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Archive for 6/09/10

Finalizamos la serie sobre las cantatas mitológicas de Rossini con la traducción del texto de Ovidio a cargo de Ana Pérez Vega, y los últimos números de la obra Il pianto d’Armonia sulla morte di Orfeo.

Muerte de Orfeo

Mientras con un canto tal los bosques y los ánimos de las fieras,

de Tracia el vate, y las rocas siguiéndole, lleva,

he aquí que las nueras de los cícones, cubiertas en su vesanos

pechos de vellones ferinos, desde la cima de un promontorio divisan

a Orfeo, a los percutidos nervios acompasando sus canciones.

De las cuales una, agitando su pelo por las auras leves:

“Ay”, dice, “ay, éste es el despreciador nuestro”, y su lanza

envió del vate hijo de Apolo contra la boca,

la cual, de hojas cosida, una señal sin herida hizo.

El segundo disparo una piedra es, la cual enviada, en el mismo

aire por el concento vencida de su voz y su lira fue,

y como suplicante por unas osadías tan furiosas,

ante sus pies quedó tendida. Pero temerarias crecen

esas guerras y la mesura falta e insana reina la Erinis,

y todos los disparos hubieran sido por el canto enternecidos, pero el ingente

clamor, y de quebrado cuerno la berecintia flauta,

y los tímpanos, y los aplausos, y los báquicos aullidos

ahogaron la cítara con su sonar: entonces finalmente las piedras

enrojecieron del no oído vate con su sangre

y primero, atónitos todavía por la voz del cantor,

a los innumerables pájaros y serpientes y el tropel de fieras,

las Ménades a título del triunfo de Orfeo destrozaron.


Después ensangrentadas vuelven contra Orfeo sus diestras

y allí se unen como las aves, cuando acaso durante la luz vagando,

al ave de la noche divisan, y, edificado para ambas cosas ese teatro,

como el ciervo que en la arena matutina ha de morir

presa de los perros, y al vate buscan, y verdes de fronda

le tiran sus tirsos, no para este cumplido hechos.

Éstas terrones, aquéllas sus ramas de un árbol desgajadas,

parte blanden pedernales; y para que no falten armas a su delirio

era el caso que unos bueyes con su reja hundida levantaban la tierra,

y no lejos de ahí, con su mucho sudor deparando el fruto,

sus duros campos, musculosos, perforaban los paisanos,

los cuales, al ver ese tropel huyen y de su labor abandonan

las armas, y por los campos vacíos yacen dispersos

los escardillos, los rastros pesados y los largos azadones.

Los cuales, después que los arrebataron aquellas fieras y amenazadores con su cuerno

despedazaron a los bueyes, del vate a los hados de nuevo corren,

y tendiéndoles él sus manos y en ese momento por primera vez

vanas cosas diciéndoles y para nada con su voz conmoviéndolas,

esas sacrílegas le dan muerte, y a través de la boca –por Júpiter– aquella,

oída por las rocas, entendida por los sentidos

de las fieras, a los vientos exhalada, su ánima se aleja.

A ti las afligidas aves, Orfeo, a ti la multitud de las fieras,

a ti los rígidos pedernales, que tus canciones muchas veces habían seguido,

a ti te lloraron los bosques. Depuestas por ti sus frondas el árbol,

tonsurado de cabellos, luto lució. De lágrimas también los caudales suyas

dicen que crecieron, y forzados sus tules al negro

las naides y las dríades, y sueltos su cabellos tuvieron.


Sus miembros yacen distantes de lugar. Su cabeza, Hebro, y su lira

tú acoges y, milagro, mientras baja por mitad de tu corriente

un algo lúgubre lamenta su lira, lúgubre su lengua

murmura exánime, responden lúgubre un algo las riberas.

Y ya ellas al mar llevadas su caudal paisano dejan,

y de la metimnea Lesbos alcanzan el litoral.

Aquí una fiera serpiente ese busto expuesto en las peregrinas

arenas ataca y, asperjados de goteante rocío, sus cabellos.

Finalmente Febo le asiste y, cuando sus mordiscos a inferirle se disponía,

la contiene y en piedra las comisuras abiertas de la sierpe

congela y anchurosa, cual estaba, endurece su comisura.

Su sombra alcanza las tierras, y esos lugares que había visto antes,

todos reconoce, y buscando por los sembrados de los piadosos

encuentra a Eurídice y entre sus deseosos brazos la estrecha.

Aquí ya pasean, conjuntados sus pasos, ambos,

ora a la que le precede él sigue, ora va delante anticipado,

y a la Eurídice suya, ya en seguro, se vuelve para mirarla Orfeo.

Y, tras la fuente, los últimos números de esta cantata de Rossini.

Bellísimo solo de chelo antes del siguiente recitativo del tenor, que sigue una vez entra éste.

5. Recitativo (Armonía):

Ma tu che desti

Già sì dolce suono, miranda cetra,

no, di morte preda tu non sarai del par:

ma in fra le stelle del tuo divin cantore

splender dovrà dovuto onore.

Pero tú que emites

ya un sonido tan dulce, admirable lira,

no, de la muerte presa tú no serás por igual:

sino que entre las estrellas de tu divino cantor

brillar deberá el debido honor.

El libretista alude aquí a la constelación de la Lira. Sobre ella dice Eratóstenes en sus Catasterismos:

Esta constelación ocupa el lugar noveno, representa la lira de las Musas. Este instrumento musical fue inventado por Hermes a partir del caparazón de una tortuga y de los cuernos de las vacas de Apolo; tenía siete cuerdas, en honor de las hijas de Atlas. Se la entregó a Apolo, quien después de entonar un canto con ella se la regaló a Orfeo, el hijo de Calíope, una de las Musas que amplió el número de cuerdas a nueve en honor de las Musas, mejorando con mucho la lira. Orfeo fue muy apreciado entre los hombres, hasta el extremo que se sospechaba que embelesaba a las fieras y hasta a las piedras con su canto. Orfeo dejó de honrar a Dioniso y empezó a venerar a Helio como si fuera el principal dios, al que también llamaba Apolo. Una noche se desveló y al amanecer se dirigió al monte Pangeo para contemplar la salida del Sol, a fin de ser el primero en ver al dios Helio. Ésta fue la causa de que el dios Dioniso, irritado, azuzara contra él a las Basárides1 (así lo cuenta el poeta Esquilo), que lo despedazaron y desperdigaron cada uno de sus miembros. Más tarde las Musas los reunieron y les dieron sepultura en un lugar llamado Libetra. Como no sabían a quién asignar la lira, pidieron a Zeus que la transformara en una estrella, a fin de que permaneciera en el firmamento como recuerdo del poeta y de ellas misma. Zeus accedió y allí fue colocada. Como testimonio de la desgracia que le ocurrió a Orfeo, esta constelación se oculta en determinados momentos. Tiene una estrella cada uno de los peines, también una sobre cada uno de los extremos del codo, una más sobre cada uno de los hombros, una sobre el puente y otra más de intenso brillo blanco sobre el dorso. Suman un total de ocho estrellas.

La traducción es de Antonio Guzmán Guerra en Alianza Editorial (8219).

Unos poderosos acordes seguidos de intervenciones en stacatto del viento madera abren la pieza final, antes de un bello solo de trompa, secundada por las cuerdas, que da paso al tenor. Siguen detalles del viento madera y las cuerdas en pleno canto del solista.

Cambio de ambiente con las trompas, el coro y tutti de la orquesta tras lieti gli Dei farà, para concluir la obra.

6. Aria con coro (Armonía y coro):

Almo piacer de’ Numi,

Di cui sol degna sei,

te fra i celesti lumi

splender vedran l’età;

ed Armonia di cui

fosti lavoro e dono,

dell’immortal tuo suono

lieti gli Dei farà.

Divino placer de los dioses,

De los cuales sólo tú eres digna,

a ti entre las celestes estrellas

brillar verán los futuros siglos;

y Armonía de quien

fuiste obra y don,

de tu inmortal sonido

alegrará a los dioses.

Coro:

Finché fronde e fior del Rodope

Le natie pendici avrano,

sulle penne della gloria

il tuo nome volerà.

Mientras hojas y flores del Ródope

las nativas pendientes tengan,

sobre las plumas de la gloria

tu nombre volará.

Armonía:

Finché in pregio l’arti armoniche,

finché care all’uom saranno,

ogni cor pietoso e tenero

il tuo fato piangerà.

Mientras sean valoradas las artes de la armonía,

mientras queridas sean al hombre,

todo corazón piadoso y tierno

tu destino llorará.

Finalizamos con un vídeo de LindoroRossini que nos ofrece estos últimos números de la cantata, el recitativo Ma tu che desti y el aria con coro Almo piacer de’ Numi:


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