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Archive for 28/07/12

Siguió el paseo por la plaza Mayor y adyacentes. Siempre es un gusto entrar en la plaza del Mercadillo y saludar a las Tres Gracias y a Afrodita surgiendo de la espuma, esculturas de Adsuara. La segunda, cuyo título es Desnudo de mujer, nos presenta a una mujer en escorzo con los dos brazos sobre la cabeza. Con las palmas de la mano unidas.

Su posición nos recuerda el de algunas Venus púdicas, aunque ésta no oculta nada, sino al contrario.

Las olas del mar y una concha sobre el pedestal en el que se levanta nos recuerdan su nacimiento. Recordemos la enorme concha de la que surge Venus en El nacimiento de Venus de Boticelli o esta otra obra de Keller.

En la misma plaza y enfrente de Afrodita encontramos Las Tres Gracias, una estatua en bronce copia del original ubicado en el Museo de Bellas Artes de la ciudad.

Parece que la obra se inspira en la de Antonio Canova, que se puede admirar en el Ermitage de San Petersburgo, pero ha habido innumerables ejemplos en la pintura y la escultura de este trío de divinidades.

Las Gracias son, en efecto, divinidades de la belleza y, tal vez, en su origen, potencias de la vegetación. Esparcen la alegría en la Naturaleza, en el corazón de los humanos e incluso en el de los dioses. Habitan en el Olimpo en compañía de las Musas, con las cuales forman a veces coros. Pertenecen al séquito de Apolo, el dios músico.

Se representan generalmente como tres hermanas, llamadas Eufrósine, Talía y Áglae, tres jóvenes desnudas cogidas por los hombros; dos de ellas miran en una dirección, y la del medio, en la dirección opuesta. Su padre es Zeus; su madre, Eurínome, hija de Océano.

Decíamos que habitan en el Olimpo junto a las Musas. Pues bien, las Musas están también presentes en la ciudad, en la decoración del arco de la embocadura del coqueto teatro Principal.

Finalizamos el recorrido por la plaza Mayor en el ayuntamiento, cerrado porque era festivo. Justo en la parte superior de la puerta principal del edificio, traspasadas las arcadas, nos encontramos con una hornacina que alberga una tosca figura en piedra de San Cristóbal, que junto a San Blas, San Vicente Ferrer y la Virgen de Lledó, son los patronos de la ciudad.

Y éste es nuestro nuevo elemento clásico, esta vez, en el nombre griego de este santo.

De aquí hemos sacado esta información:

San Cristóbal, popularísimo gigantón que antaño podía verse con su barba y su cayado en todas las puertas de las ciudades: era creencia común que bastaba mirar su imagen para que el viajero se viese libre de todo peligro durante aquel día. Hoy que se suele viajar en coche, los automovilistas piadosos llevan una medalla de san Cristóbal junto al volante.

¿Quién era? Con la historia en la mano poco puede decirse de él, como mucho que quizá un mártir de Asia menor a quien ya se rendía culto en el Siglo V. Su nombre griego, «el portador de Cristo», es enigmático, y se empareja con una de las leyendas más bellas y significativas de toda la tradición cristiana. Nos lo pintan como un hombre muy apuesto de estatura colosal, con gran fuerza física, y tan orgulloso que no se conformaba con servir a amos que no fueran dignos de él.

Cristóbal sirvió  primero a un rey, aparente señor de la tierra,  a quién Cristóbal vio temblando un día cuando le mencionaron al demonio. Cristóbal entonces decidió ponerse al servicio del diablo, verdadero príncipe de este mundo, y buscó a un brujo que se lo presentará. Pero en el camino el brujo pasó junto a una Cruz, y temblando la evitó. Cristóbal le pregunto entonces si él le temía a las cruces, contestándole el brujo que no, que le temía a quién había muerto en la Cruz, Jesucristo. Cristóbal le pregunto entonces si el demonio temía también a Cristo, y el brujo le contestó que el diablo tiembla a la sola mención de una Cruz donde murió él tal Jesucristo.

¿Quién podrá ser ese raro personaje tan poderoso aun después de morir? Se lanza a los caminos en su busca y termina por apostarse junto al vado de un río por donde pasan incontables viajeros a los que él lleva hasta la otra orilla a cambio de unas monedas. Nadie le da razón del hombre muerto en la cruz que aterroriza al Diablo.

Hasta que un día cruza la corriente cargado con un insignificante niño a quien no se molesta en preguntar; ¿qué va a saber aquella frágil criatura? A mitad del río su peso se hace insoportable y sólo a costa de enormes esfuerzos consigue llegar a la orilla: Cristóbal llevaba a hombros más que el universo entero, al mismo Dios que lo creó y redimió. Por fin había encontrado a Aquél a quien buscaba.

– ¿Quién eres, niño, que me pesabas tanto que parecía que transportaba el mundo entero?–Tienes razón, le dijo el Niño. Peso más que el mundo entero, pues soy el creador del mundo. Yo soy Cristo. Me buscabas y me has encontrado. Desde ahora te llamarás Cristóforo, Cristóbal, el portador de Cristo. A cualquiera que ayudes a pasar el río, me ayudas a mí.

Cristóbal fue bautizado en Antioquía. Se dirigió sin demora a predicar a Licia y a Samos. Allí fue encarcelado por el rey Dagón, que estaba a las órdenes del emperador Decio. Resistió a los halagos de Dagón para que se retractara. Dagón le envió dos cortesanas, Niceta y Aquilina, para seducirlo. Pero fueron ganadas por Cristóbal y murieron mártires. Después de varios intentos de tortura, ordenó degollarlo. Según Gualterio de Espira, la nación Siria y el mismo Dagón se convirtieron a Cristo.

En efecto, Cristóbal (y sus variantes Christopher, Cristòfol, Cristoforo, Chistoph, etc.), significa “el portador de Cristo” (Χριστοφόρος), nombre formado por los elementos Χριστός, que significa “ungido”, derivado del verbo χρίω (ungir) y sinónimo del hebreo Mesías, y el elemento φορος, que significa “que lleva” del verbo  φορέω, “llevar”, frecuentativo de φέρω (llevar, transportar). Este último elemento está presente en palabras como fósforo (que lleva luz), semáforo (que lleva una señal) o en el de dos famosas esculturas griegas: el Moscóforo (portador de ternero) y el Doríforo (portador de la lanza), esta última de Policleto.

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