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Archive for 2 02+01:00 octubre 02+01:00 2017

Por esta breve muestra de la pervivencia del mito de Hero y Leandro en las letras españolas, que estamos ofreciendo con ayuda de trabajos de Carlos García Gual, Mª José Franco Durán y Francisca Moya del Baño, como segunda parte de esta larga serie, en la que empezamos analizando el poema Hero y Leandro de Museo, con la traducción y valiosas notas de José Guillermo Montes Cala, han pasado ya autores como Diego Hurtado de Mendoza, Juan de Coloma, Francisco Sáa de Miranda, Diego Hernando de Acuña, Gutierre de Cetina, Diego Ramírez Pagán, Fernando de Herrera, Félix Lope de Vega Carpio, Francisco López de Zárate y un soneto viejo, de autor anónimo.

Seguimos con otros.

María José Franco Durán nos ofrece los siguientes:

Juan de Valdés y Meléndez (1754-1817) compuso otro soneto dedicado al tema. La única novedad con respecto a Garcilaso es que Valdés refleja su situación personal. En el último terceto se dirige a Leandro por el que siente envidia ya que al menos el personaje ha disfrutado del amor en tres o cuatro ocasiones antes de perecer en las aguas.

 

La luz mirando, y con la luz más ciego,

rompe Leandro espumas plateadas,

y entre las olas con el viento hinchadas,

 pide al cieio piedad, al mar sosiego.

Acuden olas en sintiendo el fuego,

y así les dice, viéndolas airadas:

“Dejadme mientras voy, olas sagradas,

y anegarme podréis voliendo luego”.

Tiempla su amor eJ trance riguroso,

sepulta su esperanza el mar airado,

y la postrera voz entrega al viento.

¡Oh tres y cuatro veces venturoso;

 y triste yo, que tras haber gozado,

perdí las esperanzas y el contento!

 

 

Hipólita de Narváez (finales el 1500 a mediados del 1600) compone otro soneto y que aquí reproduzco:

 

Rompe Leandro, con gallardo intento,

el mar confuso, que soberbio brama;

y el cielo, entre relámpagos derrama

espesa lluvia con furor violento.

Sopla con fuerza el animoso viento;

¡Triste de aquel que es desdichado y ama!

Al fin al agua ríndese la llama,

y a la inclemente furia es sufrimiento.

Mas ¡oh infelice amante! pues al puerto

llegaste, deseado por tí tanto,

aunque con cuerpo muerto y gloria incierta.

Y desdichada yo, que en mar incierto

muriendo entre las aguas de mi llanto

aun no espero tal bien después de muerta.

 

Como Juan de Valdés, muestra su situación personal y la compara con la de Leandro, aunque ella es todavía mucho más desventurada. El mito, pues, le sirve de excusa para reflejar sus propios sentimientos.

 

 

El soneto XXII de Juan de Arguijo titulado «Leandro» comienza también con la natación del amante y no nos aporta novedades temáticas.

Éste es el soneto de Arguijo (1567-1623):

 

En la pequeña luz de Sesto pone

desde el puerto los ojos i, atreuido,

rompe Leandro el mar que, embravecido,

a sus intentos más i más se opone.

Mas él cuida[n]do que la muerte abone

su grande amor, se ofrece al conocido

peligro i, de las ondas ya vencido,

a amansallas en vano se dispone.

“Ondas”, dixo muriendo, “si consiente

vuestro furor de un triste amante el ruego,

sed por un rato a mi dolor piadosas;

“Frenad el curso a la veloz corriente,

mostraos benignas sólo mientras llego,

i cuando buelva me anegad furiosas”.

 

 

El cordobés Luis de Góngora y Argote (1561-1627) escribió dos romances burlescos sobre el mito.

Franco Durán dice:

De Góngora también es un romance burlesco que comienza: Aunque entiendo poco griego, compuesto en 1610. La composición de fábulas mitológicas burlescas es un fenómeno típico del culteranismo. Los autores que se adscriben a esta corriente desmitificadora se alejan de la tradición literaria del Renacimiento y se disponen a ridiculizar a los personajes de la mitología clásica. “Quien primero las compone en España es Luis de Góngora, y es curioso que sea precisamente el autor de una obra, la más eminente del género, quien logra su caricatura. Porque, en realidad, el género burlesco de poemas mitológicos no es sino la autocrítica de una escuela, toda una manera retórica reaccionando sobre sí misma para la burla y para la sátira” (José María Cossío, Fábulas mitológicas en España, Madrid, 1952).

Góngora trata el tema de Hero y Leandro en dos composiciones que esta actitud crítica ante las historias amorosas de la mitología clásica. Los temas habían sido contempla­dos de manera formal en el siglo XVI y parece que este tipo de versiones burlescas esta­ban apuntando ya una cierta decadencia en cuanto a la recreación de estos temas. Es tam­bién significativo el hecho de que Góngora hubiera escogido el romance como fórmula métrica para burlarse de sus personajes. La composición comienza haciendo referencia a la fuente utilizada, Museo, aunque vamos a ver cómo se ha desviado de este autor.

 

 

Góngora se sirve de anacronismos para situamos el tiempo en el que transcurre la fábula. El padre de Hero es un hidalgo, alcalde de Sesto y su madre una griega «con más partos y postpartos / que una vaca». A su vez Leandro es el hijo de un escudero muy pobre de Abido. Se conocen los dos· amantes y comienza la seducción:

 

“Píóla cual gorrión

cacareóla cual gallo,

arrullóla cual palomo,

hízola ruedas cual pavo.

Ella del guante al descuido

desenvaínando una mano,

le aseguró y de dió un bello

cristalino cintarazo.”

 

Los amantes acuerdan la cita con la señal convenida y una noche Leandro cruza el mar. El romance contiene dos digresiones: una crítica a los versos de Boscán y otra a los títulos nobiliarios:

 

“Los títulos me perdonen,

y el dibujo prosigamos,

que si no los tuvo Grecia,

los pidió a España prestados.”

 

Este romance, que termina cuando Leandro se arroja a las aguas, tiene su continuidad en otro romance del mismo autor que comienza: Arrojóse el mancebito… Cronológicamente fue compuesto primero, pero prosigue la historia de los dos amantes. Se inicia con la natación de Leandro y continúa con el resto de la fábula hasta el final.

Las alusiones cultas son mínimas y hay un cambio radical en la resolución del tema. Leandro se arroja «al charco de los atunes» cuando comienza la tempestad y continúa con el mismo tono irónico el resto del romance.

 

Hero y Leandro de Robin Monroe (FineArtAmerica)

El mancebo ruega a Cupido y Venus que. lo amparen en la empresa, aunque Góngora justifica sorpresivamente el olvido divino diciendo:

 

“Pero Amor, como llovía

y estaba en cueros, no acude,

ni Venus, porque con Marte

está cenando unas ubres.”

 

Leandro muere por fin y Hero, que no ha dejado de maldecir y acusar a todas las estrellas del cielo, ve el cadáver desde su torre. Con un punzón, y antes de arrojarse al mar, graba ella misma el epitafio de su tumba:

 

«Hero somos y Leandro

no menos necios que ilustres,

en amores y firmezas

al mundo ejemplo comunes.

El amor como dos huevos,

quebrantó nuestras saludes;

él fue pasado por agua,

yo estrellada mi fin tuve.

Rogamos a nuestros padres

que no se pongan capuces,

sino, pues un fin tuvimos,

que una tierra nos sepulte.»

 

Hero lamenta la muerte de Leandro (1635-1637), color sobre lienzo de 155 x 251 cm., de Jan van den Hoecke. Kunsthistorisches Museum de Viena, Gemäldegalerie

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