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Archive for 4 de diciembre de 2012

Siguiendo con el Hércules de Pollaiuolo, aquí podemos leer:

Hércules es para Pollaiuolo una oportunidad de expresar la potencia gestual en movimiento, que el italiano buscaba retratar a lo largo de su obra. Las líneas curvas de la Hidra o la cola del león, enroscada en espontánea inflexión, son elementos  que el pintor agrega en función de llenar armónicamente el espacio de elementos que otorguen dinamismo a la composición. A través de esta pintura, Pollaiuolo demuestra su maestría al momento de retratar con soltura única su obsesión  por rescatar instantes de tensión móvil.  Todo en la pintura señala este interés. El cuerpo  de Hércules se encuentra representado con sus músculos definidos, demostrando en cada parte de aquel, la fuerza que está aplicando en la batalla con la Hidra. El estudio anatómico del cuerpo humano, que realiza el pintor nos hace comprobar su amplio conocimiento fisiognómico de este.

El paisaje del fondo aporta el sentido de profundidad de la obra exaltando la magnificencia de Hércules. El león que cubre la cabeza del personaje mitológico, potencia la idea de un aguerrido luchador, el cual ya ha vencido a otras fieras y enemigos. Conocido por su temperamento fuerte, el pintor plasmaba en sus pinturas, con potencia dramática su dinámica naturaleza. Obsesionado con el movimiento, Pollaiuolo descartaba las figuras estáticas y elegía posturas para aquellos, llenos de diagonales, contrapuntos y tensiones formales. La curva fue también un elemento que lo ayudó a evocar la movilidad que se exigía lograr. En la obra presente se pueden apreciar todos los componentes plásticos antes mencionados. Todo en la pintura habla de esa búsqueda de retratar fidedignamente el esfuerzo. La contorsión del cuerpo de Hércules, sus marcados músculos, la curvatura de la Hidra, la diagonalidad del palo que sostiene en su brazo derecho…

Todos se conjugan para configurar el dinamismo buscado que caracteriza tan acordemente la personalidad del representado con las ambiciones del pintor. Antonio destacó de sus contemporáneos por su gran interés por el movimiento. Subordinó el verticalismo hierático del pasado ante un fuerte modelado naturalista, dotado de formas en extrema movilidad. De este modo se puede apreciar que sus figuras gozan de poses dinámicas, donde cada músculo es exaltado y retratado en su estado de mayor tensión. La fuerza con que Hércules combate a la Hidra se evidencia en cada segmento de su cuerpo. La selección del tema no es casual, ya que, afanado el pintor en plasmar la movilidad corporal en su estado más  radical, Hércules es un catalizador perfecto para esos propósitos y directo enunciador de sus pretensiones estilísticas.

Podemos comparar el estudio anatómico de Pollaiuolo con el de Guido Reni, en su gran (260 x 192 cm) «Hércules abatiendo a la hidra de Lerna» de 1620, conservado en el Louvre:

En nuestro próximo número abordaremos los ejemplos de Zurbarán, pero ahora, como también recordábamos en el capítulo inicial, aprovechamos para decir algo sobre Hércules. Hemos elegido el libro de Robert Graves Los mitos griegos, del que ofrecemos fragmentos de los capítulos El nacimiento de Heracles y La juventud de Heracles, en la traducción de Luis Echávarri y revisión de Lucía Graves en Alianza Editorial (1111):

Anfitrión, acompañado por Alcmena, huyó a Tebas, donde el rey Creonte le purificó y dio a su hermana Perimede en casamiento a Licimio, el único hijo sobreviviente de Electrión, bastardo nacido de una frigia llamada Midea. Pero la piadosa Alcmena no quería yacer con Anfitrión hasta que vengase la muerte de sus ocho hermanos. En consecuencia, Creonte le dio permiso para que reclutase un ejército beocio con ese propósito y con la condición de que liberase a Tebas de la zorra teumesia; cosa que él hizo pidiendo al ateniense Céfalo que le prestase el célebre sabueso Lelaps. Luego, ayudado por contingentes atenienses, focenses, argivos y locrios, Anfitrión venció a los telebeos y tafios y donó sus islas a sus aliados, entre ellos a su tío Heleos.

Entretanto, Zeus, aprovechando la ausencia de Anfitrión, tomó la figura de él y, asegurando a Alcmena que sus hermanos estaban vengados, puesto que, en efecto, Anfitrión había ganado la victoria requerida aquella mañana misma, yació con ella toda una noche, a la que dio la duración de tres. Pues Hermes, por orden de Zeus, había mandado a Helio que apagase los fuegos solares y a las Horas que desunciesen su tiro y se quedasen al día siguiente en casa; porque la procreación de un paladín tan grande como el que se proponía engendrar Zeus no se podía realizar apresuradamente. Helio obedeció, rezongando con el recuerdo de los buenos tiempos pasados, cuando el día era día y la noche era noche; y cuando Crono, el entonces Dios Omnipotente, no abandonaba a su esposa legal para irse a Tebas en busca de aventuras amorosas. Hermes ordenó luego a la Luna que siguiese lentamente su órbita, y al Sueño que amodorrase a la humanidad de tal modo que nadie se diera cuenta de lo que sucedía.

Alcmena, completamente engañada, escuchó complacida el relato de Zeus acerca de la aplastante derrota infligida a Pterelao en Ecalia, y holgó inocentemente con su supuesto marido durante aquellas treinta y seis horas. Al día siguiente, cuando Aifitrión volvió, rebosante de entusiasmo por la victoria y lleno de pasión por ella, Alcmena no le acogió en el lecho matrimonial con el arrobamiento que él esperaba. «Anoche no cerramos los ojos— se quejó ella— y seguramente no esperarás que escuche por segunda vez el relato de tus hazañas.» Anfitrión, que no pudo comprender esas palabras, consultó con el adivino Tiresias, quien le dijo que Zeus le había hecho cornudo; y en adelante no se atrevió a volver a dormir con Alcmena por temor a incurrir en los celos divinos.

Nueve meses después, en el Olimpo, Zeus se jactó casualmente de que había engendrado un hijo, que estaba a punto de nacer, quien se llamaría Heracles, que significa «Gloria de Hera», y gobernaría la noble casa de Perseo. Al oír esto, Hera le hizo prometer que si a la casa de Perseo le nacía algún príncipe antes de anochecer sería Rey Supremo. Cuando Zeus hizo al respecto un juramento inviolable, Hera fue inmediatamente a Micenas, donde apresuró los dolores de parto de Nicipe, esposa del rey Esténelo. Luego corrió a Tebas y se sentó con las piernas cruzadas ante la puerta de Alcmena, con las ropas atadas en nudos y los dedos fuertemente entrelazados; de ese modo demoró el nacimiento de Heracles hasta que Euristeo, hijo de Esténelo, sietemesino, estuvo ya en su cuna. Cuando nació Heracles, con una hora de retraso, se encontró con que tenía un hermano mellizo llamado Ificles, hijo de Anfitrión y una noche más joven. Pero algunos dicen que Heracles, y no Ificles, era una noche más joven; y otros, que los mellizos fueron engendrados en la misma noche y nacieron juntos y que el Padre Zeus iluminó divinamente la alcoba donde nacieron. Al principio se llamó a Heracles Alceo o Palemón.

Cuando Hera volvió al Olimpo y se jactó tranquilamente de haber conseguido mantener a Ilitía, diosa del parto, alejada de la puerta de Alcmena, Zeus fue presa de una gran ira; asió a su hija mayor Ate, quien le había impedido ver el engaño de Hera, juró que nunca volvería a visitar el Olimpo, la hizo girar alrededor de su cabeza sujetándola por la cabellera dorada y la lanzó a la tierra. Aunque Zeus no podía violar su juramentó y permitir a Heracles que gobernase la casa de Perseo, convenció a Hera para que accediese a que, después de realizar cualesquiera doce trabajos que le señalara Euristeo, su hijo se convirtiese en un dios.

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