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Archive for 1/12/14

finleygriegos

Nos parece oportuno cerrar esta miniserie sobre examen a candidatos y rendición de cuentas de los políticos con un extracto del libro de Moses I. Finley Los griegos de la antigüedad (Barcelona, 1986; página 76 y siguientes).

La clave de la democracia ateniense era la participación directa en el gobierno; no había en aquel sistema ni representación, ni un servicio de burocracia civil en ninguno de sus muchos sentidos. Dentro de la Asamblea soberana cuya autoridad era, por esencia, total, cada ciudadano tenía no sólo títulos para asistir tantas veces cuantas quisiera, sino, además, derecho a tomar parte en la deliberación y discusión de los asuntos, a proponer enmiendas y a votar las decisiones en materia de declaración de guerra o paz, fijación de impuestos, regulación del culto, leva de tropas, finanzas bélicas, obras públicas, tratados y negociaciones diplomáticas…, o cualquier otra, grande o pequeña, que exigiesen los cuidados del gobierno.

En cierto sentido, la definición ateniense de una democracia directa presuponía la afición de los ciudadanos a la política; daba por sentado que todos y cada uno de ellos, por el mero hecho de poseer la ciudadanía, tenía aptitudes para participar en el gobierno y, ciertamente, sus posibilidades de tomar parte en el mismo se aumentaban mucho no sólo con el amplio uso de la elección por sorteo, sino también porque era obligatoria la pertenencia al Consejo y a la mayoría de los cargos según un turno cíclico. En cuanto a la asignación del estipendio, era verdad que compensaba bastante al ciudadano de lo que durante el ejercicio de funciones públicas pudiese perder como artesano u obrero, mas tampoco pasaba de ahí. Por eso, nadie miraría los cargos públicos como su medio de vida, ni siquiera como uno de los mejores medios de ganársela durante algunos períodos. Al mismo tiempo, un gran Estado como Atenas, con su Imperio y su complicado sistema fiscal, naval y diplomático, tenía absoluta necesidad de políticos que dedicaran todo su tiempo a orientar y coordinar las acciones de aquellos otros participantes más o menos temporeros y aficionados.

Y los encontraba entre los personajes acaudalados, entre los rentistas, que eran libres para dedicarse por entero a los intereses públicos. Hasta los días de la guerra del Peloponeso tales dirigentes pertenecieron todos a las familias que desde antiguo poseían los campos.

pnix

Se fue haciendo cada vez más frecuente referirse a estos hombres llamándolos “oradores”, término que pasó a ser casi un tecnicismo para cuyo uso no se atendía precisamente a la elocuencia ni a las demás cualidades oratorias del sujeto en cuestión. Como la Asamblea hacía la política y tenía control, junto con los tribunales, no sólo sobre los negocios del Estado sino sobre todos los oficiales, militares o civiles, la dirección del Estado dependía de este organismo.

La Asamblea era una reunión política, una concentración de masas humanas, y dirigirse a ella exigía, en sentido estricto, el ejercicio de la oratoria.

Como no tenía una composición fijada de antemano, como nadie era elegido para asistir a ella, no había en su seno partidos políticos, ni una sección que representase al gobierno, ni ninguna otra organización discriminable. El presidente era elegido cada día por sorteo entre los miembros del Consejo según el orden de turno ordinario; las proposiciones se hacían, se discutían, se enmendaban y se emitían los votos, todo ello en una misma sesión salvo raros casos.

Todo el que quisiera imponer su criterio tenía que hacerse oír en la Pnix y exponer y defender sus razones. Ni los que ocupaban un cargo ni los que formaban parte del Consejo podían actuar mediante sustitutos. El dirigente político lo era en tanto, y sólo en tanto, aceptase la Asamblea su programa prefiriéndolo al de sus oponentes.

Con toda su experiencia, la mayoría de los ciudadanos eran incapaces de resolver los intrincados problemas que planteaban los asuntos de finanzas o de relaciones exteriores, y tendían, muy razonablemente, a prestar su apoyo a aquellos políticos de plena dedicación en los que habían depositado su confianza. De ahí que no sólo a Pericles en el siglo V a. C. y a Demóstenes más tarde, en el siglo IV a. C., se les permitiera desarrollar políticas de larga duración, sino también a hombres menos famosos, aunque no faltos, ni mucho menos, de talento, como Trasíbulo o Eubulo, en los años intermedios.

También es un hecho que Atenas nunca anduvo escasa en hombres de las más altas cualidades, que sintiesen gusto por dedicarse a la política, aunque las recompensas eran más que nada honoríficas y los riesgos personales muy numerosos. La pugna era a menudo grave, y tenían lugar combates serios y no peleas amañadas para adquirir prestigio o acomodo personales.

Quien aspira a llevar las riendas de la política no podía proceder de otro modo, y en un sistema falto de instituciones que, como los partidos oficiales y la burocracia, sirviesen de apoyos, los dirigentes habían de vivir en constante tensión.

Asamblea en Atenas

Sería cosa fácil componer una lista de los casos de represión, calumnia, comportamiento irracional o brutal conculcación del derecho que tuvieron lugar durante los casi dos siglos de gobierno democrático en Atenas. Sin embargo, no pasaron de ser meros incidentes de poca entidad para tan largo espacio de tiempo en el que la ciudad se vio singularmente libre de la epidemia griega de sediciones y guerras civiles. Por dos veces, en el 411 y en el 404, dieron los oligarcas sendos golpes de Estado, pero su poder tuvo corta duración.

Hacia mediados del siglo V, los “pocos” y los “muchos”, los dos bloques de opinión en que se dividían los ciudadanos de Atenas, habían establecido un equilibrio bastante aceptable, lo cual no es sino decir de otro modo que habían dado con un sistema que les ponía virtualmente a salvo de subversiones o στάσεις. Para los “muchos” el Estado era la fuente de notables beneficios materiales y de una participación muy amplia en el gobierno; para los “pocos”, que constituían, propiamente, una clase numerosa, era el Estado el origen de los honores y de las satisfacciones que acompañaban a la dirección de los asuntos políticos y militares.

El éxito político y la prosperidad económica eran los factores que unificaban: posibilitando acudir a los enormes costos de los cargos públicos y a los de la flota, sin los cuales la participación y aun la lealtad de millares de los ciudadanos más pobres habrían sido inseguras en el mejor de los casos; y también haciendo de poderosos estímulos psicológicos para el orgullo cívico y la estrecha vinculación e identificación personal con la polis.

Atenas prosperó como ningún otro de los Estados de la Grecia clásica. El mayor de sus orgullos, cuya expresión suele atribuirse a Pericles, consistía en ser “la escuela de toda la Hélade”.

Hasta aquí el texto de Finley.

tucididespeloponeso

Quizás lo mejor sería cerrar esta conclusión con las palabras que el historiador ateniense Tucídides, en su obra Historia de la Guerra del Peloponeso, ponía en boca de Pericles en su discurso fúnebre en honor por los muertos en el primer año de la Guerra del Peloponeso, y en las que hacía un elogio del sistema político ateniense y, en definitiva, de la democracia:

Tenemos un régimen de gobierno que no envidia las leyes de otras ciudades, sino que más somos ejemplo para otros que imitadores de los demás. Su nombre es democracia, por no depender del gobierno de pocos, sino de un número mayor; de acuerdo con nuestras leyes, cada cual está en situación de igualdad de derechos en las disensiones privadas, mientras que según el renombre que cada uno, a juicio de la estimación pública, tiene en algún respecto, es honrado en los asuntos públicos; y no tanto por la clase social a la que pertenece como por su mérito, ni tampoco en caso de pobreza, si uno puede hacer cualquier beneficio a la ciudad, se le impide por la oscuridad de su fama.

Y nos regimos liberalmente no sólo en lo relativo a los negocios públicos, sino también en lo que se refiere a las sospechas recíprocas sobre la vida diaria, no tomando a mal al prójimo que obre según su gusto, ni poniendo rostros llenos de reproche, que no son un castigo, pero sí penosos de ver. Y al tiempo que no nos estorbamos en las relaciones privadas, no infringimos la ley en los asuntos públicos, más que nada por un temor respetuoso, ya que obedecemos a los que en cada ocasión desempeñan las magistraturas y a las leyes, y de entre ellas, sobre todo a las que están legisladas en beneficio de los que sufren la injusticia, y a las que por su calidad de leyes no escritas, traen una vergüenza manifiesta al que las incumple.

En resumen, afirmo que la ciudad entera es la escuela de Grecia, y creo que cualquier ateniense puede lograr una personalidad completa en los más distintos aspectos y dotada de la mayor flexibilidad, y al mismo tiempo el encanto personal. Y que esto no es una exageración retórica, sino la realidad, lo demuestra el poderío mismo de la ciudad, que hemos adquirido con este carácter; pues es Atenas la única de las ciudades de hoy que va a la prueba con un poderío superior a la fama que tiene, y la única que ni despierta en el enemigo que la ataca una indignación producida por la manera de ser de la ciudad que le causa daños, ni provoca en los súbditos el reproche de que no son gobernados por hombres dignos de ello.

Y como hacemos gala con pruebas decisivas de una fuerza que no carece de testigos, seremos admirados por los hombres de hoy y del tiempo venidero sin necesitar para nada como panegirista a Homero ni a ningún otro que con sus epopeyas produzca placer de momento, pero cuya exposición de los hechos desmienta la verdad, sino teniendo suficiente con obligar a todos los mares y tierras a ser accesibles a nuestra audacia, y con fundar en todas partes testimonios inmortales de nuestras desgracias y venturas. Fue por una ciudad así por la que murieron éstos (Pericles está proclamando un discurso fúnebre en honor de los caídos en el primer año de la guerra), considerando justo, con toda nobleza, que no les fuera arrebatada, y por la que todos los que quedamos es natural que queramos sufrir penalidades.

(Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, II, 37 y 41)

PericlesmuseoPioClementino

Busto de Pericles, Museo Pio Clementino, Museos Vaticanos

No finalizamos aún. Aquí tenemos la segunda antístrofa del segundo estásimo de la Antígona de Sófocles, ese canto a las hazañas del ser humano, que se cierra con una clara alusión a las consecuencias positivas del buen comportamiento en el desarrollo de las tareas políticas y a las negativas, en cambio, de un comportamiento poco honrado y corrupto:

σοφόν τι τὸ μηχανόεν τέχνας ὑπὲρ ἐλπίδ᾽ ἔχων
τοτὲ μὲν κακόν, ἄλλοτ᾽ ἐπ᾽ ἐσθλὸν ἕρπει,
νόμους γεραίρων χθονὸς θεῶν τ᾽ ἔνορκον δίκαν,
ὑψίπολις· ἄπολις ὅτῳ τὸ μὴ καλὸν
ξύνεστι τόλμας χάριν. μήτ᾽ ἐμοὶ παρέστιος
γένοιτο μήτ᾽ ἴσον φρονῶν ὃς τάδ᾽ ἔρδει.

Poseyendo una habilidad superior a lo que se puede uno imaginar, la destreza para ingeniar recursos, la encamina unas veces al mal, otras veces al bien. Será un alto cargo en la ciudad, respetando las leyes de la tierra y la justicia de los dioses que obliga por juramento. Desterrado sea aquel que, debido a su osadía, se da a lo que no está bien. ¡Que no llegue a sentarse junto a mi hogar ni participe de mis pensamientos el que haga esto!

(Traducción de Assela Alamillo, en Gredos)

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