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Archive for 8 de octubre de 2017

Luis de Góngora y Argote (1561-1627), retrato de Diego de Velázquez

Analizábamos, con ayuda de María José Franco Durán, en el anterior capítulo de esta serie dos romances burlescos sobre el mito de Hero y Leandro, de Luis de Góngora: Aunque entiendo poco griego y Arrojóse el mancebito.

Es momento de ofrecer el primero de ellos.

En él hay una alusión al poema de Museo (aunque entiendo poco griego, en mis greguescos he hallado ciertos versos de Museo ni muy duros ni muy blandos) y también un recuerdo, no muy benevolente, a Boscán (cualquier lector que quisiere entrarse en el carro largo de las obras de Boscán se podrá ir con él de espacio, que yo a pie quiero ver más un toro suelto en el campo, que en Boscán un verso suelto, aunque sea en un andamio); además bastantes citas de personajes mitológicos como Narciso, Orfeo, Anfión, Cupido y Venus.

El tono de mofa y burla está presente en todo el romance; citemos, a modo de ejemplo, la descripción de los padres de Hero:

tuvo por padre a un hidalgo,

alcaide que era de Sesto,

mal vestido y bien barbado;

su madre, una buena griega,

con más partos y postpartos

que una vaca…

Aquí lo tenemos:

 

FÁBULA DE HERO Y LEANDRO (1610)

Aunque entiendo poco griego,

en mis greguescos he hallado

ciertos versos de Museo

ni muy duros ni muy blandos.

De dos amantes la historia

contienen, tan pobres ambos,

que ella, para una linterna,

y él no tuvo para un barco.

Dice, pues, que doña Hero

tuvo por padre a un hidalgo,

alcaide que era de Sesto,

mal vestido y bien barbado;

su madre, una buena griega,

con más partos y postpartos

que una vaca, y el castillo,

una casa de descalzos

cernícalos de uñas negras

en las almenas crïados:

 

 

muchos dones a un candil

y témporas todo el año.

También dice este poeta

que era hijo, don Leandro,

de un escudero de Abido,

pobrísimo, pero honrado;

grandes hombres, padre y hijo,

de regalarse, el verano,

con gigotes de pepino,

y, los hibiernos, de nabo,

la política del diente

cometían luego a un palo,

vara, y no de vagabundos,

pues no los ha desterrado.

Era, pues, el mancebito

un Narciso iluminado,

virote de Amor, no pobre

de plumas y de penachos;

de su barrio y del ajeno

diligentísimo braco,

grande orinador de esquinas,

pero ventor por el cabo;

citarista, aunque nocturno,

y Orfeo tan desgraciado,

que nunca enfrenó las aguas

que convocó el dulce canto,

puesto que ya, de Anfión

imitando algunos pasos,

llamó a sí muchas más piedras

que tuvo el muro tebano.

 

 

Este, pues, galán, un día,

no sé si a pie o a caballo,

salió (Dios en hora buena)

no muy bien acompañado.

Cualquier lector que quisiere

entrarse en el carro largo

de las obras de Boscán

se podrá ir con él de espacio,

que yo a pie quiero ver más

un toro suelto en el campo,

que en Boscán un verso suelto,

aunque sea en un andamio.

Y así, no sé dónde fueron

ni cómo se convocaron

los devotos convecinos

de templo tan visitado;

sé al menos que concurrieron

cuantos baña comarcanos

el sepulcro de la que iba

a las ancas de su hermano.

Esto sólo de Museo

entendí; y abrevïando,

a la vela o romería

llegó en un rocín muy flaco

el noble alcaide de Sesto,

y la alcaidesa, en un asno

(con perdón de los cofrades),

doña Hero, en un cuartago,

gallarda de capotillo

y de sombrero bordado,

que le prestó para ello

la mujer de un veinticuatro.

 

 

Los demás caballeritos

en la torre se quedaron,

cuál sin pluma y cuál con ella,

y todos de hambre pïando.

Alborotó la aula Hero,

que el muro del velo blanco

tenía dos saeteras

para los ojos rasgados,

a quien se calaron luego

dos o tres torzuelos bravos

como a búho tal; y, entre ellos,

el abideno bizarro

pïóla cual gorrión,

cacareóla cual gallo,

arrullóla cual palomo,

hízola ruedas cual pavo.

Ella, del guante al descuido

desenvainando una mano,

lo aseguró y le dio un bello

cristalino cintarazo.

Quedó aturdido el mozuelo,

y, medio desatinado,

almíbar dejó, de amor,

caérsele por los labios:

poco fue lo que le dijo,

mas tan dulce, aunque tan bajo,

que, hecho sacristán, Cupido

le corrió el velo al retablo.

 

 

Dejó caer el rebozo,

y descubrió un «sepan, cuantos

esta buena cara vieren,

que han de morir anegados».

Crepúsculo era, el cabello,

del día, entre obscuro y claro,

rayos de una blanca frente,

si hay marfil con negros rayos;

de ébano quiere el Amor

que las cejas sean dos arcos,

y no de ébano bruñido,

sino recién aserrado;

los ojazos negros dicen:

«Aunque negros, gente samo,

condes, somos, de Buendía,

si no somos condes Claros».

Los títulos me perdonen,

y el dibujo prosigamos,

que si no los tuvo Grecia,

los pidió a España prestados:

la nariz, algo aguileña,

que lo corvo, vinculado

lo dejó Ciro a los griegos,

como alfanje, en mayorazgo;

 

 

de rosas y de jazmines

mezcló el cielo un encarnado

que, por darlo a sus mejillas,

se lo hurtó a la alba aquel año;

en dos labios dividido,

se ríe un clavel rosado,

guardajoyas de unas perlas

que invidia el mar Indïano;

lo torneado del cuello

y del pecho el alabastro

tentaciones son, Señor,

sed libera nos a malo;

entre lo que no se ve

y lo que brujuleamos

metió, una basquiña verde,

el bastón terciopelado.

Estas eran las bellezas

de aquel ídolo de mármol

que a razones y a pellizcos

tenía ya, el mozuelo, blando.

Favoreciólos la noche

prestándoles tiempo, y tanto,

que se contaron sus vidas

y sus muertes concertaron.

 

Tate; (c) Tate; Supplied by The Public Catalogue Foundation

 

Señora madre, devota,

se estuvo siempre rezando,

y señor padre, poltrón,

se salió a dormir al claustro:

con esto dieron lugar

a que el galán diese asalto

y escalase el pecho bobo,

sin tocar nadie a rebato.

Celebrada, pues, la fiesta,

por aquellos mismos pasos

(si bien con otros intentos)

que vinieron, se tornaron.

Pulgas pican al pelón,

y tiénenlo tan picado,

que diera al Tiempo las plumas

de su sombrerillo pardo

para que le sincopara

el término señalado

a los gustos no cumplidos

y a los días mal logrados.

Llegó, al fin, que no debiera,

en un día muy nublado

y una noche muy lloviosa,

luto el uno, la otra, llanto.

Apenas la obscura noche

las cintas se ató del manto,

y no del manto de lustre,

sino de soplos del austro,

cuando el mozuelo orgulloso

hacia el mar, ya alborotado,

un pie con otro, se fue

descalzando los zapatos.

Llegó desnudo a la orilla,

donde estuvieron un rato

las faldas de la camisa

a las ondas imitando.

 

 

Haciendo con el estrecho,

que ya le parece ancho,

lo que el día de la purga

el enfermo con el vaso,

la trémula seña, aguarda,

que de luz corone lo alto,

si tanta distancia puede

vencella farol tan flaco.

Présaga, al fin, del suceso,

turbada, salió, del caso,

y cobarde al fiero soplo

del animoso contrario.

Leandro, en viendo la luz,

la arena besa, y gallardo,

«¡Oh, de la estrella de Venus

-le dice- ilustre traslado!:

norte eres ya de un bajel

de cuatro remos por banco;

si naufragare, serás

Santelmo de su naufragio.

A tus rayos me encomiendo,

que, si me ayudan tus rayos,

mal podrá un brazo de mar

contrastar a mis dos brazos».

Esto dijo, y repitiendo

«Hero y Amor», cual villano

que a la carrera ligero

solicita el rojo palio…

 

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