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Archive for 30/03/13

san pedro

Los lectores de este blog saben de nuestro gusto por los Evangelios apócrifos. Ya hemos recurrido a ellos para hablar de la Natividad de Cristo o de los Reyes Magos. También hemos aportado parte de las Actas de Pilato, que se hallan en los Apócrifos, en una anterior serieen la que hicimos un breve estudio comparativo de las narraciones neotestamentarias del pasaje de la resurrección de Jesús

 Ahora dirigimos la mirada a los apócrifos de la Pasión y la Resurrección, formado por tres núcleos fundamentales: Evangelio de Pedro, Ciclo de Pilato y Evangelio de Bartolomé y nos detenemos en el primero de ellos.

Aurelio de Santo Otero en su edición crítica y bilingüe, Los evangelios apócrifos, en BAC escribe lo siguiente sobre este evangelio de Pedro:

Fue descubierto durante el invierno de 1886-87 en el sepulcro de un monje cristiano de Akhmîm, antigua Panópolis (Alto Egipto). Urbain Bouriant publicó su editio princeps el año 1892. Actualmente se encuentra en el museo de Gizeh.

Está contenido en un libro pergamináceo (siglos VIII-IX) que comprende 33 folios, de los que nuestro fragmento ocupa ocho páginas (2-10). El espacio restante está dedicado a una descripción fragmentaria del cielo y el infierno (Apocalipsis de Pedro) y a algunos trozos del Libro de Henoc.

Aunque está desprovisto de título, pues falta el principio y el fin de la narración, es cierto que el presente fragmento forma parte del antiguo Evangelio de Pedro, al que hacen referencia los testimonios aducidos más arriba. En el v. 60, en efecto, se presenta a sí mismo el autor diciendo: «Yo, Simón Pedro, y Andrés, mi hermano…» Ya en el v. 26 había dicho: «Yo, juntamente con mis compañeros…» Por otra parte, los rasgos fundamentales con que describe Serapión el Evangelio de Pedro al presentárselo a los fieles de Rhossos (Eusebio, Historia Ecclesiae, VI 12, 2-6) coinciden perfectamente con los que caracterizan nuestro fragmento: sentido ortodoxo en general con ligeros resabios de docetismo (v. 10 y 19).

CONTENIDO. — Describe las últimas escenas de la pasión y la resurrección de Cristo con las primeras apariciones. Su contacto con la narración canónica es evidente. Las semejanzas que ofrece, sobre todo con los evangelios sinópticos, son numerosas y significativas. Unas veces se refieren solamente al pensamiento, otras veces también a la expresión. Frecuentemente se extienden a toda una perícope, implicando identidad en las ideas y aun en la sucesión de los acontecimientos. No raramente llega a establecerse contacto textual. Todo esto arguye una dependencia clara de las fuentes canónicas.

Por otra parte, se dan trazos completamente nuevos. El autor usa con gran libertad los materiales recogidos; añade, corta, transforma personajes e incidentes… Su amor hacia Pilato le obliga a echar sobre Herodes todo el peso de la responsabilidad sobre la muerte de Jesús. Ensalza la figura de Pedro, dejando en la penumbra la de Juan.

Estos datos han suscitado diversas opiniones entre los críticos. Y así, mientras Harnack y su escuela piensan que nuestro autor bebió «en la corriente de la tradición, que aún discurría libremente», la mayor parte de los sabios se inclina a creer que el autor no hizo otra cosa que reelaborar el contenido canónico según ciertas tendencias particulares. Esta es la opinión de Robinson, Zahn, Schubert…, etc. La fuente de tal compilación no debió ser una armonía de los evangelios, como la de Taciano, sino más bien la historia evangélica popular.

Ofrecen interés especial los v. 26-27, que nos dan un paralelo con el final del Evangelio de San Marcos (16,10), y el v. 60, que probablemente es una alusión al último capítulo de San Juan.

evangeliodepedro

CARÁCTER. — Las tendencias manifestadas son predominantemente apologéticas. Su entusiasmo por engrandecer la figura de Jesús a los ojos de los paganos en el momento mismo de su pasión, le inspira expresiones comprometedoras, en las que no es fácil distinguir hasta dónde llega la buena voluntad y dónde empieza el influjo docético. Esto ha dado pie para que algunos interpretaran en este sentido algunos pasajes: v.gr. αὐτός δὲ ἐσιώπα ὡς μηδένα πόνον ἔχων (v. 10): «Callaba como si no tuviera dolor alguno». Lo mismo ocurre con el v. 19, en que, después de poner en boca de Jesús las palabras «Fuerza mía, fuerza mía, ¡tú me has abandonado!», se dice que ἀνελήφθη, literalmente: «fue asumido».

Estas tendencias apologéticas atañen también a la persona de Pilato, a quien quiere librar de toda responsabilidad en la condenación de Jesús, cargándola sobre Herodes y los judíos. Con tal de conseguir esto, no duda en hacer del procurador romano un simple mandatario del tetrarca judío. Su aversión al pueblo hebreo le impulsa a reemplazar los soldados romanos por esbirros judíos en la faena de la crucifixión, haciendo intervenir a aquéllos únicamente en el momento de la resurrección. Se manifiesta también clara su devoción por el Príncipe de los Apóstoles, cuyas negaciones omite y a quien siempre presenta como jefe de los demás discípulos (v. 26 y 60).

COMPOSICIÓN. — Algunos críticos han querido encontrar rastros de nuestro apócrifo en los escritos extracanónicos más antiguos de la era cristiana, con lo que han pretendido fijar su composición en las primeras décadas del siglo II.

Se citan como lugares paralelos: San Ignacio de Antioquía, Ad Smyrn. 3,2 y Evangelium Petri v. 60; Pseudo Bernabé, 5, 9 y Evangelium Petri, v. 59-60; Pseudo Bernabé, 5, 11 y Evangelium Petri v. 17; San Policarpo, ad Philippenses 7, 1 y Evangelium Petri v. 41-42. Todas estas supuestas analogías ofrecen puntos de contacto tan débiles, que no dan derecho sino a conclusiones puramente conjeturables.

El caso de San Justino merece mayor atención y ha sido más discutido. Se cita el Dial. 106,3. Alude este lugar a los ἀπομνημονεύματα αὐτοῦ (de Pedro), en los que se narra cómo el Señor cambió de nombre a los apóstoles. Pero, con toda probabilidad, estas Memorias de Pedro no designan a nuestro Evangelio de Pedro, sino al Evangelio de San Marcos, ya que este evangelista fue considerado por la tradición cristiana como discípulo e intérprete de Pedro. El paralelismo entre Apol. I 35,6 y Ev. P. v. 6-7, si bien es sorprendente, no exige una dependencia necesaria del primero respecto del segundo, ya que está de por medio el texto de Jn. 19, 13, en el que cabe una interpretación inexacta.

No es, pues, fácil por este camino obtener datos seguros sobre la data de nuestro apócrifo.

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San Justino (ca. 100/114- 162/168),  apologista cristiano

Sin embargo, la composición de los evangelios canónicos (finales s. I), de los que arguye dependencia manifiesta, y el testimonio de Serapión, obispo de Antioquía (190-211), son dos buenos jalones entre los que hay que situar necesariamente la composición. Estos términos deben aproximarse teniendo en cuenta que, por una parte, el Evangelio de San Juan necesitó algún tiempo para poder llegar a conocimiento de nuestro autor, y por otra parte, Serapión, al referirse al Evangelio de Pedro, deja entrever que ya circulaba desde algún tiempo este apócrifo en la pequeña comunidad de Rhossos.

Puede, pues, fijarse su fecha de composición hacia el 150 después de Cristo.  El lugar de origen debe encontrarse con mayor probabilidad en Siria que en Egipto. Eso parece desprenderse del testimonio de Serapión, si se tiene en cuenta que, fuera de la Didascalia siríaca, no poseemos escrito alguno de la antigüedad que acuse influjo de nuestro apócrifo; lo cual hace pensar que no salió de las fronteras de su patria. Por otra parte, la devoción a San Pedro, el desconocimiento de Palestina y la aversión a los judíos dice bien con un cristiano helenista de los alrededores de Antioquía.

Algunos críticos han querido recomponer la parte perdida de nuestro apócrifo con diversos escritos de la literatura cristiana: v.gr., Agrapha, fragms. evangélicos de Fayum y de Oxyrhynchus, Protoevangelio de Santiago, Ascensión de Isaías, Didascalia, Apocalipsis de Pedro, Evangelio de la Infancia publicado por M. R. James, etc. Pero todas estas tentativas no han venido a ser sino hipótesis lanzadas al aire.

taciano

Taciano (ca. 120-180), escritor cristiano, discípulo de Justino

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