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Archive for 3/03/12

Denys Page, según había acordado con el director del periódico “Ebdomada”, Heinrich Schliemann, acudió a la biblioteca “Herodotea” para hablar con Sappho Corina e intentar averiguar algo sobre Homer Greek.
La encontró en la sección de Cultura China.
– Buenos días, ¿la señora Corina?
– Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?
-Me llamo Denys Page y trabajo en el periódico “Ebdomada”. Le explico de forma resumida. Estoy preparando un artículo sobre los estudios de lenguas clásicas en Pangea y, en mis investigaciones, he averiguado que uno de los últimos profesores de Griego es un tal Homer Greek. Por otro lado, ha llegado a mis oídos que Usted mantuvo, ya hace tiempo, cierta relación con esta persona. Lógicamente, lo que me interesa es que me hable de ella.
– ¡Vaya! No es el primero que pregunta por Homer Greek.
– ¿Cómo es eso?
–  Hace unos días vino por aquí, en dos ocasiones además, un miembro de la policía.
– ¿Buscaba también a Homer Greek?
– Sí, aunque me aseguró que no era por ninguna cuestión delictiva, sino que sus conocimientos interesaban al bien común.
–  ¿No recordará su nombre, verdad?
–  Sí, se llamaba Dumézil.
–  Ya. Bueno, ¿y qué puede decirme Usted de Homer Greek?
– No demasiado. Llegó aquí un día buscando un libro de métrica griega; me extrañó y se justificó diciendo que era profesor de griego. Como a mí me interesa esa materia, intercambiamos opiniones sobre ella. Otro día me desveló que había escrito su propio librito sobre métrica e incluso me regaló un ejemplar dedicado.
– ¿Eso fue hace mucho tiempo?
– Ya hace 30 años – suspiró Sappho.
–  ¿Qué edad tenían Ustedes entonces?
–  Yo tenía 30 y Homer 50.
– Disculpe la pregunta, pero ¿Se prolongó mucho esa relación?
–  No me gustaría hablar de ello.
–  Lo entiendo. Ahora no sabe Usted dónde puede estar Homer Greek, ¿verdad?

Pero Sappho ya no escuchó esta pregunta. Se había sumergido en una ensoñación que la había retrotraído 35 años atrás. La cena en el “Ambrosía” fue deliciosa, en todos los sentidos, y no sólo en el del gusto.

Aquellas dos personas, separadas por 20 años de edad, compartían, sin embargo, unos mismos gustos: la música clásica, ciertos deportes, caminar y, sobre todo, el mundo clásico griego. La cena se desarrolló en un ambiente relajado que se tornó cálido y acabó apasionado. En los postres, Greek había colocado su mano izquierda sobre la delicada piel de la mano derecha de su compañera de mesa en un gesto que denotaba algo más que confianza.
Ambos sentían por el otro una sensación difícil de expresar, pero que se puede resumir en una fuerte atracción. Sappho Corina añadía a sus talentos intelectuales una innata elegancia (algo que Homer Greek valoraba mucho), una sonrisa demoledora y unos ojos verdes que destacaban como dos luminarias en una tez oscura y que combinaban perfectamente con un pelo negro azabache.

Su hablar quedo y dulce ejercía un hechizo en la persona de Greek que se dio cuenta de esta característica el mismo día en que al conoció.
Corina, por su parte, admiraba a Homer por sus conocimientos de griego (algo por lo que sentía casi envidia) y por su seriedad. Pensaba que le sobraba cierto grado de adustez, pero, a sus 50 años, se mantenía en buen estado físico y ofrecía un aspecto saludable y robusto que invitaba a la confianza y el trato personal.

Tras la cena, y sin saber cómo ocurrió, se encontraron tomando una copa en la sencilla casa de Greek. La pasión y tal vez cierta influencia del alcohol los llevó a un arrebato amoroso. En efecto, del salón, donde estaban sentados en sendas butacas encaradas, se desplazaron a la habitación de Greek. Sappho había sido tomada en brazos por un desconocido, casi satirizado, que la besaba en sus carnosos labios con fruición; ella se agarraba con fuerza a la cintura de Homer disfrutando también del momento. Y llegaron a la habitación sobre cuya cama lanzó Homer a Sappho. Allí se deshicieron de sus ropas. Jadeos y resoplidos, gemidos y susurros. Nada de voces articuladas.

Homer recorrió con su lengua cada parte, cada zona, cada rincón, cada pliegue del cuerpo de Sappho. Sus piernas se entrelazaban y desunían con frenesí. La lengua dejó paso a las manos que repasaron con deleite, una y otra vez, los turgentes senos de la muchacha. Ésta, por su parte, buscaba el miembro erecto de Homer, que cubría y descubría. Y se produjo la fusión de ambos cuerpos arqueados en un acelerado frenesí henchido de gemidos. Se alcanza el clímax y Homer, tras un profundo grito, se separa finalmente de la unión y se tiende en la cama rostro arriba. Sappho es quien se tumba sobre él y le besa los labios, el pecho, los muslos, el vientre y de nuevo los labios.

Tras ello, los jadeantes cuerpos van apaciguándose, la respiración se normaliza y los sonidos inarticulados cesan. La habitación queda en silencio y, al cabo de un rato, ambos duermen profundamente.
La luz solar que se filtraba por la persiana entreabierta caía directamente sobre el rostro de Sappho que se despertó dando un respingo. Se incorporó en la cama y echó un vistazo. No reconocía donde estaba hasta que vio, tendido junto a ella, el cuerpo de Homer. Como un rayo le vino a la mente todo lo ocurrido la noche pasada: la cena, las copas y la escena en la cama. Todo se agolpaba en su cerebro, siendo procesado con rapidez. Ahora de daba cuenta de que nunca pensó que la novela de Heliodoro o la métrica griega la llevaran a esta experiencia apasionante y pasional. Tal vez sí los versos de Safo, aunque aplicados a varón y mujer.

Sappho dio unos golpecitos en el hombro de Homer y éste se despertó. Lo primero que éste vio fueron los hermosísimos ojos verdes que, como si de un gato se tratara, le observaban casi impávidos. Homer sonrío a Sappho y ésta le devolvió la sonrisa. Luego se levantó, cogió sus ropas, se vistió y tras besar en la mejilla a Homer que había contemplado recostado en la cama todos sus movimientos y musitar un escueto “adiós” se marchó.

–  Señora Corina, ¿me ha oído?
–  Perdón ¿cómo ha dicho?
–  ¿Que si no sabe Usted dónde puede estar Homer Greek?
–  Lo ignoro por completo. Siento no poder ayudarle. Ahora, si me disculpa, tengo reunión con la dirección.
–  Bien, bien. No la molesto más. Muchas gracias.
–  Hasta luego

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