goethe, Snell, Berr, Zubiri o Romilly, pese a que muchos no lo quieran ver, lo ignoren o se nieguen a reconocerlo.

Todos, sin embargo, al definir, calificar o etiquetar la situación económica que afecta a la Unión Europea han unido a la palabra “crisis” el gentilicio “griega”. ¿Sabrán que al hacerlo han unido la palabra “crisis” (κρίσις) al país de cuya lengua toma su origen etimológico?

crisis.

(Del lat. crisis, y este del gr. κρσις).

1. f. Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente.

2. f. Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.

3. f. Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese.

4. f. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes.

5. f. Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente.

6. f. Escasez, carestía.

7. f. Situación dificultosa o complicada.

¿España no es Grecia? Sí, lo es, y en gran medida.

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