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Archive for 1 de diciembre de 2012

Continuamos nuestra miniserie a propósito de la polvareda levantada, en gran medida por culpa de los medios de comunicación, a propósito de la presencia de la mula y el buey en los belenes, después de que el Papa diga en su último libro que los evangelios canónicos no hablan de la mula y el buey. A ello parece que han reducido muchos periódicos su información sobre el último libro de Benedicto XVI. Abordamos ahora el hecho desde el punto de vista filológico.

Aspecto segundo: filológico.

La iconografía del portal se ha ido configurando a lo largo de los siglos, supongo que desde que San Francisco de Asís montara el primer Belén. Y en ella han tenido mucha importancia los evangelios apócrifos, algo de lo que hemos hablado en nuestro blog en algunos artículos dedicados a glosar la infancia de Cristo.

En De infantia Salvatoris (II) aportábamos una parte de la introducción a Los evangelios apócrifos que Aurelio de Santos realiza en su edición crítica y bilingüe de la BAC, en la que, precisamente, se hace referencia al buey y el asno, como uno de los elementos que han llegado hasta nosotros a partir de los evangelios apócrifos, esas sencillas narraciones populares que tanto han legado a la piedad, el arte, la literatura o la liturgia cristianas. Dice Aurelio de Santos:

Por lo que se refiere al dogma, los evangelios apócrifos se nos presentan frecuentemente como testigos de verdades que hoy son objeto de fe por nuestra parte. Pensemos en la virginidad de María, tan brillantemente defendida en el protoevangelio de Santiago, sin dejar de reconocer lo grosero de sus recursos; pensemos también en el episodio de la bajada de Cristo a los infiernos, de la que Acta Pilati nos hace una pormenorizada descripción, e incluso en el relato de la asunción de la virgen, del que tantos detalles nos ofrece la lujuriante literatura apócrifo-asuncionista.

Esto no quiere decir que la Iglesia haya tenido que beber en fuentes apócrifas las mencionadas verdades. Para esto está el genuino venero de la Escritura y la Tradición. Los apócrifos deben considerarse como meros testigos, pero auténticos, de ésta.

El valor relativo de los apócrifos se echa de ver, además, si consideramos el influjo enorme que estas leyendas han ejercido en las diversas manifestaciones del sentir cristiano. A este influjo no podemos sustraernos ni siquiera nosotros en la actualidad. Las severas prohibiciones de algunos padres no fueron capaces de hacer desaparecer esta literatura que, como corriente subterránea, fue aflorando de diversas maneras a la  superficie, de la liturgia, del arte, de la literatura e incluso de la misma piedad cristiana. Una sencilla ojeada por diversos sectores nos permitiría descubrir mil huellas de estas sencillas narraciones populares.

Los nombres que damos a los padres de la virgen, Joaquín y Ana, cuyas fiestas respectivas celebra la liturgia romana el 16 de agosto y el 26 de julio; la fiesta de la presentación de la virgen niña, fijada por el calendario bizantino y romano en el 21 de noviembre; el nacimiento de Jesús en una cueva, en que no faltan nunca el buey y el asno; la huida a Egipto, con los ídolos que se derrumban; los tres reyes magos, con sus nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar; la historia de los ladrones Dimas y Gestas; el nombre del soldado que atravesó con su lanza el costado de Jesús, a quien llamamos Longinos; la historia de la Verónica, que enjugó con un lienzo el rostro de Jesús mientras Éste iba por la calle de la Amargura… Estos y otros detalles parecidos están tan íntimamente compenetrados con nuestra manera de sentir que nos resistimos a reconocer que no descansan sobre otro fundamento histórico que el de las narraciones apócrifas.

Por tanto, gran parte de la iconografía del portal, como otras manifestaciones de piedad popular, o del sentir cristiano, como dice de Santos, tienen su arranque en las versiones del nacimiento que aparecen en los apócrifos. Y eso porque los canónicos apenas dan dos pinceladas sobre el nacimiento de Cristo. En Marcos y Juan no hay ninguna alusión a la Natividad. En Mateo sólo se nos narra brevemente la visita de los magos, la huida a Egipto, la matanza de los inocentes y el retorno de Egipto. Lucas es quien más se detiene en el nacimiento y nos habla del edicto del César, del pesebre, de los pastores y los ángeles, aunque apenas nos da datos; no es ése el objetivo de su evangelio.

Titulamos el artículo Entre un buey y una mula, parte de la letra del villancico AY DEL CHIQUIRRITÍN. Los villancicos son otro ejemplo de las posibles influencias de las narraciones populares sobre el nacimiento de Jesús.

AY DEL CHIQUIRRITÍN,

QUE HA NACIDO ENTRE PAJAS,

AY DEL CHIQUIRRITÍN,

QUERI QUERIDÍN QUERIDITO DEL ALMA.

Por debajo del arco del portalito

se descubre a María, José y el Niño.

Entre un buey y una mula Dios ha nacido

y en un pobre Pesebre lo han recogido.

En este blog leemos:

Ninguna escena de pesebre está completa sin un buey y un mulo en la imagen. También tienen que haber ovejas, por supuesto, y puede haber caballos y vacas y ratones, pájaros y gatos y todo lo demás para lo que tengas espacio. Sin embargo, el buey y el mulo están visiblemente presentes.

Y eso porque la tradición se ha encargado de transmitirlo a lo largo de los siglos. Como se dice en el artículo del blog que citamos Padres de la Iglesia como Orígenes, Gregorio Nacianceno, Cirilo de Jerusalén, Ambrosio, Agustín, Paulino de Nola o Prudencio se han referido al asno y el buey en el pesebre.

El buey y el mulo están de guardia en el pesebre como testigos mudos de la profundidad de la desobediencia humana sobre la que la venida de Cristo triunfa otra vez.

Sin embargo en mi pequeño belén, que me compré en Perú, no hay buey ni mula. Es una cajita con dos puertecitas que, al abrirse, dejan ver una tierna y sencilla escena: San José, la Virgen y dos pastores, con vestiduras de indio peruano, adoran a un niño, bastante crecidito, desnudo y con el único aditamento de un gorro típico peruano. A los pies de la cuna hay dos llamas, alpaquitas o vicuñitas, aunque también podrían ser ovejas.

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