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Archive for 23 de octubre de 2017

 

Debemos dar ya final a esta serie que hubiéramos podido prolongar un poco más, porque existen más testimonios sobre Sócrates, aunque no sean muy abundantes. Y lo vamos a hacer con extractos del libro de Antonio Tovar, Vida de Sócrates (Alianza Editorial, Madrid, 1984), en concreto del prólogo y del último capítulo, La herencia de Sócrates.

Ésta es nuestra selección del prólogo:

El problema histórico de Sócrates es particularmente difícil, puesto que lo que hacemos es exigir a las fuentes lo que ellas no pretenden ser. Interpretamos como problema histórico lo que para los antiguos no llego a serlo, sencillamente porque cuando se escribió toda una literatura socrática no se había inventado la historia de la filosofía, ni siquiera la biografía. Al fin y al cabo, la apología, el panegírico, eran formas embrionarias de la biografía. Los primeros intentos biográficos son panegíricos: el Evágoras de Isócrates, el Agesilao de Jenofonte. Después, el discurso forense fingido, la apología, es el expediente que se usa para trazar una biografía o una caracterización personal.

Platón, poeta de tragedias en sus comienzos, adopta el dialogo socrático, que se convirtió en un copioso género literario, y sirve a maravilla para caracterizar al maestro y también para que los discípulos se hagan cada vez más independientes y personales, y terminen exponiendo sus pensamientos en boca de Sócrates.

La fuente más antigua e inmediata son los poetas cómicos. Con su visión deformada y malévola, no cabe negar el valor histórico de la comedia como fuente. Sin entrar por de pronto en el discutido problema de la comedia en relación con Sócrates, nos limitaremos a señalar que la imagen que sacamos de la comedia aristofánica acerca, por ejemplo, de Cleón o Eurípides o Lámaco no contradice en nada a la verdad histórica: los rasgos deformados siguen siendo los reales de la persona caricaturizada. El poeta cómico recoge el rostro como un espejo deformador, pero no pasa de donde la figura se haría irreconocible. Se ha supuesto que el fracaso de las Nubes en su primera representación se debió, más que a razones estéticas, a que el público encontró intolerable que se falseara la figura de Sócrates. Es aventurado hacer hipótesis, y tenemos que reconocer que la caricatura exagera brutalmente los rasgos de Sócrates, e incluso le atribuye lo que no le corresponde, tomándolo de Protágoras y de Diógenes de Apolonia. Pero también están exagerados los rasgos de otros personajes satirizados por la comedia y, sin embargo, son sustancialmente históricos. ¿Por qué con Sócrates ha de suceder otra cosa?

 

Si la comedia es verdad que altera la figura de personajes antiguos (por ejemplo, Safo, Arquíloco, Hesíodo) o trata con libertad suma los mitos, cuando se trata de contemporáneos se ve obligada a ser mucho más fiel. Aunque admitiéramos que el fracaso de las Nubes se debió a falta de fidelidad histórica, en este caso la misma exigencia de los espectadores prueba una costumbre, con la que debían contar los poetas.

Y aquí tenemos la primera parte de la selección de capítulo XV, La herencia de Sócrates.

“Sócrates es un poco de todos nosotros, que desde hace veinticinco siglos vamos naciendo con unos acordes socráticos dentro de la armonía equívoca de nuestro espíritu”. Ortega y Gasset: Obras completas, I (edición 1946), 60.

Del pensamiento de Sócrates viven medio milenio las escuelas antiguas, pero en ningún momento parece que Sócrates se dio cuenta de que poseía tan fabulosa riqueza. El secreto más hondo que él se llevó consigo fue este del fecundo contacto con la tierra materna, de la sumisión a la vieja religiosidad, que no concede sus dones sino a quienes con humildad la obedecen. Mas cuando Sócrates mantenía con un cuidado excesivo esta sumisión, era porque se daba cuenta del peligro. Reforzaba sus protestas y lanzaba al viento sus advertencias porque adivinaba el piélago en que fatalmente había de hundirse la tradición antigua.

Antonio Tovar Llorente (1911-1985)

Diríase que lo que quiso evitar con su heroica renuncia a hablar claro y a seguir con la razón camino adelante, fue todo el fatal orgullo de la filosofía ulterior. Renunciaba para tener más riqueza, era sumiso para ser más fuerte, no era atrevido para saber más. El secreto de esta paradoja socrática se nos empieza a descubrir si comparamos la contención del maestro con la carrera, cada vez más desbocada, de los discípulos. Mas se equivocaría el que solo fiándose de la comparación de Sócrates con sus sucesores le considerase un hombre aun ingenuo, aun en el paraíso de la espontaneidad. La verdad es que esa inocencia se ha quedado siempre atrás, demasiado lejos; de la felicidad ingenua no queda nunca ni rastro. No ya los jonios, pero ni los siete sabios eran inocentes o primitivos. El dolor existía en el pensamiento helénico desde que era tal pensamiento, y cometeríamos un grave error si imaginásemos que Sócrates tuvo en alguna manera una feliz existencia en el regazo materno de una fe confiada y total. Aunque el maestro contraste tan violentamente con sus descendientes espirituales, no por ello creamos que fue un sencillo creyente ni un alma feliz. Tales modos espirituales se buscan más bien desde épocas viejas y refinadas.

Por el contrario, en Sócrates no hay ingenuidad ni hay cansancio. El afán de saber que caracteriza al griego le acucia sin cesar. Un afán de certeza, de seguridad, le espolea en su preguntar inacabable. La filosofía es para él el medio de dominar el acaso, el azar, la fortuna. Cuando sorprendemos, en los textos de los discípulos, una auténtica palabra de Sócrates, una sensación de seguridad se apodera de nosotros.

Precisamente la grandeza de Sócrates está en ser una calma de voluntad en medio de una tormenta deshecha, un punto seguro en un océano de dudas que se disfrazan de dogmatismos, un equilibrio humano cuando en las conductas iban imperando el absurdo, una vieja libertad cuando todos se entregaban sin reserva al espíritu de sistema.

Sócrates se mantiene en serena superioridad sobre los extremos, unos extremos que se tocan en su seca rigidez, y que vienen a coincidir en lo peor, en lo sistemático, en la dureza que ha de ahogar para siempre a la filosofía antigua.

 

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