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Archive for 31 marzo 2017

(Auto)epitafios (II)

alcuino-de-york

Rabano Mauro apoyado por Alcuino ofrece una obra a Otgar de Maguncia. Viena, Österreichische Nationalbibliothek, cod.652, fol. 2v (Fulda, 2º cuarto del siglo IX)

En esta miniserie sobre (auto)epitafios hemos ofrecido ya el texto de Aulo Gelio que nos informaba sobre los epitafios de Nevio, Plauto y Pacuvio que ellos mismos escribieron y que fue el que suscitó esta serie, así como dos poemas de Reinaldo Arenas y de Mario Benedetti, titulados Autoepitafio.

Ahora haremos un breve repaso sobre (auto)epitafios más o menos célebres. Y comenzamos por el autoepitafio hermoso y profundo que Alcuino de York escribió en latín para su tumba:

Hic, rogo, pauxillum veniens subsiste, viator.

Et mea scrutare pectore dicta tuo,

ut tua deque meis agnoscas fata figuris:

vertitur o species, ut mea, sicque tua.

Detente un poco, si aquí llegas, caminante.

Y reflexiona mis palabras en tu corazón,

a fin de que conozcas por mi ejemplo tu destino:

mutará, como la mía, la forma de tu cuerpo.

XJF373203 Alcuin of York, from 'Les Vrais Pourtraits et vies des hommes illustres' by Andre Thevet, 1584 (engraving) by Thevet, Andre (1504-92); Private Collection; (add. info.: Alcuin of York (c.735-804) English advisor to Charlemagne); French, out of copyright

 Alcuino de York, en “Les Vrais Pourtraits et vies des hommes illustres” de Andre Thevet, 1584; grabado de Thevet, Andre (1504-92). Colección privada

Quod nunc es fueram, famosus in orbe, viator,

et quod nunc ego sum, tuque futurus eris.

Delicias mundi casso sectabar amore,

nunc cinis et pulvis, vermibus atque cibus.

Lo que tú eres ahora, famoso en el mundo, lo he sido yo, caminante,

y lo que ahora soy, tú también lo serás.

Buscaba los placeres del mundo con un vano deseo,

ahora ceniza y polvo, y alimento para los gusanos

Quapropter potius animam curare memento,

quam carnem, quoniam haec manet, illa perit.

Cur tibi rura paras? quam parvo cernis in antro

me tenet hic requies: sic tua parva fiet.

Recuerda, pues, preocuparte más de tu alma,

que de tu cuerpo, porque aquélla permanece y éste muere.

¿Por qué te procuras bienes? Ves en qué pequeña tumba

me retiene el reposo: igual de pequeña será la tuya.

colegio-alcuino

Cur Tyrio corpus inhias vestirier ostro

quod mox esuriens pulvere vermis edet?

Ut flores pereunt vento veniente minaci,

sic tua namque, caro, gloria tota perit.

¿Por qué deseas cubrir con púrpura de Tiro tu cuerpo

que pronto en el polvo comerá el hambriento gusano?

Como las flores mueren cuando sopla el amenazador viento,

así también tu carne y toda tu gloria perecerá.

Tu mihi redde vicem, lector, rogo, carminis huius

et dic: “da veniam, Christe, tuo famulo.”

Obsecro, nulla manus violet pia iura sepulcri,

personet angelica donec ab arce tuba:

Tú págame en respuesta, lector, te lo ruego, a mi poema

Y di: “concede, o Cristo, el perdón a tu siervo”.

Te imploro que ninguna mano viole los piadosos derechos de este sepulcro,

hasta que la angélica trompeta haga resonar desde arriba estas palabras:

“qui iaces in tumulo, terrae de pulvere surge,

magnus adest iudex milibus innumeris.”

Alchuine nomen erat sophiam mihi semper amanti,

pro quo funde preces mente, legens titulum.

Tú que yaces en el túmulo, levántate del polvo de la tierra,

el juez supremo se presenta con miles innumerables”.

Mi nombre era Alcuino y fui siempre amante de la sabiduría,

eleva preces por mí de corazón al leer esta inscripción.

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Alcuino de York y otros clérigos presentan manuscritos a Carlomagno en el Palacio de Aquisgrán, ante su corte, (1830) óleo sobre lienzo de 134 x 100 cm., obra de Jean Victor Schnetz. Museo del Louvre, Ala Sully, 1ª piso, Galería Campana III, Sala 42

Hic requiescit beatae memoriae domnus Alchuinus abba, qui obiit in pace XIV. Kal. Iunias. Quando legeritis, o vos omnes, orate pro eo et dicite, ‘Requiem aeternam donet ei Dominus.’ Amen.

Aquí descansa el señor abad Alcuino, de feliz memoria, que murió en paz el día decimocuarto de las calendas de junio. Cuando lo leáis, o vosotros, todos, rogad por él y decid: “El Señor le dé el descanso eterno”. Amén

piensa-mortal

Suponemos que es un autoepitafio el que se puede leer en una lápida, que descansa sobre el suelo, en la parte derecha del primer pasillo central del cementerio de San José de Castellón, y que, en algo, parece inspirarse en el de Alcuino. Alguien, nacido en 1828 y muerto en 1911, hizo escribir sobre su lápida:

“Piensa, mortal, quien fuera que tu fueres, que fui lo que tú eres. No hay edad prefijada: tal vez hoy seas lo que yo soy. No te importa mi nombre tan siquiera. Yace aquí quien te espera.”

Autoepitafio bastante estoico, que comenta la fugacidad de la vida, destaca por su humildad, pero termina con un claro aviso de nuestra fecha de caducidad. No es despreciable tampoco la rima (fueres-eres, hoy-soy, siquiera-espera).

Un (auto)epitafio que siempre me ha gustado es el de esta inscripción funeraria romana hallada en el año 1823 en un viñedo de la localidad de Siscia (Pannonia Superior), actual ciudad de Sisak, en Croacia, condado de Sisak-Moslavina. Se conserva en el Museo Nacional Húngaro de Budapest (Magyar Nemzeti Múzeum) con número en el CIL (Corpus Inscriptionum Latinarum)) 03, 03980.

Éste es el texto latino:

D M

POSITVS EST HIC LEBVRNA

MAGISTER MIMARIORVM

[ ]VI VICXIT ANNOS PLVS

[ ]INVS CENTVM

[ ]IQVOTIES MORTVVS

[ ] SET SIC NVNQVAM

[ ]S AD SVPEROS BENE

[ ]LERAE

epitafi-leburna

D(is) M(anibus) / positus est hic Leburna / magister mimariorum / [q]ui vicxit(!) annos plus / [m]inus centum / [al]iquoties mortuus / [sum] set sic nunquam / [opto v]os ad superos bene / [va]ler{a}e

A los dioses Manes. Aquí yace Leburna, jefe de una compañía teatral, que vivió más o menos cien años; algunas veces hice de muerto, pero nunca así. Deseo que os vaya bien arriba.

No me negarán que el cómico no guardó su ironía hasta su muerte.

Hablando de actores y teatro, hay dos personajes que usaron una expresión similar en su lecho de muerte: el emperador Augusto y Francois Rabelais.

De este último se dice que exclamó en su lecho de muerte:

Tirez le rideau, la farce est joueé. (Bajad el telón, la función ha terminado).

francois-rabelais-retrato

Retrato de Francois Rabelais (siglo XVII), óleo sobre lienzo de 48 x 40 cm., de autor anónimo. Musée National du Château et des Trianons, Versalles.

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moneda-de-demetrio-poliorcetes

Moneda que muestra la efigie de Demetrio I de Macedonia, Poliorcetes. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Finalizábamos el capítulo anterior dedicado a extractar el apartado Sócrates, educador, dentro del capítulo II (La herencia de Sócrates), del libro III (En busca del centro divino) de la Paideia de Jaeger, con la anécdota del filóofo Estilpón y el emperador Demetrio Poliorcetes, que finalizaba con la frase: “La paideia no se la ha llevado nadie de mi casa”.

Así lo narra Diógenes Laercio en Vidas de los filósofos, II, 115

Ἀλλὰ καὶ Δημήτριος ὁ Ἀντιγόνου καταλαβὼν τὰ Μέγαρα τήν τε οἰκίαν αὐτῷ φυλαχθῆναι καὶ πάντα τὰ ἁρπασθέντα προὐνόησεν ἀποδοθῆναι. Ὅτε καὶ βουλομένῳ παρ’ αὐτοῦ τῶν ἀπολωλότων ἀναγραφὴν λαβεῖν ἔφη μηδὲν τῶν οἰκείων ἀπολωλεκέναι· παιδείαν γὰρ μηδένα ἐξενηνοχέναι, τόν τε λόγον ἔχειν καὶ τὴν ἐπιστήμην.

Cuando Demetrio, hijo de Antígono, tomó Megara, dejó libre la casa de Stilpón y le restituyó lo que se le había quitado en el saco de la ciudad. En esa ocasión, queriendo el rey le diese por escrito cuánto le habían quitado en el pillaje, le dijo: «Yo nada he perdido, pues nadie me ha quitado mi ciencia y poseo aún toda mi elocuencia y erudición».

La traducción es de José Ortiz Sanz, en Gredos.

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Y finalizamos con los extractos del capítulo y apartado indicados de la obra de Jaeger, en concreto, las páginas 451 a 457.

Esta frase es una nueva edición, ajustada al espíritu de los tiempos, del famoso dicho de uno de los siete sabios, Bías de Priene, dicho que todavía hoy circula por el mundo en su forma latina: omnia mea mecum porto. La suma y compendio de “todo lo que poseo” es para el hombre socrático la paideia: su forma interior de vida, su existencia espiritual, su cultura. En la lucha del hombre por su libertad interior en medio de un mundo en que reinaban las fuerzas elementales que la amenazaban, la paideia se convierte en un punto de resistencia invulnerable…

No en vano (Sócrates) aspira a conducir a los ciudadanos a la “virtud política” y a descubrir un nuevo camino para conocer su verdadera esencia. Aunque exteriormente viva en un periodo de disolución del estado, interiormente se halla todavía de lleno dentro de la antigua tradición griega para la que la polis era la fuente de los bienes supremos de la vida y de las normas de vida más altas, como lo atestigua de un modo verdaderamente impresionante el Critón platónico…

La educación para la virtud política que él pretende establecer presupone en primer lugar la restauración de la polis en su sentido moral interior.

Sócrates fue durante toda su vida un simple ciudadano de una democracia que confería a cualquiera el mismo derecho que a él de manifestarse sobre los problemas más altos del bien público. Por eso tenía que considerar su mandato especial como recibido de Dios y solamente de él. Sin embargo, los guardianes del estado creen descubrir, detrás del papel que este pensador levantisco se arroga, la rebelión del individuo espiritualmente superior contra lo que la mayoría considera bueno y justo y, por tanto, un peligro contra la seguridad del estado…

tovar-vida-de-socrates

Sócrates se siente interiormente vinculado a Atenas. Ni una sola vez abandonó esta ciudad más que para combatir por ella como soldado. No emprende grandes viajes como Platón ni sale siquiera delante de las murallas de los suburbios, pues ni el campo ni los árboles le enseñan nada. Habla del “cuidado del alma” predicado por él a propios y extraños, pero añade: “Mis prédicas se dirigían ante todo a los más próximos a mí por el nacimiento.”  Su “servicio de Dios” no se consagra a la “humanidad”, sino a su polis. Por eso no escribe, sino que se limita a hablar con los hombres presentes de carne y hueso. Por eso no profesa tesis abstractas, sino que se pone de acuerdo con sus conciudadanos acerca de algo común, premisa de toda conversación de esta naturaleza y que tiene su raíz en el origen y la patria comunes, en el pasado y la historia, en la ley y la constitución política comunes: la democracia ateniense…

Sócrates es uno de los últimos ciudadanos en el sentido de la antigua polis griega. Y es al mismo tiempo la encarnación y la suprema exaltación de la nueva forma de la individualidad moral y espiritual. Ambas cosas se unían en él sin medias tintas. Su primera personalidad apunta a un gran pasado, la segunda al porvenir. Es, en realidad, un fenómeno único y peculiar en la historia del espíritu griego. De la suma y la dualidad de aspiraciones de estos dos elementos integrantes de su ser brota su idea ético-política de la educación. Es esto lo que le da su profunda tensión interior, el realismo de su punto de partida y el idealismo de su meta final. Por primera vez aparece en el Occidente el problema del “estado y la iglesia”, que había de arrastrarse a lo largo de los sigloes posteriores. Pues este problema no es en modo alguno, como se demuestra en Sócrates, un problema específicamente cristiano. No se halla vinculado a una organización eclesiástica ni a una fe revelada, sino que se presenta también, en su fase correspondiente, en el desarrollo del “hombre natural” y de su “cultura”. Aquí no aparece como el conflicto entre dos formas de comunidad conscientes de su poder, sino como la tensión entre la conciencia de la personalidad humana individual de pertenecer a una comunidad terrenal y su conciencia de hallarse interior y directamente unida a Dios. Este Dios a cuyo servicio realiza Sócrates su obra de educador es un dios distinto de “los dioses en que cree la polis”. Si la acusación contra Sócrates versaba verdaderamente sobre este punto, daba realmente en el blanco…

Pero el conocimiento de la esencia y del poder del bien, que se apodera de su interior como una fuerza arrolladora, se convierte para él en un nuevo camino para encontrar a Dios. Es cierto que Sócrates no es capaz, por su modo espiritual de ser, de “reconocer ningún dogma”. Un hombre que vive y muere como vivió y murió él tiene sus raíces en Dios. El discurso en que dice que se debe obedecer a Dios más que al hombre encierra, indudablemente, una nueva religión, lo mismo que su fe en el valor, descollante por encima de todo, del alma…

De la raíz de esta confianza en Dios brota en Sócrates una nueva forma de espíritu heroico que imprime su sello desde el primer momento a la idea griega de la ἀρετή.

 

Hasta aquí los extractos de la Paideia de Werner Jaeger, quien empieza el capítulo II (La herencia de Sócrates), dentro del Libro III (En busca del centro divino).

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Sócrates es una de esas figuras imperecederas de la historia que se han convertido en símbolos. Del hombre de carne y hueso y del ciudadano ateniense nacido en el año 469 a. c. y condenado a muerte y ejecutado en el año 399 han quedado grabados pocos rasgos en la historia de la humanidad, al ser elevado por ésta al rango de uno de sus pocos “representantes”. A formar esta imagen no contribuyó tanto su vida ni su doctrina, en la medida en que realmente profesaba alguna, como la muerte sufrida por él en virtud de sus convicciones. La posteridad cristiana le discernió la corona de mártir precristiano y el gran humanista de la época de la Reforma, Erasmo de Rotterdam, le incluía audazmente entre sus santos y le rezaba: Sancte Socrates, ora pro nobis.

Quizá tengamos que unirnos a la fórmula de Erasmo para comprender la importancia de la vida, la palabra y la muerte de Sócrates.

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montescalayrafaelargullol

José Guillermo Montes Cala (izquierda) junto al poeta Rafael Argullol, que habló sobre Presencias Literarias en la UCA el 20-10-2011. El primero falleció prematuramente el 4-09-2014 a los 54 años

Llegamos, por fin, al último bloque de versos del poema Hero y Leandro, de Museo el Gramático, que hemos repasado con la inestimable ayuda de las notas y traducción de José Guillermo Montes Cala, en Gredos.

 

ἤλυθε δ’ ἠριγένεια καὶ οὐκ ἴδε νυμφίον Ἡρώ. 335

πάντοθι δ’ ὄμμα τίταινεν ἐς εὐρέα νῶτα θαλάσσης,

εἴ που ἐσαθρήσειεν ἀλωόμενον παρακοίτην

λύχνου σβεννυμένοιο. παρὰ κρηπῖδα δὲ πύργου

δρυπτόμενον σπιλάδεσσιν ὅτ’ ἔδρακε νεκρὸν ἀκοίτην,

δαιδαλέον ῥήξασα περὶ στήθεσσι χιτῶνα 340

ῥοιζηδὸν προκάρηνος ἀπ’ ἠλιβάτου πέσε πύργου.

κὰδ δ’ Ἡρὼ τέθνηκε σὺν ὀλλυμένῳ παρακοίτῃ.

ἀλλήλων δ’ ἀπόναντο καὶ ἐν πυμάτῳ περ ὀλέθρῳ.

 

Y llegó la Mañana y Hero no vio a su marido. A todas partes dirigía su mirada sobre la ancha superficie de la mar, por si en parte alguna avistaba, a la deriva, a su esposo, por haberse apagado el candil. Mas cuando, al pie de la torre, vio el cadáver de su esposo que los escollos habían magullado, rasgóse el artístico manto sobre sus pechos y con ímpetu de cabeza se arrojó de la escarpada torre. Y Hero encuentra la muerte junto a su marido muerto, y hasta en el mismo trance postrero de su mutua compañía gozaron.

 1. (δρυπτόμενον σπιλάδεσσιν = Que los escollos habían magullado = 339). Ya en Ovidio, Heroidas XVIII, 197 ss, Leandro, al pensar en su muerte, manifiesta su deseo de que el puerto de Sesto acoja sus náufragos miembros.

Aut mihi continget felix audacia salvo

aut mors solliciti finis amoris erit.

optabo tamen ut partis expellar in illas

et teneant portus naufraga membra tuos.

flebis enim tactuque meum dignabere corpus

et ‘mortis,’ dices, ‘huic ego causa fui!’

scilicet interitus offenderis omine nostri,

litteraque invisa est hac mea parte tibi.

desino; parce queri.

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O tengo suerte en la osadía y sigo vivo, o la muerte será el fin de mi angustiado amor. Querrá de todas formas que el mar me eche por esa parte y que tu puerto recoja mi cuerpo naufragado. Porque me llorarás y regalarás mi cadáver con tus caricias y dirás: De su muerte yo he sido la culpable. ¿No es verdad que te hace daño el presagio de mi muerte, y que esta parte de mi carta te resulta odiosa? Ya lo dejo, no te quejes más.

Traducción de Ana Pérez Vega, en Gredos.

2. (δαιδαλέον ῥήξασα … χιτῶνα = Rasgóse el artístico manto = 340). La reacción de Hero se asemeja a la de Alción en Ovidio, Metamorfosis XI, 725.

Aquí del 719 al 730:

Qui foret, ignorans, quia naufragus, omine mota est

et, tamquam ignoto lacrimam daret, ‘heu! miser,’ inquit

“quisquis es, et siqua est coniunx tibi!” fluctibus actum

fit propius corpus: quod quo magis illa tuetur,

hoc minus et minus est mentis, vae! iamque propinquae

admotum terrae, iam quod cognoscere posset,

cernit: erat coniunx! “ille est!” exclamat et una

ora, comas, vestem lacerat tendensque trementes

ad Ceyca manus “sic, o carissime coniunx,

sic ad me, miserande, redis?” ait. adiacet undis

facta manu moles, quae primas aequoris iras

frangit et incursus quae praedelassat aquarum.

De quién fuera ignorante ella, porque náufrago, del presagio conmovida quedó,

y como a un desconocido que su lágrima ofreciera: «Ay, desgraciado», dice,

«quien quiera que eres, y si alguna mujer tienes». Por el oleaje llevado

se hace más cercano el cuerpo. El cual, mientras más ella lo escruta,

por ello menos cada vez de su mente es dueña, y ya a la vecina

tierra allegado, ya cual conocerlo pudiera,

lo distingue: era su esposo. «Él es», grita, y a una,

cara, pelo y vestido lacera, y tendiendo temblorosas

a Ceix sus manos: «¿Así, oh queridísimo esposo,

así a mí, triste, regresas?», dice. Adyacente hay a las olas,

hecha a mano, una mole que del mar las primeras iras

rompe, junto a las embestidas que ella previamente fatiga de las aguas

La traducción es de Ana Pérez Vega, en Wikisource.

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3. (τέθνηκε σὺν ὀλλυμένῳ παρακοίτῃ = Encuentra la muerte junto a a su marido muerto = 342). La muerte de Hero nos recuerda en sus pormenores a la de Enone en Licofrón, Alejandra, 65 ss. También Enone se suicidirá arrojándose de lo alto de la muralla sobre el cadáver de Paris, su marido.

αὐτὴ δὲ φαρμακουργός, οὐκ ἰάσιμον

ἕλκος δρακοῦσα τοῦ ξυνευνέτου λυγρὸν

Γιγαντοραίστοις ἄρδισιν τετρωμένου

πρὸς ἀνθοπλίτου, ξυνὸν ὀγχήσει μόρον,

Πύργων ἀπ᾽ ἄκρων πρὸς νεόδμητον νέκυν

ῥοιζηδὸν ἐκβράσασα κύμβαχον δέμας:

πόθῳ δὲ τοῦ θανόντος ἠγκιστρωμένη,

ψυχὴν περὶ σπαίροντι φυσήσει νεκρῷ.

y, aunque sabia en remedios, al ver que no curable

será la grave herida que en singular encuentro

le hicieron las saetas que a Gigantes mataran,

una suerte común decidirá arrostrar,

sobre el recién caido de cabeza con ímpetu

lanzárase de lo alto de la muralla y su alma

exhalara, ante el cuerpo palpitante, de amor

subyugada hacia aquel cuya muerte esté viendo.

 

La traducción es de Manuel y Emilio Fernández Galiano, en Gredos.

Sobre el suicidio de Hero por amor, cf. también Virgilio, Geórgicas III, 263.

Aquí 258 a 263:

Quid iuuenis, magnum cui uersat in ossibus ignem

durus amor? nempe abruptis turbata procellis

nocte natat caeca serus freta, quem super ingens

porta tonat caeli, et scopulis inlisa reclamant

aequora; nec miseri possunt reuocare parentes,

nec moritura super crudeli funere uirgo.

¿Qué pensar de aquel joven, a quien el irrefrenable amor mete en sus huesos violento fuego? En efecto, durante la ciega noche, cruza tardío a nado los mares agitados por la tempestas desencadenada; sobre su cabeza truena la inmensa puerta del cielo, y las olas, estrellándose contra las rocas, lo llaman hacia atrás; pero ni las desgracias de sus padres, ni la joven que, si él muere, morirá también con cruel muerte, lo pueden detener.

La traducción es de Tomás de la Ascensión Recio García, en Gredos.

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eneida

Estábamos ofreciendo los versos 41 a 101 del canto VI de la Eneida de Virgilio, en los que aparece la Sibila de Cumas en pleno trance extático. Además, en los versos 71 a 74, tenemos la referencia a la colocación de los oráculos sibilinos bajo el pedestal de la estatua de Apolo en el Capitolio, y al colegio de los sacerdotes dedicados a su culto.

 

Tuque, o sanctissima uates,

praescia uenturi, da (non indebita posco

regna meis fatis) Latio considere Teucros

errantisque deos agitataque numina Troiae.

tum Phoebo et Triuiae solido de marmore templum

instituam festosque dies de nomine Phoebi. 70

Te quoque magna manent regnis penetralia nostris:

hic ego namque tuas sortis arcanaque fata

dicta meae genti ponam, lectosque sacrabo,

alma, uiros. Foliis tantum ne carmina manda,

ne turbata uolent rapidis ludibria uentis; 75

ipsa canas oro.’ finem dedit ore loquendi.

Y tú, ¡Oh santa sacerdotisa, sabedora de lo porvenir, concede a los Teucros y a sus errantes dioses, fatigados númenes de Troya, que logren por fin tomar asiento en el Lacio! No pido reinos que no me estén prometidos por los hados. Entonces erigiré un templo todo de mármol a Febo y a Hécate, e instituiré días festivos, a que daré el nombre de Febo. Tú también tendrás en mi reino un magnífico santuario, en el que guardaré tus oráculos y los secretos hados que anuncies a mi nación, y te consagraré ¡Oh alma virgen! varones escogidos. Sólo te ruego que no confíes tus oráculos a hojas que, revueltas, sean juguete de los vientos; anúncialos tú misma.” Esto dijo Eneas.”

 

At Phoebi nondum patiens immanis in antro

bacchatur uates, magnum si pectore possit

excussisse deum; tanto magis ille fatigat

os rabidum, fera corda domans, fingitque premendo. 80

ostia iamque domus patuere ingentia centum

sponte sua uatisque ferunt responsa per auras:

‘o tandem magnis pelagi defuncte periclis

(sed terrae grauiora manent), in regna Lauini

Dardanidae uenient (mitte hanc de pectore curam), 85

sed non et uenisse uolent. bella, horrida bella,

et Thybrim multo spumantem sanguine cerno.

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Paisaje con Eneas y la Sibila de Cumas (1841), óleo sobre lienzo de 105,5 x 157 cm., de Auguste Albert Zimmermann. National Trust, Hatchlands Park, East Clandon, Guildford

En tanto, aún no sometida del todo a Febo, revuélvese en su caverna la terrible Sibila, procurando sacudir de su pecho el poderoso espíritu del dios; pero cuanto más ella se esfuerza, tanto más fatiga él su espumante boca, domando aquel fiero corazón e imprimiendo en él su numen. Ábrense, en fin, por sí solas las cien grandes puertas del templo, y llevan los aires las respuestas de la Sibila. “¡Oh tú! que al fin te libraste, exclama, de los grandes peligros del mar, pero otros mayores te aguardan en tierra. Llegarán sí, los grandes descendientes de Dárdano a los reinos de Lavino; arranca del pecho ese cuidado; pero también desearán algún día no haber llegado a ellos. Veo guerras, horribles guerras, y al Tíber arrastrando olas de espumosa sangre;

 

Non Simois tibi nec Xanthus nec Dorica castra

defuerint; alius Latio iam partus Achilles,

natus et ipse dea; nec Teucris addita Iuno 90

usquam aberit, cum tu supplex in rebus egenis

quas gentis Italum aut quas non oraueris urbes!

causa mali tanti coniunx iterum hospita Teucris

externique iterum thalami.

no te faltarán aquí ni el Simois, ni el Janto, ni los campamentos griegos. Ya tiene el Lacio otro Aquiles, hijo también de una diosa; tampoco te faltará aquí Juno, siempre enemiga de los Troyanos, con lo cual, ¿A qué naciones de Italia, a qué ciudades no irás, suplicante, a pedir auxilio en tus desastres? Por segunda vez una esposa extranjera, por segunda vez un himeneo extranjero será la causa de tantos males para os troyanos…

Tu ne cede malis, sed contra audentior ito, 95

qua tua te Fortuna sinet. uia prima salutis

(quod minime reris) Graia pandetur ab urbe.’

Talibus ex adyto dictis Cumaea Sibylla

horrendas canit ambages antroque remugit,

obscuris uera inuoluens: ea frena furenti 100

concutit et stimulos sub pectore uertit Apollo.

Tú, empero, no sucumbas a la desgracia; antes bien, cada vez más animoso, ve hasta donde te lo consienta la fortuna. Una ciudad griega, y es lo que menos esperas, te abrirá el primer camino de la salvación.” Con tales palabras anuncia entre rugidos la Sibila de Cumas, desde el fondo de su cueva, horrendos misterios, envolviendo en términos oscuros cosas verdaderas; de esta suerte rige Apolo sus arrebatos y aguija su aliento.

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Eneas con la Sibila y Caronte (1695-1697), óleo sobre lienzo, de 130 x 127 cm., de Giuseppe Maria Crespi. Kunsthistorisches Museum, Gemäldegallerie, Sala VI, Viena

A continuación, Eneas solicita a la Sibila que le indique el camino hacia el Averno, para poder ver a su padre Anquises. La respuesta de la Sibila va del verso 125 al 155 de este canto VI:

cum sic orsa loqui uates: ‘sate sanguine diuum, 125

Tros Anchisiade, facilis descensus Auerno:

noctes atque dies patet atri ianua Ditis;

sed reuocare gradum superasque euadere ad auras,

hoc opus, hic labor est. pauci, quos aequus amauit

Iuppiter aut ardens euexit ad aethera uirtus, 130

dis geniti potuere. tenent media omnia siluae,

Cocytusque sinu labens circumuenit atro.

Y así le contestó la Sibila: Descendiente de la sangre de los dioses, troyano, hijo de Anquises, fácil es la bajada al Averno; día y noche está abierta la puerta del negro Dite; pero retroceder y restituirse a las auras de la tierra, esto es o arduo, esto es o difícil; pocos, y del linaje de los dioses, a quienes fue Júpiter propicio, o a quienes una ardiente virtud remontó a los astros, pudieron lograrlo. Todo el centro del Averno está poblado de selvas que rodea el Cocito con su negra corriente.

Quod si tantus amor menti, si tanta cupido est

bis Stygios innare lacus, bis nigra uidere

Tartara, et insano iuuat indulgere labori, 135

accipe quae peragenda prius. latet arbore opaca

aureus et foliis et lento uimine ramus,

Iunoni infernae dictus sacer; hunc tegit omnis

lucus et obscuris claudunt conuallibus umbrae.

Mas, si un tan grande amor te mueve, si tanto afán tienes de cruzar dos veces el lago Estigio, de ver dos veces el negro Tártaro, y estás decidido a probar la insensata empresa, oye lo que has de hacer ante todo. Bajo la opaca copa de un árbol se oculta un ramo, cuyas hojas y flexible tallo son de oro, el cual está consagrado a la Juno infernal; todo el bosque le oculta y las sombras le encierran entre tenebrosos valles.

 

La traducción de Eugenio de Ochoa, disponible en Wikisource.

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Eugenio de Ochoa (ca 1860), busto en mármol, de 61  x 34 x 25, de Ponciano Ponzano y Gascón. Museo Nacional del Romanticismo de Madrid

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(Auto)epitafios (I)

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Permítasenos, ante todo, el uso en el título de este artículo de una palabra inexistente en el diccionario de la RAE, aunque bastante usada en la red.

La “musa”, el inspirador ha sido de nuevo Aulo Gelio, quien, en sus Noches Áticas I, XXIV aporta los epitafios, compuestos por ellos mismos, de tres antiguos poetas latinos: Nevio, Plauto y Pacuvio.

XXIV. Tria epigrammata trium veterum poetarum, Naevii, Plauti, Pacuvii, quae facta ab ipsis sepulcris eorum incisa sunt.

XXIV. Tres epitafios de tres poetas antiguos, Nevio, Plauto y Pacuvio, compuestos por ellos mismos y grabados en sus tumbas.

1. Trium poetarum inlustrium epigrammata, Cn. Naevii, Plauti, M. Pacuvii, quae ipsi fecerunt et incidenda sepulcro suo reliquerunt, nobilitatis eorum gratia et venustatis scribenda in his commentariis esse duxi.

1 Consideré que era un homenaje a su belleza y nobleza escribir en estos comentarios los epitafios de tres poetas ilustres, C. Nevio, Plauto y M. Pacuvio, compuestos por ellos y mandados grabar sobre sus tumbas.

 

nevio

Cneo Nevio

 2. Epigramma Naevi plenum superbiae Campanae, quod testimonium iustum esse potuisset, nisi ab ipso dictum esset:

inmortales mortales si foret fas flere,

fierent divae Camenae Naevium poetam.

itaque postquam est Orcho traditus thesauro,

obliti sunt Romae loquier lingua Latina.

2 El epitafio de Nevio, lleno de orgullo campano, podría haber sido un testimonio justo, si no hubiera sido dictado por él:

“Si estuviera permitido que los dioses lloraran por los hombres, las Camenas

llorarían al poeta Nevio, porque, después que fue entregado

a las moradas del Orco, en Roma se han olvidado de hablar en latín”.

 

Cebrià Montserrat, en su traducción de la colección Bernat Metge, nos dice, respecto al orgullo de Nevio, que, en efecto, los habitantes de la Campania pasaban por ser muy orgullosos.

3. Epigramma Plauti, quod dubitassemus, an Plauti foret, nisi a M. Varrone positum esset in libro de poetis primo:

postquam est mortem aptus Plautus, Comoedia luget,

scaena est deserta, dein Risus, Ludus Iocusque

et Numeri innumeri simul omnes conlacrimarunt.

3 El epitafio de Plauto, de cuya autenticidad dudaríamos si no hubiera sido incluido por M, [Terencio] Varrón en el libro I de su obra Los poetas, es éste:

“Desde que Plauto murió, la comedia llora,

la escena está desierta, y juntos lloran la Risa, el Juego,

la Diversión y los Versos multirrítmicos”.

 

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4. Epigramma Pacuvii verecundissimum et purissimum dignumque eius elegantissima gravitate: adulescens, tam etsi properas, hoc te saxulum rogat ut se aspicias, deinde, quod scriptum est, legas.

Hic sunt poetae Pacuvi Marci sita

ossa. Hoc volebam, nescius ne esses. Vale.

4 El epitafio de Pacuvio es muy modesto, muy escueto, sobrio y elegante: “Muchacho, aunque llevas prisa, esta piedra te ruega que la mires y que a continuación leas lo que está escrito:

“Aquí yacen los huesos del poeta Marco Pacuvio.

Quería que lo supieras. Adiós”

La traducción es de Manuel-Antonio Marcos Casquero y Avelino Domínguez García, en ediciones de la Universidad de León, 2006. En notas al pie dicen:

Camenas: Las Musas.

Los poetas: Obra perdida de Varrón, solo mencionada por Gelio en este pasaje y en 17,21,43.

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El poeta cubano Reinaldo Arenas (1943-1990), autor de una obra mágico-realista y opuesto al régimen castrista, escribió este autoepitafio:

Mal poeta enamorado de la luna,

no tuvo más fortuna que el espanto;

y fue suficiente pues como no era un santo

sabía que la vida es riesgo o abstinencia,

que toda gran ambición es gran demencia

y que el más sórdido horror tiene su encanto.

Vivió para vivir que es ver la muerte

como algo cotidiano a la que apostamos

un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte.

Supo que lo mejor es aquello que dejamos

-precisamente porque nos marchamos-.

Todo lo cotidiano resulta aborrecible,

sólo hay un lugar para vivir, el imposible.

Conoció la prisión, el ostracismo,

el exilio, las múltiples ofensas

típicas de la vileza humana;

pero siempre lo escoltí cierto estoicismo

que le ayudó a caminar por cuerdas tensas

o a disfrutar del esplendor de la mañana.

Y cuando ya se bamboleaba surgía una ventana

por la cual se lanzaba al infinito.

No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito,

ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto

(ni después de muerto quiso vivir quieto).

Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar

donde habrán de fluir constantemente.

No ha perdido la costumbre de soñar:

espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.

(Nueva York, 1989)

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Otro poeta sudamericano Mario Benedetti, tiene su propio autoepitafio:

Autoepitafio

Algunos dicen que morí de pena;

de veras no me acuerdo; sé que había

una nube blanquísima en el cielo

y un ave errante que dejaba huellas

y me parece que eran de alegría.

Otros sostienen que morí de gozo;

yo tampoco me acuerdo; sé que había

un jilguero encantado con su canto

y un sauce que evaluaba con la lluvia

su cotejo de lágrimas prolijas.

Sí recuerdo que había conocidos,

gente expansiva, ufana como pocas;

hablaban del mercado de valores

de arte culinaria, de informática

de fútbol, de tabernas, de amnistía…

De pronto llegó un soplo de silencio;

todo quedó en un coro de callados;

se miraron perplejos, porque en medio

de aquella vanagloria de la nada

una muchacha pronunció mi nombre.

Aquí se puede escuchar, recitado por él mismo:

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La muerte de Sócrates (1787), óleo sobre lienzo de 129,5 x 196,2 cm., de Jacques Louis David. Metropolitan Museum of Art, Nueva York

Tras ofrecer una nueva tanda de fuentes clásicas sobre Sócrates, retornamos a la Paideia de Jaeger, y, en concreto, a las páginas 447 a 451 del apartado Sócrates, educador, dentro del capítulo II (La herencia de Sócrates), del libro III (En busca del centro divino), páginas 403 a 457 estamos glosando.

Sócrates es piadoso y valiente, justo y moderado a un tiempo. Su vida es a la par combate y servicio de Dios. No descuida los deberes del culto a los dioses, y esto le permite decir a quien sólo es piadoso en este sentido externo que existe un temor de Dios más alto que éste. Luchó y se distinguió en todas las campañas de su patria; esto le autoriza a hacer comprender a los más altos caudillos del ejército ateniense que las victorias logradas con la espada en la mano no son las únicas que puede alcanzar el hombre. Por eso Platón distingue entre las virtudes vulgares del ciudadano y la elevada perfección filosófica. Para él la personificación de este superhombre moral es Sócrates. Aunque lo que Platón diría es que sólo él posee la “verdadera” areté humana.

Si examinamos la paideia socrática en el relato de Jenofonte, como lo hacíamos más arriba para echar una primera ojeada a la variedad de su contenido, nos parece que está formada por una multitud de problemas prácticos concretos de la vida humana. Si, por el contrario, la enfocamos a la luz de la concepción platónica, se nos revelará de golpe la unidad interior que preside esta diversidad de lo concreto; más aún, nos daremos cuenta por fin de que el saber socrático o frónesis no tiene más objeto que uno: el conocimiento del bien. Pero si toda la sabiduría culmina en un solo conocimiento, al que nos hace remontarnos necesariamente todo intento de determinar y precisar cualquier bien humano, entre el objeto sobre que recae este saber y la naturaleza más íntima de las aspiraciones y la voluntad del hombre tendrá que existir necesariamente una relación esencial. Sólo después de descubrir éstas vemos claramente hasta qué punto la tesis socrática de la virtud como saber tiene sus raíces en toda la concepción socrática del universo y del hombre. Es cierto que Sócrates no llegó a desarrollar una antropología filosófica completa, pues esto sólo lo hizo Platón. Sin embargo, a los ojos de Platón esta antropología filosófica se hallaba ya implícita en Sócrates.

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 Bastaba seguir en todas sus consecuencias una tesis sostenida reiteradamente por éste para desarrollarla. En ella, lo mismo que en las dos tesis de la virtud como saber y de la unidad de la virtud, se condensaba toda una metafísica en tres palabras: οὐδεὶς ἑκόντως ἁμαρτάνει (nadie yerra voluntariamente).

Con esta tesis el carácter paradójico de la sabiduría educativa de Sócrates llega a su culminación. Y al mismo tiempo explica la dirección en que Sócrates orienta toda la energía de sus esfuerzos. La experiencia del individuo y la de la sociedad humana, recogida en la legislación y en la concepción jurídica vigentes, con su distinción usual entre los actos y las infracciones voluntarios e involuntarios, parece corroborar como exacto lo contrario de la tesis socrática. Esta distinción se empalma también al factor saber de la conducta humana y valora de un modo radicalmente distinto las infracciones cometidas consciente o inconscientemente. En cambio, la idea socrática lleva implícita la premisa de que el desafuero consciente no puede existir, pues ello llevaría aparejada la existencia de desafueros voluntarios.

 Sócrates no puede reconocer la distinción entre una conducta ilícita consciente e inconsciente por la sencilla razón de que el desafuero es un mal y la justicia un bien y de que la naturaleza del bien lleva implícito que quien lo reconozca como bien lo apetezca. La voluntad humana se sitúa así en el centro de nuestras consideraciones…

Para Sócrates constituye una contradicción consigo misma la de que la voluntad pueda querer el mal sabiendo que lo es. Parte, pues, de la premisa de que la voluntad humana tiene un sentido. Y el sentido de la voluntad no es el de destruirse ni el de dañarse a sí misma, sino el de su conservación y construcción…

Platón le hace establecer entre el apetito y la voluntad la distinción estricta de que La verdadera voluntad sólo descansa en el verdadero conocimiento del bien que le sirve de meta… Allí donde la voluntad se concibe de este modo positivo y consciente de su fin, se basa siempre por naturaleza en el saber y la consecución de este saber, cuando es posible, representa la perfección humana.

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El concepto decisivo para la historia de la paideia es el concepto socrático del fin de la vida. A través de él se ilumina de un modo nuevo la misión de toda educación: ésta no consiste ya en el desarrollo de ciertas capacidades ni en la trasmisión de ciertos conocimientos; al menos, esto sólo puede considerarse ahora como medio y fase en el proceso educativo. La verdadera esencia de la educación consiste en poner al hombre en condiciones de alcanzar la verdadera meta de su vida. Se identifica con la aspiración socrática al conocimiento del bien, con la frónesis. Y esta aspiración no puede circunscribirse a los pocos años de una llamada cultura superior. Sólo puede alcanzar su fin a lo largo de toda la vida del hombre; de otro modo, no lo alcanza. Esto hace que cambie el concepto de la esencia de la paideia. La cultura en sentido socrático se convierte en la aspiración a una ordenación filosófica consciente de la vida que se propone como meta cumplir el destino espiritual y moral del hombre. El hombre, así concebido, ha nacido para la paideia. Ésta es su único patrimonio verdadero.

El hecho de que en esta concepción concuerden todos los socráticos indica que debió de tener por autor a Sócrates, aunque él dijese de sí mismo que no sabía “educar a los hombres”. Podríamos aportar numerosas citas de las que se deduce cómo el concepto y el sentido de la paideia se amplían y se ahondan interiormente con el giro socrático y cómo se exalta hasta el máximo el valor de este bien para el hombre. Pero baste citar en apoyo de esto una frase del filósofo Estilpón, uno de los principales representantes de la escuela socrática de Megara, fundada por Euclides. Cuando Demetrio Poliorcetes, después de la conquista de Megara, quiso demostrar al filósofo su buena voluntad e indemnizarle del saqueo de su casa, le rogó que le presentase una lista de todas las cosas de su propiedad que habían desaparecido. A lo cual contestó irónicamente Estilpón: “La paideia no se la ha llevado nadie de mi casa.”

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Estilpón de Megara, pintado en la Crónica de Nuremberg

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Ofrecíamos en el anterior capítulo de esta serie los versos 323 a 332 del poema Hero y Leandro de Museo y la nota al verso 325 a cargo de José Guillermo Montes Cala, en su edición de Gredos. Pues bien, seguimos con notas a versos de aquel bloque.

1. (καὶ σθένος ἦν ἀνόνητον ἀκοιμήτων παλαμάων = y de sus paralizadas manos no podía sacar fuerzas para tomar impulso = 326)

A Odiseo también le flaquearon las fuerzas en medio de las aguas, cf. Odisea V, 406, 416.

406:

καὶ τότ’ Ὀδυσσῆος λύτο γούνατα καὶ φίλον ἦτορ,

Entonces desmayaron las rodillas y el corazón de Odiseo

415-416:

μή πώς μ’ ἐκβαίνοντα βάλῃ λίθακι ποτὶ πέτρῃ

κῦμα μέγ’ ἁρπάξαν· μελέη δέ μοι ἔσσεται ὁρμή.

No sea que, cuando me disponga a salir, ingente ola me arrebate y de conmigo en el pétreo peñasco; y me salga en vano mi intento.

2 (ἀμαιμακέτου ἅλμης = 328 = de la irresistible mar salada). Como Ayante en Odisea IV, 511.

τῷ ῥ’ Αἴας τὸ πρῶτον ἐφεζόμενος μέγ’ ἀάσθη·

τὸν δ’ ἐφόρει κατὰ πόντον ἀπείρονα κυμαίνοντα.

[ὣς ὁ μὲν ἔνθ’ ἀπόλωλεν, ἐπεὶ πίεν ἁλμυρὸν ὕδωρ.]

en el cual hubo de sentarse Ayante anteriormente para recibir gran daño, cayó en el piélago y llevóse al héroe al inmenso y undoso ponto. Y allí murió, después de engullir la salobre agua del mar.

3 (λύχνον ἄπιστον = Candil traicionero = 329). En Antología Palatina VII 666 (Antípatro de Tesalónica) también se denomina “traidor” al candil y “malvado” al viento.

ΑΝΤΙΠΑΤΡΟΥ ΘΕΣΣΑΛΟΝΙΚΕΩΣ

Οὗτος ὁ Λειάνδροιο διάπλοος, οὗτος ὁ πόντου

πορθμὸς ὁ μὴ μούνῳ τῷ φιλέοντι βαρύς·

ταῦθ᾿ ῾Ηροῦς τὰ πάροιθεν ἐπαύλια, τοῦτο τὸ πύργου

λείψανον· ὁ προδότης ὧδ᾿ ἐπέκειτο λύχνος.

κοινὸς δ᾿ ἀμφοτέρους ὅδ᾿ ἔχει τάφος, εἰσέτι καὶ νῦν

κείνῳ τῷ φθονερῷ μεμφομένους ἀνέμῳ.

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Hero encendiendo el faro para Leandro, óleo sobre lienzo de 29 x 31 cm., de Edward Burne-Jones. Vendido por Christie’s en 2012

Antípatro de Tesalonia; Antología Griega VII, 666:

Éste es el lugar que atravesaba Leandro, este el estrecho de mar, molesto no sólo para uno de los amantes. Aquí Hero había tenido su morada, aquí están las ruinas de la torre, aquí está la lámpara traidora, [los amantes] tienen una sepultura común para los dos, aún ahora éstos están haciendo reproches al envidioso viento.

La traducción está sacada del trabajo La moralización del Leandro de Boscán: orígenes, difusión e interpretación de una fábula, de Bienvenido Morros Mestres.

Pocos versos antes (v. 304) Museo ha llamado “cruel y traicionero” también a la señal luminosa que proviene de la torre.

… διακτορίη δέ σε πύργου

ἠθάδα σημαίνουσα φαεσφορίην ὑμεναίων

μαινομένης ὤτρυνεν ἀφειδήσαντα θαλάσσης

νηλειὴς καὶ ἄπιστος…

y el recado de la torre, que de costumbre era la señal luminosa de los himeneos, te incitaba, cruel y traicionero, a no tomar cuidado de la mar enloquecida.

4. (νείκεσε δ᾽ ἀγριόθυμον = Hero increpó con violentas palabras = 331). las quejas de Hero en Ovidio, Heroidas XIX, 21 ss.:

Aut ego cum cana de te nutrice susurro,

quaeque tuum, miror, causa moretur iter;

aut mare prospiciens odioso concita vento

corripio verbis aequora paene tuis;

aut ubi saevitiae paulum gravis unda remisit,

posse quidem, sed te nolle venire, queror;

dumque queror lacrimae per amantia lumina manant,

pollice quas tremulo conscia siccat anus.

O bien cuchicheo con mi nodriza cosas de ti y le pregunto extrañada qué causa hay que retrase tu partida, o miro al mar y casi con tus mismas palabras insulto las aguas revueltas por el odioso viento, o cuando la malvada ola abandona por un tiempo su crueldad, me lamento de que, pudiendo venir ya, no quieres, y mientras me lamento llueven lagrimas de mis ojos enamorados, que mi anciana cómplice seca con sus temblorosos dedos.

La traducción es de Ana Pérez Vega, en Gredos.

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En Antología Palatina VII 666, 6 (como hemos visto) son ambos, Hero y Leandro, los que aun despues de haber muerto lanzan sus denuestos contra el malvado viento.

5. (φθιμένοιο μόρον θέσπισσε Λεάνδρου = Presagió la suerte de Leandro muerto = 332). Sobre este presagio de Hero, cf. Ovidio, Heroidas XIX, 191 s.:

Sed mihi, caeruleas quotiens obvertor ad undas,

nescio quid pavidum frigore pectus habet.

Nec minus hesternae confundor imagine noctis,

quamvis est sacris illa piata meis.

Namque sub aurora iam dormitante lucerna

somnia quo cerni tempore vera solent,

stamina de digitis cecidere sopore remissis

collaque pulvino nostra ferenda dedi.

Hic ego ventosas nantem delphina per undas

cernere non dubia sum mihi visa fide:

quem postquam bibulis illisit fluctus harenis,

unda simul miserum vitaque deseruit.

Quidquid id est, timeo; nec tu mea somnia ride

nec nisi tranquillo bracchia crede mari.

 

Pero a mi cada vez que me pongo frente al azul de las olas un no sé qué espantoso me sobrecoge y me hiela el pecho. No menos me preocupa la visión de ayer por la noche, aunque la he expiado con sacrificios. Era casi al amanecer, cuando ya la lámpara dormitaba, en ese momento en que aparecen los sueños verídicos; las hebras se me cayeron de entre las manos, rendidas por el sopor, y deje que en la almohada se recostase mi cuello. En esto que me pareció ver sin lugar a dudas un delfín que nadaba por las olas azotadas por el viento: el oleaje lo estrello contra la esponjosa arena, y en ese instante, a la vez que el agua, lo abandono al pobre la vida. Me da miedo, sea lo que sea; y en cuanto a ti, no te rías de mis sueños y no confíes tus brazos al mar si no está en calma.

La traducción es de Ana Pérez Vega, en Gredos.

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Antología Palatina IX, 381, 5 ss.:

Ya hablamos en los capítulos VII y XL de este epigrama, que es un centón homérico, formado por entero con versos de la Ilíada y la Odisea, que hemos indicado en la traducción, que es de Jose Manuel Pabón para la Odisea y Emilio Crespo Güemes, en el caso de la Ilíada:

ΓΡΑΜΜΑΤΙΚΟΥ ΤΙΝΟΣ

᾿Ακτῇ ἐπὶ προὐχούσῃ, ἐπὶ πλατεῖ ῾Ελλησπόντῳ,

παρθένος αἰδοίη ὑπερώιον εἰσαναβᾶσα

πύργῳ ἐφεστήκει γοόωσά τε μυρομένη τε·

χρύσεον λύχνον ἔχουσα φάος περικαλλὲς ἐποίει,

κεῖνον ὀιομένη τὸν κάμμορον, εἴ ποθεν ἔλθοι

νηχόμενος, καὶ λαῖτμα τάχισθ᾿ ἁλὸς ἐκπεράασκε

νύκτα δι᾿ ἀμβροσίην, ὅτε θ᾿ εὕδουσι βροτοὶ ἄλλοι·

ῥόχθει γὰρ μέγα κῦμα ποτὶ ξερὸν ἠπείροιο.

ὅσσαι γὰρ νύκτες τε καὶ ἡμέραι ἐκγεγάασι,

παρθένος ἠίθεός τ᾿ ὀαρίζετον ἀλλήλοισιν

εἰς εὐνὴν φοιτῶντε φίλους λήθοντε τοκῆας,

οἳ Σηστὸν καὶ ῎Αβυδον ἔχον καὶ δῖαν ᾿Αρίσβην.

Sobre un cabo eminente a la orilla del ancho Helesponto, (Odisea XXIV, 82)

la pudorosa doncella había subido al piso superior (Ilíada II, 514)

sobre la torre estaba de pie, llorando y gimiendo (Ilíada VI, 373)

con lucerna de oro que daba hermosísima lumbre (Odisea XIX, 34)

pensando en aquel infeliz por si acaso volviera (Odisea II, 350)

nadando, y atraviesa a toda carrera la sima del agua (Odisea VIII, 561)

en medio de la lóbrega noche, cuando los demás mortales duermen. (Ilíada X, 83)

Rebramaba el inmenso oleaje rompiéndose en seco. (Odisea V, 402)

Ni una noche ni un día nos vienen, (Odisea XIV, 93)

ni de las ternuras que una doncella y un mozo se intercambian. (Iliada XXII, 128)

Cuando ambos acudieron al lecho a escondidas de sus padres (Ilíada XIV, 296)

y poseían Sesto, Abido, y la límpida Arisba. (Ilíada II, 836)

helesponto

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