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Archive for 2/07/12

Nuevo capítulo de nuestra serie que pretende hacer ver la importancia del griego y su cultura en el uso de expresiones de uso corriente, o no tanto, y en la explicación de numerosas cuestiones.

19. ¿Por qué no nos debemos dejar llevar por cantos de sirenas?

19. Pues porque nos veríamos alejados de nuestro camino y olvidaríamos nuestra meta.

Las Sirenas son genios marinos, mitad mujer, mitad ave. Se mencionan por primera vez en la Odisea; en este poema figuran dos. Otras tradiciones posteriores citan cuatro: Teles, Redne, Molpe y Telxíope; o tres: Pisínoe, Agláope, Telxiepia, llamadas también Parténope, Leucosia y Ligia.

Según la leyenda más antigua, las sirenas habitaban una isla del Mediterráneo y con su música atraían a los navegantes que pasaban por sus parajes. Los barcos se acercaban entonces peligrosamente y zozobraban, y las sirenas devoraban a los imprudentes. Se cuenta que los Argonautas pasaron cerca de las sirenas, pero Orfeo cantó tan melodiosamente mientras el Argo estuvo al alcance de su música, que los héroes no sintieron la tentación de abordar, excepto Butes, que se arrojó al mar para ir a su encuentro, pero fue salvado por Afrodita.

Al pasar por los mismos pasajes, Ulises, prudente y curioso a la vez, mandó a sus marinos que se tapasen los oídos con cera, y él se hizo amarrar al mástil, con orden de que nadie lo desatase por insistentes que fuesen sus ruegos. Al obrar de este modo seguía los consejos de Circe, que le había revelado el peligro al que se exponía. Cuando comenzó a oír la voz de las sirenas, Ulises sintió un invencible deseo de ir hacia ellas, pero sus compañeros se lo impidieron. Se dice que las sirenas, despechadas por su fracaso, se precipitaron al mar y perecieron ahogadas.

Tradicionalmente, la isla de las Sirenas se sitúa frente a la costa de la Italia meridional, sin duda frente a la isla de Sorrento.

El mitógrafo Higino, en su Fábula 141, escribió:

SIRENES.

Sirenes Acheloi fluminis et Melpomenes Musae filiae Proserpinae raptu aberrantes ad Apollinis terram uenerunt, ibique Cereris uoluntate, quod Proserpinae auxilium non tulerant, uolaticae sunt factae. His responsum erat tam diu eas uicturas quam diu cantantes eas audiens nemo esset praeteruectus. Quibus fatalis fuit Vlixes; astutia enim sua cum praenauigasset scopulos in quibus morabantur, praecipitarunt se in mare. A quibus locus Sirenides cognominatur, qui est inter Siciliam et Italiam. 

SIRENAS:

Las sirenas, hijas del río Aqueloo y de la musa Melpómene, desentendiéndose del rapto de Proserpina, llegaron a la tierra de Apolo, y allí, por voluntad de Ceres, puesto que no habían proporcionado auxilio a Proserpina, fueron convertidas en aves. Les fue comunicado en oráculo que vivirían mientras nadie pasara de largo tras oírlas cantar. Entre ellos el fatal Ulises; en efecto, por su astucia, cuando se acercó navegando a las rocas en las que vivían, se precipitaron al mar. Por ellas el lugar se llama Sirénides, que está entre Sicilia e Italia.

Homero, en Odisea XII, 39 y siguientes, nos narra el consejo que da Circe a Ulises sobre las sirenas:

“τατα μν οτω πάντα πεπείρανται, σ δ᾿ κουσον,

ς τοι γν ρέω, μνήσει δέ σε κα θες ατός.

Σειρνας μν πρτον φίξεαι, α ά τε πάντας     

νθρώπους θέλγουσιν, τίς σφεας εσαφίκηται.

ς τις ϊδρεί πελάσ κα φθόγγον κούσ

Σειρήνων, τ δ᾿ ο τι γυν κα νήπια τέκνα

οκαδε νοστήσαντι παρίσταται οδ γάνυνται,

λλά τε Σειρνες λιγυρ θέλγουσιν οιδ,

μεναι ν λειμνι· πολς δ᾿ μφ᾿ στεόφιν θς

νδρν πυθομένων, περ δ ινο μινύθουσιν.

λλ παρξ λάαν, π δ᾿ οατ᾿ λεψαι ταίρων

κηρν δεψήσας μελιηδέα, μή τις κούσ

τν λλων· τρ ατς κουέμεν α κ᾿ θέλσθα,

δησάντων σ᾿ ν νη θο χεράς τε πόδας τε

ρθν ν στοπέδ, κ δ᾿ ατο πείρατ᾿ νήφθω,

φρα κε τερπόμενος π᾿ κούσς Σειρήνοιϊν.

ε δέ κε λίσσηαι τάρους λσαί τε κελεύς,

ο δέ σ᾿ τι πλεόνεσσι τότ᾿ ν δεσμοσι διδέντων.

Así, pues, se han llevado a cumplimiento todas estas cosas. Oye ahora lo que voy a decir y un dios en persona te lo recordará más tarde. Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a sus hogares; sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen al mismo; y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía.

 

La narración de lo sucedido a Ulises y sus compañeros con las sirenas lo describe Homero en XII 166 a 200:

Mientras hablaba, declarando estas cosas a mis compañeros, la nave, bien construida llegó muy presto a la isla de las sirenas, pues la empujaba favorable viento. Desde aquel instante echóse el viento y reinó sosegada calma, pues algún numen adormeció las olas. Levantáronse mis compañeros, amainaron las velas y pusiéronlas en la cóncava nave; y, habiéndose sentado nuevamente en los bancos, emblanquecían el agua, agitándola con los remos de pulimentado abeto.

Tomé al instante un gran pan de cera y lo partí con el agudo bronce en pedacitos, que me puse luego a apretar con mis robustas manos. Pronto se calentó la cera, porque hubo de ceder a la gran fuerza y a los rayos del soberano Helios Hiperiónida, y fui tapando con ella los oídos de todos los compañeros. Atáronme éstos en la nave, de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil; ligaron las sogas al mismo; y, sentándose en los bancos, tornaron a batir con los remos el espumoso mar.

Hicimos andar la nave muy rápidamente. y, al hallarnos tan cerca de la orilla que allá pudieran llegar nuestras voces, no se les encubrió a las sirenas que la ligera embarcación navegaba a poca distancia y empezaron un sonoro canto:

– ¡Ea, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos! Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz que fluye de nuestra boca; sino que se van todos después de recrearse con ella, sabiendo más que antes; pues sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses, y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.

Esto dijeron con su hermosa voz. Sintióse mi corazón con ganas de oírlas, y moví las cejas, mandando a los compañeros que me desatasen; pero todos se inclinaron y se pusieron a remar. Y, levantándose al punto Perimedes y Euríloco, atáronme con nuevos lazos, que me sujetaban más reciamente. Cuando dejamos atrás las sirenas y ni su voz ni su canto se oían ya, quitáronse mis fieles compañeros la cera con que había yo tapado sus oídos y me soltaron las ligaduras.

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