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Archive for 19/01/12

Un agudo chirrido y un chorro de luz que se colaba por un extremo de la estancia despertaron a Schadewaldt de su ensimismamiento. Dio un respingo en el sillón y se volvió hacia la puerta, que ya estaba de nuevo cerrada. Un monje alto y delgado se acercaba hacia él.

– Buenos días, ¿el teniente Schadewaldt, supongo?

– Sí, supone bien. ¿Es Usted Dom Ludovic, no es así?

– Sí, señor.

Dom Ludovic tenía un rostro alargado, con nariz fina, ojos saltones azules, pelo corto rubio, frente despejada y un lunar en el pómulo izquierdo. Sus largas manos de finos dedos estaban cruzadas sobre su pecho y una mirada escrutadora observaba a Schadewaldt, que se sentía demasiado observado.

– ¿Supongo que le habrán dicho la razón de mi visita?

– Sí, me ha informado de ello Dom Benedikt.

– Entonces, casi no tengo que preguntarle y Usted mismo puede indicarme qué sabe del asunto que me trae aquí.

– Creo que necesita Usted información sobre una persona que hizo con nosotros un curso de canto gregoriano.

– En efecto, el señor Homer Greek, ¿lo recuerda?

– Pues, me suena mucho el hombre Homer. Del apellido no tenía noticia. Aquí, en los cursillos, nos hablamos por el nombre de pila.

– ¿Qué puede decirme del señor Greek, bueno de Homer? ¿Hace mucho que estuvo aquí?

– No sé a ciencia cierta cuándo estuvo aquí. ¿Qué no serán ya cinco años? Recuerdo que tenía mucho interés en el gregoriano y me pidió un libro sobre la materia.

– ¿No recuerda nada más de él? ¿su profesión, qué edad podría tener?

– Era ya mayor; le calculo unos 75 años. Ignoro su profesión. Aquí, en verdad, sólo hablábamos de canto gregoriano y de música en general.

– Dom Nikolaus, el encargado del albergue me ha dicho que no guardan Ustedes los datos de los alojados en el monasterio. ¿Supongo que no sabrá Usted si el señor…, si Homer vivía en Neápolis?

– Pues lo cierto es que no sé nada más sobre él; bueno, que en una de las ocasiones en las que estuvo preparamos la Missa Lux et Origo.

Dom Ludovic comprimió sus labios en gesto contrariado tras esta afirmación.

– ¿Una de las ocasiones? ¿Ha estado aquí más de una vez?

Dom Ludovic respiró profundamente, se mantuvo un tiempo en silencio y luego dijo:

– Creo que ha estado aquí tres veces.

– ¿Consecutivas o espaciadas?

– Entre una y otra pasaron unos años

– ¿Recuerda la primera vez?

– ¡Ufffff! Hace, por lo menos, 20 años

– ¿Y la última?

– Hace tres años.

– ¿Y de esa última ocasión no recuerda nada especial?

– Lo que ya le he dicho: preparamos la Lux et Origo.

– ¿Sólo hablaban de música?

– Sólo; bueno, y de latín. Homer parecía saber bastante latín

– Es normal

– ¿Por qué es normal?

– Bueno, por su profesión.

– ¿Qué profesión tiene?

– El señor Greek es profesor de griego.

– ¡Ahhhhh!, ahora entiendo su facilidad para traducir los textos. Por cierto, teniente, ¿para qué busca la policía a Homer? Parecía un hombre tranquilo y pacífico ¿Ha cometido algún delito?

– No, no. Hay otros motivos.

– ¿Se pueden conocer?

– Me temo que no … y además, si no le importa, la entrevista la he solicitado yo.

– Por supuesto, pero me temo que no pueda ayudarle en nada más.

– Sí, ya me ha dicho que no sabe si Homer vive en Neápolis, pero algo más, ¿me puede decir?

– Lo siento, de la vida del señor ¿Greek, ha dicho? No sé nada.

– ¿Tienen pronto algún nuevo cursillo de gregoriano?

– Sí, el mes que viene.

– El mes que viene no me sirve – masculló Schadewaldt

– ¿Cómo dice?

– Nada, nada. ¿Y no sabe qué personas vienen? ¿no les pasan ninguna lista?

– No, sólo sé que serán 15 personas.

– ¿Sabe si vuelve Homer Greek?

Dom Ludovic sonrió pícaramente

– Pues, no; no lo sé

– Si volviera, ¿tendría la amabilidad de comunicármelo?

– Me temo que no, si no tiene Usted una orden judicial. Además, no me ha dicho para que busca a Homer.

– Bueno, dejémoslo estar. Muchas gracias por todo, Dom Ludovic.

– A Usted, teniente. Hasta luego; ahora llamo a Dom Theodor, para que le lleve de nuevo ante el abad y se pueda despedir.

– Gracias.

Dom Ludovic abandonó con sigilo la instancia. Schadewaldt quedó unos minutos sólo en la biblioteca, analizando la poca información que había obtenido de aquellos monjes adustos y reservados.

Dom Theodor regresó guiando a Schadewaldt de nuevo hasta el despacho de Dom Benedikt.

– ¿Qué? ¿ha conseguido alguna información?

– Pues, no demasiada, la verdad. Son Ustedes poco curiosos y poco amantes de los datos.

– Eso lo dejamos para la policía, – sonrió Dom Benedikt

– De todas formas, gracias por recibirme en su comunidad.

– De nada, teniente y vuelva cuando quiera. Me he quedado con ganas de saber para que necesita Usted hallar a ese profesor de griego.

– Creo que, tal vez, con un poco de suerte lo pueda saber pronto

– ¿ah, sí?

– Eso espero. Bueno muchas gracias y adiós.

– Vaya con Dios, teniente.

Schadewaldt fue guiado por Dom Theodor hasta el patio interior del monasterio. La enorme puerta del recinto se abrió, permitiendo a Schadewaldt salir y subirse a su automóvil, para abandonar san Florián.

Alguien había descorrido una cortina en una ventana del tercer piso del cuerpo lateral izquierdo del monasterio, que daba al patio interior, el que se hallaba entre el portalón de entrada y el edificio de peregrinos. Cuando Schadewaldt desapareció tras la enorme puerta, la cortina volvió a caer sobre la ventana.

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