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Archive for 26 de septiembre de 2017

 

Seguimos el repaso a los poemas castellanos que han tratado el mito de Hero y Leandro y que citan Franco Durán, Moya del Baño y García Gual. Hemos visto ejemplos de Diego Hurtado de Mendoza, Juan de Coloma, Francisco Sáa de Miranda, Diego Hernando de Acuña, Gutierre de Cetina, y Diego Ramírez Pagán.

Vamos con otra tanda.

 

Fernando de Herrera (1534-1597) escribió poemas a modo de traducción de textos latinos (Geórgicas de Virgilio, Epigramas de Marcial y Tebaida de Estacio) que glosaban el mito de Hero y Leandro:

 

¿Qu’ el joven, a quien buelve grande fuego

el duro Amor en medio de sus uesos?

Tardo en la ciega noche ‘l mar turbado

con rotas tempestades abre y corta;

y encima de la grande puerta truena

del alto cielo, i los heridos mares

bravos sonidos dan en los peñascos,

ni lo pueden tornar los padres míseros

ni la virgen, que sobre el cuerpo muerto,

ha de morir de cruda y fiera muerte.

(Traducción de Virgilio, Geórgicas III, 257-263)

 

Fernando de Herrera el Divino por Francisco PachecoLibro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, Madrid, Biblioteca de la Fundación Lázaro Galdiano.

 

Cuando el osado Leandro,

olvidado de temor,

iba por el mar estrecho

a gozar su dulce amor;

cansado y puesto en peligro

del mar lleno de furor,

ya que las hinchadas aguas

causaban su perdición;

a las ondas que lo siguen

dijo así el triste amador

(como si jamás las ondas

se muevan a compasión):

perdonadme mientras llego,

a dó dejé el corazón,

y mostrad en mi a la vuelta

vuestro ímpetu y furor.

(Paráfrasis de Marcial, Epigrama 25)

 

Dice Menéndez Pelayo: Insertó Herrera esta traducción suya del agudísimo Marcial en sus Anotaciones a Garcilaso (1580) para ilustrar el soneto del poeta toledano que comienza: Pasando el mar Leandro el animoso.

 

Mas a tí, Admeto, te fue dado en premio

con orla i friso Lidio un rico manto,

i con púrpura ardiente recamado

nada en él el mancebo, que desprecia

el mar de Frixo, i en pintadas ondas

trasluze ‘l joven de color cerúleo.

Parece que torciendo vá las manos,

i que trueca los braços y el cabello

en el estambre se rocía todo.

En la otra parte en l’alta torre puesta

a la finiestra en vano congoxosa

está de Sesto la hermosa virgen,

i la luz sabídora casi muerta.

(Traducción de Estacio, Tebaida VI, 542-547)

 

Aqueste el premio fue de la victoria,

y luego el rey Admeto ha recibido

por el segundo honor de aquella gloria

un manto de oro y púrpura tejido,

en que de Ero labrada está la historia,

la alta torre de Sesto, rel mar de Abido,

y entre las fieras ondas del estrecho

nadando el mozo con osado pecho.

Entre el agua pintada transparente

el cuerpo se parece fatigado,

fuera de ella se ve la altiva frente

con el cabello. al parecer mojado;

el mar. alborotado de repente,

y él un brazo y otro ya cansado,

procurando con una y, otra mano

las olas apartar del mar insano.

Está del hondo estrecho a la ribera

la alta torre, ya, en ella fatigada

Ero, que al triste amante en vano espera

de la congoja y del temor helada.

Y a pierde la. esperanza, y desespera;

que la lumbre mil veces apagada

del enemigo viento, parecía

que su desdicha y su dolor sabía.

(Paráfrasis de Estacio, Tebaida, VI. 542-547)

 

 

Félix Lope de Vega Carpio (1562-1635) no fue menos y trató el tema en su soneto LXXX, que cuenta con un logrado inicio, en el que juega con el ardor de su amor y la frialdad de las aguas del Helesponto, con el valor de Leandro que le hace ver más estrecho el estrecho que cruza. Bella es la imagen del fuego amoroso, vencido por el mayor elemento (el agua). Muy logrado el verso: el remedio fue cuerdo, el amor loco. Bello final, en el que el ahogamiento de Leandro, que ha bebido mucha agua, no logra aplacar la sed de su alma enamorada. He aquí el bello soneto de Lope:

Por ver si queda en su furor deshecho,

Leandro arroja el fuego al mar de Abido,

que el estrecho del mar al encendido pecho

parece mucho más estrecho.

Rompió las sierras de agua largo trecho,

pero el fuego en sus límites rendido

del mayor elemento fue vencido,

más por la cantidad, que por el pecho.

El remedio fue cuerdo, el amor loco,

que como en agua remediar espera

el fuego, que tuviera eterna calma:

Bebióse todo el mar, y aún era poco;

que si bebiera menos no pudiera

templar la sed desde la boca al alma.

 

 

El logroñés Francisco López de Zárate (1580-1658) da un giro a la historia, mostrando el amor de la marina diosa por Leandro, y la envidia de Neptuno, así como los celos de Hero, que se lanza a los brazos de Neptuno.

 

“A Leandro y Ero”

Ya cuando el Sol en sombra se bolvía;

cerrando los horrores del estrecho,

que del regazo, bien que no del pecho

de la Amante al Amante dividía.

Leandro, que a ruegos horas quitó al día,

siendo nave de sí, surcó el estrecho:

el mar·, con tanto incendio llamas hecho,

nuevo escarmiento en él apercebía.

Mas Neptuno invidiaba sus amores;

amava a Leandro la marina diosa,

que su cuidado redimió en sus brazos.

Ero por oponerse a sus fabores

arrojóse de amor muerta, o zelosa,

el Dios la recibió dándole abrazos.

 

Existe también un Soneto Viejo, de autor desconocido. José María de Cossío dice: aunque seguramente el soneto es posterior al de Garcilaso, tiene carácter más arcaico y tono de menor autenticidad renacentista que el del poeta toledano. El “soneto viejo” resume la materia del caso de Hero y Leandro en el último y fatal trance. No sigue modelo que yo conozca, ni para la versión vaga y sin especificación de accidentes la necesitaba. Debió de disfrutar este soneto de cierta popularidad y difusión.

 

 

Aquí lo tenemos:

 

Hero de la alta torre do miraba

a su Leandro, que en el mar venía,

helósele la sangre que tenía,

murióse cuando vio que muerto estaba.

Con lágrimas el mar acrescentaba,

el aire con sospiros encendía,

estremos eran grandes los que hacía,

palabras eran tales las que hablaba.

“¡Oh mal logrado esposo, oh dulce amigo!,

espérame, no partas, que ya muero;

de un golpe dio la muerte dos heridas.

Recíbeme, mi bien, allá contigo;

a do murió Leandro, muera Hero,

¡parézcanse las muertes a las vidas!”

 

Hero and Leander (1863), óleo sobre lienzo de 158 x 300 cm., de Victor Müller. Städelsches Kunstinstitut. Frankfurt am Main

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