Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 17 17+01:00 julio 17+01:00 2012

Terminábamos el capítulo anterior con un epigrama de Salas Barbadillo. Este escritor barroco, contemporáneo de Quevedo, dedicó un romance al mismo asunto mitológico, la Fábula de Apolo y Dafne.

Javier Salazar Rincón, en su artículo Sobre los significados del laurel y sus fuentes clásicas en la edad media y el siglo de oro, publicado en la revista de literatura del CSIC, dice:

La “Fábula de Apolo y Dafne”, del propio Salas Barbadillo, apareció en una antología de José Alfay en 1654 (Poesías varias de grandes ingenios). La composición se inicia con la venganza que Cupido lleva a cabo tras haberse burlado Apolo de él:

Aquel dios ciego y malsín,

preciado de ballestero,

causa de tantos achaques

y achaque de tantos necios,

dio un flechazo a don Apolo,

dios tan prudente y tan cuerdo,

que de cochero se sirve,

por no sufrir a un cochero.

Viene luego el enamoramiento del dios, el cual:

Suspira por doña Dafne,

doncellona de aquel tiempo,

muy preciada de ser virgen,

que no era el mundo tan necio.

Desdeñado, como en la historia narrada por Ovidio, Apolo da en perseguir a la ninfa, si bien ella:

En laurel se vuelve, un árbol

de más pompa que provecho,

alcázar de ruiseñores,

truhanes de los desiertos.

Para coronar poetas

escoge sus ramas Febo,

que de árbol que no da fruto

se coronan los ingenios.

Y el romance concluye recordando al autor de la leyenda, sin que falte el ya manido chiste a propósito de las narices judías, muy del gusto de aquel tiempo:

Refiere Ovidio esta historia,

aquel narigudo ingenio,

que siendo en sangre latino,

hubo nariz en hebreo.

José María Cossío, en Fábulas mitológicas en España, escribe:

Las cualidades satíricas de éste (Salas Barbadillo) aparecen en el romance, que en romance está desarrollada la fábula y notablemente. Lo de menos parece en él relatar el caso, si bien no se priva de hacerlo y prohijarle, bien graciosamente, al autor de las Metamorfosis

Refiere Ovidio esta historia,

aquel narigudo ingenio,

que siendo en sangre latino,

hubo nariz en hebreo.

Lo característico es el trufado de rasgos satíricos, el ingenioso aplicar a costumbres del momento cuanto chistosamente pudiera descubrir como alusión su ingenio. Los ejemplos podrían ser numerosos, pues cada dos cuartetas se encuentran, pero les reduciré a unos pocos, que podrán dar idea del estilo de Salas Barbadillo. Los coches y cocheros, obsesión y manía de las damas y daifas de entonces se satirizan así:

¡Qué desdichado fue Apolo

en no amar en estos tiempos;

bajara en su coche al Prado

y en fe de él le hablaran luego!

O bien:

don Apolo,

dios tan prudente y tan cuerdo,

que de cochero se sirve,

por no sufrir a un cochero.

No sé si la siguiente queja tiene algo de desahogo personal, que bien pudiera:

Muy poco se parecía

A los señores que hoy vemos,

Que aun a quien más bien les sirven,

Pagan la ración a tercios

Pero indudablemente era fruto de experiencia de una vida escasa y trabajosa esta observación feliz:

Para coronar poetas

Escoge sus ramas Febo,

Que de árbol que no da frutos

Se coronan los ingenios.

El romance, dentro de su carácter satírico, es excelente, y, aunque por su tema y las aplicaciones de él parece posterior a los conocidos de Góngora, por su estilo se juzgaría anterior a las novedades de su escuela, que, especialmente en este género de fábulas,  alcanzaron a cuantos autores las hicieron.

Sin pretenderlo, algunos rasgos muestran un ingenio propiamente poético, y ocurrencia graciosa, pero ocurrencia poética, es apodar así a los ruiseñores:

En laurel se vuelve, un árbol

de más pompa que provecho,

alcázar de ruiseñores,

truhanes de los desiertos.

 Hasta aquí Cossío.

La composición contiene todos los elementos del mito, revestido de un humorismo satírico. Tenemos a Cupido (aquel dios ciego y malsín), al que Salas Barbadillo describe como poco experto en el arco (lo que precisamente le echa en cara Apolo en el texto de Ovidio = preciado de ballestero) y como causante de enamoramientos y enfermedades. Hay, tal vez, una alusión a Faetón, el hijo de Helios = Sol = Apolo, en la expresión que de cochero se sirve. Dafne es presentada de un modo curioso (a la cabellera rubia). Lógicamente, tratándose del dios del Sol, los suspiros de Apolo por Dafne son de fuego. La virginidad de Dafne parece alabada en los versos muy preciada de ser virgen, que no era el mundo tan necio. Ante la negativa de Dafne a los amores de Apolo para mantener su virginidad, el dios del Sol responde que un mes al año se encuentra en el signo de Virgo (curiosa alusión al Zodíaco).

Sabemos también por el romance que Dafne es hija de un río, cuyo nombre no se cita (Peneo) y por eso tiene un carácter frío que no se somete a la pasión de Apolo. Cuando éste se determina a conseguirla por la fuerza y la persigue, se encuentra con que la ninfa es más rápida que él, el Sol, que un solo día da la vuelta al mundo (en realidad es la Tierra la que gira alrededor del Sol). Dafne se le escapa y, cuando le da alcance, ya se ha convertido en árbol. Aquí Salas escribe un verso interesante (dando más leña a su fuego) que, además de ser una expresión (echar más leña al fuego es avivar un asunto) recoge perfectamente la conversión en árbol de Dafne y la pasión (el fuego) de Apolo.

El laurel parece que no cuenta con la simpatía del autor: es un árbol más de pompa (una referencia a su símbolo de victoria) que de provecho, que sirve de nido a los ruiseñores, a los que califica como truhanes de los desiertos.

A continuación queda patente que el laurel será símbolo de poetas, pues las personas ingeniosas son coronadas por las ramas de un árbol acarpo.

Apolo (¿flamenco, es decir, holandés porque es rubio?) decide tomar luto poniendo cortinas negras a su carro.

Satírica es la comprensión de la actitud de Dafne, explicada por su linaje: si su padre era un río y le ha pasado ese carácter frío, su abuelo era un peñasco, lo que aumenta la dureza y obstinación de su actitud.

El final del romance nos desvela a su fuente (las Metamorfosis de Ovidio), con cuyo cognomen (Naso = narigudo) juega el poeta, al afirmar que, aun siendo latino, poseía una nariz propia de judíos. Los judíos en aquella época y posteriores (algunas tan deleznables, como la nazi) pasaban por tener la nariz grande.

Read Full Post »