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Archive for 9/05/13

Píntame un mito (XV)

narciso

Como ejemplos del mito de Narciso aportamos Eco y Narciso, un bello cuadro de 1903 de 109’2 x 198’2 cm. de William Waterhouse, y la Metamorfosis de Narciso de Dalí, un óleo sobre lienzo datado en 1937, de 50’8 x 78’3 cm. y conservado en la Tate Gallery de Londres.

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Eco y Narciso (1903) de William WaterhouseWalker Art GalleryLiverpool

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 Metamorfosis de Narciso de Dalí (1937). Tate Gallery de Londres.

Leemos en Artehistoria:

Es el único ejemplo en el que aparece además del cuadro un texto, un poema que se realiza al mismo tiempo. Se trata de una versión diferente de la imagen doble; es la misma imagen pero sucesiva, repetitiva. Alude al mito de Narciso, quien se enamoró de su propia imagen y murió al intentar alcanzarla. No sigue al pie de la letra el mito, sino que lo alterna para expresar su mundo atormentado y conflictivo.

Narciso se encuentra al borde del agua con la cabeza hacia abajo, casi forzada, para que se convierta en la mano fosilizada de al lado. Esta mano que ha sido muy representada en años anteriores pero nunca vieja, caduca, calcificada, osificada, sin vida, sin venas de la pasión como las anteriores, sostiene el bulbo del Narciso del que sale la flor.

Si aceptamos las teorías de Freud sobre las tendencias homosexuales que provocan el temor, el estado mental de Dalí, ahora serán asumidas por Gala. Ésta se hace cargo de los complejos de Dalí, se convierte en su proyección femenina, asumiendo su narcisismo. Ante los demás forman una pareja y se cubre esa aversión hacia la mujer. Por este motivo, a veces, el artista firmaba como “Dalí-Gala“, mitificando a Gala e identificándose los dos asimismo en uno. Resulta interesante constatar, en este mismo sentido, cómo Gala aparece casi siempre de espaldas, sin sus atributos femeninos.

Se considera también la última representación de la mano masturbadora y revela el papel de Gala en la vida de Dalí. El pintor, al final del poema sobre este cuadro, escribía “Gala es mi narciso” dejando patente la importancia de ésta.

Acompañan la escena otros personajes absurdos del mundo surrealista. El perro se ha interpretado con un contenido erótico perteneciente a la película de Buñuel “Un chien andalou”; un grupo heterosexual; el dios de la nieve, etc.

 

Más información sobre la obra de Dalí en la página de la Tate, en inglés.

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Metamorfosis de Narciso de Dalí (detalle)

Del español José de Ribera hemos escogido tres obras. La primera que analizamos trata el mismo episodio que hemos visto a propósito de El castigo de Marsias de Tiziano. En efecto se trata de su Apolo y Marsias, un óleo sobre lienzo de 182 x 232 cm, conservado en el Museo e Gallerie Nazionali di Capodimonte en Nápoles. Está firmado y fechado: JUSEPE DE RIBERA ESPAÑOL, VALENCIANO / F. 1637.

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Giorgia Mancini en la colección Los Grandes Genios del Arte que editó el periódico El Mundo, escribe sobre esta obra:

Se narra un episodio de las Metamorfosis de Ovidio que Ribera repitió varias veces. El sátiro Marsias había encontrado por casualidad una flauta que Atenea, al ver que su rostro se transformaba horriblemente al tocarla, había tirado, lanzando una maldición sobre quien la recogiese. En cuanto Marsias acercó a ella sus labios, empezó a sonar sola; entonces el sátiro recorrió Frigia deleitando con sus melodías a los ignorantes campesinos, quienes afirmaron que ni siquiera Apolo con su lira lo abrís hecho mejor. Esto provocó la ira del dios, que desafió al sátiro a una competición: el vencedor infligiría al vencido el castigo que quisiera. Las Musas, a las que se encomendó el veredicto, se declararon igualmente encantadas con las melodías de ambos, pero Apolo gritó a Marsias: “¡Te desafío a hacer con tu instrumento lo que yo haré con el mío: tienes que ponerlo al revés y tocar y cantar al mismo tiempo!” La flauta no se prestaba a semejante exhibición y Marsias no pudo recoger el guante; Apolo puso su lira cabeza abajo y cantó himnos tan dulces que fue proclamado vencedor. El dios se vengó del sátiro de un modo feroz y cruel, desollándolo vivo y colgando su piel en un pino junto a las fuentes del río que luego tomó su nombre, y que, a su vez, es afluente del Meandro (actual Büyük Menderes en Turquía).

río Meandro

Abajo vemos a Marsias, tendido en el suelo, con los brazos estirados y las manos atadas con cuerdas a troncos; sobre él, en posición casi simétrica, está Apolo, cubierto con un paño rojo que se infla en su espalda, dando inicio a la terrible acción. Su aire de calmosa indiferencia y la blancura luminosa de su cuerpo contrastan con el rostro del sátiro, contraído por el dolor, y con su piel grisácea. Del árbol cuelga la flauta de cañas con la que el sátiro había osado desafiar al dios, cuya lira, en realidad una especie de violín, aparece en primer plano, a la izquierda. Al fondo, a la derecha, se ven tres figuras de sátiros que asisten al suplicio de su compañero con expresión de dolor.

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Apolo y Marsias (1637) de José de Ribera. Museo e Gallerie Nazionali di Capodimonte en Nápoles

María José Martínez, en el capítulo Estudio de la obra seleccionada, dentro del volumen de Los genios de la pintura española dedicado a Ribera, en la editorial Sarpe, escribe:

Es obra significativa del momento de mayor adhesión del maestro a las corrientes barrocas. Efectivamente, aunque la crudeza del tema – Apolo que desuella a Marsias después de haberle vencido en el certamen de música – recuerda las plasmaciones pictóricas de áspero realismo o insistente sentido del grotesco de la tercera década del siglo. Aquí la tensión dramática se logra sobre todo a través del encuentro violento de las diagonales, a lo largo de las cuales se desarrolla la visión principal, y el uso de materiales cromáticos de tonos brillantes pero vueltos incandescentes por la veloz vibración de la luz sobre los cuerpos y vestimentas.

En segundo plano, a la derecha, las figuras de tres sátiros, apenas esbozadas mediante rápidos golpes de pincel, que expresan su desesperación por el compañero atrozmente martirizado, ponen de relieve el sentimiento de atrocidad que recubre toda la escena. Debe destacarse también que la figura de Marsias, totalmente afín por la expresión compositiva y pictórica a los Gigantes del Prado, parece tomada directamente de la de Pablo en al Conversión de Caravaggio en Santa María del Popolo (Roma), obra ciertamente estudiada a fondo por Ribera durante su estancia en Roma. También se conoce un dibujo preparatorio a pluma y tinta oscura que se guarda hoy en el Gabinetto Nazionale delle Stampe de Roma.

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En Artehistoria encontramos esta ficha sobre el Apolo y Marsias de Ribera:

Autor: Españoleto (El) ; Fecha: 1637; Museo:Museo Arqueológico de Nápoles ; Características: 182 x 232 cm.;

Material: Óleo sobre lienzo; Estilo: Barroco Español

Marsias era un joven frigio que desafió a Apolo a un concurso de flauta. Las Musas declararon vencedor a Apolo y el dios, para castigar a Marsias por su soberbia y audacia, lo ató a un árbol y lo desolló vivo. Ribera repitió el tema en varias ocasiones, eligiendo el momento del castigo. Marsias aparece en un pronunciado escorzo -que recuerda al Martirio de San Pedro de Caravaggio– destacando su gesto de dolor, captado con soberbio naturalismo, y el realismo de su anatomía, conseguido gracias al tratamiento pictórico de la materia. El dios procede a realizar el castigo con sus propias manos y quita la piel de la pata del sátiro, mostrando un gesto alegre y complaciente. Al fondo observamos a los compañeros del perdedor que lloran de pena y rabia ante la visión del martirio, en un conjunto que se asemeja a las Pinturas Negras de Goya. La composición se organiza a partir de diagonales cruzadas, configurando los personajes de Apolo y Marsias un círculo subrayado por el manto del dios. La luz procedente de la izquierda crea un efecto de atardecer, especialmente en el celaje rojizo que reforzaría la dureza del castigo. Esa iluminación crea brillantes efectos de carácter pictoricista, inspirados en la pintura veneciana y Van Dyck. La anatomía de ambas figuras está perfectamente estudiada, demostrando una vez más la capacidad de Ribera para representar a sus protagonistas cargados de naturalismo. Pero quizá lo más sorprendente de la escena sea la captación psicológica de los sentimientos, perfectamente expresados por el maestro valenciano en una desgarradora imagen con la que Ribera se suma al pleno barroco

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