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Archive for 6/05/13

irigoyencavafis

Una vez ofrecida esta breve introducción a su vida y obra, vamos con una selección de poemas que, de una u otra forma, presentan alusiones a mitos o hechos históricos de la Grecia y Roma clásicas. Lo haremos por orden cronológico, es decir, por el año de composición de cada poema. Somos conscientes de que hay más poemas con alusiones históricas o míticas, pero se trataba sólo de dedicar un homenaje o recuerdo a Kavafis en el 150 aniversario de su nacimiento y 80 de su muerte.

Las traducciones son de Ramón Irigoyen, salvo las de Las exequias de Sarpedón, Interrupción, Troyanos y El cortejo de Dioniso, que son de Pedro Bádenas de la Peña, en Alianza Editorial.

Y empezamos por el poema Los caballos de Aquiles, de 1897, escrito por un Kavafis de 34 años.

En primer lugar cabe decir que los caballos de Aquiles fueron, en principio, un regalo a sus padres en su boda. La boda de los padres de Aquiles, Tetis y Peleo, se celebró en el monte Pelión, y a ella asistieron los dioses; las Musas cantaron el epitalamio, y todos ofrecieron un regalo a los recién casados. Entre los más notables se citan una lanza de fresno, ofrecida por Quirón, y dos caballos inmortales, Balio y Janto, obsequio de Posidón. Más tarde, estos corceles reaparecerán, como veremos, uncidos al carro de Aquiles.

Homero (Ilíada XIX, 404 y siguientes) nos dice que poseían el don del habla y en el pasaje se produce este curioso diálogo de Aquiles con sus caballos en el que se alude a la anterior muerte en combate de Patroclo ante Héctor (que se narra en el poema que nos ocupa), la intervención de Apolo a favor de los troyanos (algo que recordará Kavafis en otro poema, Deslealtad) y a la predicción por su caballo de la muerte de Aquiles:

Aquileo, cuya armadura relucía el como el fúlgido Sol, subió también y exhortó con horribles voces a los caballos de su padre:

-¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo al campamento de los dánaos al que hoy os guía; y no lo dejéis muerto en la liza como a Patroclo.

Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza – sus crines, cayendo en torno de la extremidad del yugo, llegaban al suelo -, y habiéndole dotado de voz Hera, la diosa de los níveos brazos, respondió de esta manera:

-Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquileo; pero está cercano el día de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros, sino un dios poderoso y el hado cruel. No fue por nuestra lentitud ni por nuestra pereza por lo que los teucros quitaron la armadura de los hombros de Patroclo; sino que el dios fortísimo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y dio gloria a Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como el soplo del Céfiro, que es tenido por el más rápido. Pero también tú estás destinado a sucumbir a manos de un dios y de un mortal.

janto

El caballo Janto

 Dichas estas palabras, las Erinies le cortaron la voz. Y muy indignado, Aquileo, el de los pies ligeros, así le habló:

-¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Ya sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y de mi madre; mas con todo eso, no he de descansar hasta que harte de combate a los teucros.

Dijo; y dando voces, dirigió los solípedos caballos por las primeras filas.

 

En Ilíada XVI, 130 y siguientes leemos cómo Patroclo se apresta a entrar en combate:

Dijo, y Patroclo vistió la armadura de luciente bronce: púsose en las piernas elegantes grebas, ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la coraza labrada, refulgente, del Eácida, de pies ligeros; colgó del hombro una espada, guarnecida de argénteos clavos; embrazó el grande y fuerte escudo; cubrió la cabeza con un hermoso casco, cuyo terrible penacho, de crines de caballo, ondeaba en la cimera, y asió dos lanzas fuertes que su mano pudiera blandir. Solamente dejó la lanza ponderosa, grande y fornida del eximio Eácida, porque Aquileo era el único aqueo capaz de manejarla: había sido cortada de un fresno de la cumbre del Pelión y regalada por Quirón al padre de Aquileo, para que con ella matara héroes. Luego, Patroclo mandó a Automedonte —el amigo a quien más honraba después de Aquileo, destructor de hombres, y el más fiel en resistir a su lado la acometida del enemigo en las batallas— que enganchara los caballos. Automedonte unció bajo el yugo a Janto y Balio, corceles ligeros que volaban como el viento y tenían por madre a la harpía Podarga, la cual paciendo en una pradera junto al Océano los concibió del Céfiro. Y con ellos puso al excelente Pédaso, que Aquileo se llevara de la ciudad de Eetión cuando la tomó, corcel que, no obstante su condición de mortal, seguía a los caballos inmortales.

 

Más adelante, 862 y siguientes, tras la muerte de Patroclo, Héctor trata de matar también al auriga de Aquiles, Automedonte, que lo ha sido también de Patroclo, pero los caballos lo salvan:

Dichas estas palabras, puso un pie sobre el cadáver, arrancó la broncínea lanza, y lo tumbó de espaldas. Inmediatamente dirigióse, lanza en mano, hacia Automedonte, el deiforme servidor del Eácida, de pies ligeros; pero los veloces caballos inmortales que a Peleo dieran los dioses como espléndido presente, lo sacaban ya de la batalla.

cavafisalianza

Estos caballos son los que uncía Aquiles a su carro cuando ultrajaba el cadáver de Héctor, arrastrándolo alrededor de la tumba de Patroclo (Ilíada XXIV, 14-18):

Nunca le pasaba inadvertido el despuntar de Eos sobre el mar y sus riberas; entonces uncía al carro los ligeros corceles, y atando al mismo el cadáver de Héctor, lo arrastraba hasta dar tres vueltas al túmulo del difunto Menetíada; acto continuo volvía a reposar en la tienda, y dejaba el cadáver tendido de cara al polvo.

Yendo ya con el poema de Kavafis debemos decir que es adaptado de la Ilíada XVII (426-447):

Los corceles de Aquileo lloraban, fuera del campo de la batalla, desde que supieron que su auriga había sido postrado en el polvo por Héctor, matador de hombres. Por más que Automedonte, hijo valiente de Diores, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían volver atrás, a las naves y al vasto Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando. Como la columna se mantiene firme sobre el túmulo de un varón difunto o de una matrona, tan inmóviles permanecían aquellos con el magnífico carro. Inclinaban la cabeza al suelo; de sus párpados se desprendían ardientes lágrimas con que lloraban la pérdida del auriga, y las lozanas crines estaban manchadas y caídas a ambos lados del yugo.

Al verlos llorar, el Cronión se compadeció de ellos, movió la cabeza, y hablando consigo mismo, dijo:

-¡Ah infelices! ¿Por qué os entregamos al rey Peleo, a un mortal, estando vosotros exentos de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que, tuvieseis penas entre los míseros mortales? Porque no hay un ser más desgraciado que el hombre, entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra.

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Janto y Balio, los caballos de Aquiles

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