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Archive for 7 de diciembre de 2014

catulopoesia

Continuamos con las fuentes clásicas para el mito de Ariadna.

Enseguida sobrevive principalmente el motivo del abandono. Ariadna – la relicta (abandonada) – es cantada una y otra vez; entre otros, en esa obra maestra que es el Carmen 64 de Catulo, donde el poeta está del lado de la muchacha que tiene la única culpa de haber confiado en el amor de un hombre («Oh, que nunca más una mujer os crea / juramentos de hombres«), y a pesar de esto la figura de Ariadna se identifica a menudo en la cultura antigua con la mujer impía que traiciona a la familia y que merece el aislamiento social (en Naxos o en otro lugar).

Pero lo extraordinario del poema de Catulo, que ciertamente no podía dejar indiferente a Hofmannsthal, radica en la sensualidad erótica con la que describe la desesperación de la joven que, sola en la playa, mira en el horizonte el barco del amado alejándose:

Versos 62-70

prospicit et magnis curarum fluctuat undis,

non flavo retinens subtilem vertice mitram,

non contecta levi velatum pectus amictu,

non tereti strophio lactentis vincta papillas,

omnia quae toto delapsa e corpore passim

ipsius ante pedes fluctus salis alludebant:

sic neque tum mitrae neque tum fluitantis amictus

illa vicem curans toto ex te pectore, Theseu,

toto animo, tota pendebat perdita mente.

lo contempla, ¡ay!, y se agita en grandes olas de aflicción, sin conservar la sutil mitra en la rubia cabeza, no cubierto su velado pecho por el leve manto,  ni ciñendo el torneado estrofio los blancos senos, prendas todas en desorden, deslizadas de todo el cuerpo, con las que las aguas salobres juegan a sus pies. Así, sin cuidarse entonces de la suerte de la mitra ni de los flotantes mantos, con todo el pecho, Teseo, con toda el alma, perdida, con su mente toda, pendía ella de ti.

Versos 124-131

Saepe illam perhibent ardenti corde furentem

clarisonas imo fudisse e pectore uoces,

ac tum praeruptos tristem conscedere montes,

unde aciem in pelagi uastos protenderet aestus,

tum tremuli salis aduersas procurrere in undas

mollia nudatae tollentem tegmina surae

atque haec extremis maestam dixisse querellis

frigidulos udo singultus ore cientem:

 

Cuentan que todo el tiempo, enloqueciendo en el ardiente corazón, lanzaba ella clarísonas voces desde el fondo del pecho, y que entonces, triste, trepaba montes escarpados, desde donde tendía la vista a los vastos remolinos del piélago, y hacia las ondas del trémulo mar avanzaba entonces, recogiendo de su pierna desnuda los suaves vestidos, y que, acongojada, esto dijo en sus extremos lamentos, estremeciéndose entre fríos sollozos, con el rostro anegado:

HerbertJamesDraperAriadnabandonadaporTeseo

Ariadna abandonada por Teseo – ca. 1905 – (óleo sobre lienzo de 100 x 77), de Herbert James Draper

Versos 160-163:

Si tibi non cordi fuerant corubia nostra

saeua quod horrebas prisci praecepta parentis

attamen in uestras potuisti ducere sedes,

quae tibi iucundo famularer serua labore

candida permulcens liquidis uestigia Iymphis

purpureaue tuum consternens ueste cubile.

 

Si nuestras bodas no habían llegado a tu corazón porque temías los crueles preceptos de tu anciano padre, pudiste sin embargo conducirme a tus moradas como esclava, para que en labor alegre te sirviera, acariciando tus cándidos pies con aguas claras o tendiendo tu lecho con un manto purpúreo.

 

La traducción de Catulo es de Lía Galán, sacada de aquí.

En estos versos -celebrados a principio del siglo con una mezcla de miedo y vergüenza, al uso de Catulo, hay inconfesables concupiscencias y otras indecencias sodomitas-: en ellos Hofmannsthal descubre el interés por Ariadna, y tal vez se enamora; más aún: tal vez la quiere salvar.

Pero el mito recorre también otro camino, también inspirado por Catulo. Ovidio introdujo pocos años después el lamento de Ariadna en esa obra extraordinaria que son las Heroidas. Entre las muchas cartas de mujeres abandonadas escritas a sus amantes (a sus verdugos) la décima es la de Ariadna a Teseo. Algunas imágenes son tomadas directamente de Catulo, como la búsqueda desesperada de la nave ya partida, pero la Ariadna de Ovidio ha perdido su carga erótica. Invoca especialmente a la muerte – esa muerte que tanta presencia tendrá en la Ariadne auf Naxos – y su soledad, fría como la piedra, es consolada sólo por el eco de los lamentos, idea que Hofmannsthal recogerá colocando a Eco como contrapunto de Náyade y Dríade:

interea toto clamanti litore «Theseu!»

reddebant nomen concava saxa tuum

et quotiens ego te, totiens locus ipse vocabat;

ipse locus miserae ferre volebat opem.

 

Entre tanto llamándote decía:

Teseo; y aquel yermo donde estaba

El nombre de Teseo repetía.

Y tantas cuantas veces te llamaba,

Otras tantas la playa, la ribera

Te llamaba y con ecos te nombraba.

Que aunque arenoso y yermo lugar era,

Parece le movía algún destino

A me ayudar en mi congoja fiera.

(traducción de Diego de Mexía, obtenida aquí)

 

Las heroidas

Ovidio, que vuelve al tema en las Metamorfosis y los Fastos es un modelo, pero sobre todo para la Arianna a Nasso de Rinuccini, el texto que está en la base de la Arianna de Monteverdi. En una época en la que «los albores del melodrama» eran cosa de eruditos, la perdida Arianna del más famoso compositor de ópera del siglo XVI ofrecía la ocasión a Hofmannsthal para reconducir el mito a la tradición musical italiana. La ópera era una de los poquísimas de los cuales se conocía un fragmento musical, el famoso Lamento (la única parte que ha sobrevivido). Los tratadistas habían investigado sólo de vez en cuando el argumento, y aunque Hofmannsthal no hubiera tenido a mano el estudio de Solerti (1904), tal vez conocía el valioso trabajo de Rolland (1895) o los dos volúmenes de Goldschmidt (1901), que se refieren a la extraordinaria fortuna de este Lamento monteverdiano, capaz de conmover a las damas de entonces hasta las lágrimas. La imagen de Ariadna, releída a través de la extraordinaria pieza musical, describe a un personaje que es muy cercano a la joven abandonada en Naxos, ideal e interior de Hofmannsthal. De Monteverdi-Rinuccini es también la llegada de Baco salvador, sólo de vez en cuando presente en mitógrafos antiguos. Y si incluso el deus ex machina que resuelve la historia es una lectura que puede no contentar al intelectual de principios del siglo XX, la incursión del Baco nuevo esposo de Ariadna llega al libreto de Hofmannsthal casi con toda seguridad desde aquí, para después ser radicalmente replanteada.

He aquí los elementos de partida: la sensualidad autodestructiva del poema de Catulo; el dolor desesperado narrado por Ovidio que sólo anhela la muerte; el llanto inextinguible del Lamento de Monteverdi. Esta última obra privada de la necesaria catarsis (perdido, como ya se he dicho, el resto de la obra) no pudiendo sino repetirse a sí misma a lo largo de tres siglos, obligaba a la desafortunada a desear una y otra vez la muerte sin conseguirlo nunca – una Ariadna entonces como Tántalo despojada y torturada a perpetuidad. Y aquí tal vez se pueda establecer la hipótesis de que el poeta, ante tanto dolor, se ha conmovido y ha sentido la necesidad de hacer resurgir una nueva ópera, capaz de poner fin a la tortura. Hofmannsthal es cierto que no reescribe la Arianna de Monteverdi, en todo caso, tratar de secar las lágrimas de la joven ofreciendo una secuela al Lamento, que se revela ideal causa desencadenante de su Ariadne auf Naxos.

lamentoariadna

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