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Archive for 29/01/11

 

En otro lugar leemos un texto simpático, pero interesante sobre Jonás. El autor, José María Díez-Alegría, dirige una carta a Jonás al comienzo de su libro Teología en broma y en serio:

¿Por qué empiezo mi librito con una carta dirigida a tí? Pues porque eres una de las figuras más limpiamente humorísticas de todo el Antiguo Testamento y también del Nuevo. En primer lugar, tú no has existido nunca. Y esto es ya un rasgo de humor realmente extraordinario. Eres una creación literaria, como Don Quijote de la Mancha. Y, sin embargo, estás lleno de vida y eres ejemplar. Nos enseñas muchas cosas. Más que Don Quijote. Por lo menos a los hombres religiosos. Y sobre todo, a los hombres de iglesia. Pero, en segundo lugar, tú has sido ocasión de algo divertido, que también resulta aleccionador. Porque durante siglos, los hombres religiosos se empeñaron en que todo lo que decía la Biblia tenía que ser verdad, pero entendiendo la verdad en un sentido monolítico y “serio” (entre comillas) Entonces se volvían locos pensando cómo te habías arreglado para pasar a través de las barbas de la ballena, hechas para que pasen los chanquetes.

Es curioso, porque el grandioso literato que te dio el único ser que tienes (y Yahve Dios, que de alguna manera, incomprensible e indescriptible —y desde luego poco “seria”—, estaba detrás de él), se esforzaron en acumular las inverosimilitudes y los anacronismos, para que todo el mundo se diera cuenta del carácter humoroso de la narración.

 


Pero, con lo de que “Dios puede hacer milagros”, los hombres religiosos se empeñaban en que todo había pasado materialmente. Y entendían (o desentendían) sin el menor sentido del humor una de las páginas más humorosas del libro por excelencia. Y lo peor del caso es que los exegetas católicos, bajo la amenaza jerárquica de ser acusados de “modernistas”, se pasaron decenios deglutiendo ruedas de molino, probablemente con más fatigas de las que hubiera tenido la ballena de Jonás para tragarse al recalcitrante profeta. Pero la historia de esos exegetas no fue una historia de humor, para deleite y enseñanza, sino una historia de sangriento realismo, aunque, eso sí, también aleccionadora. No se puede decir, Jonás, que tú fueses un cura. Eras un profeta, que recibe misiones de Dios. Un predicador ambulante. Pero, en todo caso, un hombre religioso profesional, una especie de clérigo, más o menos regular. Tu creador nos da una enseñanza a todos los hombres de iglesia, a todos los “sagrados ministros”. Una enseñanza que está ahí desde hace veinticinco siglos, y que todavía nos resistimos a aprender. Eras un tipo curioso.

Yahve Dios te manda ir a Nínive, muy metida en Asia, y tú te marchas a Cádiz (Tarsis). Como quien dice, al quinto pino, (el “non plus ultra”). ¡Y te fuiste de más mal humor! Tú ibas callado y torvo, sin soltar prenda. Pero, al final de la aventura, le volcaste el saco a Yahve Dios, y salió todo lo que llevabas dentro. Yahve Dios te había mandado a Nínive para anunciar que, en vista de sus pecados, dentro de cuarenta días la ciudad iba a ser destruida. Y hay que confesar, Jonás, que tú no eras de la estofa de un Abraham, a quien lo primero que se le ocurrió cuando Yahve Dios le dijo que iba a destruir a Sodoma, fue interceder a ver si podía hacer cambiar de parecer a Yahve Dios. Parece mentira, pero lo que a ti te preocupaba era que Dios pudiese ablandarse y que la amenaza proclamada por ti no llegase a cumplirse. Lo importante era el prestigio y el poder del clero. Que la gente pereciera, resultaba secundario. No creo yo que fueses tú tan inhumano, que deseases que Dios abrasara la ciudad y sus habitantes. Por eso no tenías muchas ganas de que a Yahve Dios se le ocurriese anunciar la catástrofe. Ahora, eso sí, de anunciarla por medio de un profeta, hay que cumplirla, porque el profeta no puede quedar mal. Tú sabías o sospechabas que Yahve Dios es tan bueno, que se ablanda, y además que es tan poco “serio”, que no le importa perder “prestigio”. Pues bueno, allá Yahve Dios con sus cosas. Pero a ti que no te meta en esos líos, porque tú eres un clérigo “serio”.

 


El caso es que te embarcaste para Cádiz, pagando religiosamente tu pasaje, porque ni eras un hombre formal y digno. Los marineros eran buenas personas, y cuando estalló una borrasca de no te menees, mientras tú te estabas durmiendo en el sollado, te despertaron para que rezaras a tu Dios. Luego echaron a suertes, a ver quién era el gafe, y te tocó a ti la china. Entonces empezaron a preguntarte cosas. Entonces tú, que no eras mala persona, en el fondo, aunque fueras muy antipático, les dijiste que venías huyendo de Yahve Dios y que por eso había venido la tormenta. Realmente te tocaron unos marineros que eran unos benditos, a pesar de no ser católicos. No querían hacerte mal. Pero tú les convenciste de que había que echarte al mar. Ellos no querían y hacían todo lo posible por llegar a la costa, remando como desesperados. Pero no había medio.

Yahve Dios te quería gastar una broma. Los hombres se convencieron de que era verdad que había que echarte del barco. Te cogieron y te tiraron al mar. Y el mar se calmó. Entonces te tragó aquel monstruo marino, que el creador de tu historia no especifica, pero que la gente dijo después que era una ballena. Y estuviste en la barriga del pez tres días con sus noches. Aquí el gran autor que te creó, que además de gran humorista era poeta, puso en tus labios un cántico lleno de fuerza, una especie de antología de frases de salmos y de expresiones sobrecogedoras, como éstas:

Me envolvían las aguas hasta el alma, me cercaba el abismo, un alga se enredaba a mi cabeza. A las raíces de los montes descendí, echó la tierra sus cerrojos tras de mí para siempre, mas de la fosa tú sacaste mi vida, Yahve, Dios mío”.

El pez te devolvió a la tierra sin muchas finezas, pues para sacarte de su barriga no le quedaba otro procedimiento que vomitarte.

Sigue el texto aquí.

Es también interesante este comentario.

 

 

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