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Y, tras haber ofrecido en el anterior capítulo el primer romance burlesco de Góngora Fábula de Hero y Leandro (1610) que se inicia así: Aunque entiendo poco griego, vamos ahora con el otro romance gongorino, que es continuación del ya ofrecido:

SEGUNDA PARTE DE LA FÁBULA DE LOS AMORES DE HERO Y LEANDRO, Y DE SUS MUERTES (1589)

Arrojóse el mancebito

al charco de los atunes,

como si fuera el estrecho

poco más de medio azumbre.

Ya se va dejando atrás

las pedorreras azules

con que enamoró en Abido

mil mozuelas agridulces.

Del estrecho la mitad

pasaba sin pesadumbre,

los ojos en el candil,

que del fin temblando luce,

cuando el enemigo cielo

disparó sus arcabuces,

se desatacó la noche

y se orinaron las nubes.

 

(c) Sir Christopher Cook, Bt; Supplied by The Public Catalogue Foundation

 

Los vientos desenfrenados

parece que entonces huyen

del odre donde los tuvo

el griego de los embustes.

El fiero mar, alterado,

que ya sufrió como yunque

al ejército de Jerjes,

hoy a un mozuelo no sufre;

mas el animoso joven,

con los ojos cuando sube,

con el alma cuando baja,

siempre su norte descubre.

No hay ninfa de Vesta, alguna,

que así de su fuego cuide

como la dama de Sesto

cuida de guardar su lumbre:

con las almenas la ampara,

porque ve lo que le cumple,

con las manos la defiende

y con las ropas la cubre;

 

 

pero poco le aprovecha,

por más remedios que use,

que el viento con su esperanza

y con la llama concluye.

Ella entonces, derramando

dos mil perlas de ambas luces,

a Venus y a Amor promete

sacrificios y perfumes;

pero Amor, como llovía,

y estaba en cueros, no acude,

ni Venus, porque con Marte

está cenando unas ubres.

El amador, en perdiendo

el farol que lo conduce,

menos nada y más trabaja,

más teme y menos presume;

ya tiene menos vigor,

ya más veces se zabulle,

ya ve en el agua la muerte,

ya se acaba, ya se hunde.

 

 

Apenas expiró, cuando,

bien fuera de su costumbre,

cuatro palanquines vientos

a la orilla lo sacuden,

al pie de la amada torre

donde Hero se consume,

no deja estrella en el cielo

que no maldiga y acuse;

y viendo el difunto cuerpo,

la vez que se lo descubren

de los relámpagos grandes

las temerosas vislumbres,

desde la alta torre envía

el cuerpo a su amante dulce,

y la alma a donde se queman

pastillas de piedra zufre.

 

 

Apenas del mar salía

el sol a rayar las cumbres,

cuando la doncella de Hero,

temiendo el suceso, acude,

y, viendo hecha pedazos

aquella flor de virtudes,

de cada ojo derrama

de lágrimas dos almudes.

Juntando los mal logrados,

con un punzón de un estuche

hizo que estas tristes letras

una blanca piedra ocupen:

 

 

Hero somos, y Leandro,

no menos necios que ilustres,

en amores y firmezas

al mundo ejemplos comunes.

El amor, como dos huevos

quebrantó nuestras saludes:

él fue pasado por agua,

yo estrellada mi fin tuve.

Rogamos a nuestros padres

que no se pongan capuces,

sino, pues un fin tuvimos,

que una tierra nos sepulte.

 

Y tras Góngora, su gran rival: Quevedo

García Gual nos dice en el prólogo de la edición de Montes Cala en Gredos:

En Quevedo encontramos un soneto de tono serio (titulado “Describe a Leandro fluctuante en el mar”) y dos poemas burlescos (F. Moya recoge uno más, que parece variante del último).

Éste es el soneto serio:

Describe a Leandro fluctuante en el mar

Flota de cuantos rayos y centellas

en puntas de oro el ciego Amor derrama,

nada Leandro; y cuanto el polo brama

con olas, tanto gime por vencellas.

Maligna luz multiplicó en estrellas

y grande incendio sigue pobre llama:

en la cuna de Venus quien bien ama,

no debió recelarse de perdellas.

Vela y remeros es, nave sedienta;

mas no le aprovechó, pues desatado

Noto los campos líquidos violenta.

Ni volver puede, ni pasar a nado;

si llora crece el mar y la tormenta;

que hasta poder llorar le fue vedado.

 

 

Y éste el otro:

En crespa tempestad del oro undoso

nada golfos de luz ardiente y pura

mi corazón, sediento de hermosura,

si el cabello deslazas generoso.

Leandro en mar de fuego proceloso

su amor ostenta, su vivir apura;

Ícaro en senda de oro mal segura

arde sus alas por morir glorioso.

Con pretensión de fénix encendidas

sus esperanzas, que difuntas lloro,

intenta que su muerte engendre vidas.

Avaro y rico, y pobre en el tesoro,

el castigo y la hambre imita a Midas,

Tántalo en fugitiva fuente de oro.

 

 

Franco Durán en su trabajo citado dice sobre las obras de Góngora y Quevedo:

Si con Góngora los dioses antiguos mantenían su categoría de tales, a pesar de la ridiculización de que son objeto los héroes de la mitología clásica, con Quevedo la burla y el sarcasmo llega a límites insospechados. El romance en versos cortos “Hero y Leandro en paños menores” nos indica ya desde su título el carácter que este autor va a darle a su fábula.

Hero es una moza de una venta llamada La Torre -aquí la transformación de la torre en la que vivía Hero por el nombre de una posada- que se dedica a la prostitución y cuyos clientes principales son los marinos que se paran allí a descansar. Leandro es uno de estos hombres que es recibido por Hero cada noche. Quevedo satiriza en extremo la relación sexual de la prostituta y el navegante. A través de alusiones a diversos refranes y metáforas despectivas, interrogaciones retóricas y lenguaje vulgar, el autor acelera el ritmo de romance, mucho más narrativo en Góngora, y nos ofrece una versión escéptica para llegar a la máxima deformación en el tratamiento de los modelos antiguos. Quevedo se sirve de algunas imágenes conocidas –el huevo pasado por agua para designar la natación de Leandro y una Hero estrellada en el epitafio final- utilizadas anteriormente, como ya hemos dicho, por Mateo Vázquez de Leca y Góngora en su versión de 1610.

Se debe considerar la absoluta decadencia en el tratamiento del género que alcanzaría su máximo apogeo en la primera mitad del siglo XVIII con Francisco Nieto y Molina, entre otros.

De la historia de Hero y Leandro también tiene Quevedo una versión seria que nos cuenta la historia amorosa de los dos personajes. La única novedad con respecto a las fuentes grecolatinas y a la dimensión que le dieron el resto de los poetas hasta aquí mencionados, es el suicidio de Hero sin llegar a conocer la muerte de su amante.

 

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Sócrates reprendiendo a Alcibíades en casa de una cortesana (1857), óleo sobre lienzo de 278 x 226 cm., de Germán Hernández Amores. Museo del Prado

 

Plutarco nos sigue hablando de la relación entre el joven político Alcibíades y Sócrates en su Vida de Alcibíades VII, 3-6:

ἔτι δὲ μειράκιον ὢν ἐστρατεύσατο τὴν εἰς Ποτίδαιαν στρατείαν, καὶ Σωκράτη σύσκηνον εἶχε καὶ παραστάτην ἐν τοῖς ἀγῶσιν. ἰσχυρᾶς δὲ γενομένης μάχης ἠρίστευσαν μὲν ἀμφότεροι, τοῦ δ᾽ Ἀλκιβιάδου τραύματι περιπεσόντος ὁ Σωκράτης προέστη καὶ ἤμυνε καὶ μάλιστα δὴ προδήλως ἔσωσεν αὐτὸν μετὰ τῶν ὅπλων. ἐγίνετο μὲν οὖν τῷ δικαιοτάτῳ λόγῳ Σωκράτους τὸ ἀριστεῖον·

Siendo todavía muy jovencito, militó en el ejército enviado contra Potidea, en el cual tuvo a Sócrates por compañero de tienda, y en los combates peleó a su lado. Hubo una fuerte batalla, en la que los dos sobresalieron en valor; y como Alcibíades hubiese caído de una herida, Sócrates se puso por delante y le defendió; haciéndose visible con esto que le sacó salvo y con sus armas, y que por toda razón debía el premio del valor ser de Sócrates.

ἐπεὶ δ᾽ οἱ στρατηγοὶ διὰ τὸ ἀξίωμα τῷ Ἀλκιβιάδῃ σπουδάζοντες ἐφαίνοντο περιθεῖναι τὴν δόξαν, ὁ Σωκράτης βουλόμενος αὔξεσθαι τὸ φιλότιμον ἐν τοῖς καλοῖς αὐτοῦ πρῶτος ἐμαρτύρει καὶ παρεκάλει στεφανοῦν ἐκεῖνον καὶ διδόναι τὴν πανοπλίαν. ἔτι δὲ τῆς ἐπὶ Δηλίῳ μάχης γενομένης καὶ φευγόντων Ἀθηναίων, ἔχων ἵππον ὁ Ἀλκιβιάδης, τοῦ δὲ Σωκράτους πεζῇ μετ᾽ ὀλίγων ἀποχωροῦντος, οὐ παρήλασεν ἰδών, ἀλλὰ παρέπεμψε καὶ περιήμυνεν, ἐπικειμένων τῶν πολεμίων καὶ πολλοὺς ἀναιρούντων. καὶ ταῦτα μὲν ὕστερον ἐπράχθη.

Con todo, cuando se advirtió que los generales, movidos del esplendor de Alcibíades, estaban empeñados en atribuirle aquella gloria, Sócrates, para encender más en él el deseo de sobresalir en acciones ilustres, fue el primero en atestiguar y promover que se diesen a aquel la corona y la armadura. Para eso en la batalla de Delio, cuando los Atenienses volvieron la espalda, como Alcibíades tuviese caballo y Sócrates con muy pocos se retirase a pie, no le desamparó aquel luego que le vio, sino que le acompañó y defendió, cargándoles los enemigos y haciéndoles mucho daño; pero esto fue algún tiempo después.

La traducción se ha sacado de Wikisource.

 

 

Plutarco, en De liberis educandis 1XV, 11 E-F, cita a Sócrates al hablar de un tema tan común en la antigua Grecia como el de los amantes masculinos, de mayor edad, de los niños:

πολὺς δ᾽ ὄκνος ἔχει με καὶ τῆς εἰσηγήσεως καὶ τῆς ἀποτροπῆς τοῦ πράγματος. ἀποτολμητέον δ᾽ οὖν ὅμως: εἰπεῖν αὐτό. τί οὖν τοῦτ᾽ ἐστί; πότερα δεῖ τοὺς ἐρῶντας τῶν παίδων ἐᾶν τούτοις συνεῖναι καὶ, συνδιατρίβειν, ἢ τοὐναντίον εἴργειν αὐτοὺς καὶ ἀποσοβεῖν τῆς πρὸς τούτους ὁμιλίας προσῆκεν; ὅταν μὲν γὰρ ἀποβλέψω πρὸς τοὺς πατέρας τοὺς αὐθεκάστους καὶ τὸν τρόπον ὀμφακίας καὶ στρυφνούς, οἳ τῶν τέκνων ὕβριν οὐκ ἀνεκτὴν τὴν τῶν ἐρώντων ὁμιλίαν ἡγοῦνται, εὐλαβοῦμαι ταύτης εἰσηγητὴς γενέσθαι καὶ σύμβουλος, ὅταν δ᾽ αὖ πάλιν ἐνθυμηθῶ τὸν Σωκράτη τὸν Πλάτωνα τὸν Ξενοφῶντα τὸν Αἰσχίνην τὸν Κέβητα, τὸν πάντα χορὸν ἐκείνων τῶν ἀνδρῶν οἳ τοὺς ἄρρενας ἐδοκίμασαν ἔρωτας καὶ τὰ μειράκια προήγαγον ἐπί τε παιδείαν καὶ δημαγωγίαν καὶ τὴν ἀρετὴν τῶν τρόπων, πάλιν ἕτερος γίγνομαι καὶ κάμπτομαι πρὸς τὸν ἐκείνων τῶν ἀνδρῶν ζῆλον. μαρτυρεῖ δὲ τούτοις Εὐριπίδης οὕτω λέγων

ἀλλ᾽ ἔστι δή τις ἄλλος ἐν βροτοῖς ἔρως

ψυχῆς δικαίας σώφρονός τε κἀγαθῆς

Se apodera de mí una gran vacilación sobre si he de tratar o evitar el tema. Sin embargo, se debe arriesgar uno a hablar de ello. ¿De qué se trata? ¿Es necesario permitir a los amantes de los niños que estén con ellos y pasen el tiempo juntos, o, por el contrario, conviene impedírselo y separarlos de la compañía de estos?

Porque, cuando miro a los padres rudos, austeros y ásperos de carácter, que consideran una insolencia intolerable de sus hijos la compañía de los amantes, temo convertirme en el autor y consejero de esta. Mas, cuando, por otra parte, pienso en Sócrates, Platón, Jenofonte, Esquines o Cebes, en todo el coro de aquellos hombres, que aprobaron los amores masculinos y condujeron a los adolescentes a la educación, al gobierno del pueblo y a la excelencia de las costumbres, de nuevo soy otro y me inclino a la emulación de aquellos hombres. Y Eurípides da testimonio de estas cosas, cuando dice así:

Pero existe otro amor entre los hombres

el de un alma justa, prudente y buena.

 

 

Los cuatro personajes citados junto a Sócrates son amigos y discípulos.

Los versos de Eurípides pertenecen a su tragedia Teseo (Nauck, Tragediorum Graecorum Fragmenta, 388) y siguen estos tres versos:

καὶ χρῆν δὲ τοῖς βροτοῖσι τόνδ’ εἶναι νόμον

τῶν εὐσεβούντων οἵτινές τε σώφρονες

ἐρᾶν, Κύπριν δὲ τὴν Διὸς χαίρειν ἐᾶν.

Sería mejor si ésta fuera la costumbre entre los mortales,

de hombres reverentes y de todos los que tienen razón,

amar de esta manera, y dejar marchar a la hija de Zeus, Cipris

Luciano de Samosata, en Relatos Verídicos II, 23, nos habla de Sócrates, que destaca en la batalla entre los impíos y los habitantes de la isla “de los dichosos”:

ἄρτι δὲ τοῦ ἀγῶνος συντετελεσμένου ἠγγέλλοντο οἱ ἐν τῷ χώρῳ τῶν ἀσεβῶν κολαζόμενοι ἀπορρήξαντες τὰ δεσμὰ καὶ τῆς φρουρᾶς ἐπικρατήσαντες ἐλαύνειν ἐπὶ τὴν νῆσον ἡγεῖσθαι δὲ αὐτῶν Φάλαρίν τε τὸν Ἀκραγαντῖνον καὶ Βούσιριν τὸν Αἰγύπτιον καὶ Διομήδη τὸν Θρᾷκα καὶ τοὺς περὶ Σκίρωνα καὶ Πιτυοκάμπτην. ὡς δὲ ταῦτα ἤκουσεν ὁ Ῥαδάμανθυς, ἐκτάσσει τοὺς ἥρωας ἐπὶ τῆς ᾐόνος: ἡγεῖτο δὲ Θησεύς τε καὶ Ἀχιλλεὺς καὶ Αἴας ὁ Τελαμώνιος ἤδη σωφρονῶν καὶ συμμίξαντες ἐμάχοντο, καὶ ἐνίκησαν οἱ ἥρωες, Ἀχιλλέως τὰ πλεῖστακατορθώσαντος. ἠρίστευσε δὲ καὶ Σωκράτης ἐπὶ τῷ δεξιῷ ταχθεὶς, πολὺ μᾶλλον ἢ ὅτε ζῶν ἐπὶ Δηλίῳ ἐμάχετο. προσιόντων γάρ τεττάρων πολεμίων οὐκ ἔφυγε καὶ τὸ πρόσωπον ἄτρεπτος ἦν ἐφ᾽ οἷς καὶ ὕστερον ἐξῃρέθη αὐτῷ ἀριστεῖον, καλός τε καὶ μέγας παράδεισος ἐν τῷ προαστείῳ, ἔνθα καὶ συγκαλῶν τοὺς ἑταίρους διελέγετο, Νεκρακαδημίαν τὸν τόπον προσαγορεύσας.

Apenas habían concluido los juegos, llego la noticia de que los condenados en el territorio de los impíos habían roto sus cadenas y derrotado a sus guardianes, y se dirigían contra la isla; los capitaneaba Falaris de Acragante, Busiris el egipcio, Diomedes el tracio, Escirón y Pitiocamptes. Cuando Radamantis tuvo noticia de ello, coloco a sus héroes en la playa. Los capitaneaban Teseo, Aquiles y Ayante, hijo de Telamón, que ya había recobrado la cordura. Trabaron combate y vencieron los héroes, gracias a Aquiles sobre todo, pero destaco también Sócrates, colocado en el ala derecha, mucho más que cuando en vida combatiera en Delio, pues cuando cuatro enemigos fueron contra el no huyo ni altero su semblante. Por ello, le fue concedida después una recompensa, un hermoso y amplio jardín en los alrededores de la ciudad, donde reunía a sus compañeros para conversar, que él llamaba la Academia de los muertos.

La traducción es de Andrés Espinosa Alarcón, en Gredos.

 

Luis de Góngora y Argote (1561-1627), retrato de Diego de Velázquez

Analizábamos, con ayuda de María José Franco Durán, en el anterior capítulo de esta serie dos romances burlescos sobre el mito de Hero y Leandro, de Luis de Góngora: Aunque entiendo poco griego y Arrojóse el mancebito.

Es momento de ofrecer el primero de ellos.

En él hay una alusión al poema de Museo (aunque entiendo poco griego, en mis greguescos he hallado ciertos versos de Museo ni muy duros ni muy blandos) y también un recuerdo, no muy benevolente, a Boscán (cualquier lector que quisiere entrarse en el carro largo de las obras de Boscán se podrá ir con él de espacio, que yo a pie quiero ver más un toro suelto en el campo, que en Boscán un verso suelto, aunque sea en un andamio); además bastantes citas de personajes mitológicos como Narciso, Orfeo, Anfión, Cupido y Venus.

El tono de mofa y burla está presente en todo el romance; citemos, a modo de ejemplo, la descripción de los padres de Hero:

tuvo por padre a un hidalgo,

alcaide que era de Sesto,

mal vestido y bien barbado;

su madre, una buena griega,

con más partos y postpartos

que una vaca…

Aquí lo tenemos:

 

FÁBULA DE HERO Y LEANDRO (1610)

Aunque entiendo poco griego,

en mis greguescos he hallado

ciertos versos de Museo

ni muy duros ni muy blandos.

De dos amantes la historia

contienen, tan pobres ambos,

que ella, para una linterna,

y él no tuvo para un barco.

Dice, pues, que doña Hero

tuvo por padre a un hidalgo,

alcaide que era de Sesto,

mal vestido y bien barbado;

su madre, una buena griega,

con más partos y postpartos

que una vaca, y el castillo,

una casa de descalzos

cernícalos de uñas negras

en las almenas crïados:

 

 

muchos dones a un candil

y témporas todo el año.

También dice este poeta

que era hijo, don Leandro,

de un escudero de Abido,

pobrísimo, pero honrado;

grandes hombres, padre y hijo,

de regalarse, el verano,

con gigotes de pepino,

y, los hibiernos, de nabo,

la política del diente

cometían luego a un palo,

vara, y no de vagabundos,

pues no los ha desterrado.

Era, pues, el mancebito

un Narciso iluminado,

virote de Amor, no pobre

de plumas y de penachos;

de su barrio y del ajeno

diligentísimo braco,

grande orinador de esquinas,

pero ventor por el cabo;

citarista, aunque nocturno,

y Orfeo tan desgraciado,

que nunca enfrenó las aguas

que convocó el dulce canto,

puesto que ya, de Anfión

imitando algunos pasos,

llamó a sí muchas más piedras

que tuvo el muro tebano.

 

 

Este, pues, galán, un día,

no sé si a pie o a caballo,

salió (Dios en hora buena)

no muy bien acompañado.

Cualquier lector que quisiere

entrarse en el carro largo

de las obras de Boscán

se podrá ir con él de espacio,

que yo a pie quiero ver más

un toro suelto en el campo,

que en Boscán un verso suelto,

aunque sea en un andamio.

Y así, no sé dónde fueron

ni cómo se convocaron

los devotos convecinos

de templo tan visitado;

sé al menos que concurrieron

cuantos baña comarcanos

el sepulcro de la que iba

a las ancas de su hermano.

Esto sólo de Museo

entendí; y abrevïando,

a la vela o romería

llegó en un rocín muy flaco

el noble alcaide de Sesto,

y la alcaidesa, en un asno

(con perdón de los cofrades),

doña Hero, en un cuartago,

gallarda de capotillo

y de sombrero bordado,

que le prestó para ello

la mujer de un veinticuatro.

 

 

Los demás caballeritos

en la torre se quedaron,

cuál sin pluma y cuál con ella,

y todos de hambre pïando.

Alborotó la aula Hero,

que el muro del velo blanco

tenía dos saeteras

para los ojos rasgados,

a quien se calaron luego

dos o tres torzuelos bravos

como a búho tal; y, entre ellos,

el abideno bizarro

pïóla cual gorrión,

cacareóla cual gallo,

arrullóla cual palomo,

hízola ruedas cual pavo.

Ella, del guante al descuido

desenvainando una mano,

lo aseguró y le dio un bello

cristalino cintarazo.

Quedó aturdido el mozuelo,

y, medio desatinado,

almíbar dejó, de amor,

caérsele por los labios:

poco fue lo que le dijo,

mas tan dulce, aunque tan bajo,

que, hecho sacristán, Cupido

le corrió el velo al retablo.

 

 

Dejó caer el rebozo,

y descubrió un «sepan, cuantos

esta buena cara vieren,

que han de morir anegados».

Crepúsculo era, el cabello,

del día, entre obscuro y claro,

rayos de una blanca frente,

si hay marfil con negros rayos;

de ébano quiere el Amor

que las cejas sean dos arcos,

y no de ébano bruñido,

sino recién aserrado;

los ojazos negros dicen:

«Aunque negros, gente samo,

condes, somos, de Buendía,

si no somos condes Claros».

Los títulos me perdonen,

y el dibujo prosigamos,

que si no los tuvo Grecia,

los pidió a España prestados:

la nariz, algo aguileña,

que lo corvo, vinculado

lo dejó Ciro a los griegos,

como alfanje, en mayorazgo;

 

 

de rosas y de jazmines

mezcló el cielo un encarnado

que, por darlo a sus mejillas,

se lo hurtó a la alba aquel año;

en dos labios dividido,

se ríe un clavel rosado,

guardajoyas de unas perlas

que invidia el mar Indïano;

lo torneado del cuello

y del pecho el alabastro

tentaciones son, Señor,

sed libera nos a malo;

entre lo que no se ve

y lo que brujuleamos

metió, una basquiña verde,

el bastón terciopelado.

Estas eran las bellezas

de aquel ídolo de mármol

que a razones y a pellizcos

tenía ya, el mozuelo, blando.

Favoreciólos la noche

prestándoles tiempo, y tanto,

que se contaron sus vidas

y sus muertes concertaron.

 

Tate; (c) Tate; Supplied by The Public Catalogue Foundation

 

Señora madre, devota,

se estuvo siempre rezando,

y señor padre, poltrón,

se salió a dormir al claustro:

con esto dieron lugar

a que el galán diese asalto

y escalase el pecho bobo,

sin tocar nadie a rebato.

Celebrada, pues, la fiesta,

por aquellos mismos pasos

(si bien con otros intentos)

que vinieron, se tornaron.

Pulgas pican al pelón,

y tiénenlo tan picado,

que diera al Tiempo las plumas

de su sombrerillo pardo

para que le sincopara

el término señalado

a los gustos no cumplidos

y a los días mal logrados.

Llegó, al fin, que no debiera,

en un día muy nublado

y una noche muy lloviosa,

luto el uno, la otra, llanto.

Apenas la obscura noche

las cintas se ató del manto,

y no del manto de lustre,

sino de soplos del austro,

cuando el mozuelo orgulloso

hacia el mar, ya alborotado,

un pie con otro, se fue

descalzando los zapatos.

Llegó desnudo a la orilla,

donde estuvieron un rato

las faldas de la camisa

a las ondas imitando.

 

 

Haciendo con el estrecho,

que ya le parece ancho,

lo que el día de la purga

el enfermo con el vaso,

la trémula seña, aguarda,

que de luz corone lo alto,

si tanta distancia puede

vencella farol tan flaco.

Présaga, al fin, del suceso,

turbada, salió, del caso,

y cobarde al fiero soplo

del animoso contrario.

Leandro, en viendo la luz,

la arena besa, y gallardo,

«¡Oh, de la estrella de Venus

-le dice- ilustre traslado!:

norte eres ya de un bajel

de cuatro remos por banco;

si naufragare, serás

Santelmo de su naufragio.

A tus rayos me encomiendo,

que, si me ayudan tus rayos,

mal podrá un brazo de mar

contrastar a mis dos brazos».

Esto dijo, y repitiendo

«Hero y Amor», cual villano

que a la carrera ligero

solicita el rojo palio…

 

¡¡Diez años!!

El 7 de octubre de 2007, hace hoy diez años, publicamos nuestro primer artículo en este blog, tras nuestra aventura previa en el blog Omnia mea mecum porto, cuyo primer artículo se publicó el 28 de octubre de 2006 y que echó el cierre otro 28 de octubre de 2008, si bien escribimos otros cuatro artículos en 2013, a propósito de actividades de nuestro centro o de la victoria en las Olimpiadas Clásicas de la Universidad de Valencia de una alumna nuestra, hoy ya filóloga clásica.

En estos diez años se han publicado, con ésta, 1059 entradas y ha habido 1449 comentarios.

Se han tratado diversos asuntos en nuestros artículos. El 17 de enero de 2017, con motivo de nuestros mil artículos, publicamos una entrada en la que hacíamos un repaso de los artículos escritos aquí. Desde aquel día hemos seguido con nuestras largas series La paciencia de Sócrates, Artículos sibilinos, Hero y Leandro ¿un mito olvidado?, (Auto)epitafios, y dos artículos sueltos dedicados a glosar la figura de José Luis Pérez de Arteaga y a los recortes en las plazas de profesores de clásicas en la Comunidad Valenciana.

En ese mismo artículo del 17 de enero escribíamos:

En octubre de este año 2017, este blog cumplirá diez años. Tras esa fecha (7-10-2017) no le quedará ya mucho recorrido. Habrá que ir pensando en cerrarlo, porque las ideas se agotan y mantenerlo activo requiere mucho tiempo (ars longa, vita brevis). Si lo mantengo es por mí mismo, porque me permite conocer mejor la literatura griega y romana y aprender continuamente, investigando y buscando en mis libros y en la red. Si, de paso, a alguien le es de provecho, mejor.

Pues bien, ha llegado el 7 de octubre de 2017 y a este espacio le quedan pocas semanas de vida; seguramente no llegará al 2018. Pero el balance es positivo, pues no es fácil pervivir 10 años en un blog, a pesar de no escribir todos los días. Nos ha llenado cultural, vital y espiritualmente y eso hay que valorarlo. Si a los lectores, asiduos u ocasionales, les ha servido de provecho, tanto mejor.

 

Sócrates buscando a Alcibíades en la casa de Aspasia (1861), óleo sobre lienzo de  Jean-Léon Gérôme (1824-1904). Museo de Bellas Artes de Valenciennes

Seguimos con la relación entre Sócrates y Alcibíades a la que se refiere Plutarco en Vida de Alcibíades IV, 4:

ταχὺ δὲ ποιησάμενος συνήθη, καὶ λόγων ἀκούσας οὐχ ἡδονὴν ἄνανδρον ἐραστοῦ θηρεύοντος, οὐδὲ φιλημάτων καὶ ψαύσεως προσαιτοῦντος, ἀλλ᾽ ἐλέγχοντος τὸ σαθρὸν τῆς ψυχῆς αὐτοῦ καὶ πιεζοῦντος τὸν κενὸν καὶ ἀνόητον τῦφον, ἔπτηξ᾽ ἀλέκτωρ δοῦλος ὣς κλίνας πτερόν.

καὶ τὸ μὲν Σωκράτους ἡγήσατο πρᾶγμα τῷ ὄντι θεῶν ὑπηρεσίαν εἰς νέων ἐπιμέλειαν εἶναι καὶ σωτηρίαν· καταφρονῶν δ᾽ αὐτὸς ἑαυτοῦ, θαυμάζων δ᾽ ἐκεῖνον, ἀγαπῶν δὲ τὴν φιλοφροσύνην, αἰσχυνόμενος δὲ τὴν ἀρετήν, ἐλάνθανεν εἴδωλον ἔρωτος, ὥς φησιν ὁ Πλάτων, ἀντέρωτα κτώμενος, ὥστε θαυμάζειν ἅπαντας ὁρῶντας αὐτὸν Σωκράτει μὲν συνδειπνοῦντα καὶ συμπαλαίοντα καὶ συσκηνοῦντα, τοῖς δ᾽ ἄλλοις ἐρασταῖς χαλεπὸν ὄντα καὶ δυσχείρωτον, ἐνίοις δὲ καὶ παντάπασι σοβαρῶς προσφερόμενον, ὥσπερ Ἀνύτῳ τῷ Ἀνθεμίωνος.

Entró, pues, muy luego en su confianza, y oyendo la voz de un amador que no andaba a caza de placeres indignos, ni solicitaba indecentes caricias, sino que le echaba en cara los vicios de su alma y reprimía su vano y necio orgullo, Como gallo vencido en la pelea, dejó caer acobardado el ala. Veía en esto la obra de Sócrates; pero en la realidad la reputaba ministerio de los Dioses en beneficio y salvación de los jóvenes. Desconfiándose, pues, de sí mismo, mirando a aquel con admiración, apreciando su benevolencia y acatando su virtud, insensiblemente abrazó el ídolo del amor, o, según la expresión de Platón, el contramor o amor correspondido. Maravillábanse todos, por tanto, de verle cenar con Sócrates y ejercitarse y habitar con él, mientras que se mostraba con los demás amadores áspero y desabrido; y aun a algunos los trataba con altanería, como a Ánito el de Antemión.

 

 

ἐτύγχανε μὲν γὰρ ἐρῶν τοῦ Ἀλκιβιάδου, ξένους δε τινας ἑστιῶν ἐκάλει κἀκεῖνον ἐπὶ τὸ δεῖπνον. ὁ δὲ τὴν μὲν κλῆσιν ἀπείπατο, μεθυσθεὶς δ᾽ οἴκοι μετὰ τῶν ἑταίρων ἐκώμασε πρὸς τὸν Ἄνυτον, καὶ ταῖς θύραις ἐπιστὰς τοῦ ἀνδρῶνος καὶ θεασάμενος ἀργυρῶν ἐκπωμάτων καὶ χρυσῶν πλήρεις τὰς τραπέζας, ἐκέλευσε τοὺς παῖδας τὰ ἡμίση λαβόντας οἴκαδε κομίζειν πρὸς αὐτόν, εἰσελθεῖν δ᾽ οὐκ ἠξίωσεν, ἀλλὰ ταῦτα πράξας ἀπῆλθε. τῶν οὖν ξένων δυσχεραινόντων καὶ λεγόντων ὡς ὑβριστικῶς καὶ ὑπερηφάνως εἴη τῷ Ἀνύτῳ κεχρημένος ὁ Ἀλκιβιάδης, “ἐπιεικῶς μὲν οὖν,” ὁ Ἄνυτος ἔφη, “καὶ φιλανθρώπως· ἃ γὰρ ἐξῆν αὐτῷ λαβεῖν ἅπαντα, τούτων ἡμῖν τὰ μέρη καταλέλοιπεν.”

 Amaba éste a Alcibíades, y teniendo a cenar a unos huéspedes, le convidó al banquete: rehusó él el convite; pero habiendo encasa bebido largamente con otros amigos, fuese a casa de Ánito para darle un chasco: púsose a la puerta del comedor, y viendo las mesas llenas de fuentes de plata y oro, dio orden a los criados de que tomaran la mitad de todo aquello y se lo llevaran a casa; esto sin pasar de allí, y antes se retiró con los criados. Prorrumpieron los huéspedes en quejas, diciendo que Alcibíades se había portado injuriosa e indecorosamente con Ánito; más éste respondió: “No, sino con mucha equidad y moderación, pues que habiendo sido dueño de llevárselo todo, aún nos ha dejado parte”.

 

Sócrates y Alcibíades (1813-1816), óleo sobre lienzo de 32,7 x 24,1 cm., de Christopher Wilhelm Eckersberg. Thorvaldsen Museum de Copenhague

 

 Y seguimos con el capítulo 6:

Ὁ δὲ Σωκράτους ἔρως πολλοὺς ἔχων καὶ μεγάλους ἀνταγωνιστὰς πῇ μὲν ἐκράτει τοῦ Ἀλκιβιάδου, δι᾽ εὐφυΐαν ἁπτομένων τῶν λόγων αὐτοῦ καὶ τὴν καρδίαν στρεφόντων καὶ δάκρυα ἐκχεόντων, ἔστι δ᾽ ὅτε καὶ τοῖς κόλαξι πολλὰς ἡδονὰς ὑποβάλλουσιν ἐνδιδοὺς ἑαυτόν, ἀπωλίσθαινε τοῦ Σωκράτους καὶ δραπετεύων ἀτεχνῶς ἐκυνηγεῖτο, πρὸς μόνον ἐκεῖνον ἔχων τὸ αἰδεῖσθαι καὶ τὸ φοβεῖσθαι, τῶν δ᾽ ἄλλων ὑπερορῶν.

Este amor de Sócrates tenía muchos que le hicieran oposición, mas lograba, sin embargo, dominar el buen natural de Alcibíades, fijándose en su ánimo los discursos de aquel, convirtiendo su corazón y arrancándole lágrimas. Había ocasiones, no obstante, en que, cediendo a los aduladores que le lisonjeaban con placeres, se le deslizaba a Sócrates, y como fugitivo tenía que cazarle; pues sólo respecto de él se avergonzaba, y a él sólo le tenía algún temor, no dándosele nada de los demás.

ὁ μὲν οὖν Κλεάνθης ἔλεγε τὸν ἐρώμενον ὑφ᾽ ἑαυτοῦ μὲν ἐκ τῶν ὤτων κρατεῖσθαι, τοῖς δ᾽ ἀντερασταῖς πολλὰς λαβὰς παρέχειν ἀθίκτους ἑαυτῷ, τὴν γαστέρα λέγων καὶ τὰ αἰδοῖα καὶ τὸν λαιμόν· Ἀλκιβιάδης δ᾽ ἦν μὲν ἀμέλει καὶ πρὸς ἡδονὰς ἀγώγιμος· ἡ γὰρ ὑπὸ Θουκυδίδου λεγομένη παρανομία εἰς τὸ σῶμα τῆς διαίτης ὑποψίαν τοιαύτην δίδωσιν. οὐ μὴν ἀλλὰ μᾶλλον αὐτοῦ τῆς φιλοτιμίας ἐπιλαμβανόμενοι καὶ τῆς φιλοδοξίας οἱ διαφθείροντες ἐνέβαλλον οὐ καθ᾽ ὥραν εἰς μεγαλοπραγμοσύνην, ἀναπείθοντες ὡς, ὅταν πρῶτον ἄρξηται τὰ δημόσια πράττειν, οὐ μόνον ἀμαυρώσοντα τοὺς ἄλλους στρατηγοὺς καὶ δημαγωγοὺς εὐθύς, ἀλλὰ καὶ τὴν Περικλέους δύναμιν ἐν τοῖς Ἕλλησι καὶ δόξαν ὑπερβαλούμενον.

 

La escuela de Atenas (1510-1511), pintura al fresco de 5 x 7.7 m., de Rafael Sanzio. Estancias de Rafael. Museos Vaticanos

Decía, pues, Cleantes, que este tal amado era por los oídos por donde de Sócrates había de ser cogido; cuando a los otros amadores les presentaba muchos asideros a que aquel no podía echar mano: queriendo indicar el vientre, la lascivia y la gula, porque realmente Alcibíades era muy inclinado a los deleites, dando de esto bastante indicio el que Tucídides llama desconcierto suyo en el régimen ordinario de la vida. Mas los que trataban de pervertirle, de lo que principalmente se valieron fue de su ambición y de su orgullo, para hacerle antes de tiempo tomar parte en los negocios públicos, persuadiéndole que lo mismo sería entrar en ellos, no solamente eclipsaría a los demás generales y oradores, sino que al mismo Pericles se aventajaría en gloria y poder entre los griegos.

ὥσπερ οὖν ὁ σίδηρος ἐν τῷ πυρὶ μαλασσόμενος αὖθις ὑπὸ τοῦ ψυχροῦ πυκνοῦται καὶ σύνεισι τοῖς μορίοις εἰς αὑτόν, οὕτως ἐκεῖνον ὁ Σωκράτης θρύψεως διάπλεων καὶ χαυνότητος ὁσάκις ἂν λάβοι, πιέζων τῷ λόγῳ καὶ συστέλλων ταπεινὸν ἐποίει καὶ ἄτολμον, ἡλίκων ἐνδεής ἐστι καὶ ἀτελὴς πρὸς ἀρετὴν μανθάνοντα.

Como el hierro, pues, ablandado por el fuego, después con el frío vuelve a comprimirse y sus partes se aprietan entre sí, de la misma manera cuantas veces Alcibíades, disipado por el lujo y la vanidad, volvía a las manos de Sócrates, conteniéndole éste y refrenándole con sus razones, le hacía sumiso y moderado, reconociendo que estaba todavía muy falto y atrasado para la virtud.

 

Busto de Alcibíades. Museos Capitolinos de Roma

Por esta breve muestra de la pervivencia del mito de Hero y Leandro en las letras españolas, que estamos ofreciendo con ayuda de trabajos de Carlos García Gual, Mª José Franco Durán y Francisca Moya del Baño, como segunda parte de esta larga serie, en la que empezamos analizando el poema Hero y Leandro de Museo, con la traducción y valiosas notas de José Guillermo Montes Cala, han pasado ya autores como Diego Hurtado de Mendoza, Juan de Coloma, Francisco Sáa de Miranda, Diego Hernando de Acuña, Gutierre de Cetina, Diego Ramírez Pagán, Fernando de Herrera, Félix Lope de Vega Carpio, Francisco López de Zárate y un soneto viejo, de autor anónimo.

Seguimos con otros.

María José Franco Durán nos ofrece los siguientes:

Juan de Valdés y Meléndez (1754-1817) compuso otro soneto dedicado al tema. La única novedad con respecto a Garcilaso es que Valdés refleja su situación personal. En el último terceto se dirige a Leandro por el que siente envidia ya que al menos el personaje ha disfrutado del amor en tres o cuatro ocasiones antes de perecer en las aguas.

 

La luz mirando, y con la luz más ciego,

rompe Leandro espumas plateadas,

y entre las olas con el viento hinchadas,

 pide al cieio piedad, al mar sosiego.

Acuden olas en sintiendo el fuego,

y así les dice, viéndolas airadas:

“Dejadme mientras voy, olas sagradas,

y anegarme podréis voliendo luego”.

Tiempla su amor eJ trance riguroso,

sepulta su esperanza el mar airado,

y la postrera voz entrega al viento.

¡Oh tres y cuatro veces venturoso;

 y triste yo, que tras haber gozado,

perdí las esperanzas y el contento!

 

 

Hipólita de Narváez (finales el 1500 a mediados del 1600) compone otro soneto y que aquí reproduzco:

 

Rompe Leandro, con gallardo intento,

el mar confuso, que soberbio brama;

y el cielo, entre relámpagos derrama

espesa lluvia con furor violento.

Sopla con fuerza el animoso viento;

¡Triste de aquel que es desdichado y ama!

Al fin al agua ríndese la llama,

y a la inclemente furia es sufrimiento.

Mas ¡oh infelice amante! pues al puerto

llegaste, deseado por tí tanto,

aunque con cuerpo muerto y gloria incierta.

Y desdichada yo, que en mar incierto

muriendo entre las aguas de mi llanto

aun no espero tal bien después de muerta.

 

Como Juan de Valdés, muestra su situación personal y la compara con la de Leandro, aunque ella es todavía mucho más desventurada. El mito, pues, le sirve de excusa para reflejar sus propios sentimientos.

 

 

El soneto XXII de Juan de Arguijo titulado “Leandro” comienza también con la natación del amante y no nos aporta novedades temáticas.

Éste es el soneto de Arguijo (1567-1623):

 

En la pequeña luz de Sesto pone

desde el puerto los ojos i, atreuido,

rompe Leandro el mar que, embravecido,

a sus intentos más i más se opone.

Mas él cuida[n]do que la muerte abone

su grande amor, se ofrece al conocido

peligro i, de las ondas ya vencido,

a amansallas en vano se dispone.

“Ondas”, dixo muriendo, “si consiente

vuestro furor de un triste amante el ruego,

sed por un rato a mi dolor piadosas;

“Frenad el curso a la veloz corriente,

mostraos benignas sólo mientras llego,

i cuando buelva me anegad furiosas”.

 

 

El cordobés Luis de Góngora y Argote (1561-1627) escribió dos romances burlescos sobre el mito.

Franco Durán dice:

De Góngora también es un romance burlesco que comienza: Aunque entiendo poco griego, compuesto en 1610. La composición de fábulas mitológicas burlescas es un fenómeno típico del culteranismo. Los autores que se adscriben a esta corriente desmitificadora se alejan de la tradición literaria del Renacimiento y se disponen a ridiculizar a los personajes de la mitología clásica. “Quien primero las compone en España es Luis de Góngora, y es curioso que sea precisamente el autor de una obra, la más eminente del género, quien logra su caricatura. Porque, en realidad, el género burlesco de poemas mitológicos no es sino la autocrítica de una escuela, toda una manera retórica reaccionando sobre sí misma para la burla y para la sátira” (José María Cossío, Fábulas mitológicas en España, Madrid, 1952).

Góngora trata el tema de Hero y Leandro en dos composiciones que esta actitud crítica ante las historias amorosas de la mitología clásica. Los temas habían sido contempla­dos de manera formal en el siglo XVI y parece que este tipo de versiones burlescas esta­ban apuntando ya una cierta decadencia en cuanto a la recreación de estos temas. Es tam­bién significativo el hecho de que Góngora hubiera escogido el romance como fórmula métrica para burlarse de sus personajes. La composición comienza haciendo referencia a la fuente utilizada, Museo, aunque vamos a ver cómo se ha desviado de este autor.

 

 

Góngora se sirve de anacronismos para situamos el tiempo en el que transcurre la fábula. El padre de Hero es un hidalgo, alcalde de Sesto y su madre una griega “con más partos y postpartos / que una vaca”. A su vez Leandro es el hijo de un escudero muy pobre de Abido. Se conocen los dos· amantes y comienza la seducción:

 

“Píóla cual gorrión

cacareóla cual gallo,

arrullóla cual palomo,

hízola ruedas cual pavo.

Ella del guante al descuido

desenvaínando una mano,

le aseguró y de dió un bello

cristalino cintarazo.”

 

Los amantes acuerdan la cita con la señal convenida y una noche Leandro cruza el mar. El romance contiene dos digresiones: una crítica a los versos de Boscán y otra a los títulos nobiliarios:

 

“Los títulos me perdonen,

y el dibujo prosigamos,

que si no los tuvo Grecia,

los pidió a España prestados.”

 

Este romance, que termina cuando Leandro se arroja a las aguas, tiene su continuidad en otro romance del mismo autor que comienza: Arrojóse el mancebito… Cronológicamente fue compuesto primero, pero prosigue la historia de los dos amantes. Se inicia con la natación de Leandro y continúa con el resto de la fábula hasta el final.

Las alusiones cultas son mínimas y hay un cambio radical en la resolución del tema. Leandro se arroja “al charco de los atunes” cuando comienza la tempestad y continúa con el mismo tono irónico el resto del romance.

 

Hero y Leandro de Robin Monroe (FineArtAmerica)

El mancebo ruega a Cupido y Venus que. lo amparen en la empresa, aunque Góngora justifica sorpresivamente el olvido divino diciendo:

 

“Pero Amor, como llovía

y estaba en cueros, no acude,

ni Venus, porque con Marte

está cenando unas ubres.”

 

Leandro muere por fin y Hero, que no ha dejado de maldecir y acusar a todas las estrellas del cielo, ve el cadáver desde su torre. Con un punzón, y antes de arrojarse al mar, graba ella misma el epitafio de su tumba:

 

“Hero somos y Leandro

no menos necios que ilustres,

en amores y firmezas

al mundo ejemplo comunes.

El amor como dos huevos,

quebrantó nuestras saludes;

él fue pasado por agua,

yo estrellada mi fin tuve.

Rogamos a nuestros padres

que no se pongan capuces,

sino, pues un fin tuvimos,

que una tierra nos sepulte.”

 

Hero lamenta la muerte de Leandro (1635-1637), color sobre lienzo de 155 x 251 cm., de Jan van den Hoecke. Kunsthistorisches Museum de Viena, Gemäldegalerie

 

Estamos finalizando ya esta serie sobre algunas fuentes clásicas sobre Sócrates que surgió, allá por el 28 de octubre de 2016, a propósito de una referencia de Aulo Gelio a la paciencia de Sócrates con su mujer Jantipa (Noches Áticas I, XVII), y que nos ha servido de hermosa y curiosa excusa para esta serie.

Seguimos con esta breve selección de fuentes.

Pausanias, en Descripción de Grecia I, 22, 8 nos dice que Sócrates, hijo de Sofronisco, esculpió una estatua de las Gracias, a la entrada de la Acrópolis:

κατὰ δὲ τὴν ἔσοδον αὐτὴν ἤδη τὴν ἐς ἀκρόπολιν Ἑρμῆν, ὃν Προπύλαιον ὀνομάζουσι, καὶ Χάριτας Σωκράτην ποιῆσαι τὸν Σωφρονίσκου λέγουσιν, ᾧ σοφῷ γενέσθαι μάλιστα ἀνθρώπων ἐστὶν ἡ Πυθία μάρτυς, ὃ μηδὲ Ἀνάχαρσιν ἐθέλοντα ὅμως καὶ δι᾽ αὐτὸ ἐς Δελφοὺς ἀφικόμενον προσεῖπεν.

En la misma entrada de la Acrópolis están el Hermes que llaman Propileo y las Cárites, que dicen que esculpió Sócrates, hijo de Sofronisco, del que la Pitia testificó que era el más sabio de los hombres, lo que no dijo ni siquiera de Anacarsis, aunque lo quería, y por ello fue a Delfos.

La traducción es de María Cruz Herrero Ingelmo, en Gredos, quien nos dice sobre Anacarsis, en nota al pie:

Era uno de los Siete Sabios, un filósofo escita, que vivió en Grecia en el siglo VI a. C. En el siglo IV a. C. se convirtió en una especie de modelo de vida para los filósofos cínicos. Cf. C. García Gual, Los siete sabios (y tres más), Madrid, 1989, págs. 137-158.

 

El propio Pausanias, en Descripción de Grecia IX, 35, 7, insiste en la idea:

Σωκράτης τε ὁ Σωφρονίσκου πρὸ τῆς ἐς τὴν ἀκρόπολιν ἐσόδου Χαρίτων εἰργάσατο ἀγάλματα Ἀθηναίοις. καὶ ταῦτα μέν ἐστιν ὁμοίως ἅπαντα ἐν ἐσθῆτι˙ οἱ δὲ ὕστερον, οὐκ οἶδα ἐφ’ ὅτῳ, μεταβεβλήκασι τὸ σχῆμα αὐταῖς. Χάριτας γοῦν οἱ κατ’ ἐμὲ ἔπλασσόν τε καὶ ἔγραφον γυμνάς.

Y Sócrates, hijo de Sofronisco, delante de la entrada de la Acrópolis esculpió unas imágenes de las Cárites para los atenienses. Todas están igualmente vestidas, pero las posteriores no sé por qué motivo han cambiado la representación. En todo caso, en mi tiempo esculpen y pintan Carites desnudas.

Pese a la coincidencia con el nombre del filósofo, y también con el de su padre, con toda probabilidad no sea nuestro filósofo. Lo aportamos por la coincidencia.

Plutarco, Vida de Pericles 13, 7 escribe:

τὸ δὲ μακρὸν τεῖχος, περὶ οὗ Σωκράτης ἀκοῦσαί φησιν αὐτὸς εἰσηγουμένου γνώμην Περικλέους, ἠργολάβησε Καλλικράτης.

El muro prolongado, cuya idea dice Sócrates había oído explicar al mismo Pericles, fue obra de Calícrates.

Más adelante, en Vida de Pericles 24, 5 Añade:

τὴν δ’ Ἀσπασίαν οἱ μὲν ὡς σοφήν τινα καὶ πολιτικὴν ὑπὸ τοῦ Περικλέους σπουδασθῆναι λέγουσι: καὶ γὰρ Σωκράτης ἔστιν ὅτε μετὰ τῶν γνωρίμων ἐφοίτα, καὶ τὰς γυναῖκας ἀκροασομένας οἱ συνήθεις ἦγον ὡς αὐτήν, καίπερ οὐ κοσμίου προεστῶσαν ἐργασίας οὐδὲ σεμνῆς, ἀλλὰ παιδίσκας ἑταιρούσας τρέφουσαν.

Algunos son de opinión que Pericles se inclinó a Aspasia por ser mujer sabia y de gran disposición para el gobierno, pues el mismo Sócrates, con sujetos bien conocidos, frecuentó su casa, y varios de los que la trataron llevaban sus mujeres a que la oyesen, sin embargo, de que su modo de ganar la vida no era brillante ni decente, porque vivía de mantener esclavas para mal tráfico.

 

Cicerón alude brevemente a Sócrates en Disputaciones Tusculanas IV, 29 62-63, a propósito de la tragedia Orestes, de Eurípides:

Continet autem omne sedationem animi humana in conspectu posita natura; quae quo facilius expressa cernatur, explicanda est oratione communis condicio lexque vitae. itaque non sine causa, cum Orestem fabulam doceret Euripides, primos tris versus revocasse dicitur Socrates:

“neque tam terribilis ulla fando oratio est,

nec fors nec ira caelitum invectum malum,

quod non natura humana patiendo ecferat.”

Ahora bien, el examen de la naturaleza humana contiene todos los medios de tranquilizar el alma, pero, para que la imagen de esa naturaleza pueda discemirse con más facilidad, hay que exponer con palabras la condición común y la ley de la vida. Por ello, cuando Eurípides representó su tragedia Orestes, se dice que Sócrates, no sin razón, pidió que se repitieran los tres primeros versos:

No hay palabras tan terribles de expresar,

ni golpe de la fortuna, ni mal infligido por la cólera de los

[celestes,

que la naturaleza humana con su capacidad de sufrimiento

[no pueda soportar

 

La traducción es de Alberto Medina González, en Gredos.

De la relación entre Sócrates y Alcibíades nos habla Plutarco en Vida de Alcibíades IV, 4:

ἤδη δὲ πολλῶν καὶ γενναίων ἀθροιζομένων καὶ περιεπόντων, οἱ μὲν ἄλλοι καταφανεῖς ἦσαν αὐτοῦ τὴν λαμπρότητα τῆς ὥρας ἐκπεπληγμένοι καὶ θεραπεύοντες, ὁ δὲ Σωκράτους ἔρως μέγα μαρτύριον ἦν τῆς πρὸς ἀρετὴν εὐφυΐας τοῦ παιδός, ἣν ἐμφαινομένην τῷ εἴδει καὶ διαλάμπουσαν ἐνορῶν, φοβούμενος δὲ τὸν πλοῦτον καὶ τὸ ἀξίωμα καὶ τὸν προκαταλαμβάνοντα κολακείαις καὶ χάρισιν ἀστῶν καὶ ξένων καὶ συμμάχων ὄχλον, οἷος ἦν ἀμύνειν καὶ μὴ περιορᾶν ὥσπερ φυτὸν ἐν ἄνθει τὸν οἰκεῖον καρπὸν ἀποβάλλον καὶ διαφθεῖρον. οὐδένα γὰρ ἡ τύχη περιέσχεν ἔξωθεν οὐδὲ περιέφραξε τοῖς λεγομένοις ἀγαθοῖς τοσοῦτον ὥστ’ ἄτρωτον ὑπὸ φιλοσοφίας γενέσθαι, καὶ λόγοις ἀπρόσιτον παῤῥησίαν καὶ δηγμὸν ἔχουσιν· ὡς Ἀλκιβιάδης εὐθὺς ἐξ ἀρχῆς θρυπτόμενος καὶ ἀποκλειόμενος ὑπὸ τῶν πρὸς χάριν ἐξομιλούντων εἰσακοῦσαι τοῦ νουθετοῦντος καὶ παιδεύοντος, ὅμως ὑπ᾽ εὐφυΐας ἐγνώρισε Σωκράτη καὶ προσήκατο, διασχὼν τοὺς πλουσίους καὶ ἐνδόξους ἐραστάς.

Desde luego se dedicaron muchos de los principales a seguirle y obsequiarle; pero era bien claro que la mayor parte de ellos no admiraban ni halagaban otra cosa que lo bello de su figura: sólo el amor de Sócrates nos da un indudable testimonio de su virtud y de su índole generosa. Advertía que ésta se manifestaba y resplandecía en su semblante; y temiendo a su riqueza, al esplendor de su origen y a la muchedumbre de ciudadanos, de forasteros y de aliados que trataban de apoderarse de él con sus lisonjas y sus obsequios, se propuso defenderlo y no desampararlo, como una planta que en flor iba a perder y viciar su nativo fruto. Porque en nada la fortuna le fue tan favorable, ni le pertrechó tanto exteriormente con los que llamamos bienes, como con haberle hecho por medio de la filosofía invulnerable e impasible a los dichos mordaces y cáusticamente libres de tantos como desde el principio se propusieron corromperle y retraerle de oír a su amonestador y maestro; y así es que, a pesar de todo, por la bondad de su índole hizo conocimiento con Sócrates, y se estrechó con él, apartando de sí a los ricos y distinguidos amadores.

La traducción se ha sacado de Wikisource.