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Archive for 5 de noviembre de 2011

Sappho Corina había nacido en Neápolis y había estudiado en su ciudad natal, así como en la Universidad “Polibio” de Megalópolis, la segunda en importancia del país, ubicada en la ciudad homónima, que era la tercera en tamaño de Pangea, tras Neápolis y Palinodia. Estudió el grado de Biblioteconomía y se doctoró en dicha especialidad con muy buenas calificaciones. Tras sus estudios, empezó trabajando en la propia biblioteca de la universidad. Estuvo allí cinco años y mantuvo una estrecha colaboración con el Departamento de Historia Antigua de la Facultad de Historia, que dirigía el doctor Jacob Burckhardt. Siempre le había apasionado la historia antigua, así como la papirología y la codicología. Le encantaba recorrer con su vista las páginas de los códices antiguos, en especial los manuscritos miniados de la Cuarta Era, admirando las coloridas ilustraciones, las letras capitales, las miniaturas, tan semejantes a las escenas reflejadas en los vitrales de las catedrales románicas o protogóticas.

Le causaba satisfacción también el hecho de que estuvieran la gran mayoría escritos en latín, lengua que podía seguir con cierta facilidad, aunque no traducir con soltura. Respecto a la lengua de Virgilio, cabe decir que en la “Polibio” megalopolitana ya no había departamento como tal de Lengua Latina, y había sólo un residuo de dicha materia en el departamento de Historia. Por desgracia, también en Megalópolis habían desaparecido los estudios de Lengua Griega en el 2138. Sappho nació en el 2135, y cuando inició sus estudios universitarios, allá por el 2153, ya no existía dicha especialidad. A Sappho Corina le gustaba mucho la literatura griega que leía, con frecuencia, en traducción, claro, aunque le hubiera gustado leerla en el original griego. Aunque le gustaba toda, sentía predilección por la épica homérica, la tragedia sofoclea, la historiografía de Tucídides, la frescura de la comedia antigua, las novelas de Longo, Caritón de Afrodisias, Jenofonte de Éfeso y Heliodoro de Emesa, y ¿cómo no?, los poemas de Safo.

Los años en Megalópolis le permitieron realizar estudios sobre estos manuscritos conservados en la biblioteca del departamento de Historia. Tras su estancia en Megalópolis, obtuvo la plaza de bibliotecaria de la “Herodotea” de Neápolis, adonde llegó en el 2164, cuando contaba con 29 años. Toda una fulgurante carrera.

Su nuevo destino fue para ella un reto, ya que la principal biblioteca de la ciudad era enorme y albergaba miles y miles de ejemplares de cualquier especialidad, desde la cinegética a la filología árabe, pasando por la biología, la electrónica, la informática, el hebreo, la heráldica, la física nuclear, la gastronomía o las artes marciales, por citar sólo unos ejemplos. En los comienzos de su nuevo lugar de trabajo mostró gran ilusión por dar un nuevo impulso a la biblioteca, por ofrecer un mejor servicio a la ciudadanía, por convertirla en un centro cultural donde se ofrecieran conferencias y conciertos, se realizaran exposiciones o se proyectaran películas. Aunque un tanto mitigada por el paso de los años, siempre la acompañó esa ilusión en los ya casi 30 años que llevaba allí y estando muy cercana su jubilación.

A principios del 2165 se produjo un encuentro realmente especial en la vida de la joven Sappho. Estaba en pleno trabajo de organización de la sección de clásicos grecolatinos, cuando un hombre maduro, de unos 50 años, se acercó a ella a preguntarle algo.

– Buenos días, señora. Estoy buscando el libro Greek Metre de Martin Litchfield West, pero no logro dar con él. ¿Sabe Usted si está disponible o existe en la biblioteca?

– Buenos días, caballero. Sí, lo tenemos, aunque en este momento no está disponible. Estaba un tanto deteriorado y estamos en proceso de restauración. Aprovecharemos la ocasión para digitalizarlo, pues aún no lo estaba. No creo que tardemos más de una semana en tenerlo de nuevo en su lugar.

–  De acuerdo, en ese caso volveré entonces. Por cierto, tampoco he visto Griechische Metrik de Bruno Snell.

– Ése sí que no lo tenemos. Veo que está interesado en métrica griega antigua. No tenemos el de Snell, pero sí los de Maas, Dain, Gentili y Raven. ¿Le sirven ésos?

– También harían su labor, gracias, pero ésos ya los tengo en propiedad.

– Si no es indiscreción, ¿cómo es que le interesa la métrica griega antigua? Desde que estoy aquí he visto a pocas personas consultar libros en esta sección, y mucho menos de algo tan concreto y, permítame la expresión, selecto como la métrica griega.

– Bueno, digamos que me dedicaba hasta hace unos años a la docencia del griego, cuando la lengua de Tucídides aún se enseñaba, a pesar de ser un residuo testimonial. Ahora sigo con el griego a nivel privado y estoy en este momento con la poesía lesbia de Alceo y Safo y quería consultar algo sobre métrica, porque es una de mis pasiones en la vasta materia de la lengua griega.

– ¿Es Usted profesor de griego?

– Lo dice como si hubiera visto poco menos que un fantasma.

– Perdone, un fantasma no, pero una rara avis sí.

–  Ja, ja, ja. Rara avis in terris, nigroque simillima cycno, aunque de cisne negro tengo poco. Juvenal, Sátira VI, aunque toma la expresión de Persio: quando haec rara auis est, si quid tamen aptius exit.

– Deben quedar pocos como Usted y a mí me hace mucha ilusión conocer a uno. No pude estudiar en su momento griego, pese a que me gustaba mucho.

– Me alegra escucharlo. Sí deben quedar muy pocos. Soy la última promoción de alumnos de Clásicas de la universidad y debo haber sido uno de los últimos profesores. Éramos seis los que acabamos clásicas en el 2138, hace ya 27 años, aunque no sé nada de mis compañeros de clase. Además aún debe haber algún colega de las anteriores promociones, también escasas en estudiantes.

– Por aquí, desde que estoy yo, no se ha acercado mucha gente, aunque tal vez alguno fuera colega suyo. ¿Y dice que está ahora con la poesía de Safo? Es una de mis favoritas

– ¡Ah, sí! Me alegro. Es una poesía de gran fuerza y belleza con una métrica peculiar, debido a su cómputo silábico o isosilabismo, además de su ritmo cuantitativo. La poetisa da nombre a la estrofa sáfica, con su esquema AAB, formado por dos endecasílabos y un tercer endecasílabo ampliado por un gliconio.

– ¿Me puede poner algún ejemplo de esa estrofa, por favor?

–  Sí, el famoso comienzo del poema 31:

φαίνεταί μοι κνος σος θέοισιν

μμεν᾿ νηρ, ττις νάντιός τοι

σδάνει κα πλάσιον δυ φωνείσας πακούει

que sigue este esquema.

El hombre se sentó en una silla y escribió en una hoja ante la atenta mirada de Sappho Corina.

– u – x – u u – u – –

– u – x – u u – u – –

– u – x – u u – u – –  – u u – –

– Los dos primeros están formados por un crético (– u –) y un hiponacteo con acefalia (x – u u – u – –), mientras el tercero lo forman un crético (– u –), un gliconio con acefalia (x – u u – u –) y un ferecracio también con acefalia (–  – u u – –). De todas formas debemos destacar el papel de núcleo central que tiene el coriambo (– u u –), verdadero eje del verso, tanto desde el punto de vista rítmico como conceptual.

–  Realmente interesante. Es una lástima que todo este conocimiento se haya perdido o esté a punto de perderse. Bueno, es verdad que tenemos los manuales de métrica y las traducciones de los clásicos griegos, pero ¿quién puede leerlos en su original, si ya nadie estudia griego? Usted sí, y sus colegas que acabaron con Usted la carrera de clásicas. Pero, los alumnos a los que ha dicho que enseñaba griego, ¿podrán leer en su original esos versos de Safo?

–  Me temo que no, joven. Si no continuaron con el estudio de la lengua, seguro que la han olvidado al cabo de unos pocos años, y no creo que sigan con ella, pues no tienen, por desgracia donde estudiarla.

– Eso me ocurrió a mí; me hubiera gustado aprender griego, pero no tuve oportunidad. En Megalópolis, donde estudié, no había departamento de griego, ni de latín. Siempre me pareció una aberración

–  Sí, una aberración y un solemne desatino, aunque yo sea parte interesada. Estoy convencido de que en unos años, tras esta generación, nadie será capaz de leer en griego.

–  ¿Oiga? ¿Puede hacerme un favor?

–  Dígame

– Aquí al lado está la sección de textos en griego y tenemos Las Etiópicas de Heliodoro de Emesa, que es una de mis obras favoritas. ¿Podría leerme su comienzo, por favor?

–  Con mucho gusto.

Los dos se trasladaron a una sala contigua y Sappho Corina se dirigió muy segura de lo que hacía a la penúltima estantería de la sala y de la parte derecha del cuarto estante sacó la edición en griego de la novela de Heliodoro y se la entregó al profesor de griego quien, abriendo la obra por su inició leyó:

 ῾Ημέρας ἄρτι διαγελώσης καὶ ἡλίου τὰς ἀκρωρείας καταυγάζοντος, ἄνδρες ἐν ὅπλοις λῃστρικοῖς ὄρους ὑπερκύψαντες, ὃ δὴ κατ᾿ ἐκβολὰς τοῦ Νείλου καὶ στόμα τὸ καλούμενον ῾Ηρακλεωτικὸν ὑπερτείνει, μικρὸν ἐπιστάντες τὴν ὑποκειμένην θάλατταν ὀφθαλμοῖς ἐπήρχοντο καὶ τῷ πελάγει τὸ πρῶτον τὰς ὄψεις ἐπαφέντες, ὡς οὐδὲν ἄγρας λῃστρικῆς ἐπηγγέλλετο μὴ πλεόμενον, ἐπὶ τὸν πλησίον αἰγιαλὸν τῇ θέᾳ  κατήγοντο.  Καὶ ἦν τὰ ἐν αὐτῷ τοιάδε· ὁλκὰς ἀπὸ πρυμνησίων ὥρμει τῶν μὲν ἐμπλεόντων χηρεύουσα, φόρτου δὲ πλήθουσα· καὶ τοῦτο παρῆν συμβάλλειν καὶ τοῖς πόρρωθεν· τὸ γὰρ ἄχθος ἄχρι καὶ ἐπὶ τρίτου ζωστῆρος τῆς νεὼς τὸ ὕδωρ ἀνέθλιβεν.  ῾Ο δὲ αἰγιαλός, μεστὰ πάντα σωμάτων νεοσφαγῶν, τῶν μὲν ἄρδην ἀπολωλότων, τῶν δὲ ἡμιθνήτων καὶ μέρεσι τῶν σωμάτων  ἔτι σπαιρόντων, ἄρτι πεπαῦσθαι τὸν πόλεμον κατηγορούντων.

–  ¡Qué delicia!, exclamo Sappho y cómo cambia de leer:

El día había comenzado a sonreír hacía poco, y el sol aún iluminaba sólo las cumbres. Unos hombres armados como piratas se asomaron por encima del monte que se levanta a lo largo de la desembocadura del Nilo, en la boca que se llama Heracleótica, se detuvieron un momento y comenzaron a recorrer con la vista el mar que se extendía a sus pies. Echaron primero una ojeada hacia alta mar, pero como no se divisaba ningún barco que pudiera prometer botín para los piratas, volvieron su mirada a la ribera cercana. Lo que allí había era lo siguiente: una nave mercante, anclada y sujeta por las amarras, vacía de marinos, pero repleta de cargamento. Esto último, aun desde lejos como estaban no les era difícil colegirlo así, porque el peso hacía que el agua alcanzara hasta por encima de la tercera línea de flotación. La costa estaba completamente llena de cuerpos, recientemente asesinados: unos, ya muertos, otros, moribundos y con los miembros todavía palpitantes, denunciando que acababa de cesar el combate.

– Ya lo creo que cambia, como de la noche al día, aunque la traducción que ha leído es muy buena.

– Muchas gracias por haber leído para mí este comienzo.

–  De nada. Bueno ahora debo irme. Regresaré en una semana a ver si ya tienen el libro de West.

–  Muy bien. Por cierto, ¿puedo preguntarle cómo se llama Usted?

–  Por supuesto, me llamo Homer Greek.

– ¡Anda, sonoro nombre! Yo diría que épico, casi rió Sappho.

–  Y Usted, señora, ¿cómo se llama?

–  Sappho, Sappho Corina.

–  ¡Vaya! Poético nombre y por duplicado. Ahora entiendo lo de su gusto por la poetisa de Lesbos

–  Sí, sonrió la señorita Corina.

–  Bueno, me marcho. Muchas gracias por su atención, señora Corina.

–  A Usted por su clase particular, señor Greek.

–  Adiós.

–  Hasta luego.

Y así fue el primer encuentro entre Homer Greek y la entonces joven bibliotecaria.

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