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Archive for 31 marzo 2008

Aquí les entrego el trabajo; es muy simple. Está distribuido en tres entregas, tres por una razón que descubrirán al final. En cada entrega, hay una serie de textos y en cada uno de ellos una batería de preguntas, muy variadas, pero todas giran en torno a personajes míticos o históricos a los que aluden los textos. Se trata de ir respondiendo las preguntas. No son complicadas, ya que, en algunos casos, les proporciono pistas. Al final, hay una pregunta, fácil y difícil a la vez. Ya la leerán.

A esta pregunta final, sólo accederán los alumnos que hayan respondido correctamente y en el tiempo establecido las preguntas de las tres entregas. Sólo proporcionaré la siguiente entrega, con sus correspondientes preguntas, si la primera está contestada correctamente y en el plazo establecido. Tienen dos semanas para responder las preguntas de la primera entrega; otras dos para la segunda y otras tantas para la tercera. Para la pregunta final sólo tienen tres días. No les deseo suerte; ya saben que la suerte no funciona en los estudios; esfuerzo, dedicación, tiempo y paciencia serán sus mejores aliados en la resolución de la tarea. Buenas tardes.

¡Ah! Recuerden que para el jueves tenemos pendientes los ejercicios de la página 45 de nuestro manual. El trabajo que les acabo de entregar ahora no les exime de la realización de dichos ejercicios.

Ya se había dirigido hacia la puerta, cuando se volvió y, dejando asomar una sonrisa en su rostro, dijo:

Es un trabajo adicional.

Nicoletta no se sintió excesivamente angustiada por el trabajo; afortunadamente Domenico Vadacca solía plantear a sus alumnos este tipo de ejercicios, que él llamaba Cacería de tesoros, y estaba entrenada en este tipo de actividades.

Ahora tocaba educación física y luego matemáticas, por lo que debería esperar al patio para echar un primer vistazo al trabajo. Luego pensó que sería mejor hacerlo en casa, después de comer.

La mañana siguió con su alternancia de asignaturas, profesores, charlas con los compañeros, cotilleos varios y anécdotas más o menos graciosas.

A las 14’00 sonó la sirena que indicaba el fin de la jornada y Nicoletta se dirigió con sus amigos hasta su casa. Saludó a sus padres, comieron contando cada uno cómo había ido la jornada, tomaron café, recogieron la mesa, fregaron y sus padres se marcharon. Nicoletta quedó sola en casa. Fue a su habitación, abrió su mochila, sacó su carpeta de Cultura Clásica y dejó sobre la mesa la “primera entrega” de Süssmayer.

– A ver por donde nos sales, Rospo (sapo, en italiano)

 Como todos los profesores, el señor Süssmayer también tenía su apodo o mote y “rospo” era el que circulaba por el Liceo Pascoli. Sí, “el sapo” era su apodo. El Bufo bufo servía para dar “nombre escolar” al profesor, pero, como en tantas ocasiones, nadie conocía la razón del mote. Era severo y exigente, pero no era una persona fea, ni horrible de aspecto.

En fin, lo que suele ocurrir con los motes de los profesores: surgen no se sabe cómo, o por algún hecho casual, y perviven en el tiempo.

Nicoletta pasó el folio de portada y pudo leer lo siguiente:

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Seguimos con la presencia de Frine, y todo lo que ella comporta, en la literatura.

 Vicente Blasco Ibáñez, en su obra El papa del mar, dedica una breve referencia a Frine.

En esta singular novela impregnada de resonancias de tiempos y tierras lejanos, un Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) más risueño e irónico entrevera con maestría la peculiar relación sentimental jalonada de marchas y contramarchas, así como de ambigüedad, entre Claudio Borja, un joven poeta valenciano, y Rosaura Salcedo, una rica dama argentina, con las vicisitudes que dieron lugar en el siglo XIV al denominado Cisma de Aviñón y llevaron al papado, con el nombre de Benedicto XIII, a «aquel don Pedro de Luna, la voluntad más tenaz de su época y tal vez de todos los tiempos». Serenado por los años, y trasponiéndose al propio Borja -especie de Scheherezade moderno-, en El Papa del mar (1925) un Blasco con pleno dominio del ritmo y de la técnica narrativa trasciende realidades e ideas y se entrega gozoso al puro placer de narrar.

La breve referencia se halla en la primera parte de la obra (la ciudad de las tres llaves) y en el capítulo IV (El castillo de los papas):

Borja recordó a la reina Juana de Nápoles. Aquí, sin duda, había comparecido ante Clemente VI, majestuoso como un emperador, para defenderse de sus acusadores. En el fondo, entre las dos ventanas, debió de elevarse el trono del Pontífice; más abajo estaban los cardenales, que habían dejado en el gran patio las mulas adornadas de plata y oro, los pajes y hombres de armas de sus séquitos principescos. Sillones góticos de alto respaldo, cuyo roble estaba calado a buril lo mismo que las agujas de una catedral y con mullidas almohadas de damasco, se alineaban a lo largo de los muros para asiento de los purpúreos senadores de la Iglesia y para los jurisconsultos vestidos de negro que aconsejaban al Padre Santo en sus dudas canónicas.

El resto del salón lo ocupaban los personajes secundarios de la Corte pontificia y las damas aviñonesas sobrinas de cardenales o emparentadas con el Papa, ansiosas de contemplar a esta mujer que había preocupado a toda la Cristiandad por su elegancia, sus amoríos o sus aventuras políticas. Y en el espacio libre ante la sede papal, la reina destronada de Nápoles, la hermosa Juana, vehemente en sus palabras, pronta a un llanto que parecía aumentar su hermosura, vestida con refinada discreción para comparecer ante esta asamblea eclesiástica, esparciendo al mover sus brazos una atmósfera de perfumes traídos por las caravanas de ultramar, de carne amorosa, de pecado inconsciente.

Los venerables jueces y el gran señor con tiara olvidaban al diablo que parecía marchar, invisible, detrás de la cola de su manto real. Sólo veían una pobre mujer, víctima de su belleza y su nacimiento, una pecadora calumniada más allá de sus faltas y merecedora de perdón. Era Friné compareciendo por segunda vez ante un areópago de hombres maduros y enseñoreándose de ellos con el influjo de su hermosura; una Friné elocuente que se valía de la palabra y mantenía oculta su desnudez bajo el misterio tentador de ricas vestimentas.

 

Antes, en el capítulo III (La gran cautividad de Babilonia), Blasco Ibáñez nos ha contado algo importante para comprender la comparecencia de Juana de Nápoles ante Clemente VI:

Pocas veces se vieron tan ricos los papas. Algunos de ellos, hábiles administradores, habían organizado los ingresos de la Iglesia, obligando a clérigos y obispos a enviar puntualmente su tributo. Aviñón pertenecía ya a los papas. Al principio fue propiedad de la famosa reina Juana de Nápoles, la mujer más elegante, más graciosa en palabras y ademanes, y de costumbres más disolutas que se encuentran en la historia de aquellos siglos. Cambió varias veces de esposo. Casada con Andrés de Hungría, fue asesinado éste por un amante de ella. Luis, rey de Hungría, marchó contra Juana para vengar la muerte de su hermano, y al mismo tiempo con el propósito de hacerse dueño de Nápoles. Juana, que era también condesa de Provenza, huyó de esta tierra. como si buscase el amparo espiritual de los papas, instalados en su ciudad de Aviñón. En vista de que el rey húngaro pedía su castigo a Clemente VI, compareció Juana ante el Pontífice rodeado de toda su Corte.

—Yo me he imaginado muchas veces la escena —dijo Borja—. Esta mujer seductora por su hermosura, por su lujo y hasta por sus pecados y aventuras, presentándose ante un Padre Santo artista y ante sus cardenales, muchos de ellos ordenados de diácono solamente, y que llevaban una vida de príncipes… Pero esto lo verá usted mejor cuando estemos en el gran Salón de Audiencia. La reina Juana, instruida y de fácil palabra, se enseñoreó al momento de la asamblea. Igual habría convencido de su inocencia a una reunión de verdaderos ascetas, aunque fuese autora de crímenes mayores. Los napolitanos, irritados por las demasías del invasor, pidieron a Juana que reconquistase su trono, y como necesitaba dinero para reclutar soldados mercenarios y alquilar galeras en Marsella, vendió Aviñón a los papas en ochenta mil florines, suma que equivaldría hoy a unos cuatro millones de francos…, pero en oro. Pintores italianos y franceses cubrían de frescos los muros de las salas pontificias. Talleres de orfebres cincelaban sin descanso objetos de culto, recamados de piedras preciosas, u objetos de uso personal para los papas. Los muros de piedra desaparecían bajo vistosos tapices. El sacro tesoro de Roma —urnas preciosas conteniendo reliquias, ropas de altar, imágenes áureas— había sido traído a Aviñón, por creerlo aquí más seguro. Dentro de la fortaleza crecía un jardín con fuentes de mármol, paseos cubiertos y fingidas perspectivas para agrandar su tamaño. La curiosidad de estos pontífices meridionales había reunido en jaulas todas las bestias raras que se conocían entonces: leones, tigres, dromedarios, avestruces, osos.

El generoso Clemente VI adquiría con tal abundancia las ropas primorosamente bordadas, los tapices, los muebles, que muchos de tales encargos, después de ser admirados en el momento de su llegada, quedaban recluidos por falta de sitio en los desvanes del palacio. Los papas sucesivos mantuvieron su lujo con las magnificencias que había olvidado el Pontífice gran señor.

 

Benito Jerónimo Feijoo, en el Discurso Sexto, Tomo Segundo, de su Teatro crítico universal, habla sobre Las Modas. En el apartado VI incluye una Declamación contra las modas escandalosas de las mujeres.
En carta de Teófilo a Paulina, es en los párrafos 18 y 19 donde, más concretamente, se habla del famoso episodio de Frine en el Areópago.

17. ¡Oh, no te dejes sorprender de tan trivial cautela! Los penitentes, los mortificados apartan los ojos de esos objetos, conociendo el riesgo; ¿y los que no hacen la menor diligencia por quebrantar la fuerza de las pasiones, ignoran el peligro? Sería esto lo mismo que suponer corruptibles los cuerpos celestes, e incorruptibles los sublunares. ¿Por qué tantos celosos Misioneros declaman fevorosamente contra ese abuso en el Púlpito, sino porque palpan sus funestas consecuencias en el Confesionario? Mas si todo esto, Paulina, no te hace fuerza, óyeme el suceso que voy a referirte.

18.  Cometió Frine, Dama hermosísima de Atenas, que floreció cerca de los tiempos del grande Alejandro, un delito que merecía pena capital; y siendo acusada ante los Jueces del Areópago, compareció a ser juzgada en aquel severo Tribunal. Hizo oficio de Abogado suyo Hipérides, Orador famoso de aquella edad, el cual jugó con exquisito primor todas las piezas de la Retórica, para lograr la absolución de Frine.

Mas como el hecho fuese constante, y el delito gravísimo (algunos capitulan de impiedad), todos los Jueces permanecieron inexorables, mostrando el ceño del rostro la severidad del dictamen. Advertido esto por Hipérides, que era no menos sagaz que facundo, cuando ya veía inútil toda su elocuencia, apeló a otra elocuencia más eficaz. Acercóse intrépido a la bella acusada, y rasgando prontamente la parte anterior de su vestido desde el cuello a la cintura, puso patentes aquellos escándalos de nieve a los ojos de todo el concurso. No como si vieran la cabeza de Medusa, se convirtieron aquellos Senadores de hombres en estatuas; antes de la rigidez de estatuas pasaron a la sensibilidad de hombres. Viéronse al punto mudados sus semblantes, porque se mudaron sus ánimos; y los ojos, en cuya aireada majestad se veía poco antes escrita con anticipación la sentencia de muerte, o ya lascivos, o ya piadosos, dieron a leer la absolución. En fin, llegado a prestar los sufragios, todos los votos salieron a favor de Frine. Aunque tan delincuente como había entrado, salió absuelta como inocente; y los Jueces, que habían entrado inocentes, todos salieron culpados.

19. Mira, Paulina, en este suceso la perniciosa influencia de esa desnudez, que ostentas como gala. Y para que la comprendas mejor, has de saber, que fue el Areópago estimado por el Tribunal más incorrupto que tuvo la antigüedad: que se jactaba de haber terminado las diferencias de sus propios Dioses: que la seriedad de aquellos Jueces llegaba al extremo de tratar como reo a cualquiera que se reía en su presencia: que su gravedad subía al punto de una desabrida melancolía; y así en Grecia era modo de decir antonomástico, para ponderar a un hombre muy melancólico: Es más triste que un Aeropagita; y en fin, que se componía aquel Tribunal de gran número de Senadores. El Autor, que menos cuenta, señala treinta y uno. Pues ves, todos estos varones tristes, severos, venerables, a todos, sin dejar uno solo, corrompió aquella lasciva desenvoltura. Vé ahora, y cree a esos jóvenes, que te dicen que no los excita dentro del alma el menor tumulto el mismo objeto. Créeles que la fuerza que rompe los bronces, deja intactos los vidrios. Créeles que el fuego que derrite los mármoles, no quema las aristas.

20. ¡Oh Paulina, no incurra ya más en el delito de incendiaria pública tu belleza! Vendrá tiempo, en que de  fuego no te quede mas que la ceniza, y el dolor del daño que ha causado. Corrige la mal fundada vanidad, que te da un resplandor tan fugitivo. Como humo se ha de tratar, y no como llama, una llama que tan presto se desvanece en el humo. No pasa por tí un momento, que no te robe alguna porción del atractivo. Adelántate con la consideración a aquel término, adonde aún no llegó tu edad. Las hermosas que viven mucho, padecen dos muertes, una en que expira la vida, otra en que muere la belleza; y no sé cual de las dos es más dolorosa. ¡Oh qué carga tan pesada es para una mujer anciana llevar siempre sobre sus hombros el cadáver de su propia hermosura! Esto es con propiedad en aquel tiempo su rostro. En él contemplan que llevan um motivo para ser vilipendiadas, como un tiempo lo fue para ser atendidas. Lo mismo es en su aprensión parecer en público, que ponerse a la vergüenza; y aquella triste comparación de lo que va de ayer a hoy, es una espina, que tienen siempre atravesada en el alma.

21. Esto sucede a las que emplearon sus floridos años en captar las adoraciones de los hombres. No así las que desde entonces pensaron sólo en agradar a Dios. Estas saben que no las abandona en la vejez aquel cuyo amor se conciliaron en la juventud. Miran con indiferencia los desvíos del mundo, porque no se sienten los desprecios de quien se desprecian los aplausos.

22. Trata, pues, Paulina de enamorar a aquel galán, que no te ha de volver las espaldas al verte con arrugas: a aquel que para quererte te ha de mirar el corazón, y no a la cara: a aquel que te dió esa misma hermosura, conque triunfas, y te puede dar otra mucho mayor, y más durable: a aquel que no sólo excede a todos en lealtad, y constancia, mas también en hermosura. Y con esto a Dios, que te guarde 

Ciertamente acertado el resumen que hace Feijoo del juicio a Frine. Nos pinta a un Hiperides facundo, pero sagaz, que sabe, perdida toda esperanza de absolución basada en la retórica, recurrir a un golpe de efecto mostrando a los severos areopagitas los “escándalos de nieve” de Frine.  Recurriendo al mito de Medusa, nos dice que la desnudez de Frine provocó en ellos el efecto contario al que producía Medusa, pues de estatuas se convirtieron en hombres. Recomendamos a nuestros lectores que lean completa la carta de Teófilo a Paulina, para que vean contextualizada la cita del juicio a Frine.

En próximos capítulos seguiremos con Frine en la literatura.

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El reto de Nicoletta (I)

 

Nicoletta del Vescovo se detuvo una vez más para ver el logotipo de su centro, el Liceo Giovanni Pascoli. Siempre le había gustado el lema: Bonis artibus humanitatem colamus (Respetemos la humanidad con buenas artes) Las dos últimas palabras aparecen en el capítulo XLIII del libro III del De ira de Séneca, en este contexto:

dum inter homines sumus, colamus humanitatem; non timori cuiquam, non periculo simus; detrimenta iniurias, convicia vellicationes contemnamus et magno animo brevia feramus incommoda: dum respicimus, quod aiunt, versamusque nos, iam mortalitas aderit. (Mientras permanezcamos entre los hombres, respetemos la humanidad: no seamos para nadie causa de temor o de peligro: despreciemos las pérdidas, las injurias, las ofensas, las murmuraciones, y soportemos con magnanimidad pasajeros contratiempos. Al volver la cabeza, como suele decirse, encontramos la muerte).  

Llevaba viviendo en Bolzano, en el Trentino-Alto Adige, desde hacía dos cursos. Le costó adaptarse al frío del Tirol, acostumbrada como estaba a su Salerno natal. También le costó adaptarse a su nuevo instituto, ya que recordaba con añoranza las aulas, los compañeros y los profesores del Liceo Scientifico Statale Leonardo da Vinci de la ciudad de Salerno, en la Campania. Pero las obligaciones laborales de su padre les habían hecho trasladarse del sur de Italia a la frontera austríaca; todo un mundo mediaba entre ambos lugares.

Permaneció un rato más, absorta en sus pensamientos, hasta que la sirena del centro le indicó que ya era hora de acudir a clase. Tenía que hacerse a la idea y tomar fuerzas; respiró hondo varias veces y encaminó sus pasos al aula en la que cursaba Cultura Clásica. Allí le esperaban sus compañeros y, especialmente, el profesor Reinhardt Süssmayer, cuyo gesto adusto y mirada glacial desarmaba al más pintado.

No era la primera vez que cursaba dicha asignatura, pero sí la primera que tenía al citado profesor, aunque ya había oído hablar ampliamente de él. Tenía fama de huraño, exigente, puntual y severo. Sólo una semana de clase le habían bastado a Nicoletta para comprobar que, en este caso, los rumores y comentarios eran ciertos, aunque a las características negativas, si es que puntual lo era, había que sumar, en el lado positivo, absoluta corrección en el trato y una aséptica amabilidad.

¡Cómo echaba de menos a Domenico Vadacca, su profesor de Cultura Clásica en Salerno! Vadacca y Süssmayer eran como la noche y el día. El primero era alegre, sonriente, dicharachero, juerguista, bromista, apasionado por su asignatura y entusiasta de la egiptología.

Como su apellido y su nombre indicaban, el profesor Süssmayer era austríaco, aunque hablaba perfectamente el italiano, lengua en la que daba sus clases.

Éstas se desarrollaban en un silencio casi sagrado; sólo se oían las explicaciones del señor Süssmayer y alguna tos o estornudo, naturalmente espontáneos, de sus alumnos.

Hoy, en cambio, una sorpresa esperaba a los alumnos de Cultura Clásica de quinto grado del Liceo G. Pascoli de Bolzano.

Süssmayer no destacaba, precisamente, por sus innovaciones pedagógicas. Era bastante conservador en su estilo docente. Un libro, las explicaciones de las lecciones, eso sí, profusas y completas, textos auxiliares, especialmente las fuentes clásicas en traducción y poca cosa más.

Por eso, sus alumnos quedaron sorprendidos cuando, al final de la clase, les repartió un trabajo, que seguía el formato de un juego.

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Tras haber hecho una mínima aproximación a la presencia de Frine en el arte pictórico y escultórico, vamos a ver en este y posteriores capítulos unos ejemplos de la presencia de Frine en la literatura. 

Frine en la literatura.

La famosa meretriz de Tespias está también, como decíamos,  presente en la literatura. Hemos escogido algunas obras que la citan. Comenzamos por Francisco de Quevedo y Villegas, que en los sonetos 95 y 96 de su Parnaso Español, hace referencia a la hetera ateniense.

El soneto 95, que lleva por título, Toma venganza de la lascivia la penitencia de la riqueza desperdiciada, y ahora la mesma lascivia en ídolo su arrepentimiento, dice así:

Si Venus hizo de oro a Fryne bella,

en pago a Venus hizo de oro Fryne
porque el lascivo corazón se incline
al precio de sus culpas como a ella.

Adore sus tesoros, si los huella
el desperdicio, y tarde ya, los gime:
que tal castigo y penitencia oprime
a quien abrasa femenil centella.

En pálida hermosura, enriquecidas
sus facciones, dio vida a su figura
Fidias, a quien prestó sus manos Midas.

Arde en metal precioso su blancura;
veneren, pues les cuesta seso y vidas,
los griegos su pecado y su locura.

El soneto 96, intitulado Restituye Frine en seguridad a su patria lo que había usurpado en inquietudes, se refiere a la anécdota, narrada por Ateneo, quien cita a Calístrato, de que prometió que reconstruiría las murallas de Tebas, si los tebanos inscribían en ellas: “Alejandró destruyó estas murallas y la hetera Frine las levantó de nuevo”, como se ha dicho en un anterior artículo.

Fryne, si el esplendor de tu riqueza

a Tebas dio muralla bien segura,

tantos padrones cuente a tu hermosura

cuantas piedras se ven en su grandeza.

Del grande Macedón la fortaleza

Desfiguró su excelsa arquitectura;

mas lo que abate fuerza armada y dura

restituye desnuda tu flaqueza.

Tú, que fuiste prisión de los tebanos,

eres defensa a Tebas, que yacía

cadáver lastimoso de estos llanos.

La ciudad, que por ti lasciva ardía,

se venga del poder de otros tiranos

con lo que le costó tu tiranía. 

Otro poeta que tiene una alusión a Friné es Ruben Darío en su Poema del otoño, lleno, por otra parte de alusiones a muy variados personajes. Es curioso como el nicaragüense atribuye a Fidias, y no Praxíteles la escultura de Friné, atribución que otros han hecho.

Tú, que estás la barba en la mano
meditabundo,
¿has dejado pasar, hermano,
la flor del mundo?
Te lamentas de los ayeres
con quejas vanas:
¡aún hay promesas de placeres
en los mañanas!
Aún puedes casar la olorosa
rosa y el lis,
y hay mirtos para tu orgullosa
cabeza gris.
El alma ahíta cruel inmola
lo que la alegra,
como Zingua, reina de Angola,
lúbrica negra.
Tú has gozado de la hora amable,
y oyes después
la imprecación del formidable
Eclesiastés.
El domingo de amor te hechiza;
mas mira cómo
llega el miércoles de ceniza;
Memento, homo…
Por eso hacia el florido monte
las almas van,
y se explican Anacreonte
y Omar Kayam.
Huyendo del mal, de improviso
se entra en el mal,
por la puerta del paraíso
artificial.
Y no obstante la vida es bella,
por poseer
la perla, la rosa, la estrella
y la mujer.
Lucifer brilla. Canta el ronco
mar. Y se pierde
Silvano, oculto tras el tronco
del haya verde.
Y sentimos la vida pura,
clara, real,
cuando la envuelve la dulzura
primaveral.
¿Para qué las envidias viles
y las injurias,
cuando retuercen sus reptiles
pálidas furias?
¿Para qué los odios funestos
de los ingratos?
¿Para qué los lívidos gestos
de los Pilatos?
¡Si lo terreno acaba, en suma,
cielo e infierno,
y nuestras vidas son la espuma
de un mar eterno!
Lavemos bien de nuestra veste
la amarga prosa;
soñemos en una celeste
mística rosa.
Cojamos la flor del instante;
¡la melodía
de la mágica alondra cante
la miel del día!
Amor a su fiesta convida
y nos corona.
Todos tenemos en la vida
nuestra Verona.

 

Aun en la hora crepuscular
canta una voz:
«Ruth, risueña, viene a espigar
para Booz
Mas coged la flor del instante,
cuando en Oriente
nace el alba para el fragante
adolescente.
¡Oh! Niño que con Eros juegas,
niños lozanos,
danzad como las ninfas griegas
y los silvanos.
El viejo tiempo todo roe
y va de prisa;
sabed vencerle, Cintia, Cloe
y Cidalisa.
Trocad por rosas azahares,
que suena el son
de aquel Cantar de los Cantares
de Salomón.
Príapo vela en los jardines
que Cipris huella;
Hécate hace aullar a los mastines;
mas Diana es bella;
y apenas envuelta en los velos
de la ilusión,
baja a los bosques de los cielos
por Endimión.
¡Adolescencia! Amor te dora
con su virtud;
goza del beso de la aurora,
¡oh juventud!
¡Desventurado el que ha cogido
tarde la flor!
Y ¡ay de aquel que nunca ha sabido
lo que es amor!
Yo he visto en tierra tropical
la sangre arder,
como en un cáliz de cristal,
en la mujer
Y en todas partes la que ama
y se consume
como una flor hecha de llama
y de perfume.
Abrasaos en esa llama
y respirad
ese perfume que embalsama
la Humanidad.
Gozad de la carne, ese bien
que hoy nos hechiza,
y después se tornará en
polvo y ceniza.
Gozad del sol, de la pagana
luz de sus fuegos;
gozad del sol, porque mañana
estaréis ciegos.
Gozad de la dulce armonía
que a Apolo invoca;
gozad del canto, porque un día
no tendréis boca.
Gozad de la tierra que un
bien cierto encierra;
gozad, porque no estáis aún
bajo la tierra.
Apartad el temor que os hiela
y que os restringe;
la paloma de Venus vuela
sobre
la Esfinge.

 

Aún vencen muerte, tiempo y hado
las amorosas;
en las tumbas se han encontrado
mirtos y rosas.
Aún Anadiódema en sus lidias
nos da su ayuda;
aún resurge en la obra de Fidias
Friné desnuda.

Vive el bíblico Adán robusto,
de sangre humana,
y aún siente nuestra lengua el gusto
de la manzana.
Y hace de este globo viviente
fuerza y acción
la universal y omnipotente
fecundación.
El corazón del cielo late
por la victoria
de este vivir, que es un combate
y es una gloria.
Pues aunque hay pena y nos agravia
el sino adverso,
en nosotros corre la savia
del universo.
Nuestro cráneo guarda el vibrar
de tierra y sol,
como el ruido de la mar
el caracol.
La sal del mar en nuestras venas
va a borbotones;
tenemos sangre de sirenas
y de tritones.
A nosotros encinas, lauros,
frondas espesas;
tenemos carne de centauros
y satiresas.
En nosotros la vida vierte
fuerza y calor.
¡Vamos al reino de la Muerte
por el camino del Amor!

 

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