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San Carlos Borromeo (1610-1616), óleo sobre lienzo, de 152 x 123 cm., de Orazio Borgianni. Museo del Hermitage de San Petersburgo

 

Hoy, 4 de noviembre de 2017, festividad de San Carlos Borromeo, llega a su final este blog, iniciado un 7 de octubre de 2007. Creo que diez años y veintiocho días son suficiente vida para él. Su autor va a dedicar sus fuerzas y su tiempo a otros menesteres, tal vez más profanos.

Éste es el artículo 1069, de los cuales 1061 son míos y 8 de mis alumnas de griego de 2º de bachillerato del curso 2007-2008. El 17 de enero de este año publicamos el artículo 1000 y lo dedicamos a repasar la temática de esos mil artículos.

Desde ese 17 de enero, pues, he publicado 69 artículos en casi once meses, lo que da una media de 5’5 artículos al mes: 11 en octubre y marzo, 10 febrero, abril y mayo, 6 en septiembre, 5 en junio, 4 en enero y 2 en noviembre.

Mi trabajo en el blog me ha servido para enriquecerme, para obligarme a estudiar, para buscar información, para aprender, para saber un poco más. Ha habido épocas de inspiración y trabajo cuasi febril y otras de sequía de ideas y de ganas, pero el balance final es positivo.

Si, además, mi trabajo ha servido de provecho a los lectores, asiduos u ocasionales, tanto mejor. Muchas gracias a estos lectores por sus visitas, por sus ánimos, por sus “me gusta” y por sus comentarios.

El fin corona la obra.

Hasta siempre.

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Y llegamos, por fin, a esta larga serie en la que hemos glosado, con ayuda de la traducción y notas de José Guillermo Montes Cala, en su edición en Gredos, el poema “Hero y Leandro”, de Museo el Gramático, que surgió, allá por el 23 de diciembre de 2015, como consecuencia de la audición en el programa de Radio Clásica “El mundo de la fonografía”, que dirigía y presentaba el inigualable y tristemente fallecido José Luis Pérez de Arteaga, el 10 de octubre de 2015, del poema sinfónico “Ero e Leandro” de Alfredo Catalani, interpretado por la Oquesta Sínfónica de Roma, dirigida por Francesco La Vecchia.

 

En aquel primer capítulo también hablamos de la cantata Ero e Leandro HWV 150 (Qual ti riveggio, oh Dio!) de Handel que ofrecemos en esta última entrada.

 

 

Estábamos ofreciendo poemas quevedianos de tono burlesco sobre el mito de Hero y Leandro y, en el anterior capítulo, ofrecimos completo el poema de Quevedo Hero y Leandro en paños menores.

 

 

 

Carlos García Gual, al final del prólogo a la edición de Montes Cala, dice:

Es muy curioso que tanto Góngora como Quevedo coincidieran en darnos sus caricaturas del idilio, desmitificando el episodio con sus brochazos de farsa. Contrastan con el tono general con que los autores del Siglo de Oro evocaron la trágica historia de los amantes. Un tono que reaparece en autores posteriores, como los ilustrados Luzán y Nicolás Fernández de Moratín, que le dedicaron sendos poemas, excelentes ambos.

Tambien de sus dos poemas podemos citar, muy brevemente, los comienzos. Ignacio de Luzán compuso en cuartetas un buen relato titulado: “Leandro y Hero, idilio anacreóntico”, que empieza asi:

Musa, tú que conoces

los yerros, los delirios

los bienes y los males

de los amantes finos

Dime quién fue Leandro

qué Dios o qué maligno

astro en las fieras ondas

cortó a su vida el hilo

Leandro a quién mil veces

los duros ejercicios

del estadio ciñeron

de rosas y de mirtos

equívoco contigo”.

 

 

Y Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780) un soneto de clásico corte:

Del más constante amor nave y pirata,

faluca ardiente, y bergantín amante,

intrépido, amoroso y arrogante

boga Leandro en piélagos de plata.

Más ¡ay! que inquieto el Euro se desata:

gime el ponto con silbo resonante,

y al viviente bagel ya fluctuante

atropella, sumerge y arrebata.

Viéndose de la muerte amenazado,

él las ondas con voz entristecida

así clamaba el joven desdichado:

Perdonadme (les dijo) ahora en la ida;

y sofocad mi aliento fatigado,

en volviendo de ver a mi querida.

 

 

 

 

Hemos encontrado también Hero y Leandro, poema sinfónico compuesto por Ginés Martínez Vera para orquesta sinfónica, basado en la mitología griega, con el que en 2016 ganó la medalla de plata en THE GLOBAL MUSIC AWARDS 

 

Pero no debemos prolongar mas este prólogo, en el que sólo hemos querido destacar algunos hitos de esa tradición hispánica del tema y del poema de Museo. Los comentarios críticos que Francisca Moya, en su ya citado estudio, y José Guillermo Montes Cala, en su introducción, ofrecen cuidadosa y doctamente permiten tener una buena idea de la larga estela de imitaciones y ecos de la misma en nuestra literatura.

 

 

Sírvanos este párrafo del final del prólogo de García Gual, para dar fin también a nuestro trabajo sobre Hero y Leandro y su pervivencia en la poesía española, que hemos realizado con la inestimable ayuda de la traducción y notas de José Guillermo Montes Cala, en su edición de Gredos, el prólogo de Carlos García Gual a dicha edición, María Jesús Franco Durán (Universidad de Salzburgo, Austria) en El mito de Hero y Leandro: algunas fuentes grecolatinas y supervivencia en el Siglo de Oro español, y Francisca Moya del Baño en El tema de Hero y Leandro en la literatura española (publicaciones de la Universidad de Murcia, 1966.

Si ha servido mínimamente para recordar este mito de la antigüedad clásica, nos daremos por satisfechos.

 

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Y concluímos nuestra serie sobre la paciencia de Sócrates con la segunda parte de la selección del capítulo XV y último del excelente libro Vida de Sócrates, de Antonio Tovar.

Mas la sencillez de Sócrates es tan grande que no tenía ni siquiera esa peligrosa afectación de fingir falta de afectación. Carecía de énfasis hasta para subrayar que no lo conocía. Y el secreto de que el precisamente hiciera despertar en el mundo las ganas de escribir los primeros diálogos, estaba en la falta de énfasis, que le impedía hacer discursos, y le impelía a dialogar llanamente y en ese tono irónico y lleno de delicados matices. La falta de énfasis proviene de que Sócrates no gustaba de escucharse a sí mismo. No quería en ningún momento quedarse solo, individualizarse, dejar de ser vulgar. No quería sobresalir demasiado, sino obedecer y callar. Hay en Sócrates como un vértigo de sentirse único, aislado, saliente. Tan pronto como se da cuenta de ello, corre a ocultarse entre los demás, a desaparecer, a desindividualizarse.

Sócrates obro toda su vida sabiendo muy bien las limitaciones del individuo, que no puede ser cortado del ambiente en que ha nacido, y tiene raíces que delicadamente penetran en ese ambiente, dando en vitalidad y fuerza a cada persona lo que le restan de libertad de movimientos.

 

 

Quizá su muerte Sócrates la afrontó con mayor serenidad porque tendría escrúpulos de haber sembrado gérmenes de personalidad e independencia, de haber dado ocasión a los carneros de que se creyeran otra cosa que carneros. Para un temperamento como el suyo estos escrúpulos podían dejarle tranquilo sobre la cuestión de si era justa la pena que se le imponía. Estos podían explicarle la implacable necesidad moral con que la condena terminaba su vida. Como siempre que se trata de Sócrates, hay aquí una gran paradoja. En toda la historia de Grecia no hay una personalidad mayor, ganada precisamente a fuerza de querer borrarla en la comunidad. Quien divide la filosofía en presocrática y postsocratica no es apenas filósofo sino en la radical exigencia de certeza; pero se diferencia de una y otra filosofía mucho más que ellas dos entre sí.

Antonio Tovar

Sócrates fue una especie de santo alegre, con una jovialidad de pagano antiguo, que no se fundaba en ninguna gran seguridad. Se daba muy bien cuenta de que no cabía transformar en sistemático su pensamiento, ni convertir en rígida su alada paradoja, pues ello envolvía los mayores peligros para el complejo maternal a que se sentía vinculado. Su sonrisa interrogativa era como una permanente vigilancia contra todo intento de aprisionador sistema. En vísperas de la crisis definitiva, era esta sonrisa la que guardaba la vieja salud espiritual, de la que gozaba sin exceso.

En Sócrates había una sencilla convivencia con sus paisanos, y no sentimos ningún abismo que le separe de sus contemporáneos. Sócrates, ciudadano; Sócrates, amigo; Sócrates, conversador; Sócrates, preguntón, Sócrates, callejero y sencillo, es lo contrario de lo que van a ser ya después de él los filósofos.

Cuando Sócrates repetía que él no sabía nada, no hacía sino ponerse en guardia contra este fatal peligro de la esterilización en la seguridad, en la falsa satisfacción de la propia fuerza racional.

 

La mort de Socrate (1650), óleο sobre lienzo de 122 x 155 cm, de Charles Alphonse du Fresnoy. Galleria degli Uffizi

El referirnos a todos los errores y descarríos de la filosofía posterior, a todos los fanáticos secuaces de un credo filosófico cerrado, nos advierte de lo que Sócrates quiso en su fidelidad y su seguridad humilde evitar a la posteridad.

Sócrates vino al mundo para probar como la razón puede sentir su límite y velar por los misterios de la creación y la fecundidad. Así supo heroicamente aceptar la propia aniquilación.

En épocas como la nuestra, en que también toda piedad y derecho son conculcados, nos damos bien cuenta de que Sócrates esta todavía maravillosamente en contacto con las fuentes mismas de la elevación de los humanos desde la barbarie hasta las alturas de la moral. Desde el fondo vemos muy bien la altura de Sócrates, que siente como viva e innata la moral, que cree que la moral se funda en un sentimiento inmediato y evidente, arraigado en nosotros no de otra manera que el sentido del idioma.

 

 

Cuando el sentido moral innato se pierde, los filósofos griegos se complacen en los mayores horrores. A Diógenes le da igual que su cadáver sea devorado por las aves, y Teodoro el ateo dice que lo mismo es pudrirse encima que debajo de la tierra. Todo el sentimiento que había des encadenado la tragedia de Antígona es contradicho violentamente.

Cuando el escepticismo se formula, se llega a el también en la ética. Entonces Pirrón invoca a la costumbre como norma de obrar; pero la costumbre para él no tiene como para Sócrates sanción ninguna tradicional, ni ningún halo respetable la rodea. Como nada es verdad ni mentira, también lo bueno por naturaleza es incognoscible. No queda como guía nada seguro. La costumbre varía en cada lugar y momento. El hombre no tiene en la justicia ningún apoyo. Las embriagueces del poder o del ascetismo se desencadenan. Es entonces cuando la muerte de Sócrates toma un sentido subversivo de anulación de los viejos valores. Sócrates el ajusticiado preside para siempre la cofradía de los filósofos, definitivamente encerrados ya en la solución de problemas morales, en la organización de normas de conducta, alejados de una religión popular que se prestaba en sus mitos y cultos a severas críticas desde el punto de vista moral. El continuo examen racional de la conducta humana trivializa la vida. Diógenes el cínico ensalza la vacilación como norma, y la crítica de la religión tradicional, como de los nuevos cultos, se refugia precisamente en ciertas escuelas filosóficas.

Todas las corrientes espirituales hasta la extinción de la antigüedad acuden a Sócrates. Si son especulativas y científicas, buscando desinterés y pureza. Si éticas, porque Sócrates fue el único filósofo para quien el sentido moral era cosa clara y heredada y el más digno objeto de reflexión. La victoria de Sócrates fue, pues, completa. Durante mil años la filosofía antigua giro sobre él. Y sin agotarle. Ahora, cuando vivimos una crisis tan profunda, pretendemos haber logrado en este libro una nueva claridad al examinar a Sócrates con el sentido histórico de nuestro siglo. La fragilidad del destino del saber humano, la fatalidad histórica y la libertad genial, las profundas raíces del individuo humano más racional y exento —todo esto quisiéramos que resultara más claro después de leídas estas páginas.

Y hasta aquí nuestra serie sobre la paciencia de Sócrates que nos ha servido para ofrecer fuentes clásicas sobre el filósofo ateniense y conocer un poco su influyente pensamiento y figura.

 

Un libro de emblemas muestra una ilustración de Jantipa vaciando un orinal sobre Sócrates, de Emblemata Horatiana ilustrado por Otho Vaenius, 1607.

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Tras el primer romance quevediano “Hero y Leandro” (Esforzóse pobre luz) y el análisis de Vicente José Nebot Nebot, en La taberna nº 36, del poema Hero y Leandro en paños menores, vamos a ofrecerlo completo.

Aparece en este poema una breve una alusión al mito de Hero y Leandro, en el que estos amantes trágicos sufren un desafortunado final por intentar mantener un amor prohibido. Concretamente, Hero vivía en una torre en la que cada noche encendía una luz que servía para que Leandro pudiera atravesar el estrecho y pudieran reunirse. Una noche de tormenta, el viento apagó la luz de Hero, por lo que Leandro no tenía ninguna referencia y murió ahogado. También Hero murió, ya que se tiró desde la torre. En el poema se identifica su corazón con Leandro, por lo que se interpreta que lucha por sus sentimientos e intenta no morir por ellos (“su amor ostenta, su vivir apura”) en un tormento ardiente (“fuego proceloso”) que le causa que su amor por la dama del cabello dorado no pueda realizarse. Ya en la primera estrofa se hizo referencia a una tormenta, lo que le aporta un nuevo matiz: la “tempestad”, que se interpreta como el movimiento del cabello, también hace referencia al sufrimiento que le producen sus sentimientos amorosos.

 

Señor don Leandro,

vaya en hora mala,

que no puede en buena

quien tan mal se trata.

¿Qué se imagina cuando

de bajel se zarpa,

hecho por la Hero

aprendiz de rana?

¿Pescado se vuelve

el hijo de cabra,

para quien mondongo

quiere más que escamas?

 

 

Ya no hará en sorberse

el mar mucha hazaña

un amante huevo

pasado por agua.

Bracear y a ello,

por ver la muchacha,

una perla toda,

que a menudo ensartan.

Moza de una venta

que la Torre llaman

navegantes cuervos

porque en ella paran.

Chicota muy limpia,

no de polvo y paja,

que hace camas bien

y deshace camas.

 

 

Corita en cogote

y gallega en ancas,

gran mujer de pullas

para los que pasan.

Piernas de ramplón,

fornida de panza,

las uñas con cejas

de rascar la caspa.

Rolliza, y muy rollo,

donde cuelgan bragas,

derribada de hombros,

pero más de espaldas.

Que aunque del futuro

con nombre la llaman

del buen sum, es, fui,

cumple sus palabras.

Bien en puros cueros

va, pues, a esta dama,

que los apetece

más que las enaguas.

 

 

Y rema contento

mirando su cara,

estrellón de venta,

norte con quijadas.

Un candil le asoma

por una ventana,

farol de cocina

que el viento le apaga.

Tan mal prevenida,

que unas hojarascas

ardiendo no tiene

con que se enjugara.

Del candil la mecha

es toda su llama

y con muchas tales

no cura sus llagas.

 

 

Pero ir sin gregüescos

no es muy mala traza

para disculparse

del no darle blanca.

Si ansí fueran todos

a ver a sus daifas,

fueran ahorrados

y ahorros de paga.

Que aunque de sus uñas

hicieran tenazas,

estuvieran libres

que los desnudaran.

Si como va vuelve,

buena dicha alcanza,

y si por las cortas,

el mar no le embarga,

Guarde que le dé

por cárcel la casa,

pues son calabozos

sus mejores salas.

Mancebito, aguije,

que los vientos braman

y la luz dormita

ya en trémulas pausas.

 

 

Para cuando vuelva

pida las borrascas,

que a un arrepentido

no serán ingratas.

Si el nadar despacio

para entonces guarda,

andará entendido,

ya que necio hoy anda.

Porque de la moza

la limpieza es tanta,

que al hondo a lavarse

entrará de gana.

¿Pero qué le ha dado?

Sin duda es que traga

a la engendradora

de las cucharadas.

¿Juega al escondite?

 

 

Si danza, sea la alta,

que en el mar no es bueno

el danzar la baja

¿Se ahoga de veras,

o finge las bascas

por hacer reír

a la desollada?

Pero ya dió al traste.

¡Hay tan gran desgracia,

que a vista del puerto

no llegue a la playa!

No habrá habido ahogado

que mejor lo haga,

ni con menos gestos,

ni con mayor gracia.

Ya Hero lo ha visto

y por él se arranca

todos los cabellos,

y se mete a calva.

 

 

A diluvios llora,

no en forma ordinaria,

la nariz moquitas,

los ojos lagañas.

“¡Ay Leandro! -dijo-.

grítelo la fama,

que muerto el efeto

no vivió la causa.

Más ya que desnudo

a morir te echabas,

mucho tus vestidos

hoy me consolaran

Más pues todo amores

fué ese pecho y nada,

a nadar contigo

éste mío vaya.

 

 

Desde este desván

a ese mar de plata

dar conmigo quiero

una zaparrada,

por si a los dos juntos

piadoso nos traga,

como caperuzas,

algún pez tarasca.

Y en sepulcro vivo,

por tálamo, zampa

estos dos amargos

de una vez la Parca.

Que para memoria,

en las peñas pardas

que este dolor miran

casi lastimadas,

escribirá Amor

con letra bastarda

cortando una pluma

de sus propias alas:

Cual güevos murieron

tonto y mentecata,

Satanás los cene,

buen provecho le hagan.

 

 

Calló, y lo primero

el candil dispara;

y, por no mancharse

las olas se apartan:

Y deshecha en llanto,

como la que vacía,

echándose, dijo:

“Agua va”. a las aguas.

Hízose allá el mar

por no sustentarla,

y porque la arena

era menos blanda.

Dio sobre el aceite

del candil, de patas,

y en aceite puro

se quedó estrellada.

La verdad es ésta,

que no es patarata,

aunque más jarifa

Museo la canta.

 

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Debemos dar ya final a esta serie que hubiéramos podido prolongar un poco más, porque existen más testimonios sobre Sócrates, aunque no sean muy abundantes. Y lo vamos a hacer con extractos del libro de Antonio Tovar, Vida de Sócrates (Alianza Editorial, Madrid, 1984), en concreto del prólogo y del último capítulo, La herencia de Sócrates.

Ésta es nuestra selección del prólogo:

El problema histórico de Sócrates es particularmente difícil, puesto que lo que hacemos es exigir a las fuentes lo que ellas no pretenden ser. Interpretamos como problema histórico lo que para los antiguos no llego a serlo, sencillamente porque cuando se escribió toda una literatura socrática no se había inventado la historia de la filosofía, ni siquiera la biografía. Al fin y al cabo, la apología, el panegírico, eran formas embrionarias de la biografía. Los primeros intentos biográficos son panegíricos: el Evágoras de Isócrates, el Agesilao de Jenofonte. Después, el discurso forense fingido, la apología, es el expediente que se usa para trazar una biografía o una caracterización personal.

Platón, poeta de tragedias en sus comienzos, adopta el dialogo socrático, que se convirtió en un copioso género literario, y sirve a maravilla para caracterizar al maestro y también para que los discípulos se hagan cada vez más independientes y personales, y terminen exponiendo sus pensamientos en boca de Sócrates.

La fuente más antigua e inmediata son los poetas cómicos. Con su visión deformada y malévola, no cabe negar el valor histórico de la comedia como fuente. Sin entrar por de pronto en el discutido problema de la comedia en relación con Sócrates, nos limitaremos a señalar que la imagen que sacamos de la comedia aristofánica acerca, por ejemplo, de Cleón o Eurípides o Lámaco no contradice en nada a la verdad histórica: los rasgos deformados siguen siendo los reales de la persona caricaturizada. El poeta cómico recoge el rostro como un espejo deformador, pero no pasa de donde la figura se haría irreconocible. Se ha supuesto que el fracaso de las Nubes en su primera representación se debió, más que a razones estéticas, a que el público encontró intolerable que se falseara la figura de Sócrates. Es aventurado hacer hipótesis, y tenemos que reconocer que la caricatura exagera brutalmente los rasgos de Sócrates, e incluso le atribuye lo que no le corresponde, tomándolo de Protágoras y de Diógenes de Apolonia. Pero también están exagerados los rasgos de otros personajes satirizados por la comedia y, sin embargo, son sustancialmente históricos. ¿Por qué con Sócrates ha de suceder otra cosa?

 

Si la comedia es verdad que altera la figura de personajes antiguos (por ejemplo, Safo, Arquíloco, Hesíodo) o trata con libertad suma los mitos, cuando se trata de contemporáneos se ve obligada a ser mucho más fiel. Aunque admitiéramos que el fracaso de las Nubes se debió a falta de fidelidad histórica, en este caso la misma exigencia de los espectadores prueba una costumbre, con la que debían contar los poetas.

Y aquí tenemos la primera parte de la selección de capítulo XV, La herencia de Sócrates.

“Sócrates es un poco de todos nosotros, que desde hace veinticinco siglos vamos naciendo con unos acordes socráticos dentro de la armonía equívoca de nuestro espíritu”. Ortega y Gasset: Obras completas, I (edición 1946), 60.

Del pensamiento de Sócrates viven medio milenio las escuelas antiguas, pero en ningún momento parece que Sócrates se dio cuenta de que poseía tan fabulosa riqueza. El secreto más hondo que él se llevó consigo fue este del fecundo contacto con la tierra materna, de la sumisión a la vieja religiosidad, que no concede sus dones sino a quienes con humildad la obedecen. Mas cuando Sócrates mantenía con un cuidado excesivo esta sumisión, era porque se daba cuenta del peligro. Reforzaba sus protestas y lanzaba al viento sus advertencias porque adivinaba el piélago en que fatalmente había de hundirse la tradición antigua.

Antonio Tovar Llorente (1911-1985)

Diríase que lo que quiso evitar con su heroica renuncia a hablar claro y a seguir con la razón camino adelante, fue todo el fatal orgullo de la filosofía ulterior. Renunciaba para tener más riqueza, era sumiso para ser más fuerte, no era atrevido para saber más. El secreto de esta paradoja socrática se nos empieza a descubrir si comparamos la contención del maestro con la carrera, cada vez más desbocada, de los discípulos. Mas se equivocaría el que solo fiándose de la comparación de Sócrates con sus sucesores le considerase un hombre aun ingenuo, aun en el paraíso de la espontaneidad. La verdad es que esa inocencia se ha quedado siempre atrás, demasiado lejos; de la felicidad ingenua no queda nunca ni rastro. No ya los jonios, pero ni los siete sabios eran inocentes o primitivos. El dolor existía en el pensamiento helénico desde que era tal pensamiento, y cometeríamos un grave error si imaginásemos que Sócrates tuvo en alguna manera una feliz existencia en el regazo materno de una fe confiada y total. Aunque el maestro contraste tan violentamente con sus descendientes espirituales, no por ello creamos que fue un sencillo creyente ni un alma feliz. Tales modos espirituales se buscan más bien desde épocas viejas y refinadas.

Por el contrario, en Sócrates no hay ingenuidad ni hay cansancio. El afán de saber que caracteriza al griego le acucia sin cesar. Un afán de certeza, de seguridad, le espolea en su preguntar inacabable. La filosofía es para él el medio de dominar el acaso, el azar, la fortuna. Cuando sorprendemos, en los textos de los discípulos, una auténtica palabra de Sócrates, una sensación de seguridad se apodera de nosotros.

Precisamente la grandeza de Sócrates está en ser una calma de voluntad en medio de una tormenta deshecha, un punto seguro en un océano de dudas que se disfrazan de dogmatismos, un equilibrio humano cuando en las conductas iban imperando el absurdo, una vieja libertad cuando todos se entregaban sin reserva al espíritu de sistema.

Sócrates se mantiene en serena superioridad sobre los extremos, unos extremos que se tocan en su seca rigidez, y que vienen a coincidir en lo peor, en lo sistemático, en la dureza que ha de ahogar para siempre a la filosofía antigua.

 

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Tras los dos sonetos serios de Quevedo ofrecidos en el anterior capítulo y un breve análisis de María José Franco Durán de la ridiculización, burla y sarcasmo que Quevedo hace de los mitos clásicos, vamos con uno de los romances del poeta madrileño.

El “Romance de Hero y Leandro” es, como el “Hero y Leandro en paños menores”, un romance cómico, y empieza:

 

“Hero y Leandro”

Esforzóse pobre luz pobre luz 

A contrahacer el Norte,

A ser piloto el deseo,

A ser farol una torre.

Atrevióse a ser Aurora

Una boca a media noche,

A ser bajel un amante,

Y dos ojos a ser Soles.

Embarcó todas sus llamas

El Amor en este joven,

Y caravana de fuego,

Navegó Reinos Salobres.

 

 

Nuevo prodigio del Mar

Le admiraron los Tritones;

Con centellas, y no escamas,

El agua le desconoce.

Ya el Mar le encubre enojado,

Ya piadoso le socorre,

Cuna de Venus le mece,

Reino sin piedad le esconde.

Pretensión de mariposa

Le descaminan los Dioses:

Intentos de Salamandra

Permiten que se malogren.

Si llora, crece su muerte,

Que aun no le dejan que llore;

Si ella suspira, le aumenta

Vientos que le descomponen.

 

Tate; (c) Tate; Supplied by The Public Catalogue Foundation

 

Armó el estrecho de Abido,

Juntaron vientos feroces

Contra una vida sin alma

Un ejército de montes:

Indigna hazaña del Golfo,

Siendo amenaza del Orbe,

Juntarse con un Cuidado

Para contrastar un hombre.

Entre la luz y la muerte

La vista dudosa pone;

Grandes Volcanes suspira

Y mucho piélago sorbe.

Pasó el mar en un gemido

Aquel espíritu noble:

Ofensa le hizo Neptuno,

Estrella le hizo Jove,

De los bramidos del Ponto

Hero formaba razones,

Descifrando de la orilla

La confusión en sus voces.

 

 

Murió sin saber su muerte,

Y expiraron tan conformes,

Que el verle muerto añadió

La ceremonia del golpe.

De piedad murió la luz,

Leandro murió de amores,

Hero murió de Leandro,

Y Amor de envidia murióse.

 

Vicente José Nebot Nebot, en La taberna nº 36, nos dice:

La degradación de los mitos en Quevedo se adscribe a su afamada producción satírico-burlesca, sumo ejemplo de imaginación expresiva y dominio del lenguaje. Los mitos clásicos, idealizados durante el periodo renacentista, representaron en Quevedo una gran fuente de inspiración para la composición tanto de poemas graves donde aflora el respeto artístico y, a su vez, para fraguar parodias sumamente degradadoras del mito.

 

 

La historia de Hero y Leandro suscitó dos versiones quevedianas. “Hero y Leandro” está narrada como un amor desdichado y se trata de una versión seria, aunque sin el citado culto renacentista (compárese con el soneto de Hernando de Acuña, “De la alta torre al mar Hero miraba”, o con el de Garcilaso “Pasando el mar Leandro el animoso”), secundada por otros poetas barrocos. Probablemente, Góngora escribió la primera parodia del mito en “Arrojóse el mancebito”, en cuyo poema Quevedo copió la imagen de Leandro como huevo pasado por agua y de Hero como huevo estrellado, chistes que se hicieron muy populares y fueron muy imitados. En la versión sumamente burlesca de don Francisco “Hero y Leandro en paños menores”, la descripción y la narración grotescas llegan a innovadores extremos caricaturescos.

El romancillo “Hero y Leandro en paños menores” es una parodia mordaz en la que el autor se burla abiertamente de la historia de Hero y Leandro y, por extensión, del hecho amoroso. La forma métrica, el uso de versos hexasílabos, también se corresponde con los poemas de carácter satírico o festivo (baste citar algún ejemplo de Quevedo, “La vida poltrona”, o de Góngora, “Hermana Marica”). Leandro es aquí “aprendiz de rana”, frente a la “caravana de fuego” del otro poema quevediano dedicado al mito, y Hero es “moza de una venta”, con toda la denostación que ello implica, pues las mozas de las ventas tenían fama de echarse con sus huéspedes. La descripción de Hero es la de una figura grotesca, lejos de la idealización renacentista, con numerosas alusiones sexuales en que los amantes quieren encontrarse por apaciguar su deseo lujurioso.

 

 

Algunas referencias, comentadas por James O. Crosby: “…por ver la muchacha, / una perla toda / que a menudo ensartan” (la perla se ensarta metiendo el hilo por el agujero de ésta); “las uñas con cejas / de rascar la caspa” (además del sentido literal, alude a rascar el pelo del pubis). Hero es tratada como una ramera (“daifa”) que no cobra por sus favores, dado que Leandro va hacia su torre en cueros y sin “blanca”. Cuando éste se ahoga, es descrito de esta manera: “Pero ¿qué le ha dado? / sin duda es, que traga / a la engendradora / de las cucarachas”, ya que, explica Cobarrubias, “las cucarachas se criaban debajo de las tinajas de agua y de las piedras, donde hay humedad”. Mientras, Hero se desespera viendo a Leandro: “y por él se arranca / todos los cabellos / y se mete a calva”; sus lloros no son nada “ordinarios”, pues van mezclados de “moquitas” y “lagañas”. Seguidamente, el discurso que declama Hero es impropio de su imagen tradicional, insertado en una parodia donde se reúnen elementos burlescos hasta su término. Cuando Hero se lanza desde lo alto de la torre, el mar se aparta “por no sustentarla, / y porque la arena / era menos blanda”. Hero anuncia su caída al grito de “¡agua va!”, expresión de la época que anunciaba a la gente de la calle que se iba a tirar el agua sucia de la casa.

 

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Seguimos con testimonios extraídos de diversas fuentes clásicas acerca de la figura de Sócrates, serie que se inició a propósito de un texto de Aulo Gelio (Noches Áticas I, XVII) que glosaba la paciencia del filósofo de Alopece con su mujer Jantipa, que debía ser una mujer de armas tomar.

Hemos tenido testimonios del propio Aulo Gelio, de Luciano de Samosata, Diógenes Laercio, Juan Crisóstomo, Cicerón, Plutarco, Aristófanes, Aristóteles, Claudio Eliano, Ateneo, Diógnes Laercio, Musonio Rufo… sobre distintos aspectos de la personalidad, modo de vida y enseñanzas de Sócrates y las hemos combinado con fragmentos del capítulo que Werner Jaeger dedica en su Paideia al filósofo ateniense. Hemos dado la palabra también a Albin Lesky, Raffele Cantarella y Antonio Tovar quienes, en sus obras, Historia de la literatura griega, en el caso de los dos primeros, y Vida de Sócrates, en el caso del español, hablaron sobre Sócrates. Seguimos, pues, con los últimos testimonios, ya que éste es el penúltimo capítulo de la serie.

El propio Luciano, en Sobre el parásito o que el parasitismo es un arte 43, cita a Sócrates y su actuación militar en Delión:

Habla Simón:

οὗτοι πάλιν, ὦ Τυχιάδη, οἱ περὶ τῆς ἀνδρείας ὁσημέραι διαλεγόμενοι καὶ κατατρίβοντες τὸ τῆς ἀρετῆς ὄνομα πολλῷ μᾶλλον τῶν ῥητόρων φανοῦνται δειλότεροι καὶ μαλακώτεροι. σκόπει δὴ οὕτως. πρῶτον μὲν οὐκ ἔστιν ὅστις εἰπεῖν ἔχοι φιλόσοφον ἐν πολέμῳ τετελευτηκότα: ἤτοι γὰρ οὐδὲ ὅλως ἐστρατεύσαντο, ἢ εἴπερ ἐστρατεύσαντο, πάντες ἔφυγον. Ἀντισθένης μὲν οὖν καὶ Διογένης καὶ Κράτης καὶ Ζήνων καὶ Πλάτων καὶ Αἰσχίνης καὶ Ἀριστοτέλης καὶ πᾶς οὗτος ὁ ὅμιλος οὐδὲ εἶδον παράταξιν μόνος δὲ τολμήσας ἐξελθεῖν εἰς τὴν ἐπὶ Δηλίῳ μάχην ὁ σοφὸς αὐτῶν Σωκράτης φεύγων ἐκεῖθεν ἀπὸ τῆς Πάρνηθος εἰς τὴν Ταυρέου παλαίστραν κατέφυγεν. πολὺ γὰρ αὐτῷ ἀστειότερον ἐδόκει μετὰ τῶν μειρακυλλίων καθεζόμενον ὀαρίζειν καὶ σοφισμάτια προβάλλειν τοῖς ἐντυγχάνουσιν ἢ ἀνδρὶ Σπαρτιάτῃ μάχεσθαι.

 

 

 Esos tipos, Tiquíades, que se pasan todo el día dialogando sobre la valentía y desgastando el nombre del valor, me parecen con mucha diferencia más cobardes y más flojos que los oradores. Fíjate. Primero; no se puede decir de ningún filósofo que haya muerto en la guerra.

Segundo; ni siquiera han formado parte de un ejército; y si alguna vez lo han hecho, todos huyeron. Antístenes y Diógenes y Crates y Zenón, Platón y Esquines y Aristóteles y toda esa panda ni llegaron a conocer el alistamiento en filas. El único que tuvo el valor de salir a luchar a la batalla de Delión, el sabio Sócrates, huyendo de aquel lugar se refugió en la palestra de Taureas a donde llegó procedente de Parnes. Claro, le parecía más enjundioso sentarse y hacerles cucamonas a unos mozalbetes de tres al cuarto y proponer acertijos sabihondos a quienes le salían al paso, que luchar con un hombre de Esparta.

En nota al pie el traductor José Luis Navarro González, en Gredos, dice:

Si hemos de dar crédito a Alcibíades cuando toma la palabra en el Banquete de Platón, la actuación de Sócrates como soldado debía de ser más propia de un espartano que de un ateniense; salvando al propio Alcibíades en la batalla de Delión se hizo acreedor a condecoraciones militares, que no aceptó (Banquete, 220e).

 

Nuestro ya amigo Aulo Gelio, en Noches Áticas II, 1, nos habla de los ejercicios que Sócrates realizaba para hacer más resistente su cuerpo y de su sobriedad y templanza:

Quo genere solitus sit philosophus Socrates exercere patientiam corporis; deque eiusdem viri temperantia.

Inter labores voluntarios et exercitia corporis ad fortuitas patientiae vices firmandi id quoque accepimus Socraten facere insuevisse: (2) stare solitus Socrates dicitur pertinaci statu perdius atque pernox a summo lucis ortu ad solem alterum orientem inconivens; immobilis, isdem in vestigiis et ore atque oculis eundem in locum directis cogitabundus tamquam quodam secessu mentis atque animi facto a corpore. (3) Quam rem cum Favorinus [fr. 65 Mensching = 97 Barigazzi] de fortitudine eius viri ut pleraque disserens attigisset: πολλάκις inquit ἐξ ἡλίου εἰς ἥλιον εἰστήκει ἀστραβέστερος τῶν πρέμνων. (4) Temperantia quoque fuisse eum tanta traditum est, ut omnia fere vitae suae tempora valitudine inoffensa vixerit. (5) In illius etiam pestilentiae vastitate, quae in belli Peloponnesiaci principis Atheniensium civitatem internecivo genere morbi depopulata est, is parcendi moderandique rationibus dicitur et a voluptatum labe cavisse et salubritates corporis retinuisse, ut nequaquam fuerit communi omnium cladi obnoxius.

Clases de ejercicios corporales que solia practicar el filosofo Socrates para acrecentar su resistencia fisica; templanza de este hombre.

1. Entre los trabajos voluntarios y ejercicios físicos para fortalecer su aguante en las vicisitudes de la fortuna, sabemos que Sócrates solía hacer también lo siguiente. 2. Dicen que solía permanecer de pie durante todo el día y toda la noche, desde el primer momento del amanecer hasta el amanecer del día siguiente, sin pestañear, inmóvil, sin moverse del sitio, con el rostro y los ojos fijos en la misma dirección, pensativo, como si su cuerpo estuviera separado de su mente. 3. Abordando Favorino, como a menudo hacía, el tema de la fortaleza de este hombre comentó (Fragmento 66 Marres): “Muchas veces permaneció en pie de sol a sol, más inmóvil que el tronco de un árbol”. 4. Cuentan, así mismo, que su moderación era tan grande que durante todos los momentos de su vida disfrutó de una salud inalterable. 5. Incluso durante aquella peste devastadora, que diezmó la ciudad de Atenas con una mortal enfermedad al principio de la Guerra del Peloponeso, el se preocupó, segun dicen, de ahorrar y controlar los gastos, de evitar la infamia de los placeres y de mantener la higiene corporal, de manera que no se vio afectado lo más mínimo por la común desgracia.

La traducción es de Manuel-Antonio Marcos Casquero y Avelino Domínguez García, en publicaciones de la Universidad de León (2006).

 

Claudio Eliano en Historias Curiosas (Variae Historiae XIII, 27) corrobora esta aptitud o disposición socrática:

ὅτι τὸ Σωκράτους σῶμα πεπίστευτο κόσμιον καὶ σωφροσύνης ἐγκρατὲς γεγονέναι καὶ ταύτῃ. ἐνόσουν Ἀθηναῖοι πανδημεί, καὶ οἳ μὲν ἀπεθνῄσκον, οἳ δὲ ἐπιθανατίως εἶχον, Σωκράτης δὲ μόνος οὐκ ἐνόσησε τὴν ἀρχήν. ὁ τοίνυν τοιούτῳ συνὼν σώματι τίνα ἡγούμεθα εἶχε ψυχήν

27. Era creencia, por hechos como el que sigue, que el cuerpo de Sócrates era armonioso y estaba modelado por la templanza. Los atenienses sufrieron una epidemia. Unos murieron, otros vieron la muerte de cerca, pero Sócrates fue el único que nunca enfermó. Y de alguien que tenía tal constitución física, ¿qué clase de alma debemos creer que poseyó?

La traducción es de Juan Manuel Cortés Copete, en Gredos, quien, en nota al pie, a propósito de la epidemia, dice:

La peste del año 429 a. C. descrita por Tucídides, II 48-54. Favorino consideraba que la dieta de Sócrates fue la razón de que no enfermara durante la peste (Aulo Gelio, Noches áticas II 1).

 

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