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Archive for 21 21+01:00 junio 21+01:00 2016

Inanis loquacitas (V)

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Terminamos con esta entrada el capítulo XV del Libro I de las Noches Áticas de Aulo Gelio, De cómo es de impertinente y enojosa una vana y frívola locuacidad, y de cómo en muchos lugares ha sido reprobada por insignes autores griegos y latinos, en una justa detestación.

[19] Huiuscemodi autem loquacitatem verborumque turbam magnitudine inani vastam facetissimus poeta Aristophanes insignibus vocabulis denotavit in his versibus:

Ἄνθρωπον ἀγριοποίον αὐθαδόστομον,

Ἔχοντ’ ἀχάλινων, ἀκρατές, ἀπύλωτον στόμα,

Ἀπεριλάλητον, κομποφακελορρήμονα.

[20] neque minus insigniter veteres quoque nostri hoc genus homines in verba proiectos «locutuleios» et «blaterones» et «linguaces» dixerunt.

[19] A su vez, Aristófanes, poeta agudísimo, describió con palabras definitivas esta clase de locuacidad e informe abundancia de palabras vacías en estos versos:

“Hombre vulgar, de hablar presuntuoso, con una boca sin freno, incontinente, abierta de par en par, charlatán, acaparador de ampulosidad”.

[20] No fueron menos expresivos nuestros antepasados cuando calificaron este género de hombres dados al verbalismo de “parlanchines”, “charlatanes” y “lenguaraces”.

ranasaristofanes

El texto citado de Aristófanes son los versos 837-839 de Las ranas, comedia representada en las fiestas Leneas, el 12 del mes Leneón (enero-febrero) del 405 a. C. y son pronunciadas por el tragediógrafo Eurípides, que se resiste a ceder su primacía en favor de Esquilo, preferido por el coro, por el dios Dioniso, que paradójicamente había bajado al Hades a buscar a Eurípides, a quien echaba de menos, y, en el fondo, por el autor de la obra, Aristófanes:

Εὐριπίδης

ἐγᾦδα τοῦτον καὶ διέσκεμμαι πάλαι,

ἄνθρωπον ἀγριοποιὸν αὐθαδόστομον,

ἔχοντ᾽ ἀχάλινον ἀκρατὲς ἀπύλωτον στόμα,

ἀπεριλάλητον κομποφακελορρήμονα.

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Luis M. Macía Aparicio traduce en Ediciones Clásicas:

Yo me conozco a ése y le tengo calado desde hace tiempo. Un hombre que produce fieras, de presumida lengua, con una boca sin freno, sin dominio y sin puertas, que de todo charla sin apuro, inventor de pomposas palabras.

Obsérvese que Macía traduce ἄνθρωπον ἀγριοποιὸν por hombre que produce fieras; en cambio, “hombre insolente” traduce Jesús M. Nieto Ibáñez en Akal/Clasica y “home barroer = hombre vulgar” dice Cebrià Montserrat en Bernat Metge.

Aportamos la respuesta que da, en la comedia, Esquilo ante esas palabras de Eurípides:

Αἰσχύλος

ἄληθες ὦ παῖ τῆς ἀρουραίας θεοῦ;

σὺ δή με ταῦτ᾽ ὦ στωμυλιοσυλλεκτάδη

καὶ πτωχοποιὲ καὶ ῥακιοσυρραπτάδη;

ἀλλ᾽ οὔ τι χαίρων αὔτ᾽ ἐρεῖς.

¿De verdad, hijo de la diosa rústica? ¿Tú, coleccionista de estupideces, poeta de mendigos, remendador de andrajos, vas a venirme con ésas? No te va a gustar haber dicho eso.

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Representación de Las Ranas en el teatro romano de Mérida

Hasta aquí Aulo Gelio y este capítulo XV del Libro I de sus Noches Áticas sobre la inane locuacidad.

Pero queremos ampliar la reflexión sobre los charlatanes y la locuacidad, pomposa o enojosa, de ciertos de nuestros congéneres con dos de los treinta (30) breves estudios del carácter de las personas que realiza Teofrasto en su obrita Caracteres. Permítasenos aportar una selección de lo que dice, en la introducción a su edición de Gredos de los Caracteres de Teofrasto, Elisa Ruiz García:

Teofrasto

A nuestro modo de ver, el libro de los Caracteres no es otra cosa que una pieza más de esa espléndida maquinaria intelectual que fue el sistema filosófico ideado por el Estagirita (Aristóteles). La obra que comentamos es una mímesis de los defectos – que no de los vicios – que aquejan frecuentemente a la gente mediocre y carente de formación. Las descripciones están realizadas con ese don de la eutrapelia que caracteriza al hombre de ingenio. Gracias a ello se pone en funcionamiento el sutil mecanismo de la risa. La sola presencia de esta manifestación anímica arrastrará consigo los benéficos efluvios ya analizados, permitiendo que surta efecto la intención próxima de la paideía (παιδεία) y su objetivo final de la philantropía (φιλανθρωπία).

Este pequeño gran libro, como lo define certeramente J. M. Edmonds en su edición, fue compuesto, con cierta probabilidad, en torno al año 319 a. C. Este dato tiene su interés: certifica que su autor frisaba la cincuentena cuando lo escribió y que, además, Aristóteles ya había muerto. Teofrasto, desde la altura de su medio siglo de vida, se permite describir una serie de congéneres de distinta especie aplicando su fino sentido de la observación, desarrollado a lo largo de años de metódica investigación científica. La capacidad de análisis se refleja, particularmente, en aquellos temperamentos que ofrecen un gran parecido. En muchos casos los rasgos diferenciadores son mínimos; sin embargo, para un experto en el arte de la clasificación de los elementos de la naturaleza, estos matices son más que suficientes para definir con toda precisión una variedad, a pesar de otras muchas notas comunes.

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Algo de todo ello queda plasmado en esos esbozos magistrales (el adjetivo se refiere al contenido de los testimonios que son un modelo de fina observación psicológica, sutil ironía y capacidad de concreción; desde el punto de vista de la calidad de la prosa dejan mucho que desear), en los que despacha de un plumazo – apenas una treintena de líneas – el retrato acabado de una forma de ser. Todavía hoy sus descripciones tienen plena vigencia, pues ha sabido captar lo que es esencial y, al mismo tiempo, pertinente en cada tipo psicológico. Buena prueba de su lucidez e inteligencia es la vía narrativa y el tono discursivo empleados. No se trata de sesudas reflexiones o de exquisitas disquisiciones sobre la condición humana en la estricta línea de la investigación aristotélica, sino de una bocanada de humor sano y reconfortante sobre los defectos inherentes a nuestra calidad de seres racionales. La lectura de estos breves capítulos produce un efecto catártico sobre nuestra propia conducta y acrecienta la capacidad de comprensión y de ternura hacia el prójimo y sus debilidades. No hay una visión inmisericorde de nuestros errores ni una actitud punitiva o moralizadora, tan sólo un dibujo hecho con finos trazos e intención caricaturizante.

Hasta aquí nuestro resumen de la introducción a la edición en Gredos de los Caracteres de Teofrasto por Elisa Ruiz.

El término griego kharaktēr (χαρακτήρ) servía originariamente para designar el instrumento que deja una huella o graba, por ejemplo, el troquel y, también, el efecto de esta acción, esto es, la impronta marcada. Un uso metafórico del vocablo lo llevó a significar “señal”, “distintivo”. Probablemente bajo esta acepción lo utilizó Teofrasto, quien, tal vez, introdujo la novedad de aplicarlo al alma humana. Según P. Steinmetz, el plural que figura como título de la obra estaría justificado por ser una denominación genérica, algo así como “rasgos”.

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