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Archive for 23 abril 2008

El reto de Nicoletta (IV)

Nicoletta decidió que, efectivamente, el consejo de Horacio era muy bueno. No obstante, decidió acabar de leer los otros cuatro textos, con sus correspondientes cuestionarios, antes de empezar a buscar las respuestas y redactar el trabajo. Estaba contenta porque algunas preguntas, sin necesidad de buscar en enciclopedias, libros, o en los enlaces de Internet que el señor Süssmayer les daba, las sabía responder.

Se alegró de haber leído el verano pasado un libro sobre mitología clásica que le regalaron sus padres. De él recordaba nombres de personajes como Héctor, Eneas, Deyanira o Quirón.

Después de echar una ojeada a las montañas alpinas que podía divisar desde la habitación de su casa de Bolzano y suspirar profundamente, siguió leyendo el trabajo de “il rospo”.

Texto 5

Mira a Tiresias, que mudó de aspecto

al hacerse mujer siendo varón

cambiándose los miembros uno a uno;

y después, golpear debía antes

las unidas serpientes, con la vara,

que sus viriles plumas recobrase.

 

 

Cuestionario:

  1. ¿Quién era Tiresias?
  2. ¿En qué episodios de la mitología destaca?
  3. ¿A qué hecho, que afecta a Tiresias y a unas serpientes, se refiere este fragmento?
  4. ¿Qué compositor francés compuso una ópera, basada en el texto de un escritor surrealista también francés, sobre este singular hecho?
  5. ¿En qué tragedias de Sófocles tiene un papel importante Tiresias?

 

Texto 6

Así los grandes sabios aseguran

que muere el Fénix y después renace,

cuando a los cinco siglos ya se acerca:

no pace en vida cebada ni hierba,

sólo de incienso lágrimas y amomo,

y nardo y mirra son su último nido.

 

 

Cuestionario:

  1. Haz un resumen del mito del Fénix.
  2. ¿En qué autor clásico, aparecido en un texto anterior, podemos leer su mito?
  3. Un historiador griego, de Halicarnaso, en el libro II, capítulo LXXIII, también te dará información sobre el Félix.

 Texto 7

Me respondió: «Allí dentro se tortura

a Ulises y a Diomedes, y así juntos

en la venganza van como en la ira;

y dentro de su llama se lamenta

del caballo el ardid, que abrió la puerta

que fue gentil semilla a los romanos.

 

 

Se llora la traición por la que, muerta,

aún Daidamia se duele por Aquiles,

y por el Paladión se halla el castigo.»

«Si pueden dentro de aquellas antorchas

hablar ‑le dije‑ pídote, maestro,

y te suplico, y valga mil mi súplica

que no me impidas que aguardar yo pueda

a que la llama cornuda aquí llegue;

mira cómo a ellos lleva mi deseo.»

Y él me repuso: «Es digno lo que pides

de mucha loa, y yo te lo concedo;

pero procura reprimir tu lengua.

Déjame hablar a mí, pues que comprendo

lo que quieres; ya que serán esquivos

por ser griegos, tal vez, a tus palabras.»

Cuando la llama hubo llegado a donde

lugar y tiempo pareció a mi guía,

yo le escuché decir de esta manera:

«¡Oh vosotros que sois dos en un fuego,

si os merecí, mientras que estaba vivo,

si os merecí, bien fuera poco o mucho,

cuando altos versos escribí en el mundo,

no os alejéis; mas que alguno me diga

dónde, por él perdido, halló la muerte.»

El mayor cuerno de la antigua llama

empezó a retorcerse murmurando,

tal como aquella que el viento fatiga;

luego la punta aquí y acá moviendo,

cual si fuese una lengua la que hablara,

fuera sacó la voz, y dijo: «Cuando

me separé de Circe, que sustrajó­-

me más de un año allí junto a Gaeta,

antes de que así Eneas la llamase,

ni la filial dulzura, ni el cariño

del viejo padre, ni el amor debido,

que debiera alegrar a Penélope,

vencer pudieron el ardor interno

que tuve yo de conocer el mundo,

y el vicio y la virtud de los humanos;

mas me arrojé al profundo mar abierto,

con un leño tan sólo, y la pequeña

tripulación que nunca me dejaba.

 

 

Un litoral y el otro vi hasta España,

y Marruecos, y la isla de los sardos,

y las otras que aquel mar baña en torno.

Viejos y tardos ya nos encontrábamos,

al arribar a aquella boca estrecha

donde Hércules plantara sus columnas,

para que el hombre más allá no fuera:

a mano diestra ya dejé Sevilla,

y la otra mano se quedaba Ceuta.»

 

 

«Oh hermanos ‑dije‑, que tras de cien mil

peligros a occidente habéis llegado,

ahora que ya es tan breve la vigilia

de los pocos sentidos que aún nos quedan,

negaros no queráis a la experiencia,

siguiendo al sol, del mundo inhabitado.

Considerar cuál es vuestra progenie:

hechos no estáis a vivir como brutos,

mas para conseguir virtud y ciencia.»

A mis hombres les hice tan ansiosos

del camino con esta breve arenga,

que no hubiera podido detenerlos;

y vuelta nuestra proa a la mañana,

alas locas hicimos de los remos,

inclinándose siempre hacia la izquierda.

 

 

Del otro polo todas las estrellas

vio ya la noche, y el nuestro tan bajo

que del suelo marino no surgía.

Cinco veces ardiendo y apagada

era la luz debajo de la luna,

desde que al alto paso penetramos,

cuando vimos una montaña, oscura

por la distancia, y pareció tan alta

cual nunca hubiera visto monte alguno.

Nos alegramos, mas se volvió llanto:

pues de la nueva tierra un torbellino

nació, y le golpeó la proa al leño.

Le hizo girar tres veces en las aguas;

a la cuarta la popa alzó a lo alto,

bajó la proa ‑como Aquél lo quiso-

hasta que el mar cerró sobre nosotros.

 

Cuestionario:

  1. ¿Por qué van juntos Ulises y Diomedes?
  2. ¿A qué se refiere la expresión “ del caballo el ardid”?
  3. ¿Qué quiere decir “que fue gentil semilla a los romanos?
  4. ¿Quién era Daidamía y qué ocurrió con ella? ¿Quién fue su hijo?
  5. ¿Qué es el Paladión? ¿Cuál es su origen? ¿Quién lo robó? ¿Qué consecuencias tuvo?
  6. ¿Quién es Circe? ¿Qué es Gaeta? ¿De dónde viene ese nombre que, según leemos, le puso Eneas?
  7. ¿Quién es el viejo padre? ¿Qué quiere decir “el ardor interno que tuve yo de conocer el mundo”?
  8. ¿Cuál es el profundo mar abierto? ¿Qué viaje se describe entre “un litoral… y Ceuta”?
  9. ¿Qué otro viaje emprende a partir de la expresión “y vuelta nuestra proa a la mañana”?
  10. ¿Qué significa “del otro polo todas las estrellas vio ya la noche”?
  11. ¿Qué montaña es la que “vimos”? A quién se refiere con “Aquél”?

 

Texto 8

Cuando Juno por causa de Semele

odio tenia a la estirpe tebana,

como lo demostró en tantos momentos,

Atamante volvióse tan demente,

que, viendo a su mujer con los dos hijos

que en cada mano a uno conducía,

gritó: «¡Tendamos redes, y atrapemos

a la leona al pasar y a los leoncitos!»;

y luego con sus garras despiadadas.

agarró al que Learco se llamaba,

le volteó y le dio contra una piedra;

y ella se ahogó cargada con el otro.

Y cuando la fortuna echó por tierra

la soberbia de Troya tan altiva,

tal que el rey junto al reino fue abatido,

Hécuba triste, mísera y cautiva,

luego de ver a Polixena muerta,

y a Polidoro allí, junto a la orilla

del mar, pudo advertir con tanta pena,

desgarrada ladró tal como un perro;

tanto el dolor su mente trastornaba.

 

 

 

 

________________________________

Y yo dije: “¿Quién son los dos mezquinos

Que humean, cual las manos en invierno,

Apretados yaciendo a tu derecha?”

“Aquí los encontré, y no se han movido

-me repuso- al llover yo en este abismo

ni eternamente creo que se muevan.

Una es la falsa que acusó a José;

otro el falso Sinón, griego de Troya:

         por una fiebre aguda tanto hieden.»

 

 

 

Cuestionario:

  1. ¿Por qué tenia Juno odio a la estirpe tebana? ¿Quién era Semele? Ovidio en Metamorfosis III, 253 a 315 te puede ayudar.
  2. ¿Quién era Atamante? ¿Quién era su mujer? ¿Por qué se volvió demente y cómo?
  3. ¿Quién es Hécuba? ¿Quién es Polixena y cómo murió? ¿Quién era Polidoro y cómo murió?
  4. ¿Por qué se dice que Hécuba “ladró tal como un perro”? Lee Metamorfosis, XII 399-575, y más concretamente en los versos 565 a 570.
  5. ¿Quién es la falsa que acusó a José? ¿Y quién es José? Puedes leerlo aquí.
  6. ¿Quién es Sinón y con qué hecho ya antes mencionado está relacionado?

Tras leer los textos y sus cuestionarios, Nicoletta volvió a suspirar, cerró los ojos durante unos momentos, como para tomar fuerzas mentalmente, y se sentó en su mesa de trabajo.

 

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Seguimos con nuestro recorrido por la presencia de Frine en el arte y la literatura. Hoy haremos referencia a la obra de un escritor poco conocido que dedicó dos novelas a nuestra protagonista, y lo haremos gracias a un artículo al que hemos tenido acceso a través de la red.

 

 

Benjamín Farnés fue un novelista, narrador de cuentos y relatos breves, ensayista, biógrafo, crítico literario y traductor español perteneciente por edad a la generación del Novecentismo, si bien su producción literaria se enmarca dentro de la prosa de vanguardia, por lo que corresponde, por afinidad estética, a la Generación del 27. Dentro de su obra destacan dos obras con alusiones a Friné, Venus dinámica (escrita en el exilio mexicano en 1943) y, sobre todo, su última novela, Constelación de Friné (1944), escrita con el seudónimo de Julio Aznar.

De estas obras ofrecemos extractos del artículo Los personajes femeninos de la narrativa jarnesiana del exilio: de la Venus clásica a la mujer moderna de M.ª Pilar Martínez Latre de la Universidad de la Rioja, dentro de El exilio literario de 1939: actas del Congreso Internacional celebrado en la Universidad de La Rioja del 2 al 5 de noviembre de 1999.

 

III. Las metamorfosis de los personajes femeninos

La biografía de Friné (que vivió en el siglo IV a. de C.) surge de la mano del maduro artista con trazo perfecto; dando vida a una mujer cuya belleza y poder de seducción hizo que famosos intelectuales y artistas griegos, notables políticos, hombres poderosos, se disputaran la posesión de su cuerpo para disfrutar de esta «puta cósmica» unos breves momentos de placer. Su retrato se ajusta a la condición de las hetairas extranjeras, famosas por su belleza excepcional -que debían ser avaladas por un prostater o tutor, fiador en sus transacciones y defensor en sus tribunales- en la Grecia clásica. Estas mujeres, que presentan un estatuto de mujer libre, no estaban ligadas a ningún varón en particular, tenían una formación intelectual similar a la de los hombres cultos, y participaban en los Simposia que estos celebraban. La consideración de su oficio como un trabajo de alta cualificación les permitió cobrar altos honorarios y hacerse con un importante patrimonio. La misma Friné demostrará su poder proponiendo «en un rapto de esplendidez», como señala el narrador biógrafo, reedificar la ciudad de Tebas, destruida por Alejandro o sufragar «las imágenes de oro de los templos de Venus esculpidas por su adorado Praxíteles», aunque una sociedad envidiosa y cargada de prejuicios no supiera entender este gesto de generosidad de la hetaira, envenenada por las sátiras de cómicos afamados como Aristófanes.

Jarnés como biógrafo se siente obligado a «resucitar al hombre -en este caso a la mujer- que ha existido»; pero en lugar de supeditarse al modelo se adentra como novelista en el terreno de lo ficcional: recrea su leyenda, reconstruye los espacios y ambientes en donde pudo desarrollarse su vida desde la infancia hasta su consagración y manipula con habilidad a los personajes históricos, contemporáneos de la hetaira, como el senador de Aéropago Gyllión, tutor ambicioso que se ocupa de refinar a Friné para lucrarse con ella y el retórico Hypérides, un afamado abogado, defensor incondicional de la hetaira que le libera del codicioso e indeseable protector y le defiende, más tarde, de las acusaciones de impiedad ante los pacatos ancianos senadores del Aerópago, emponzoñados por la retórica del fiscal Eutias, amante desdeñado por la hetaira prodigiosa o hembra cósmica, digna representante de Venus Afrodita, a la que acusaba de «corrupción» y de practicar «ritos nefandos», pidiendo por ello su muerte.

La primera alusión sobre Friné la encontramos en la novela que le precede en la escritura, Venus dinámica, pues Jarnés recurre a la intertextualidad hasta en sus propios textos. El lector atento observa cómo la cortesana helénica es mencionada en varias ocasiones por los personajes de esta novela. En una ocasión Adolfo que indaga sobre la tipología amorosa del Don Juan con su amigo Zósimo, la califica de don Juan femenina, destacando especialmente el poder de «su sensualidad»: «¿Te imaginas a Don Juan guardando cabras como Friné, la beocia?», apunta Zósimo y Adolfo contesta: «¿Por qué no?» ¿Qué fue en suma, Friné, sino un vigoroso Don Juan Femenino, a fuerza de saturarse de campo, es decir, de libertad y de belleza» (pág. 207).

 

El campo saturado de belleza es el entorno privilegiado de la joven pastorcilla Mnesarete, hija de Epicles, con el que comienza la novela, un pueblecito de colinas y bosques sensuales que pertenecía a la región de Beocia en donde había nacido el dios amor. En este emplazamiento favorable la adolescente experimenta su primera metamorfosis y es contemplada como una juguetona y hermosa ninfa que despierta de un sueño erótico ante los ojos codiciosos de un sátiro. Sus amigas, compañeras de juegos y confidencias, hacen predicciones halagadoras sobre su futuro y destacan sus encantos físicos, así su incondicional amiga Lysis, a la que más tarde introducirá en la vida ateniense, ayudándole a convertirse en una refinada cortesana, la llamará «¡Diosecita! ¡Tú sabes que ya ahora eres divina! Pero lo serás definitivamente cuando abandones la adolescencia» (pág. 33),

Esta mujer elegida por los dioses se afirmará como una diosa sacroprofana experta en las artes amatorias, cumpliéndose su destino, como hace notar el narrador privilegiado que cuenta con una importante documentación sobre la vida de Friné. Pero el encargado de recordar este destino divino que le impulsa a cambiar de vida será un viajero anónimo con el que se encuentra en el comienzo de este viaje iniciático. Conmovido ante su belleza la piropea comparándola con Afrodita y la bautiza con el nuevo nombre de Friné. El valor simbólico que encierra esta denominación onomástica es explicado a nuestra sorprendida cabrera de Tespis por el propio transeúnte anónimo – voz del inconsciente colectivo-, «Porque eres pálida, y tu palidez es estatuaria. Porque tu piel es más blanca que los mármoles del Pentélico» (pág. 40). A partir de este momento Friné será mencionada en la ficción con el rasgo emblemático de la mujer de belleza estatuaria, admirada por las compañeras de profesión, por la perfección de su cuerpo y de su rostro sonriente.

El testigo de las metamorfosis de la cabrera de Tespis en la novela es el sensible y pobre poeta griego, Antífanes, enamorado de la bella hetaira desde su primer encuentro, apenas recién llegada a Atenas para iniciar la carrera de cortesana. Jarnés dota a este personaje histórico, hábilmente manipulado, de una importante función actancial a lo largo de la novela pues no solo será el consejero y maestro de la pastorcilla de Beocia en su camino inquebrantable a la condición de reputada cortesana -como lo fueron sus admiradas Aspasia y Thais– sino que se erige en testigo de su inmortalización. Friné, «con la piel más blanca que la de una estatua», transformada «en cálida miel» y «fragancia de rosas» será la mujer perfecta para inspirar las más hermosas esculturas de Venus Afrodita -la diosa del amor admirada por la humanidad- gracias a la mano del artista Praxíteles del que fue su modelo y su amante. En el desenlace de la ficción Friné, que estaba predestinada para ser una Venus olímpica, es evocada con nostalgia por el que será su último amante, el fiel Antífanes, que ha compartido los últimos momentos de pasión amorosa en abrazos de la mujer madura, en su camino imparable hacia la inmortalidad:

«Alguna vez he pensado que esos brazos, que con tal frenesí me enlazaron, caerán de su pedestal, se esconderán también sobre la tierra, como los de la carne, porque la historia lo arrolla todo (…) ¡Brazos frenéticos, consumidos para siempre en su propia llama, que fue también la mía, ya purificados, ya lejos del torbellino de la acción! En el templo del amor ¡cualquier sacrificio es mezquino! (…) Yo lo aprendí de los mismos labios de Friné, ¡La inmortal!».

 

 

La habilidad de Jarnés -como digno representante de la vanguardia española- emana de su capacidad para armonizar la realidad inmediata, intuitiva e inconsciente, hasta llegar a borrar toda distinción espacio-tiempo y toda separación entre realidad y fantasía, entre el «mithos» y la historia, como hemos podido ver en la creación de estos atractivos personajes femeninos que vuelven a aparecer en su narrativa del exilio. Sólo así pudo superar el mundo cerrado del momento histórico, su dolorosa circunstancia vital, apartarse del trillado camino y sublimar el erotismo de moda, transformado en mítica poesía.

 

 

Hasta aquí esta octava entrega de Los desnudos de Friné que, en esta ocasión, ha ofrecido las referencias a la cortesana de Tespias en la obra de Benjamín Farnés.

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El reto de Nicoletta (III)

 

 

Liceo Giovanni Pascoli, Bolzano. Asignatura: Cultura Clásica

Profesor: Rheinhardt Süssmayer. Alumno: Nicoletta Del Vescovo

Actividad: Cacería de Tesoros

Entrega I

Texto 1

«Hombre no soy, mas hombre fui,

y a mis padres dio cuna Lombardía

pues Mantua fue la patria de los dos.

Nací sub Julio César, aunque tarde,

y viví en Roma bajo el buen Augusto:

tiempos de falsos dioses mentirosos.

Poeta fui, y canté de aquel justo

hijo de Anquises que vino de Troya,

cuando Ilión la soberbia fue abrasada.

 

 

Cuestionario:

1.        ¿Quién habla en este texto?

2.       ¿Por qué dice que no es hombre, pero lo fue?

3.       Sitúa en el tiempo al personaje con los datos que te da.

4.       ¿Qué quiere decir con la expresión “falsos dioses mentirosos”?

5.       ¿Quién es “aquel justo hijo de Anquises”?

6.       “Canté” significa que escribió una obra sobre este personaje, ¿cuál? Habla un poco sobre ella.

7.       ¿Qué es Ilión? ¿Por qué fue abrasada? Explica brevemente este episodio.

8.       Escribe en veinte líneas, como máximo, la información más importante sobre este “poeta”.

 

Texto 2:

Entre tanto una voz pude escuchar:

«Honremos al altísimo poeta;

vuelve su sombra, que marchado había.»

Cuando estuvo la voz quieta y callada,

vi cuatro grandes sombras que venían:

ni triste, ni feliz era su rostro

El buen maestro comenzó a decirme:

«Fíjate en ése con la espada en mano,

que como el jefe va delante de ellos:

Es Homero, el mayor de los poetas;

el satírico Horacio luego viene;

tercero, Ovidio; y último, Lucano.

Y aunque a todos igual que a mí les cuadra

el nombre que sonó en aquella voz,

me hacen honor, y con esto hacen bien.»

Así reunida vi a la escuela bella

de aquel señor del altísimo canto,

que sobre el resto cual águila vuela.

Después de haber hablado un rato entre ellos,

con gesto favorable me miraron:

y mi maestro, en tanto, sonreía

Y todavía aún más honor me hicieron

porque me condujeron en su hilera,

siendo yo el sexto entre tan grandes sabios.

 

 

 

Cuestionario:

1.        ¿Quién es el “altísimo poeta”

2.       ¿Quién es el “buen maestro”?

3.       ¿Qué obras escribieron los poetas citados?

4.    ¿Por qué atribuye a Horacio el calificativo de satírico?

5.       ¿A quién se refiere la expresión “ aquel señor del altísimo canto”?

6.       ¿Qué  significa “me condujeron en su hilera”? ¿Qué supone este hecho?

 

Texto 3

A Electra vi con muchos compañeros,

y entre ellos conocí a Héctor y a Eneas,

y armado a César, con ojos grifaños.

Vi a Pantasilea y a Camila,

y al rey Latino vi por la otra parte,

que se sentaba con su hija Lavinia.

Vi a Bruto, aquel que destronó a Tarquino,

a Cornelia, a Lucrecia, a Julia, a Marcia;

y a Saladino vi, que estaba solo;

y al levantar un poco más la vista,

vi al maestro de todos los que saben,

sentado en filosófica familia

Todos le miran, todos le dan honra:

y a Sócrates, que al lado de Platón,

están más cerca de él que los restantes;

Demócrito, que el mundo pone en duda,

Anaxágoras, Tales y Diógenes,

Empédocles, Heráclito y Zenón;

y al que las plantas observó con tino,

Dioscórides, digo; y vi a Orfeo,

Tulio, Livio y al moralista Séneca;

al geómetra Euclides, Tolomeo,

Hipócrates, Galeno y Avicena,

y a Averroes que hizo el «Comentario».

No puedo detallar de todos ellos,

porque así me encadena el largo tema,

que dicho y hecho no se corresponden.

El grupo de los seis se partió en dos:

por otra senda me llevó mi guía,

de la quietud al aire tembloroso

y llegué a un sitio en donde nada luce.

 

 

 

Cuestionario:

     1. Hay, al menos, tres personajes con el nombre de Electra en la mitología griega ¿A qué Electra se refieren aquí y porqué? ¿De quién fue hija y madre esta Electra? ¿Qué nombre recibían ella y sus hermanas? ¿Por qué es famoso su padre? ¿Qué ciudad fundó el hijo de esta Electra? En el verso 134 y siguientes de este enlace encontrarás la respuesta. El nombre que recibían Electra y sus hermanas lo puedes leer en el fragmento 94, en la edición de Diehl, de la obra de Safo. Una traducción de este fragmento se encuentra en la página 8 (comienzo) de esta página.

      2. ¿Quiénes eran Héctor y Eneas? ¿Qué relación tenían? ¿Por qué hechos respectivos destacaron uno y otro?

      3. ¿A qué César se refiere el autor del texto? Habla un poco de él

     4. Pantasilea o Pentesilea ¿quién era? ¿quién fue su padre? ¿a quién apoyó en la guerra de Troya? ¿cómo murió y qué ocurrió en el momento de su muerte? ¿Pentesilea fue la reina de un “famoso y curioso grupo”? ¿quién fue también reina de este grupo?

    5. ¿Quién fue Camila? ¿Por qué aparece nombrada junto a Pentesilea? ¿En qué obra literaria se nos habla de Camila? ¿Contra qué personaje ya citado luchó? ¿A manos de quién murió? En los versos 498 y siguientes de este enlace podrás leer la historia de Camila .

    6. ¿De dónde era rey Latino? ¿A quién estaba prometida su hija Lavinia? ¿A quién, en cambio, fue entregada en matrimonio? ¿Qué consecuencias tuvo este hecho? ¿Tuvo hijos Lavinia con su marido, personaje ya mencionado?

    7. ¿Quiénes eran Bruto y Tarquinio y por qué hecho son famosos? Una de las mujeres a continuación citadas tiene gran relación con este hecho, ¿cuál? Hay una obra de Shakespeare sobre este asunto, así como una ópera de Benjamin Britten, su opus 37.

    8. ¿Quiénes son Cornelia, Julia y Marcia? La respuesta, en los enlaces.

    9. ¿Qué sabes de Saladino?

    10. ¿Quién es el “maestro de todos los que saben”? ¿por qué destacaron los personajes citados?

    11. ¿Quiénes son Orfeo, Tulio y Livio? Habla un poco sobre ellos, ya que el autor de nuestro texto, como dice más adelante “no puedo detallar de todos ellos”.

    12. ¿En qué destacaron Euclides y Tolomeo? ¿Qué aportaciones han hecho a las ciencias?

   13. ¿Qué profesión comparten Hipócrates, Galeno y Avicena? Habla un poco de lo que hizo cada uno de ellos en esta ciencia.

    14. ¿Quién fue Averroes y qué es el “Comentario” citado en el texto?

 Texto 4

La respuesta ‑le dijo mi maestro­-

daremos a Quirón cuando esté cerca:

tu voluntad fue siempre impetuosa.»

Después me tocó, y dijo: «Aquél es Neso,

que murió por la bella Deyanira,

contra sí mismo tomó la venganza.

Y aquel del medio que al pecho se mira,

el gran Quirón, que fue el ayo de Aquiles;

y el otro es Folo, el que habló tan airado.

 

 

 

Cuestionario:

1. ¿Qué relación tienen Neso, Quirón y Folo?

2. Habla de este tipo de seres

3. ¿Por qué murió Neso por Deyanira? ¿Cómo murió? ¿En qué obra clásica se trata este episodio?

4. ¿De quién era esposa Deyanira?

5. ¿Qué significa la frase “ contra sí mismo tomó la venganza?

6. ¿Por qué episodios es conocido Folo?

 

¡Uf! Muchas preguntas para Nicoletta, y eso que aún quedaban cuatro textos con su correspondiente cuestionario en esta primera entrega. No, ciertamente, Nicoletta no debía encantarse y dedicarse al trabajo enseguida. Recordó un verso de Horacio, convertido ya en aforismo latino: dimidium facti qui coepit habet (el que empieza algo ya tiene conseguida la mitad). Es el verso 40 de la segunda epístola del Libro I. Es más bonito lo que sigue: sapere aude: incipe, es decir, atrévete a ser sabio. Empieza ya.

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Seguimos con nuestro repaso a la presencia de Frine en el arte y la literatura. En el primer caso hemos visto obras de Turner, Gérôme, Boulanger, Siemiradzki y Pradier. 

Ya hemos visto, también, anteriormente referencias a Frine en la literatura en autores como Quevedo, Rubén Darío, Feijoo y Vicente Blasco Ibáñez.

Ofrecemos a continuación de Pedro Antonio de Alarcón, en sus Juicios literarios y artísticos, extractos del Discurso sobre la moral en el arte, texto que nos ha parecido muy interesante y en el que hay varias alusiones a Frine y a episodios a ella referidos y de los que ya hemos hablado.

En el discurso hay elogios a las obras épicas de Homero, en las que, según Alarcón, está el germen de la idea de patria; más tarde, habla de las aportaciones de autores como Tirteo, Píndaro, Esquilo, Sófocles, Eurípides, y Aristófanes que, en sus obras, exaltan la virtud, se befan del vicio, muestran como odioso el pecado, salvan al pecador y establecen como dominador al destino.

Después, el autor realiza un detenido análisis del desnudo femenino griego y lo defiende con encendida pasión, en cuanto que representa la unión hipostática de bondad y belleza. El final del discurso que ofrecemos es realmente vibrante.El elogio a Esquilo es destacable: “el más augusto vate de la antigüedad pagana”.

La referencia a Homero, muy acertada. Le presenta como “la aurora de esta civilización”. Hoy sabemos que Homero es la culminación de una larga tradición oral de aedos que han ido agrandando un núcleo épico inicial con aportaciones personales, usando de la fórmula, del epíteto, del símil y la repetición de versos, explicable en un aprendizaje memorístico de los relatos narrados en el banquete palaciego o en la plaza de la aldea. Las epopeyas homéricas reciben también un encendido elogio de Alarcón.

Curiosa es la calificación que hace nuestro autor de Sófocles y Eurípides con respecto a Esquilo: son menos grandiosos e inspirados, pero más filosóficos y terrestres.

Aquí dejamos, sin más, para disfrute de nuestros lectores el texto del granadino, autor de El sombrero de tres picos: 

Consecuencia necesaria de esa índole invariable de las Artes asiáticas y egipcias, es la falta de equilibrio que resulta entre la idea y la forma de sus conceptos; desproporción lógica también, por cuanto nace de la gran distancia y diferencia que la religiosidad de los Orientales establece entre la naturaleza humana y la divina, entre el hombre y su Creador…

No sucede así en Grecia. En Grecia, la idea divina se humaniza, o, por mejor decir, se humana: los dioses y los hombres sólo difieren en grado: ya no los separa ningún abismo metafísico: el hombre confina con el héroe; el héroe es un semidiós; el semidiós nació de un dios: los Dioses son unos antepasados remotos de los Griegos. El infinito insondable de la Divinidad oriental ha quedado oculto tras las pavorosas tinieblas del Hado, que cobijan por igual a dioses y hombres, y en las cuales únicamente se atreverá a penetrar alguna vez, bien que lleno de sublime horror, el más augusto vate de la antigüedad pagana, el padre de los Trágicos, el inmortal Esquilo.

Homero representa la aurora de esta civilización, que ya ilumina las cumbres, pero que no desciende todavía a los valles. Trasportado en alas de su genio a la edad que media entre los hombres y los dioses, canta los Héroes, mezclando la tradición con la fábula y la Religión con la Historia. Sin embargo, la idea de Patria está ya en germen en La Ilíada y en La Odisea, aunque reducida a la raza con sus númenes familiares; y, para complacer y aleccionar tan noble sentimiento, el cantor de Tirios y Troyanos presenta ilustres modelos de grandeza, de energía y de abnegación, pertenecientes a un mundo aristocrático-divino, del cual se excluye él con respetuosa humildad, dejando hablar a la Musa. Nada, pues, más revelador, más docente, más edificante en aquellos días, que estas descomunales epopeyas, donde el valor guerrero, la fuerza y la hermosura son como atributos ingénitos del bien moral, y donde la misericordia, con la faz bañada en lágrimas, es uno de los aspectos del heroísmo.


Algunos siglos después aparece Tirteo, y luego Píndaro, decoro ambos de la humana especie (sobre todo Tirteo, que tan amable y apetecible supo hacer la muerte por la patria), y uno y otro, con sus odas e himnos nacionales, aplican los sentimientos homéricos a la política y a la guerra. Ellos, y los trágicos Sófocles y Eurípides (menos grandiosos e inspirados, pero más filosóficos y terrestres que el viejo Esquilo), trajeron, reflexivamente ya, y a sabiendas, las ideas morales al campo de la poesía, como elementos inseparables de la Belleza, y cantaron o representaron en sus obras la Religión, la Patria, la Familia. Es decir, que aquellos grandes maestros de la Forma, los patriarcas del clasicismo, lejos de rendir al Arte la idolátrica adoración que suponen los modernos paganos, lo consideraban como una especie de culto rendido a ideas y conceptos del orden moral.

Si alguien lo duda; recuerde las tragedias de los tres colosos mencionados, o las comedias del acerbo Aristófanes, terror del corrompido Demos ateniense, y verá en todas ellas exaltada la virtud, befado el vicio, odioso el pecado, solvente al pecador (ya en los días de su vida, ya en su descendencia), y, dominando sobre todos los esplendores mundanales, el poder eterno del Destino. Pero ya me parece estar oyendo el argumento Aquiles de los partidarios de el Arte por el Arte.

-«¿Y las Venus griegas? (exclamarán enfáticamente): ¿No son bellas también? ¿No son artísticas? ¿No lo proclama así todo el orbe? ¿No están expuestas hoy mismo a la admiración pública en los Museos más insignes de la Cristiandad, principiando por el del Vaticano? Y ¿qué mérito moral podrá atribuirse a tales portentos de belleza? ¿Qué sentido filosófico? ¿Qué tendencia civilizadora? ¿Qué fin plausible, o tan siquiera honesto y decente?»

-«¡Ninguno!» concluirán los fanáticos de la forma, tratando de hacernos creer que las Venus labradas por el cincel griego son la apoteosis de la perfección puramente física, la Belleza divorciada de la Bondad, el impudor en triunfo, la desnudez divinizando el pecado, una reproducción constante de la célebre defensa de Frine, la derrota, en fin, de la Moral ante el poder de la Hermosura!…

Séame lícito replicar con algún detenimiento a esta objeción, tan formidable en apariencia. Ya lo dije hace poco: para los Griegos, la perfección humana llegaba siempre a confundirse con la realidad divina: lo terreno y lo olímpico (o sea lo temporal y lo eterno, que diríamos hoy) sumábanse en su imaginación como cantidades homogéneas, y de aquí el carácter esencial de sus armónicas Artes, basadas en un perpetuo equilibrio entre la inteligencia y la fuerza, entre el espíritu y la materia, entre la idea y la forma.

La Belleza era allí, por tanto, distintivo de Santidad, y Venus, arquetipo de la hermosura femenina, y como tal, madre del Amor, figuraba en aquella religión politeísta entre las Deidades Mayores; no ciertamente en cuanto beldad individual presentada a la concupiscencia de los sentidos, sino en cuanto beldad simbólica y místico dechado de providenciales gracias; como numen propicio a las eternas leyes que son fuente de la vida; como la Flora, como la Pomona, como la Amaltea del linaje humano.

Así lo ha comprendido la austera civilización emanada del Evangelio, y por eso ha considerado castas, espirituales y hasta religiosas, dado el criterio de la gentilidad, esas desnudeces de ideales abstractos que luego reprodujo el pincel cristiano para representar a nuestra madre Eva. Pero, no lo dudéis: tan pronto como tales figuras trocaran su impersonalidad divina por una personalidad terrena; tan pronto como de conceptos genéricos bajasen a ser meros retratos de su respectivo original, sin ninguna especie de significación sagrada, la inverecundia del modelo se reflejaría en la obra de arte, la inmoralidad de la mujer trascendería a la estatua, sublevaríase la conciencia pública contra semejante escándalo, y, por acabada que fuese la efigie y célebre su autor, habría que esconderla en uno de esos calabozos de infamia que se llaman Museos secretos, como se aprisiona a mujeres hermosísimas o a hombres de reconocida ciencia cuando se ponen en abierta pugna con los fundamentos sociales.

¿Ni qué mayor demostración de mi aserto que este otro hecho elocuentísimo? Cuanto más completa es la desnudez griega, más noble y pura se ofrece a nuestra veneración. Cualquier accesorio atenuante, relacionado con necesidades o escrúpulos terrestres, rebajaría la dignidad y ofendería el decoro de la belleza olímpica. La Venus de Médicis está reputada como la más púdica, inmaterial y candorosa creación del Arte helénico, por lo mismo que su desnudez es absoluta: ¡nadie ve en ella a la mujer: todo el mundo ve a la diosa!

No justifican, pues, las estatuas gentílicas en los Museos cristianos la inicua absolución de Frine; no representan el triunfo de la hermosura sobre la moral; no arguyen nada en favor de el Arte por el Arte. Al contrario: prueban que el idealismo puede llegar en el hombre hasta el punto de convertir en devoción mística el amor terreno; simbolizan la unión hipostática de la Bondad y la Belleza; y, en fin, señores: traen a la memoria, ya que de Frine hablamos, que si un tribunal indigno prevaricó cínicamente y la absolvió al verla desnuda, el Senado, en compensación, no admitió el insolente ofrecimiento de la misma cortesana de reedificar a su costa la ciudad de Tebas.

Nada más diré acerca de los griegos, considerados dentro de su patria… Cuando la fe se entibió en aquella sociedad, el Arte perdió su savia divina, y dejó de ser ministerio santo, para convertirse en parodia de sí propio y simulacro de la ausente inspiración del alma…

Huyamos también nosotros de este pueblo moribundo, y trasladémonos a Roma.

Hasta aquí la interesantísima reflexión de Alarcón sobre el desnudo femenino griego, con afirmaciones tan importantes para entenderlo como ésta:

Cuanto más completa es la desnudez griega, más noble y pura se ofrece a nuestra veneración. Cualquier accesorio atenuante, relacionado con necesidades o escrúpulos terrestres, rebajaría la dignidad y ofendería el decoro de la belleza olímpica. La Venus de Médicis está reputada como la más púdica, inmaterial y candorosa creación del Arte helénico, por lo mismo que su desnudez es absoluta: ¡nadie ve en ella a la mujer: todo el mundo ve a la diosa!

Seguiremos en próximos capítulos con la presencia de Frine en la literatura.

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