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Archive for 15/06/10

Seguimos con el comentario de Emiliano J. Buis al texto de Demóstenes, en su Contra Aristócrates, 71, 1-10.

A diferencia de la imputabilidad noxal que vimos en Solón, aquí la procedencia de los juicios contra objetos materiales no se fundaría en criterios de responsabilidad objetiva, como podríamos inferir a partir de nuestro pensamiento jurídico actual, en el cual uno es responsable por la falta de cuidado en la conducta de los objetos o animales bajo su guarda. Por el contrario, ninguna mención se hace en el testimonio demosténico de quien es propietario de la cosa. Por el contrario, se percibe que son los objetos inanimados mismos los que son imputables y, si se los reconoce como culpables, deben ser expulsados del territorio ático.

Si bien a priori se podría suponer que, con el juzgamiento de los animales asistimos en la mentalidad griega a una suerte de asimilación de las fieras a la condición humana –sobre todo en cuanto a la presencia de una misma sumisión al ejercicio institucional de la justicia cívica-, los ejemplos en realidad nos indican lo contrario. En efecto, lejos de acercarse a los hombres, los animales terminan siendo asimilados en su modalidad de castigos a la categoría de los objetos materiales.

En una sociedad sumida en el poder de la violencia humana y en la necesidad de reducirla, lo bestial y violento, pues, no son categorías que se atribuyen a los animales, sino a los propios hombres: de allí que el propio Demóstenes, al referirse a la criticable postura que niega el acceso a la justicia a los hombres, sostiene que la falta de procesos es, en definitiva, contrario a la religión y algo bestial (δεινὸν). Lo terrible y monstruoso, pues, no se encuentra como propiedad inherente al universo de los animales, sino que caracteriza los comportamientos de las criaturas pensantes que se apartan de las conductas tenidas por justas y lícitas; frente a estos ciudadanos sumidos en la violencia, tal como hemos visto, los ζα se ven en el plano del derecho ateniense desprovistos de bestialidad y, de alguna manera ‘cosificados’ en su tratamiento procesal.

Sin embargo, nos parece que la verdadera naturaleza de estas contraposiciones entre bestialidad y humanidad, subjetividad y objetividad, y la explicación concreta de la responsabilidad penal de los animales, solamente pueden ser percibidas a la luz de las confluencias entre ambos supuestos de procedimientos judiciales. En este sentido, encontramos en el propio texto algunas semejanzas particulares entre un pleito en el que comparecen los individuos como acusados y las querellas que involucran la responsabilidad de entidades “inhumanas”: de hecho, en ambos supuestos reconocemos un mismo principio de imputabilidad y de culpa, apreciable en el texto a través de la doble aparición del término αἰτία.

Fieras, hombres y objetos son igualmente susceptibles de ser llevados a juicio en Atenas. ¿Implica esto una suerte de subjetivización jurídica de los animales o de las cosas, un reconocimiento institucional de una bestialidad extrahumana que el derecho civiliza e incorpora? La respuesta negativa surge de otro breve testimonio de la oratoria, que deviene ilustrativo para aclarar nuestra lectura. Se trata del pasaje 244 (6-9) del discurso 3 (Contra Ctesifón) de Esquines, en el cual un comentario lateral sugiere una asimilación entre los objetos sancionados y la mano de quien comete suicidio:

ε τ μὲν ξύλα κα τοὺς λίθους κα τὸν σίδηρον, τ ἄφωνα κα τ ἀγνώμονα, ν τ ἐμπεσόντα ἀποκτείνῃ, ὑπερορίζομεν, κα ν τις αὑτὸν διαχρήσηται, τὴν χεῖρα τὴν τοῦτο πρξασαν χωρὶς το σώματος θπτομεν.

Y por un lado a las maderas, piedras y al hierro, cosas que no hablan y que no sienten, las arrojamos fuera de las fronteras en caso de que mataran a alguien al caer sobre él, y si alguien se mata a si mismo, enterramos la mano que lo hizo separada del cuerpo.

La comparación del pasaje de Esquines con las fuentes previamente expuestas permite introducir una nueva categoría a la que se aproximan las tramitaciones judiciales contra los bienes materiales, que es el caso de quien provoca su propia muerte. En efecto, la disociación del brazo de la integridad corpórea del suicida permite distinguir el objeto fragmentado que causó el hecho delictivo, por un lado, del propio cuerpo-objeto de la víctima, y nos coloca así  frente a un nuevo caso en el que no hallamos un sujeto individual al que pueda serle atribuida la culpabilidad de la acción. Los objetos sin voz y sin experiencia, como los productos de la naturaleza ejemplificados del mismo modo que en la enumeración del texto de Demóstenes, son condenados a una exclusión forzada, lejos de su víctima fatal, del mismo modo en que la mano del suicida debe ser apartada de las fronteras cerradas del espacio funerario consagrado al muerto.

La expulsión y el alejamiento encuentran un sentido común en todos estos supuestos, que queda revelado por el tratamiento unificado de los casos en el campo de competencias de un mismo tribunal. Dentro de la pluralidad específica de cortes destinadas a llevar adelante los juicios sobre los distintos tipos de homicidio, el Pritaneo -presidido por el arconte basileus y los cuatro asesores tribales llamados phylobasileis, como se desprende del pasaje de la Athenaion Politeia – juzgaba los delitos cometidos por objetos inanimados, animales o incluso por personas desconocidas, así como ciertos casos concretos de suicidio.

La lógica que cimenta todos estas hipótesis ilícitas bajo la misma órbita jurisdiccional no se funda en el acto en sí (que sigue siendo el homicidio) sino que radica en el hecho de que no existe un individuo concreto a quien se le pueda aplicar una pena estrictamente retributiva o terapéutica. De hecho, advertimos en estos casos una ratio diferente de la que justifica al crimen voluntario o involuntario ya que, lejos de depender de la calidad de quien la comete –que es aquí desconocido (τὸν μὲν βαλόντ᾿ ἀγνοῇ τις), el fin de la decisión judicial tiende en estos planteos a expiar la ciudad de la polución (μίασμα), causada por el delito, localizándose más en la necesidad de detener las consecuencias del hecho impuro que en la finalidad del castigo asignado al infractor.

En su Recapitulación concluye Buis:

El factor religioso parece colocar las leyes griegas muy lejos de la responsabilidad objetiva por damnum reconocida entre los romanos. Deviene claro a la luz de la evidencia, pues, que en el sistema ateniense sólo cobra sentido la finalidad punitiva del sujeto pasivo de derecho cuando se trata de una persona que mediante el ejercicio de una violencia bestial, semejante a la de las fieras salvajes, arremete contra sus conciudadanos y los priva de su vida en forma agresiva e injustificada. Los animales, en cambio, lejos de esta violencia (extra)humana, son sometidos a un proceso legal fundado en otros principios vinculados con la necesidad de evitar la comisión del mismo hecho en el futuro, y el reconocimiento de su infracción apunta solamente al propósito exclusivo de erradicarlos de la πόλις.

A pesar de la extrañeza que produce al jurista moderno la posibilidad de considerar sujetos de imputación a los objetos o a criaturas que no son humanas, parece claro que termina siendo una lógica religiosa, y no el carácter monstruoso de los animales homicidas, la que impone su consideración jurídica. Es interesante volver sobre el testimonio de Demóstenes para recuperar la presencia de los adjetivos ὅσιον y su antónimo ἀνόσιον capaces de caracterizar la dimensión sagrada de la actuación de la justicia: en efecto, en Atenas la inculpación de los ἄψυχα y de los sujetos carentes de inteligencia parece más bien responder a patrones rituales destinados a consagrar la imposición de castigos a todo aquello que provoque graves males para la sociedad en su conjunto. Al hablar de la necesidad de que el pariente de la víctima convocara al vecino más próximo como juez de los ἄψυχα acusados de ocasionar una muerte, Demóstenes recordaba como finalidad la necesidad de una completa purificación familiar (ἀφοσιούμενος ὑπὲρ αὑτοῦ τε καὶ ὑπὲρ τῆς συγγενείας ὅλης).

Volviendo finalmente al caso de Platón, todas estas reflexiones sobre la funcionalidad de la imputación penal de los animales en Atenas llevan a explicar, entonces, los motivos que lo autorizan a discurrir acerca de los animales y de los objetos inanimados en un pasaje de transición entre las normas aplicables al homicidio intencional y aquellas que regulan el justificado (Leges 873 c 2- 874 b 5). Junto con los suicidas -que deben ser enterrados solos, anónimamente, y en un lugar remoto- y al lado de aquellos que no podemos identificar (a quienes se les hace una proclama en su contra y se los amenaza con la sanción del homicidio intencional), Platón presenta todos los casos de competencia del Pritaneo, en los que no tenemos delincuente alguno susceptible de ser reestablecido o curado en beneficio de la πόλις. Aquí la marca de la bestia, lejos de señalar a su autor, resulta simplemente lo que es: una marca, un signo sobrenatural, una infección religiosa, una mancha de sangre.

Entes desprovistos de habla, de raciocinio, aproximados a los objetos, los animales son por lo tanto juzgados y condenados no porque, desde un punto de vista teleológico, sea preciso civilizar su fiereza y resulten como los hombres sujetos pasivos de la legislación de Dracón. Lejos de ello, su responsabilidad criminal surge como resultado mismo de su propia objetivación y de la propia acción homicida que, independientemente de la naturaleza de su causante, muestra la marca y exige, para la comunidad, la imperiosa voluntad religiosa, jurídica y política de liberar a Atenas, del modo que fuere, del objeto que la contaminó. Con estas disposiciones del derecho ático, estamos en definitiva muy cerca léxicamente de la actio de pauperie, pero a la vez muy lejos de sus alcances procesales concretos, de su contenido particular y de la cosmovisión práctica que –en términos generales- la justificó entre los romanos.

Hasta aquí el largo, casi completo, extracto del artículo de Emiliano J, Buis.

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