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Archive for 11 de noviembre de 2011

El monasterio benedictino de San Florián se alzaba majestuoso sobre la cima de una escarpada montaña en la localidad de Hierápolis, a unos 100 kilómetros de Neápolis. Los muros de sus lados oeste y norte caían literalmente a plomo sobre una de las vertientes de la colina, que terminaba de forma abrupta, dando paso a un gran precipicio.

Por la otra parte la subida era más tendida, aunque una zigzagueante carretera con un importante desnivel revelaba que desde la base del monte hasta su cima eran muchos los metros ascendidos. El monasterio se abocaba, en efecto, a un precipicio en cuyo final se hallaba la pequeña localidad de Hierápolis, de unos 5000 habitantes.

La mole del monasterio surgía poderosa en la cima del monte Oros y constituía uno de los reclamos turísticos de la población, ya que el propio edificio, la fotografía que podía realizarse del lugar, así como las vistas y paisajes que se podían divisar desde la montaña, eran ciertamente espectaculares.

El monasterio era del año 1732, la Quinta Era, y tenía, pues, la ya provecta edad de 463 años. Los benedictinos lo ocuparon desde 1854, pues antes fue ocupado por la orden de los agustinos. La comunidad actual no era muy numerosa: sólo veintiocho monjes que, fieles a su regla de Ora et labora, se dedicaban a la oración y al trabajo, en este caso a la encuadernación artesanal de todo tipo de libros, desde los de carácter religioso, solicitados desde todas las partes del país, incluyendo leccionarios, devocionarios y demás, hasta los encargos privados de álbumes fotográficos.

En una época en que cualquier cosa se podía hacer con los avanzados y variados medios electrónicos, informáticos, digitales y reprográficos, suponía un auténtico placer poder tener en casa y leer un libro encuadernado de forma totalmente artesanal por las expertas manos de la comunidad benedictina de San Florián.

De la localidad al monasterio había una media hora en automóvil, aunque, quizás, lo que más circulaba por la, por otro lado, peligrosa carretera eran bicicletas, ya que la subida constituía para los ciclistas de la zona un reto a la vez que una auténtica delicia; reto, porque los porcentajes de la subida exigían una buena condición física, pues había rampas del 12% y el porcentaje medio era del 8%. En total la ascensión era de 8 kilómetros. La delicia residía en los hermosos paisajes y preciosas vistas que ofrecía la escalada a ambos lados de la sinuosa carretera. Hacia oriente el verde valle de Clorocroma, con las altas cumbres de la cordillera del Lofos, hacia el oeste el valle en el que estaba enclavada la propia Hierápolis, el valle de Napa, y, al fondo, el mar. También era una auténtica delicia la bajada desde lo alto del monte. Esos ocho kilómetros en descenso suponían una venganza del ciclista por las penalidades que había experimentado en la subida, al tiempo que una ocasión para relajarse, no demasiado por las exigencias técnicas del descenso, dejando que el viento golpeara el rostro del esforzado deportista en un dejarse ir controlado por las curvas del recorrido.

El monasterio era también objetivo de los amantes del arte y de los turistas en general, ya que albergaba tres joyas: la iglesia, el claustro y la biblioteca. La primera era de estilo tardobarroco y poseía un altar mayor realmente espectacular, con una pintura que recogía la figura del titular del monasterio, el santo austríaco nacido en el 304, la Tercera Era, que fuera soldado del ejército romano y murió mártir al ser lanzado al río Enns, afluente del Danubio, con una piedra atada al cuello. La pintura reflejaba el momento en que la devota Valeria recogía el cuerpo sin vida de Florián, que las aguas del Enns habían arrojado río abajo hasta la orilla de un  meandro.

Columnas salomónicas doradas se ubicaban a los lados del cuadro que estaba rodeado por todas partes de ebúrneo alabastro.

Destacaba también en el templo la capilla lateral de Santa Apolonia, la santa mártir de Alejandría, de un recargado estilo barroco. Todo el fondo y los laterales de la capilla estaban decorados, en un auténtico horror vacui, con estucos, alabastros, dorados y mármoles.

El tercer tesoro de la iglesia era el púlpito rematado con un dosel que estaba decorado, como era usual, por una paloma, símbolo del Espíritu Santo, que debería auxiliar al celebrante en su homilía.

Anexo a la iglesia se hallaba la segunda joya del recinto: un hermoso claustro con columnata en estilo salomónico y cuidado jardín, dividido en cuatro zonas que separaban cuatro calles adoquinadas, que se encontraban en el centro del claustro donde se levantaba un pozo de blanca caliza. Las paredes internas del claustro estaban todas ella decoradas por frescos donde se plasmaban en colores ocres, terrosos, rojos y verdosos escenas del evangelio: la Anunciación, la Natividad, el Bautismo, el Sermón de la Montaña, la Transfiguración, la Entrada en Jerusalén, la Última Cena, la Oración en el huerto, la Crucifixión y la Resurrección. El contraste entre los colores de los frescos y la blancura de los arcos, las columnas y las galerías del claustro era realmente impactante.

En la panda o galería este del claustro se hallaba un portalón que daba acceso a la tercera joya del monasterio: la biblioteca. No era demasiado grande, pero tanto su decoración, como, especialmente, su contenido eran espectaculares. Tenía dos alturas: una planta baja con mesas y estanterías y un pasillo elevado, al que se accedía por una escalera metálica de caracol en el lateral derecho, que daba la vuelta a todo el recinto, para así poder acceder a los volúmenes depositados en esta segunda altura.

Albergaba esta coqueta biblioteca manuscritos de los siglos XII y XIII, así como obras posteriores, llevadas allí desde otros centros religiosos del país. A fe que los monjes tenían en los tesoros que esta biblioteca albergaba un buen modelo a seguir en la encuadernación que era su principal fuente de ingresos.

El 4 de mayo, fiesta de san Florián, los devotos católicos de la localidad de Hierápolis subían en procesión al monasterio en cuya iglesia tenía lugar una eucaristía, que presidían el abad de la comunidad benedictina y el párroco del pueblo, si es que no se acercaba el obispo diocesano. En el gran patio del monasterio se celebraba una animada feria y se instalaban allí tiendas móviles con productos de la comarca. Pese al extendido proceso de secularización experimentado en Pangea en la Octava Era, todavía era muy significativa la presencia de la confesión católica, a todos los niveles, educativos, sociales, caritativos, en los medios de comunicación, etc. Y uno de los elementos que, en lo más profundo del proceso de secularización, había resistido de forma contundente había sido el de la religiosidad popular, manifestada en fiestas de calle, de barrio, de pueblo, en honor de santos o vírgenes, donde la religiosidad se unía al aspecto lúdico, social, gastronómico y festivo.

En la eucaristía con motivo de la fiesta del patrono, el coro de la abadía interpretaba piezas de canto gregoriano, una misa, generalmente la Lux et Origo, ya que era propia del tiempo pascual, y el 4 de mayo siempre cae en este tiempo, o bien la de Angelis, la Orbis Factor, la Fons Bonitatis, y otros motetes.

Sí, el monasterio tenía un buen coro gregoriano, formado por sus veintiocho monjes, que dirigía Dom Ludovic, el encargado de la formación de los miembros de la comunidad y del acompañamiento musical de las ceremonias religiosas.

El monasterio, además, y como segunda fuente de ingresos, a parte de la encuadernación artesanal, ofrecía un servicio de albergue a las personas que quisieran pasar unos días, o incluso una temporada, con la comunidad. Dentro de este servicio se podía elegir entre un régimen abierto, en el que el huésped gozaba de plena libertad horaria, ya que había servicio de comedor diferente al de la comunidad monacal, y un régimen en todo semejante al de los monjes, excepto en el trabajo de encuadernación. En esta segunda opción, los huéspedes llevaban el exigente horario de la comunidad, cuyo esquema era el siguiente:

Despertar a las 5 de la mañana, Maitines a las 5h 30 con la comunidad; a continuación tiempo para oración personal y lectura hasta el rezo de Laudes a las 7h 30 con la comunidad, seguido de un nuevo espacio para la oración personal y lectura.

Después a las 10h misa en la iglesia con la comunidad.

Llegaba después el trabajo de los monjes en la encuadernación, hasta el rezo de Sexta, a las 13h.

Después llegaba la comida en el refectorio y el rezo de la Nona a las 14h.

Seguía un breve espacio para la recreación, y continuaba el trabajo hasta el rezo de Vísperas a las 17h, seguida de un tiempo de oración personal y lectura.

Tras la cena, servida a las 19h 30  venía el oficio de Completas a las 20h 30 y el retiro nocturno.

Dado el predicamento del coro gregoriano del monasterio y la categoría musical de Dom Ludovic, muchos huéspedes habían solicitado recibir algunas nociones teóricas y prácticas de canto gregoriano y el abad, Dom Benedikt, había accedido a ello. Es por eso que desde las 11 a las 13 de la mañana y de 15 a 17, mientras el resto de monjes se dedicaba al trabajo de encuadernación, Dom Ludovic se dedicaba a formar en el canto gregoriano a los huéspedes del monasterio, muchos de los cuales llegaban expresamente con el fin de aprender algún rudimento, o profundizar, según el caso, en el aprendizaje de la música del tetragrama.

Dom Ludovic todavía recordaba la dedicación, buen gusto, interés y bella voz de un huésped que resultó ser profesor de griego.

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