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Archive for 12/03/12

–  Lo mejor que podrías hacer es abandonar el monasterio lo antes posible, Homer,- dijo Dom Benedikt. Creo que la policía sospecha que estás aquí y vendrán seguro a por ti.
–   Sí, Homer, será lo mejor, terció Dom Ludovic.
–    De acuerdo, me trasladaré provisionalmente a mi casa de Hierápolis, pero no me llevaré muchas cosas.
–    Tranquilo, nosotros nos encargamos de ocultar todo lo tuyo y ponerlo a buen recaudo.
–    ¿El altillo secreto de la sacristía de la iglesia?
–    Sí, allí no creo que vayan.
–    Dejaremos tu habitación limpia como una patena.
–    Llamadme y contádmelo todo, si vienen.
–    Descuida, Homer
–     Lo cierto es que no me importaría que, de aquí unos días, supieran que vivo aquí. De hecho lo sabrán.
–    ¿Qué quieres decir?
–    ¡Nada! ya os enteraréis. Voy a preparar lo que me llevo.
–    Dom Theodor te llevará a Hierápolis en nuestra furgoneta.

Dom Ludovic y Dom Benedikt salieron del cuarto y Homer Greek recogió en una pequeña maleta algo de ropa, algunos libros y la bolsa de aseo.
Al poco salió a la recepción donde ya le esperaba Dom Theodor. Partieron al punto hacia el pueblo que descansaba a los pies de la mole en la que se asentaba el cenobio benedictino.
Terminada la videoconferencia con Arístides Orpheus, Schadewaldt y el propio Rhode partieron sin demora hacia San Florián. Para cuando el coche se detuvo ante el portalón del monasterio, Homer Greek ya estaba en su casa y en el monasterio no había rastro de él. No contaban con que Orpheus había cantado, y no precisamente el aria de “El rapto en el serrallo”.

Dom Nikolaus los recibió y los llevó ante el abad.
–    Señor abad, soy el capitán Rhode, de la policía de Neápolis.
–    Mucho gusto.
–    Al teniente Schadewaldt ya lo conoce.
–    En efecto, nos visitó no hace mucho.
–    Entonces sabe que venimos por el asunto Greek.
–    ¡Ah! Creí que estaba todo claro.
–  Depende de qué entendamos por claro. Mire, voy a ser directo: sabemos que Homer Greek vive aquí, en el monasterio.
–    ¿Cómo dice?
–    ¡No se haga el longuis! Tenemos fuentes fiables.
–    ¡Fuentes! No creo que traigan una orden de registro, pero tampoco les hace falta.
–    No la traemos, pero ¿qué quiere decir con que no nos hace falta?
–   Pues que por mí pueden registrar el monasterio de arriba abajo y se demostrará que dije la verdad.
–    Eminencia, ¡que es Usted un monje!
–    ¿Qué quiere decir?
–    ¡Que no mienta!
–    ¡No miento!
–    ¿Se cree que no sospechamos que habrán puesto a Greek a buen recaudo? Por supuesto que no creíamos hallar ya aquí a Homer Greek, sino que confiábamos en que nos dijera dónde está.
–    Señor Rhode…
–    ¿Conoce Usted a Arístides Orpheus, ese viejecito simpático, pero a la par un tanto pesado, que vive en la residencia geriátrica “Titono” de Palinodia?
La cara del abad palideció.
–    ¿No le conoce, señor abad?
–    Pues debería, terció Schadewaldt, porque el viejecito afirma que ha estado aquí con Homer Greek y que a menudo se ven por WebCam.
–    ¿No tiene nada que decir, eminencia?
–    … Bien, es inútil que siga aparentando no saber nada. Sí, Homer Greek vive con nosotros en el monasterio.
–    ¡Ajá! ¿Desde cuando? Si no es indiscreción.

–    Ya hace 15 años. Antes de jubilarse había venido a los cursillos de gregoriano durante una o dos semanas. Cuando se jubiló, nos preguntó si podía instalarse aquí. En el monasterio se daban las condiciones idóneas para su retiro: tranquilidad, su querido canto gregoriano, la biblioteca con magníficos ejemplares, muchos de ellos en griego, espacio para la meditación y la reflexión.
No pudimos negarnos y le permitimos que se instalara en la hospedería de forma definitiva. Ha sido y es un magnífico huésped que hace casi vida monacal, excepto en el trabajo de encuadernación. Además, asiste a Dom Ludovic en los cursillos de gregoriano. Quisimos ocultar su presencia entre nosotros por preservar su tranquilidad y porque, cuando nos solicitó instalarse aquí, nos manifestó su deseo de apartarse de la sociedad, de vivir sin que se supiera nada de su persona. Durante quince años Homer ha vivido aquí feliz, relajado y dedicado a lo que más le gusta. La visita de la policía nos puso en alerta y decidimos todos los monjes adoptar una medida de protección, aunque nos ha llevado a mentir, algo que, en efecto, no casa con nuestra condición. Pero digamos que lo considerábamos una mentira piadosa.

–    Bueno, por lo menos se ha sincerado Usted y no ha seguido con la comedia. Y ¿sería mucho pedirle que nos dijera dónde se encuentra ahora el señor Greek?
–    Marchó a su casa de Hierápolis; no sé nada más, aunque, cuando se iba me dijo algo enigmático.
–    ¡Ah, si! ¿Qué?
–    Que no le importaría que, de aquí unos días, supieran Ustedes que vive aquí. Y añadió que, de hecho, lo sabrían.
–    ¿Eso qué quiere decir?
–    Suena a que él mismo desvelaría la situación, ¿no, capitán?
–    Eso parece; como si tuviera la intención de acabar con esta situación de retiro.
–    Por cierto, señores, ya que yo ya he hablado, ¿Podría decirme ahora con exactitud para qué buscan a Homer?
–    Bueno, creo que es justo que se lo digamos. Verá, parece que necesitan al señor Greek para descifrar un importante texto que han hallado en una excavación arqueológica, creo que en Paleópolis. El descubrimiento del texto no ha sido comunicado aún a nadie. El texto está escrito en griego y necesitan a un helenista para traducirlo y ahí es donde entra en juego  Homer Greek.
–    ¿No han conseguido descifrar ese texto?
–    Pues, por lo visto, no. Debe ser que los arqueólogos de ahora no dominan el griego.
–    ¡Vaya! Eso puede ser magnífico para Homer. Demostrar la importancia de la lengua que él adora y que siempre ha estudiado y enseñado y, al tiempo, hacer caer a las autoridades y a los especialistas de hoy que el desconocimiento del griego sólo puede llevarnos a la mediocridad y a la falta de cultura, a la pérdida de un importante bien y al empobrecimiento de nuestra sociedad.
–    Es posible, pero lo que sí que choca es que un descubrimiento arqueológico se paralice o no pueda comunicarse, porque no se ha podido traducir el texto que contiene. Según me consta, el griego ha sido una lengua de prestigio y lo suficientemente importante como para que siguiera teniendo cabida en los estudios actuales.
–    Sí, pero lo cierto es que hace tiempo que no lo está y así les ha ido a los arqueólogos.
–    Bueno ¿y dónde vive exactamente el señor Greek?
–    Creo que en una casita a las afueras de Hierápolis, en la urbanización “Paradeisos”, en la casa número 7.
–    Bien, gracias por todo, Dom Benedikt y disculpe nuestra ironía anterior.
–    Tranquilo, señor Rhode, cada uno jugaba su papel.
–    Hasta luego, Eminencia.
–    Adiós, teniente Schadewaldt. Ya veremos cómo acaba todo esto.

Rhode y Schadewaldt fueron despedidos en la puerta del monasterio por el abad en persona. El coche policial enfiló la serpenteante carretera que bajaba hasta Hierápolis.

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