Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 22 de octubre de 2010

 

Otro, y el principal de los personajes de la cantata  205 es Eolo.

En efecto, Eolo, hijo de Posidón, es identificado con frecuencia con el Señor de los Vientos al que se refiere la Odisea, aunque a veces se distingue de él.

Hay otros dos Eolos. El primero es hijo de Helén y de la ninfa Orseis y, en consecuencia, nieto de Deucalión y Pirra. Son sus hermanos Doro y Juto, y sus descendientes los eolios, como los dorios lo son de Doro y los jonios de Juto, ya que el hijo de éste es Ión. Eolo reinaba en Magnesia (Tesalia), donde casó con Enáreta, hijda de Deímaco, de quien tuvo siete hijos: Creteo, Sísifo, Atamante, Salmoneo, Deyón, Magnes, Perieres, a los cuales ciertas tradiciones añaden Macareo, Etlio y Mimante. Además tuvo cinco hijas: Cánace, Alcíone, Pisídice, Cálice y Perímede.

A veces se identifica a este Eolo, hijo de Helén, con el Señor de los Vientos, pero lo más corriente es atribuir este título a otro Eolo, nieto del primero, hijo de Posidón (según Diodoro) y de Arne. Este Eolo, hijo de Helén y padre de Cánace, representa un papel en los trágicos amores de ésta con Macareo.

El Eolo, hijo de Arne y Posidón, y nieto del otro Eolo, se trasladó, tras muchas peripecias, a las islas del mar Eólico, donde fundó la ciudad de Lípara. Se dice también que Eolo fue acogido, en las islas Eolias, por el rey Líparo, hijo de Ausón quien le dio en matrimonio a su hija Cíane y le entregó el poder, mientras él se trasladaba a Sorrento, en el golfo de Nápoles.

Cuando Ulises, en el curso de sus viajes, a bordó en la isla de Eolia, el primer Eolo del que hemos hablado lo recibió cordialmente y lo retuvo un mes a su lado. Al partir, le entregó un odre en el cual estaban encerrados todos los vientos excepto uno, el que debía llevarlo directamente a Ítaca. Pero mientras Ulises dormía, sus compañeros abrieron el odre creyendo que estaba lleno de vino (joyas) y los vientos se escaparon, desencadenando una tempestad que arrojó la nave a la costa de Eolia. Eolo, adivinando que el héroe era víctima de la cólera divina, se desentendió de él y lo despidió.

De este tercer Eolo tenemos algunos textos clásicois, además del citado de la Odisea (X, 1-76):

Llegamos a la isla Eolia, donde moraba Eolo Hipótada, caro a los inmortales dioses, isla flotante, a la cual cerca broncíneo e inquebrantable muro, y en cuyo interior álzase escarpada roca. A Eolo naciéronle doce vástagos en el palacio: seis hijas y seis hijos florecientes; y dio aquellas a estos para que fuesen sus esposas. Todos juntos, a la vera de su padre querido y de su madre veneranda, disfrutan de un continuo banquete en el que se les sirven muchísimos manjares. Durante el día percíbese en la casa el olor del asado y resuena toda con la flauta; y por la noche duerme cada uno con su púdica mujer sobre tapetes, en torneado lecho.

13 Llegamos, pues, a su ciudad y a sus magníficas viviendas, y Eolo tratóme como a un amigo por espacio de un mes y me hizo preguntas sobre muchas cosas -sobre Ilión, sobre las naves de los argivos, sobre la vuelta de los aqueos- de todo lo cual le informé debidamente. Cuando quise partir y le rogué que me despidiera, no se negó y preparó mi viaje. Dióme entonces, encerrados en un cuero de un buey de nueve años que antes había desollado, los soplos de los mugidores vientos, pues el Cronida habíale hecho árbitro de ellos, con facultad de aquietar o de excitar al que quisiera. Y ató dicho pellejo en la cóncava nave con un reluciente hilo de plata, de manera que no saliese ni el menor soplo; enviándome el Céfiro para que, soplando, llevara nuestras naves y a nosotros en ellas. Mas, en vez de suceder así, había de perdernos nuestra propia imprudencia.

 


28 Navegamos seguidamente por espacio de nueve días con sus noches. Y en el décimo se nos mostró la tierra patria, donde vimos a los que encendían fuego cerca del mar. Entonces me sentí fatigado y me rindió el dulce sueño; pues había gobernado continuamente el timón de la nave que no quise confiar a ninguno de los amigos para que llegáramos más pronto. Los compañeros hablaban los unos con los otros de lo que yo llevaba a mi palacio, figurándose que era oro y plata, recibidos como dádiva del magnánimo Eolo Hipótada. Y alguno de ellos dijo de esta suerte al que tenía más cercano:

38 —¡Oh dioses! ¡Cuán querido y honrado es este varón, de cuántos hombres habitan en las ciudades y tierras adonde llega! Mucho; y valiosos objetos se ha llevado del botín de Troya; mientras que los demás, con haber hecho el mismo viaje, volveremos a casa con las manos vacías. Y ahora Eolo, obsequiándole como a un amigo, acaba de darle estas cosas. Ea, veamos pronto lo que son, y cuánto oro y plata hay en el cuero.

46 Así hablaban. Prevaleció aquel mal consejo y, desatando mis amigos el odre, escapáronse con gran ímpetu todos los vientos. En seguida arrebató las naves una tempestad y llevólas al ponto: ellos lloraban, al verse lejos de la patria; y yo, recordando, medité en mi inocente pecho si debía tirarme del bajel y morir en el ponto, o sufrirlo todo en silencio y permanecer entre los vivos. Lo sufrí, quedéme en el barco y, cubriéndome, me acosté de nuevo. Las naves tornaron a ser llevadas a la isla Eolia por la funesta tempestad que promovió el viento, mientras gemían cuantos me acompañaban.

56 Llegados allá, saltamos en tierra, hicimos aguada, y a la hora empezamos a comer junto a las veleras naves. Mas, así que hubimos gustado la comida y la bebida, tomé un heraldo y un compañero y encaminándonos al ínclito palacio de Eolo, hallamos a éste celebrando un banquete con su esposa y sus hijos. Llegados a la casa, nos sentamos al umbral, cerca de las jambas; y ellos se pasmaron al vernos y nos hicieron estas preguntas:

64 —¿Cómo aquí, Odiseo? ¿Qué funesto numen te persigue? Nosotros te enviamos con gran recaudo para que llegases a tu patria y a tu casa, o a cualquier sitio que te pluguiera.

67 Así hablaron. Y yo, con el corazón afligido, les dije:

—Mis imprudentes compañeros y un sueño pernicioso causáronme este daño; pero remediadlo vosotros, oh amigos, ya que podéis hacerlo.

70 Así me expresé, halagándoles con suaves palabras. Todos enmudecieron y, por fin, el padre me respondió:

72 ¡Sal de la isla y muy pronto, malvado más que ninguno de los que hoy viven! No me es permitido tomar a mi cuidado y asegurarle la vuelta a varón que se ha hecho odioso a los bienaventurados dioses. Vete noramala; pues si viniste ahora es porque los inmortales te aborrecen.

76 Hablando de esta manera me despidió del palacio, a mí, que profería hondos suspiros. Luego seguimos adelante, con el corazón angustiado. Y ya iba agotando el ánimo de los hombres aquel molesto remar, que a nuestra necesidad debíamos; pues no se presentaba medio alguno de volver a la patria.

 

La traducción es de Luis Segalá.

 

 

 

Higino, en su fábula 125 escribe:

 

Et ita exierunt ad Aeolum Hellenis filium, cui ab Ioue uentorum potestas fuit tradita; is Vlixem hospitio libere accepit, follesque uentorum ei plenos muneri dedit. Socii uero aurum argentumque credentes cum accepissent et secum partiri uellent, folles clam soluerunt uentique euolauerunt. Rursum ad Aeolum est delatus, a quo eiectus est, quod uidebatur Vlixes numen deorum infestum habere.

 

Y así salieron llegando ante el hijo de Helén, Eolo, al que había sido entregado por parte de Júpiter el poder sobre los vientos. Éste recibió en hospitalidad con liberalidad a Ulises y le dio como presente un odre que contenía los vientos. Sus compañeros, empero, creyendo que era oro y plata, cuando lo tomaron y quisieron repartírselo, abrieron a escondidas el odre y los vientos se escaparon volando. De nuevo fue llevado ante Eolo, por quien fue expulsado, puesto que parecía que Ulises tenía un designio contrario a los dioses.

 

En Ovidio, Metamorfosis XIV, 223 y siguientes, podemos leer:

 

Aeolon ille refert Tusco regnare profundo,

Aeolon Hippotaden, cohibentem carcere ventos;

quos bovis inclusos tergo, memorabile munus,

Dulichium sumpsisse ducem flatuque secundo

lucibus isse novem et terram aspexisse petitam;

proxima post nonam cum sese aurora moveret,

invidia socios praedaeque cupidine victos

esse; ratos aurum, dempsisse ligamina ventis;

cum quibus isse retro, per quas modo venerat undas,

Aeoliique ratem portus repetisse tyranni.

 

 

 

Que Éolo, él le cuenta, reinaba en el profundo etrusco,

Éolo, el Hipótada, reteniendo en su cárcel a los vientos,

los cuales, encerrados en una piel de vacuno, memorable regalo,

los tomó el jefe duliquio, y que con soplo favorable marchó

durante nueve luces, y contempló la tierra a la que se dirigían;

que la siguiente tras la novena, cuando se movió esa aurora,

de envidia sus aliados, y del deseo de botín, vencidos

fueron: creyéndolo oro, arrancaron sus ataduras a los vientos;

que con ellos marcha atrás, a través de las ondas recién

recorridas el barco, y a los puertos volvía a dirigirse del eolio tirano.

Read Full Post »