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Archive for 31 diciembre 2010

2011… ¿año de paz? (I)

 

Como ya viene siendo tradicional (todo lo tradicional que permiten, con éste, cuatro primeros de enero), dedico el primer artículo del año a la PAZ, en el día en el que la Iglesia celebra la Jornada Mundial por la Paz. Otros años (2009) hemos aportado textos de la Gaudium et Spes (constitución del Concilio Vaticano II) o de la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII y de la misma encíclica Pacem in terris del citado pontífice (2010).

También es habitual que me refiera al concierto de año nuevo en la Sala Dorada de la Filarmónica de Viena.

Este año dirigirá al conjunto austríaco Franz Welser-Möst. No será la primera vez que Franz Welser-Möst dirija a la Filarmónica. En junio de 2010 también dirigió el segundo gran evento anual, el Concierto de la Noche de Verano Schönbrunn. El programa para mañana es el siguiente

  • Marcha de los jinetes, op. 428 (Johann Strauss, 1825-1899)
  • Vals de la muchachita del Danubio, op. 427 (Johann Strauss, 1825-1899)
  • La polca de las amazonas, op. 9 (Johann Strauss, 1825-1899)
  • Debut Quadrille, op. 2 (Johann Strauss, 1825-1899)
  • Los de Schönnbrunn, op. 200 (Joseph Lanner, 1801-1843)
  • ¡Hacia adelante!, op. 432 (Johann Strauss, 1825-1899)
  • INTERMEDIO
  • Czardas de “Ritter Pasman” (Johann Strauss, 1825-1899)
  • Llantos de despedida, vals, op. 179 (Johann Strauss, 1825-1899)
  • Furioso-Galopp, op. 114 (Johann Strauss padre, 1804-1849)
  • Vals Mephisto nº 1 (Franz Liszt, 1811-1886).
  • Polca de Afar, op. 270 (Josef Strauss, 1827-1870)
  • Marcha española, op. 433 (Johann Strauss, 1825-1899)
  • Danza gitana de “La Perla de Iberia” (Joseph Hellmesberger, 1855-1907)
  • Cachucha, galopp, op. 97 (Johann Strauss padre, 1804-1849)
  • Amor y gozo son mi vida, op. 263 (Josef Strauss, 1827-1870)
  • Sin demora, polca rápida, op. 112 (Eduard Strauss, 1835-1916)
  • Vals del Danubio Azul, op. 314 (Johann Strauss, 1825-1899)
  • Marcha Radetzky, op. 228  (Johann Strauss padre, 1804-1849)

 

Como se puede apreciar hay un compositor ajeno a este mundo de las polkas y los valses: Franz Lizst (nacido el 22 de octubre de 1811). Pero su presencia se explica ya que en el 2011 se cumplen 200 años de su nacimiento. Tratándose de un concierto de valses es lógico que se haya elegido el Vals de Mephisto del compositor húngaro.

Aquí está en versión de piano:

 

 

Hay también dos guiños a España: la Marcha española de Johann Strauss y la danza gitana “La Perla de Iberia” de Joseph Hellmesberger. También el galopp Cachucha de Johann Strauss, padre tiene carácter español.

Finalmente, aparte del recuerdo a un húngaro por su bicentenario, hay otro regusto magiar en las Czardas de “Ritter Pasman”.

Así lo explica el presidente de los filarmónicos vieneses, Clemens Hellsberg:

“Es también una pequeña señal política, pues España tuvo la presidencia de la Unión Europea este año (en el primer semestre), y Hungría la ocupará el año próximo”. Hellsberg también ha dicho:

España siempre ha fascinado a compositores austríacos.

Recordó también que especialmente Hellmesberger, un “compositor fantástico de operetas”, se sintió muy atraído por la cultura mediterránea, y los músicos quisieron hacer un “bloque” de tres piezas con composiciones de influencia hispánica.

 

 

 

 

Por último, no sabemos si las amazonas del polka op. 9 de Johann Strauss son las mujeres que montan a caballo, o las mujeres mitológicas griegas. Si fuera esto último, habría una referencia mitológica en el concierto de Año Nuevo 2011.

 

 

 

 

Y volvemos al asunto de la paz.

Buscando algo nuevo que decir (¿lo hay?) sobre la paz, he encontrado un mensaje ya antiguo, pues es de 1979 y tiene, por tanto, 32 años. En realidad, se firmó el 8 de diciembre de 1978. Pero me ha parecido fresco, claro, directo, sano, optimista, vehemente, esperanzador.

No lo ofrezco completo, pero casi. Destaca de este mensaje que, hasta su punto III, y prescindiendo del Prólogo, nada hay que pueda desvelar que está escrito por un papa, salvo la frase: Corresponden a la voluntad de Dios sobre los hombres, del final del apartado I. Es ya en el apartado III, del que he suprimido el segundo párrafo (La visión cristiana de la paz) donde las alusiones “religiosas” son ya evidentes.

Lo escribió también un papa, Juan Pablo II. Fue su primer Mensaje en la Jornada Mundial por la Paz que instituyó Pablo VI, y el XII desde que se instituyó esta Jornada.

Recordemos lo que decía Pablo VI en su primer mensaje:

Nos dirigimos a todos los hombres de buena voluntad para exhortarlos a celebrar “El Día de la Paz” en todo el mundo, el primer día del año civil, 1 de enero de 1968. Sería nuestro deseo que después, cada año, esta celebración se repitiese como presagio y como promesa, al principio del calendario que mide y describe el camino de la vida en el tiempo, de que sea la Paz con su justo y benéfico equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura.

Nos pensamos que esta propuesta interprete las aspiraciones de los Pueblos, de sus Gobernantes, de las Entidades internacionales que intentan conservar la Paz en el mundo, de las Instituciones religiosas tan interesadas en promover la Paz, de los Movimientos culturales, políticos y sociales que hacen de la Paz su ideal, de la Juventud, —en quien es más viva la perspicacia de los nuevos caminos de la civilización, necesariamente orientados hacia un pacífico desarrollo—, de los hombres sabios que ven cuán necesaria sea hoy la Paz y al mismo tiempo cuán amenazada.

La proposición de dedicar a la Paz el primer día del año nuevo no intenta calificarse como exclusivamente nuestra, religiosa, es decir católica; querría encontrar la adhesión de todos los amigos de la Paz, como si fuese iniciativa suya propia, y expresarse en formas diversas, correspondientes al carácter particular de cuantos advierten cuán hermosa e importante es la armonía de todas las voces en el mundo para la exaltación de este primer bien, que es la Paz, en el múltiple concierto de la humanidad moderna.

La Iglesia Católica, con intención de servicio y de ejemplo, quiere simplemente «lanzar la idea», con la esperanza que alcance no sólo el más amplio asentimiento del mundo civil, sino que tal idea encuentre en todas partes múltiples promotores, hábiles y capaces de expresar en la “Jornada de la Paz”, a celebrarse al principio de cada nuevo año, aquel sincero y fuerte carácter de humanidad consciente y redimida de sus tristes y funestos conflictos bélicos, que sepa dar a la historia del mundo un desarrollo ordenado y civil más feliz…

La Paz se funda subjetivamente sobre un nuevo espíritu que debe animar la convivencia de los Pueblos una nueva mentalidad acerca del hombre, de sus deberes y sus destinos. Largo camino es aún necesario para hacer universal y activa esta mentalidad; una nueva pedagogía debe educar las nuevas generaciones en el mutuo respeto de las Naciones, en la hermandad de los Pueblos, en la colaboración de las gentes entre sí y también respecto a su progreso y desarrollo. Los organismos internacionales, instituidos para este fin, deben ser sostenidos por todos, mejor conocidos, dotados de autoridad y de medios idóneos para su gran misión. La «Jornada de la Paz» debe hacer honor a estas Instituciones y rodear su trabajo de prestigio, de confianza y de aquel sentido de expectación que debe tener en ellas vigilante el sentido de sus gravísimas responsabilidades y fuerte la conciencia del mandato que se les ha confiado.

Una advertencia hay que recordar. La paz no puede estar basada sobre una falsa retórica de palabras, bien recibidas porque responden a las profundas y genuinas aspiraciones de los hombres, pero que pueden también servir y han servido a veces, por desgracia, para esconder el vacío del verdadero espíritu y de reales intenciones de paz, si no directamente para cubrir sentimientos y acciones de prepotencia o intereses de parte. Ni se puede hablar legítimamente de paz, donde no se reconocen y no se respetan los sólidos fundamentos de la paz: la sinceridad, es decir, la justicia y el amor en las relaciones entre los Estados y, en el ámbito de cada una de las Naciones, de los ciudadanos entre sí y con sus gobernantes; la libertad de los individuos y de los pueblos, en todas sus expresiones: cívicas, culturales, morales, religiosas; de otro modo no se tendrá la paz —aun cuando la opresión sea capaz de crear un aspecto exterior de orden y de legalidad—, sino el brotar continuo e insofocable de revueltas y de guerras.

Es, pues, a la paz verdadera, a la paz justa y equilibrada, en el reconocimiento sincero de los derechos de la persona humana y de la independencia de cada Nación que Nos invitamos a los hombres sabios y fuertes a dedicar esta Jornada…

En necesario siempre hablar de Paz. Es necesario educar al mundo para que ame la Paz, la construya y la defienda; contra las premisas de la guerra que renacen (emulaciones nacionalistas, armamentos, provocaciones revolucionarias, odio de razas, espíritu de venganza, etc.) y contra las insidias de una táctica de pacifismo que adormece al adversario o debilita en los espíritus el sentido de la justicia, del deber y del sacrificio, es preciso suscitar en los hombres de nuestro tiempo y de las generaciones futuras el sentido y el amor de la Paz fundada sobre la verdad, sobre la justicia, sobre la libertad, sobre el amor.

 

 

En el Prólogo a su Mensaje Juan Pablo II decía, recordando a Pablo VI:

Yo recojo de manos de mi venerado predecesor el bastón de peregrino de la paz. Camino a vuestro lado con el Evangelio de la paz. «Bienaventurados los que trabajan por la paz». Al comienzo del año 1979, os invito a celebrar la Jornada Mundial, colocándola —de acuerdo con el deseo de Pablo VI— bajo el signo de la educación a la paz.

 

Y ahora, sí, vamos con su Mensaje (en este primer artículo ofrecemos una parte) que dejamos para la reflexión:

“PARA LOGRAR LA PAZ, EDUCAR A LA PAZ”

A todos vosotros que deseáis la paz:

Una aspiración incoercible

Conseguir la paz: he ahí el resumen y la coronación de todas nuestras aspiraciones. La paz —tal es nuestro convencimiento— es plenitud y es alegría. Para hacerla real entre los países, se multiplican los intentos a través de intercambios bilaterales o multilaterales, conferencias internacionales; algunos toman personalmente iniciativas valientes, con el fin de establecer la paz o de hacer desaparecer la amenaza de una nueva guerra.

Una confianza quebrantada

Pero al mismo tiempo, se observa que tanto las personas como los grupos no acaban de arreglar sus conflictos secretos o públicos. ¿Será pues la paz un ideal fuera de nuestro alcance? El espectáculo cotidiano de las guerras, de las tensiones, de las divisiones siembra la duda y el desaliento. Focos de discordia y de odio parecen incluso atizados artificialmente por algunos que no pagan las consecuencias. Y con demasiada frecuencia los gestos de paz son irrisoriamente incapaces de cambiar el curso de las cosas, cuando no son arrastrados y al final utilizados por la lógica dominante de la explotación y de la violencia.

En unas partes, la timidez y la dificultad de las reformas necesarias envenenan las relaciones entre grupos humanos, unidos sin embargo por una larga o ejemplar historia común; nuevas ambiciones de poder inclinan a recurrir a la coacción del número o a la fuerza brutal para aclarar la situación, bajo la mirada impotente, muchas veces interesada y cómplice, de otros países próximos o lejanos; tanto los más fuertes como los más débiles ya no depositan su confianza en los pacientes procedimientos de la paz.

En otras partes, el temor de una paz mal asegurada, los imperativos militares y políticos, los intereses económicos y comerciales llevan consigo la constitución de arsenales o la venta de armas de una capacidad alarmante de destrucción: la carrera de armamentos prevalece entonces sobre las grandes tareas pacíficas que deberían unir a los pueblos en una nueva solidaridad, alimenta conflictos esporádicos, pero sangrientos, y acumula las más graves amenazas. Es verdad: a primera vista, la causa de la paz tiene ante sí un obstáculo desesperante.

De palabras de paz…

Sin embargo, en casi todos los discursos públicos, a nivel de naciones o de organismos internacionales, rara vez se ha hablado tanto de paz, de distensión, de entendimiento, de soluciones razonables de los conflictos, de acuerdo con la justicia. La paz se ha convertido en el lema que tranquiliza o quiere seducir. Esto, en cierto sentido es un hecho positivo: la opinión pública de las naciones no aguantaría ya que se haga la apología de la guerra ni tampoco que se corra el riesgo de una guerra ofensiva.

…a convicciones de paz

Pero para poner de manifiesto el desafío que se impone a toda la humanidad, frente a la dura tarea de la paz, hace falta algo más que palabras, sinceras o demagógicas. Sobre todo es necesario que penetre el verdadero espíritu de la paz a nivel de hombres políticos, de medios o de centros de los que dependen más o menos directamente, más o menos secretamente, los pasos decisivos hacia la paz o al contrario la prolongación de las guerras o de las situaciones de violencia. Es necesario, como mínimo, apoyarse sobre principios elementales pero seguros, como son los siguientes: las cosas de los hombres deben ser tratadas con humanidad, y no por la violencia. Las tensiones, los contenciosos y los conflictos deben ser arreglados por negociaciones razonables y no por la fuerza. Las oposiciones ideológicas deben confrontarse en un clima de diálogo y de libre discusión. Los intereses legítimos de grupos determinados deben tener también en cuenta los intereses legítimos de los otros grupos afectados y las exigencias del bien común superior. El recurso a las armas no debería ser considerado como el instrumento adecuado para solucionar los conflictos. Los derechos humanos imprescriptibles deben ser salvaguardados en toda circunstancia. No está permitido matar para imponer una solución.

Estos principios humanitarios los puede encontrar todo hombre de buena voluntad en su propia conciencia. Corresponden a la voluntad de Dios sobre los hombres. Para que se conviertan en convicciones, tanto para los poderosos como para los débiles, e impregnen toda su actividad, hay que devolverles toda su fuerza. Es necesaria una educación paciente y prolongada a todos los niveles.

 


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Seguimos con el Evangelio del Pseudo Mateo y los hechos maravillosos que le ocurrieron a la Sagrada Familia en su viaje a Egipto. Si en el capítulo anterior Jesús domaba unos dragones, ahora son leones y leopardos.

Veremos también el origen de la expresión “la palma de la victoria”.

XIX

1. Similiter leones et pardi adorabant eum et comitabantur cum eis in deserto; quocumque Maria et Ioseph ibant, antecedebant eos ostendentes viam, et inclinantes capita sua adorabant Iesum. Primo autem die ut vidit Maria leones circa se venientes et varia ferarum genera, vehementer expavit. Cui infans Iesus laeto vultu in faciem eius respiciens dixit: “Noli timere, Mater; non enim ad iniuriam tuam sed ad obsequium tuum venire festinant”. Et his dictis amputavit timorem de cordibus eorum.

1. Igualmente los leones y los leopardos lo adoraban, y los acompañaban en el desierto. Por doquiera que iban José y María, ellos los precedían, señalaban la ruta, e, inclinando sus cabezas, reverenciaban a Jesús. El primer día que María vio venir leones y toda clase de fieras hacia ella, tuvo gran temor. Pero el niño Jesús, mirándola alegremente, le dijo: “No temas nada, madre mía, que no es por hacerte mal, sino para obedecerte, por lo que se apresuran a venir”. Y, con estas palabras, disipó todo temor de sus corazones.

2. Ambulabant autem leones cum eis simul, et cum bobus et asinis et sumariis qui eis necessaria portabant, et nullum laedebant quamvis simul manerent, sed erant mansueti inter oves et arietes, quos secum de Iudaea adduxerant et secum habebant. Inter lupos ambulabant et nihil formidabant, et nullus ab alio laedebatur. Tunc adimpletum est quod dictum est per prophetam: “Lupi cum agnis pascentur, leo et bos simul paleas vescentur”. Erant autem duo boves et plaustrum, in quo necessaria portabant, quos leones dirigebant in itinere eorum.

2. Los leones hacían camino con ellos y con los bueyes y los asnos y las bestias de carga que llevaban los equipajes, y no les causaban ningún mal, sino que marchaban con toda dulzura entre los corderos y las ovejas que José y María habían llevado de Judea, y que conservaban con ellos. Y andaban también por entre los lobos, y nadie sufría ningún mal. Entonces se cumplió lo que había dicho el profeta: Los lobos pacerán con los corderos, y el león y el buey comerán la misma paja. Porque había dos bueyes y una carreta en la que iban los objetos necesarios, y los leones los dirigían en su marcha.

 

 

XX

1. Factum est autem die tertia profectionis suae ut Maria nimio solis ardore fatigaretur in eremo; et videns arborem palmae dixit ad Ioseph: “Quiescam paululum sub umbra rius”. Ioseph autem festinans duxit eam ad palmam et descendere eam fecit de iumento. Cumque resedisset Maria, respiciens ad comam palmae vidit eam plenam pomis, et dixit ad Ioseph: “Desidero, si fieri posset, ut ex istis fructibus huius palmae perciperem”. Et ait ad eam Ioseph: “Miror te dicere hoc cum videas quantae sit altitudinis palma ista, et quod tu de palmae fructibus cogitas edere. Ego magis de aquae penuria cogito, quae nobis iam defecit in utribus, et non habemus unde nos et iumenta refocillare valeamus”.

1. Y ocurrió que, al tercer día de su viaje, María estaba fatigada en el desierto por el ardor del sol, y, viendo una palmera, dijo a José: “Voy a descansar un poco a su sombra”. Y José la condujo hasta la palmera, y la hizo apearse de su montura. Cuando María estuvo sentada, levantó los ojos a la palmera, y, viendo que estaba cargada de frutos, dijo a José: “Yo quisiera, si fuese posible, probar los frutos de esta palmera”. Y José le dijo: “Me sorprende que hables así, viendo la altura de ese árbol, y que pienses en comer sus frutos. Lo que a mí me preocupa es la falta de agua, pues ya no queda en nuestros odres, y no tenemos para nosotros, ni para nuestros animales”.

2. Tunc infantulus Iesus laeto vultu in sinu matris suae residens ait ad palmam: “Flectere, Arbor, et de fructibus tuis refice matrem team”. Et confestim ad hanc vocem inclinavit palma cacumen suum usque ad plantas Mariae, et collegerunt ex ea fructus quibus omnes refecti sunt. Postquam vero collecta sunt omnia poma Rius, inclinata manebat, expectans ut eius ad imperium resurgeret ad cuius imperium fuerat inclinata. Tunc Iesus dixit ad eam: “Erige te, palma, et confortare et esto consors arborum mearum quae sunt in paradiso patris mei. Aperi autem ex radicibus tuis venam quae absconsa est in terra, et fluant ex ea aquae ad satietatem nostram. Et statim erecta est palma, et coeperunt per radices eius egredi fontes aquarum limpidissimi et frigidi et dulcissimi nimis. Videntes autem fontes aquarum, gavisi sunt gaudio magno, et satiati sunt cum omnibus iumentis et hominibus, gratias agentes Deo.

 


2. Entonces el niño Jesús, que descansaba, con la figura serena y puesto sobre las rodillas de su madre, dijo a la palmera: “Árbol, inclínate, y alimenta a mi madre con tus frutos”. Y a estas palabras la palmera inclinó su copa hasta los pies de María, y arrancaron frutos con que hicieron todos refacción. Y, no bien hubieron comido, el árbol siguió inclinado, esperando para erguirse la orden del que lo había hecho inclinarse. Entonces le dijo Jesús: “Yérguete, palmera, recobra tu fuerza, y sé la compañera de los árboles que hay en el paraíso de mi Padre. Descubre con tus raíces el manantial que corre bajo tierra, y haz que brote agua bastante para apagar nuestra sed”. Y en seguida el árbol se enderezó, y de entre sus raíces brotaron hilos de un agua muy clara, muy fresca y de una extremada dulzura. Y, viendo aquella agua, todos se regocijaron, y bebieron, ellos y todas las bestias de carga, y dieron gracias a Dios.

XXI

Die autem altera profecti sunt inde, et in hora qua iter agere coeperunt Iesus conversus ad palmam dixit: “Hoc privilegium do tibi, palma, ut unus ex ramis tuis transferatur ab angelis meis et plantetur in paradiso patris mei. Hanc autem benedictionem in te conferam, ut omnes qui in aliquo certamine vicerint, dicatur eis: Pervenistis ad palmam victoriae”. Haec eo loquente, ecce angelus Domini apparuit stans super arborem palmae, et auferens unum ex ramis eius volavit ad caelum, habens ramum in manu sua. Quod videntes ceciderunt in faciem suam et facti sunt velut mortui. Quibus Iesus locutus est dicens: “Quare formido obtinuit corda vestra? An nescitis quia palma haec, quam feci transferri in paradiso, parata erit omnibus sanctis in loco deliciarum, sicut nobis parata fuit in loco deserti huius?” At illi gaudio repleti surrexerunt omnes.

1. A la mañana siguiente, partieron, y, en el momento en que se ponían en camino, Jesús se volvió hacia la palmera y dijo: “Yo te concedo, palmera, el privilegio de que una de tus ramas sea llevada por mis ángeles y plantada en el paraíso de mi Padre. Te quiero conferir este favor, para que se diga a aquellos que hayan vencido en cualquier lucha: Has obtenido la palma de la victoria”. Y, mientras decía esto, he aquí que un ángel del Señor apareció sobre la palmera, y, tomando una de sus ramas, voló hacia el cielo con ella en la mano. Y, viendo tal, todos cayeron de hinojos, y quedaron como muertos. Mas Jesús les dijo: “¿Por qué ha invadido el temor vuestros corazones? ¿Ignoráis que esa palmera que he hecho transportar al paraíso será dispuesta para todos los santos en un lugar de delicias, como ha sido preparada para vosotros en este desierto?” Y todos se levantaron llenos de alegría.

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Hecha esta introducción a los evangelios apócrifos, vamos ya nosotros con algunos ejemplos. Pero para poder comparar con lo que nos dicen los evangelios canónicos, debemos ofrecer primero el texto de estos últimos. Aquí tenemos, pues, Mateo 2, 13-23, que nos relata brevemente la huida a Egipto, la matanza de los inocentes y el regreso de la Sagrada Familia a Galilea:

᾿Αναχωρησάντων δ ατν δο γγελος Κυρίου φαίνεται κατ ναρ τ ᾿Ιωσφ λέγων, γερθες παράλαβε τ παιδίον κα τν μητέρα ατο κα φεγε ες Αγυπτον, κα σθι κε ως ν επω σοι· μέλλει γρ ῾Ηρδης ζητεν τ παιδίον το πολέσαι ατό. δ γερθες παρέλαβεν τ παιδίον κα τν μητέρα ατο νυκτς κα νεχώρησεν ες Αγυπτον, κα ν κε ως τς τελευτς ῾Ηρδου· να πληρωθ τ ηθν π Κυρίου δι το προφήτου λέγοντος, ξ Αγύπτου κάλεσα τν υόν μου.

Τότε ῾Ηρδης δν τι νεπαίχθη π τν μάγων θυμώθη λίαν, κα ποστείλας νελεν πάντας τος παδας τος ν Βηθλέεμ κα ν πσι τος ρίοις ατς π διετος κα κατωτέρω, κατ τν χρόνον ν κρίβωσεν παρ τν μάγων. Τότε πληρώθη τ ηθν δι ᾿Ιερεμίου το προφήτου λέγοντος,

φων ν ῾Ραμ κούσθη, κλαυθμς κα δυρμς πολύς· ῾Ραχλ κλαίουσα τ τέκνα ατς, κα οκ θελεν παρακληθναι, τι οκ εσίν.

Τελευτήσαντος δ το ῾Ηρδου δο γγελος Κυρίου φαίνεται κατ ναρ τ ᾿Ιωσφ ν Αγύπτ λέγων, γερθες παράλαβε τ παιδίον κα τν μητέρα ατο κα πορεύου ες γν ᾿Ισραήλ, τεθνήκασιν γρ ο ζητοντες τν ψυχν το παιδίου. δ γερθες παρέλαβεν τ παιδίον κα τν μητέρα ατο κα εσλθεν ες γν ᾿Ισραήλ. κούσας δ τι ᾿Αρχέλαος βασιλεύει τς ᾿Ιουδαίας ντ το πατρς ατο ῾Ηρδου φοβήθη κε πελθεν· χρηματισθες δ κατ ναρ νεχώρησεν ες τ μέρη τς Γαλιλαίας, κα λθν κατκησεν ες πόλιν λεγομένην Ναζαρέτ, πως πληρωθ τ ηθν δι τν προφητν τι Ναζωραος κληθήσεται.

Qui cum recessissent, ecce angelus Domini apparuit in somnis Ioseph, dicens: Surge, et accipe puerum, et matrem ejus, et fuge in Aegyptum, et esto ibi usque dum dicam tibi. Futurum est enim ut Herodes quaerat puerum ad perdendum eum. Qui consurgens accepit puerum et matrem eius nocte, et secessit in Aegyptum: et erat ibi usque ad obitum Herodis: ut adimpleretur quod dictum est a Domino per prophetam dicentem: Ex Aegypto vocavi filium meum.

Tunc Herodes videns quoniam illusus esset a magis, iratus est valde, et mittens occidit omnes pueros, qui erant in Bethlehem, et in omnibus finibus eius, a bimatu et infra secundum tempus, quod exquisierat a magis. Tunc adimpletum est quod dictum est per Ieremiam prophetam dicentem:

Vox in Rama audita est ploratus, et ululatus multus: Rachel plorans filios suos, et noluit consolari, quia non sunt.

Defuncto autem Herode, ecce angelus Domini apparuit in somnis Ioseph in Aegypto, dicens: Surge, et accipe puerum, et matrem ejus, et vade in terram Israël: defuncti sunt enim qui quaerebant animam pueri. Qui consurgens, accepit puerum, et matrem eius, et venit in terram Israël. Audiens autem quod Archelaus regnaret in Iudaea pro Herode patre suo, timuit illo ire: et admonitus in somnis, secessit in partes Galilaeae. Et veniens habitavit in civitate quae vocatur Nazareth: ut adimpleretur quod dictum est per prophetas: Quoniam Nazaraeus vocabitur.

Cuando se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. Se levantó, todavía de noche, tomó al niño y a su madre y partió hacia Egipto, donde residió hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que anunció el Señor por el profeta: Llamé a mi hijo que estaba en Egipto. Entonces Herodes, al verse burlado por los magos, se enfureció mucho y mandó matar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores; según el tiempo que había averiguado por los magos. Así se cumplió lo que anunció el profeta Jeremías: Una voz se escucha en Ramá: llantos y sollozos copiosos, es Raquel que llora a sus hijos y rehúsa el consuelo porque ya no viven.

 


A la muerte de Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre y regresa a Israel, pues han muerto los que atentaban contra la vida del niño”. Se levantó, tomó al niño y a su madre y se volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao había sucedido a su padre Herodes como rey de Judea, temió dirigirse allá. Y avisado en sueños, se retiró a la provincia de Galilea y se estableció en una población llamada Nazaret, para que se cumpliera lo anunciado por los profetas: “Será llamado Nazareno”.

 

Y comenzamos con el Evangelio del Pseudo Mateo y su narración de la huida a Egipto, con los prodigios ocurridos durante el viaje, y el retorno a la tierra de Galilea, es decir, los capítulos XVII a  XXV.

La traducción se ha obtenido de aquí.

XVII

1. Videns autem Herodes rex quod illusus esset a magis, inflammatum est cor eius et misit per omnes vias volens capere eos et interficere. Quos cum penitus invenire non potuisset, misit in Bethleem et occidit omnes infantes a bimatu et infra, secundum tempus quod exquisierat a magis.

1. Viendo el rey Herodes que había sido burlado por los magos, ardió en cólera, y envió gentes para que los capturaran y los mataran. Y, no habiéndolos apresado, ordenó degollar en Bethlehem a todos los niños de dos años para abajo, según el tiempo que había inquirido de los magos.

2. Ante unum vero diem quam hoc fieret, admonitus est Ioseph in somnis ab angelo Domini qui dixit illi: “Tolle Mariam et infantem, et per viam eremi perge in Aegyptum”. Ioseph vero secundum angeli dictum ivit.

2. Pero la víspera del día en que esto tuvo lugar, José fue advertido en sueños por un ángel del Señor, que le dijo: Toma a María y al niño, y dirígete a Egipto por el camino del desierto. Y José partió, siguiendo las palabras del ángel.

XVIII

1. Cumque pervenissent ad speluncam quandam, et in ea requiescere vellent, descendit Maria de iumento et sedens habebat Iesum in gremio suo. Erant autem cum Ioseph tres pueri et cum Maria quaedam puella iter agentes. Et ecce subito de spelunca egressi sunt multi dracones, quos videntes pueri prae nimio timore exclamaverunt. Tunc Iesus descendens de gremio matris suae, pedibus suis stetit ante dracones; illi autem adoraverunt eum, et cum adorassent abierunt. Tunc adimpletum est quod dictum est per David prophetam dicentem: “Laudate Dominum de terra dracones, dracones et omnes abyssi”.

1. Habiendo llegado a una gruta, y queriendo reposar allí, María descendió de su montura, y se sentó, teniendo a Jesús en sus rodillas. Tres muchachos hacían ruta con José, y una joven con María. Y he aquí que de pronto salió de la gruta una multitud de dragones, y, a su vista, los niños lanzaron gritos de espanto. Entonces Jesús, descendiendo de las rodillas de su madre, se puso en pie delante de los dragones, y éstos lo adoraron, y se fueron. Y así se cumplió la profecía de David: Alabad al Señor sobre la tierra, vosotros, los dragones y todos los abismos.

2. Ipse autem infantulus Iesus ambulans ante eos praecepit eis ut nulli hominum nocerent. Sed Maria et Ioseph valde timebant ne forte infantulus laederetur a draconibus. Quibus Iesus ait: “Nolite timere, nec me considerate quia infantulus sum; ego enim semper vir perfectus fui et sum et necesse est ut ferae omnes silvarum mansuescant ante me”.

2. Y el niño Jesús, andando delante de ellos, les ordenó no hacer mal a los hombres. Pero José y María temían que el niño fuese herido por los dragones. Y Jesús les dijo: No temáis, y no me miréis como un niño, porque yo he sido siempre un hombre hecho, y es preciso que todas las bestias de los bosques se amansen ante mí.

 


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Seguimos con la introducción a Los evangelios apócrifos que Aurelio de Santos realiza en su edición crítica y bilingüe de la BAC.

Por lo que se refiere al dogma, los evangelios apócrifos se nos presentan frecuentemente como testigos de verdades que hoy son objeto de fe por nuestra parte. Pensemos en la virginidad de María, tan brillantemente defendida en el protoevangelio de Santiago, sin dejar de reconocer lo grosero de sus recursos; pensemos también en el episodio de la bajada de Cristo a los infiernos, de la que Acta Pilati nos hace una pormenorizada descripción, e incluso en el relato de la asunción de la virgen, del que tantos detalles nos ofrece la lujuriante literatura apócrifo-asuncionista.

Esto no quiere decir que la Iglesia haya tenido que beber en fuentes apócrifas las mencionadas verdades. Para esto está el genuino venero de la Escritura y la Tradición. Los apócrifos deben considerarse como meros testigos, pero auténticos, de ésta.

El valor relativo de los apócrifos se echa de ver, además, si consideramos e influjo enorme que estas leyendas han ejercido en las diversas manifestaciones del sentir cristiano. A este influjo no podemos sustraernos ni siquiera nosotros en la actualidad. Las severas prohibiciones de algunos padres no fueron capaces de hacer desaparecer esta literatura que, como corriente subterránea, fue aflorando de diversas maneras a la  superficie, de la liturgia, del arte, de la literatura e incluso de la misma piedad cristiana. Una sencilla ojeada por diversos sectores nos permitiría descubrir mil huellas de estas sencillas narraciones populares.

Los nombres que damos a los padres de la virgen, Joaquín y Ana, cuyas fiestas respectivas celebra la liturgia romana el 16 de agosto y el 26 de julio; la fiesta de la presentación de la virgen niña, fijada por el calendario bizantino y romano en el 21 de noviembre; el nacimiento de Jesús en una cueva, en que no faltan nunca el buey y el asno; la huida a Egipto, con los ídolos que se derrumban; los tres reyes magos, con sus nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar; la historia de los ladrones Dimas y Gestas; el nombre del soldado que atravesó con su lanza el costado de Jesús, a quien llamamos Longinos; la historia de la Verónica, que enjugó con un lienzo el rostro de Jesús mientras Éste iba por la calle de la Amargura… Estos y otros detalles parecidos están tan íntimamente compenetrados con nuestra manera de sentir que nos resistimos a reconocer que no descansan sobre otro fundamento histórico que el de las narraciones apócrifas.

 


Finalmente, del epílogo del libro de Antonio Piñero Vida de Jesús según los evangelios apócrifos ofrecemos este texto:

Muchas de las anécdotas, milagros de Jesús y otras narraciones que se hallan transcritas en las páginas anteriores serán, sin duda, conocidas de los lectores o, al menos tendrán de ellas algunas reminiscencias en el transfondo de su memoria. Este hecho nos indica la trascendencia e importancia que los evangelios apócrifos han tenido a lo largo de la historia de los primeros siglos de la Iglesia, y cómo esta tradición se ha ido repitiendo a través de los siglos hasta llegar a nuestros días. La liturgia, las creencias en torno a S. José y la Virgen María, la teología popular de muy diversos estamentos dentro de la Iglesia, el desarrollo de la dogmática… todos estos campos se ven reflejados en las tradiciones que contienen los relatos apócrifos evangélicos.

En el alumbramiento de la literatura apócrifa desempeñó un gran papel las apetencias del pueblo sencillo. En la mayoría de los casos, cuando ya se habían asentado como canónicos los evangelios llamados “sinópticos” (Mateo, Marcos, Lucas), el pueblo cayó en la cuenta en seguida de que esos escritos contenían muy poca información sobre Jesús en puntos que podían parecer interesantes. Los evangelios apócrifos tratan de llenar estas lagunas, pero lo hacen siglos después del nacimiento de Jesús, sobre documentos poco fiables o sobre tradiciones orales legendarias.

Desgraciadamente para estos vetustos escritos, la gran mayoría de ellos nació demasiado tarde (desde mediados del s. II hasta el IV), cuando las líneas directrices que iban a regular definitivamente la aceptación en la lista de escritos sagrados de los cristianos estaban ya suficientemente formadas. La pretensión de canonicidad de estas obras se vio frustrada simplemente porque no podían ofrecer ninguna garantía crono-lógica, al menos indirecta, de haber sido compuestas por o en tiempo de los primeros apóstoles. Hacia los años 180-200 la mayoría de las iglesias habían hecho una selección consciente de cuáles eran los textos “canónicos”. En torno al 200 estaba ya prácticamente formado el canon actual del Nuevo Testamento (con algunas vacilaciones respecto a Hebreos, Apocalipsis, 2ª Pedro/Judas, Santiago y 2ª y 3ª Epístolas de Juan), y se había decidido qué escritos eran rechazados como “falsos” o “espúreos” y cuáles eran “discutidos”.

 


Pero el hecho de no ser una literatura “aceptada” por la Iglesia, es decir, de no ser “sagrada”, no afecta a la importancia histórica de estos escritos apócrifos venerables por su antigüedad. Para la historia de la teología, de la cultura y de los movimientos religiosos son una fuente inestimable que nos proporciona conocimientos sobre las tendencias populares dentro de la Iglesia, sobre la evolución de la teología en ámbitos no rígidamente controlados por la jerarquía oficial, junto con las espontáneas preocupaciones espirituales del pueblo cristiano. La historia de la Iglesia, la de la liturgia y la de las ideas religiosas en general tiene mucho que aprender de estos “archivos” apócrifos como portadores de muy diversas tradiciones, algunas de las cuales se han mantenido vivas hasta hoy día. Y por si esto fuera poco, los apócrifos son muchas veces el único testimonio de una fe popular que se ha convertido en dogma con el correr del tiempo.

El camino de llegada hacia nosotros de este tipo de literatura ha sido muy variado, y no siempre fue lo normal la transmisión directa de los textos mismos. En Occidente, en general, los apócrifos se abrieron paso con mucha mayor dificultad que en Oriente. Finalmente, al ser traducidos casi todos ellos al latín, encontraron una vía de difusión en todas las naciones cristianas europeas. Como literatura popular los evangelios apócrifos ejercieron un notabilísimo influjo en la producción literaria, en el arte y la iconografía europeos posteriores, sobre todo en la Edad Media. Aunque en esta época ya se había perdido el texto original de muchos de ellos, circularon reelaboraciones y manipulaciones. La literatura hagiográfica de la Edad Media se nutrió sobre todo de los apócrifos. En el área bizantina, los menologios y vidas de santos con reminiscencias de nuestros textos gozaron de notable difusión. En la tradición latina se conservaron directamente algunos apócrifos como el Protoevangelio de Santiago y algunos otros sobre la Dormición de María, pero sobre todo pequeñas historietas o leyendas sobre Jesús que circularon a través de las reelaboraciones del Speculum Historiale de Vicente de Beauvais y de la Leyenda Áurea de Jacobo de Vorágine. En las diversas iglesias locales, como la irlandesa, copta, siria, armenia, georgiana o etíope, estos apócrifos continuaron viviendo en innumerables traducciones, y hoy día la investigación comienza a encontrar y valorar múltiples manuscritos que vuelven a sacar a la luz esta tradición casi perdida sobre todo tras la Reforma y el Concilio de Trento.

De la lectura edificante desde el Medioevo pasaron muchas de estas historias a libritos de divulgación religiosa y al púlpito… casi hasta hoy día. Este último fenómeno explica el que a personas mayores iletradas les “suenen” estas narraciones como materia conocida. Hoy precisamente, con un nuevo tipo de predicación y de lectura espiritual, es cuando comienza a perderse entre el pueblo esta tradición antiquísima, recogida de modo sistemático desde tiempos inmemoriales.

 


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En estos días, la liturgia católica ofrece a nuestra consideración algunos pasajes de la infancia de Jesús. De los cuatro evangelios canónicos, sólo Mateo y Lucas dedican algunos capítulos a estos hechos. Por el contrario, Marcos y Juan comienzan, podríamos decir, in medias res, con un Jesucristo ya adulto y con la figura de Juan Bautista como precursor. En Juan, no obstante, tenemos ese impresionante prólogo del Verbo encarnado, antes del citado testimonio de Juan Bautista.

Mateo, en cambio, nos proporciona tres breves retazos de acontecimientos ocurridos en la infancia de Jesús: la visita de los magos, de la que ya hemos hablado in extenso en este blog, la huida a Egipto, la matanza de los inocentes, de la que también hemos comentado algo, y el retorno de Egipto, antes de presentarnos también al Bautista.

Lucas, por su parte, que nos ofrece el relato más pormenorizado del nacimiento de Cristo, nos ofrece breves relatos relativos a su circuncisión y presentación en el templo, y el episodio de Jesús niño “perdido” en el templo hablando con los doctores de la ley.

El domingo 26 se proclamaba el evangelio de Mateo 2, 13-15. 19-23, esto es, la huida a Egipto y el retorno a Galilea. El martes 28, hoy,  se proclama Mateo 2, 16-18, es decir, el episodio de la matanza de los inocentes. El miércoles 29 le toca el turno a Lucas 2, 22-35, o sea, la circuncisión y presentación en el templo, que se completa el jueves 30 con la segunda parte de este relato (Lucas 2, 36-40). Sólo restará el episodio de los magos (Mateo 2, 1-12) para concluir este breve espacio que la liturgia dedica a la niñez de Jesús, pues el domingo siguiente a la Epifanía, es decir, el 9 de enero ya se celebra la fiesta del Bautismo de Cristo, con un Jesús adulto, de 30 años.

Si queremos más detalles de la infancia de Jesús, debemos recurrir a los evangelios apócrifos, a los que nosotros hemos dedicado más de un artículo en nuestro espacio.

No es, por tanto, la primera vez que recurriremos a estos textos. Ya lo hemos hecho a propósito de los magos de Oriente, de una versión alternativa al nacimiento de Jesús, narrada en los canónicos, y de la matanza de los inocentes.

Antes de empezar nos parece oportuno ofrecer un resumen de la introducción que escribe Aurelio de Santos Otero, en su edición de Los evangelios apócrifos de la BAC:

En el alumbramiento de la literatura evangélico-apócrifa desempeñó un gran papel el pueblo sencillo. Su imaginación oriental y su fruición por todo lo que se presentaba como extraordinario, misterioso y legendario, encontró terreno abonado en las últimas palabras de San Juan (Juan 21, 25; 20, 30) para ver la manera de llenar “los vacíos” de los Evangelios canónicos en relación con muchos detalles de la vida de Jesús.

Aquellas primitivas comunidades cristianas sentían viva comezón por saber cosas nuevas relativas a la persona de Cristo, a su vida y a su mensaje. No tiene nada de extraño que se dejaran encandilar por relatos fantásticos y por halagadoras leyendas, refrendadas a veces por el testimonio de los que se decían testigos de la vida de Cristo y por las tradiciones anejas a los lugares en que éste habitó. Este acervo primitivo se fue enriqueciendo y diversificando al pasar de boca en boca y de región en región, hasta que cristalizó, finalmente, en la prolífica literatura apócrifa amparada con los nombres de quines fueron testigos de la vida de Cristo: Pedro, Felipe, Santiago, Juan, etc.

 


Pero a la ingenui­dad del pueblo crédulo se añadió la astucia de los herejes. Al socaire de la autori­dad apostólica no se amparaban ya solamente encantadoras leyendas acerca de los misterios de la vida de Jesús, sino tendenciosas doctrinas gnósticas, docéticas, encratísticas o maniqueas.

Como contrarréplica a estos apócrifos heréticos, no faltaron escritores ortodoxos que se propusieron defender algún dogma cristiano, y no se les ocurrió otro medio más apto para conseguir este fin que entretejer una bella leyenda evangélica y presentarla como inspirada. De este género es, por ejemplo, el Protoevangelio de Santiago, que quiso salir al paso de los que negaban o ponían en duda la virginidad de María, quizá por no entender bien el sentido del Evangelio al hablar de los hermanos de Jesús. No faltaron tampoco eruditos de buena fe que, al leer ciertos pasajes del Antiguo Testamento, los tomaron en un sentido demasiado literal y se los aplicaron al mesías; con lo cual no tuvieron más remedio que fingir ciertos episodios en la vida de éste para confirmar su cumplimiento. Tales adaptaciones han dado origen a muchos detalles genuinamente apócrifos, v. gr., la cueva de la natividad y el buey y el asno acompañando a Jesús recién nacido…

Se comprende que la Iglesia había de reaccionar frente a un hecho histórico que tocaba tan de cerca las fuentes de la revelación. Sin embargo, no conocemos decreto alguno oficial en el que se catalogaran y condenaran categóricamente los apócrifos.

Al tratar de valorar la producción apócrifa, han aparecido con frecuencia tendencias antagónicas. Algunos, con manifiesta exageración, han llegado a sobreestimar hasta tal punto los apócrifos, que han querido ver en ellos la fuente de inspiración para los evangelios canónicos. Es una opinión que profesó en sus tiempos la escuela de Tübingen y que en la actualidad está pasada de moda, por decirlo así, ante los ojos de la crítica. Otros, con cierta frecuencia en la actualidad, minimizan su valor, bien porque desconocen estos escritos, bien porque creen que el hacer uso de ellos podría comprometer ciertas verdades dogmáticas.

Ante todo hay que dejar bien sentado que los apócrifos no aportan ningún dato a la revelación. Y es por demás evidente que no admiten comparación alguna en punto a riqueza espiritual, rectitud moral e incluso belleza formal con los Evangelios canónicos. Una simple lectura bastaría para confirmar la verdad de estos asertos, si no hubiéramos de prestar oídos a las enseñanzas de la Iglesia sobre esta materia.

Además, son muchos los defectos que en ellos se descubren. La causa de éstos radica con frecuencia en su origen popular y plebeyo. El sentido de la verdad histórica está muchas veces ausente de ellos y viene reemplazado por un sentido fantasista que degenera no raramente en episodios extravagantes, triviales e incluso de mal gusto. El lenguaje suele ser de baja calidad. Abundan incorrecciones y solecismos. En algunos pasajes, el valor literario es nulo.

Sin embargo, hemos de reconocer con la misma sinceridad que no todo es negativo en esta literatura. Si es verdad que el biógrafo de Cristo tiene poco que aprender en ella, sería imperdonable que el historiador de la Iglesia, de la liturgia e incluso de los dogmas la pasara por alto con gesto despectivo.

Paremos mientes sobre todo en su antigüedad. Algunos apócrifos se remontan en su forma actual, o en su núcleo primitivo, a las postrimerías del siglo II. Los más datan del siglo IV. Por ello reflejan a maravilla el sentir de aquellas primitivas comunidades cristianas acerca de Cristo, de su persona y de su familia. En algunos casos pueden ser portadores de tradiciones orales que, a su vez, pueden muy bien entroncar con los testigos de la vida del Señor y que en muchas ocasiones están refrendadas por el testimonio elocuente de los lugares en que Cristo habitó. Esto último sucede con el episodio de la huida a Egipto. Sin dejar de reconocer que la imaginación popular ha jugado un papel muy importante en la adulteración o desfiguración de las mencionadas tradiciones, no podemos por menos de conceder al testimonio de los apócrifos un valor histórico indirecto, que ciertamente no es despreciable…

 


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En esta serie dedicada a tres obras mitológicas de Rembrandt, y en concreto en la dedicada a Ganimedes, nos parece oportuno ofrecer dos obras literarias dedicadas al joven troyano.

El poeta Juan de Arguijo (1567-1623), hijo de familia adinerada sevillana, era patrón de las artes. Adquirió en círculos académicos una erudición clásica y arqueológica que era típica de la Sevilla renacentista. Su poesía es de un formalismo exquisito, sobre todo en los sonetos de tema clásico y pictorial.

Entre ellos tenemos el número XLIX, Júpiter a Ganimedes

A Ganimedes

No temas, o bellísimo troyano,
viendo que arrebatado en nuevo vuelo
con corvas uñas te levanta al cielo
la feroz ave por el aire vano.

¿Nunca has oído el nombre soberano
del alto Olimpo, la piedad y el celo
de Júpiter, que da la pluvia al suelo
y arma con rayos la tonante mano;

A cuyas sacras aras humillado
gruesos toros ofrece el Teucro en Ida,
implorando remedio a sus querellas?

El mismo soy. No al’águila eres dado
en despojo; mi amor te trae. Olvida
tu amada Troya y sube a las estrellas.

 

También el gran Johann Wolfgang Goethe, de quien ya hemos comentado algunas referencias mitológicas en sus Elegías Romanas,  compuso un poema sobre Ganimedes

Wie im Morgenglanze

Du rings mich anglühst,

Frühling, Geliebter!

Mit tausendfacher Liebeswonne

Sich an mein Herz drängt

Deiner ewigen Wärme

Heilig Gefühl,

Unendliche Schöne!

Daß ich dich fassen möcht

In diesen Arm!

Ach, an deinem Busen

Lieg ich, schmachte,

Und deine Blumen, dein Gras

Drängen sich an mein Herz.

Du kühlst den brennenden

Durst meines Busens,

Lieblicher Morgenwind!

Ruft drein die Nachtigall

Liebend nach mir aus dem Nebeltal.

Ich komm, ich komme!

Wohin? Ach, wohin?

Hinauf! Hinauf strebts.

Es schweben die Wolken

Abwärts, die Wolken

Neigen sich der sehnenden Liebe.

Mir! Mir!

In euerm Schoße

Aufwärts!

Umfangend umfangen!

Aufwärts an deinen Busen,

Alliebender Vater!

 

 

 

En tu luz matinal como me envuelves,

¡oh primavera amada!

Con todas las delicias del amor,

entra en mi pecho

tu sacro ardor de eterna llamarada;

¡oh infinita Belleza:

si pudiese estrecharte entre mis brazos!

Recostado en tu pecho languidece

mi corazón; de musgos y de flores

dulcemente oprimido, desfallece.

Tú apaciguas mi sed abrasadora,

¡oh brisa matinal y acariciante!

mientras el ruiseñor enamorado

me llama entre la niebla vacilante.

Ya voy, ya voy, y ¿adónde?

¡Ay! ¿Adónde? Hacia arriba, ¡siempre arriba!

Flotan, flotan las nubes o descienden

y abren paso al amor de ímpetu fiero.

A mí hacia mí, contra tu ser, ¡arriba!

¡En abrazo sin par, arriba, arriba!

Contra tu corazón, ¡oh dulce padre,

oh inmenso padre del amor fecundo!

 

Versión de Guillermo Valencia.

 

Estudiadas someramente las fuentes clásicas sobre Ganimedes, hablemos ahora del cuadro de Rembrandt.

Ficha técnica:

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669)

El rapto de Ganimedes, 1635

Óleo sobre lienzo, 177 x 130 cm

Dresde, Staatliche Kunstammlungen Dresden

Gemäldegalerie Alte Meister.

Firmado y fechado: “REMBRANDT. FT 1635”. FT equivale a FECIT, “lo hizo”, “lo pintó”

 

 

De la página de ARTEHISTORIA tomamos este texto sobre el cuadro:

 

El significado que intentan buscar los especialistas a esta obra pintada por Rembrandt podría encontrarse en una relación de Ganímedes con el alma infantil y pura que se regocija ante Dios, presentado a la vez como el niño meón que entrega al mundo el agua de la vida como símbolo de Acuario. De esta manera, Rembrandt unifica la interpretación religiosa con la mitológica, mostrando su capacidad no sólo técnicamente sino también en los significados de sus trabajos. El pequeño está iluminado por un potente foco de luz dorada que hace resaltar su cuerpo orondo y su rostro lloroso y temeroso ante el rapto que está sufriendo. En su mano izquierda sostiene unas cerezas – símbolo de la virtud o de los sentidos, según se considere – mientras con la derecha intenta zafarse del águila que le sujeta. El fondo está ligeramente oscurecido, empleando unos árboles como referencia espacial para crear la sensación del vuelo de Júpiter de la misma manera que recurre a unas referencias arquitectónicas en la esquina izquierda. El dinamismo y la tensión que el maestro transmite a través de esta composición le sitúan en sintonía con Rubens, mientras que las iluminaciones utilizadas son una aportación personal de Rembrandt tomando como base a Caravaggio y a Tiziano, dos de los maestros que más admiraba el holandés.

 

Más sobre el cuadro aquí.

 

Vamos ahora con el texto de Roberta d’Adda sobre la obra

El cuadro, cuya presencia en el mercado anticuario se conoce desde 1716, fue adquirido en 1751 por Federico Augusto II de Sajonia. El mito representado es narrado por numerosos autores clásicos: el bellísimo muchacho Ganimedes, hijo de Tros, rey de Troya, fue raptado por Júpiter en figura de águila. El dios quiso hacer de él su amante y lo llevó al Olimpo, donde el joven se convirtió en copero de los dioses; después Ganimedes fue transformado en la constelación de Acuario y se tornó inmortal..

 


En la interpretación de Rembrandt, Ganimedes es un niño espantado y lloroso agarrado por un águila volando. En el oscuro cielo, la única fuente de luz es el rayo de Júpiter, que se percibe arriba a la izquierda: el punto más claro de la composición lo constituyen la cara y el cuerpo del niño, que ocupa en centro del cuadro. Aumentan el realismo de la escena algunos detalles: arrebatado de la vida terrena, Ganimedes aprieta unas cerezas en el puño y aterrorizado, se orina de miedo. En un dibujo preparatorio para este cuadro, Rembrandt había previsto también la presencia de sus padres que, con la mirada dirigida al cielo, observaban impotentes el rapto de su hijo. En la tradición iconográfica, que tuvo entre sus más destacados intérpretes a Miguel Ángel, se presentaba a Ganimedes como un joven; frente a estas composiciones de tono áulico y heroico, la imagen de Rembrandt resulta anticonvencional y casi satírica. Sin embargo, la crítica, indagando el significado de la pintura, ha conjeturado que sea una interpretación en clave expresiva de complejos temas simbólicos. Históricamente, el mito de Ganímedes fue interpretado como una alegoría del alma que, en su pureza, anhela a Dios: en este sentido se explicaría la decisión de dar al héroe los rasgos de un chiquillo. Igualmente Ganimedes, que fue transformado en Acuario, puede simbolizar el invierno y sus lluvias; a esto aludiría en el cuadro de Rembrandt el elemento de la orina, que desciende sobre la tierra vivificándola.

 


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Con este tercer artículo finalizamos la miniserie sobre las reflexiones de Hans Küng sobre la Navidad, que aparecen en su libro Credo, y, en concreto, en el capítulo II Jesucristo, nacido de una Virgen e Hijo de Dios.

Esto también es comprensible para el hombre de hoy: el evangelio de la Navidad, entendido bien, es todo lo contrario de una historia edificante o sutilmente psicológica sobre el niño Jesús. Todos esos relatos bíblicos son narraciones cristológicas de muy honda reflexión teológica, al servicio de una predicación perfectamente concreta, que quiere poner de relieve de manera plástica, artística y con una radical crítica de la sociedad la verdadera importancia de Jesús como el Mesías que ha de salvar a todos los pueblos de la tierra. Esos evangelios de la Navidad no son, pues, una especie de primera fase de una biografía de Jesús o de una deliciosa historia de familia, ni son tampoco unas instrucciones terapéuticas, apenas diferentes del mito egipcio. Son, antes bien, una poderosa obertura de los grandes evangelios de Mateo y Lucas, la cual (como muchas buenas oberturas) contiene, como en una semilla, el mensaje que después se desarrollará narrativamente. Son la puerta de entrada al evangelio: en Jesús, el elegido de Dios, se han cumplido las promesas a los “Patriarcas” de la primera Alianza.

Con ello queda claro: el centro del evangelio no está constituido por los acontecimientos en torno al nacimiento de Jesús. El centro es Él, Jesucristo, con sus palabras completamente personales, sus obras y su Pasión. Él, como persona viva, que vive y gobierna en espíritu aún después de la muerte, Él es el centro. Con su mensaje, con su conducta, con su destino, ofrece la norma, muy concreta, por la que pueden regirse los hombres. Y ese Jesús no ha obrado a través de sueños o en sueños, sino a la clara luz de la historia. Y aunque él no haya dejado escrita una sola palabra, aunque sobre él sólo poseamos textos de carácter homilético y, por tanto, sólo indirectamente históricos, no cabe discusión: Jesús de Nazaret es una figura de la historia y, como tal, se distingue no sólo de todas las figuras de mitos, sagas, cuentos y leyendas, sino también de otras importantes figuras de la historia de las religiones, muy en especial – y muchos muestran hoy más interés por ella que por la religión egipcia – de la religión india, plena de vida y rica en mitos.

 


11. ¿Qué significa “encarnación”?

Algo semejante puede decirse del evangelio de Juan. También en este tardío cuarto evangelio se hace una clara distinción entre Dios y su enviado: “Ésa es la vida eterna: reconocerte a ti, el Dios único y verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú enviaste” (= αὕτη δέ ἐστιν ἡ αἰώνιος ζωή, ἵνα γινώσκωσιν σὲ τὸν μόνον ἀληθινὸν Θεὸν καὶ ὃν ἀπέστειλας ᾿Ιησοῦν Χριστόν; Juan 17, 3). O también. “Subo a mi Padre y a vuestro padre, a mi Dios y a vuestro Dios (= ἀναβαίνω πρὸς τὸν Πατέρα μου καὶ Πατέρα ὑμῶν καὶ Θεόν μου καὶ Θεὸν ὑμῶν; Juan 20, 17). No, ese evangelio tampoco desarrolla una cristología especulativa y metafísica – separada de las raíces judías -, sino que representa una cristología todavía muy vinculada al mundo del cristianismo judío, un mundo en que hay envío y revelación, en que también, por otra parte, las afirmaciones de la preexistencia (entendida de modo no mitológico) adquieren una marcada importancia. Pero tales afirmaciones de la preexistencia no tienen valor especulativo, ni propia importancia teológica, sino una “función” claramente delimitada: están al servicio de la revelación y de la redención que Dios realiza a través del Hijo enviado por él: “Juan no pregunta por la esencia y el ser metafísicos del Cristo preexistente; para él no es importante saber que antes de la encarnación ha habido dos personas divinas preexistentes, unidas en la única naturaleza divina”.

¿Qué quería, entonces, Juan, positivamente? “En primer plano está la siguiente profesión de fe: el hombre Jesús de Nazaret es el Logos de Dios en persona. Y lo es precisamente en tanto que hombre mortal; pero lo es solamente para quienes estén dispuestos a creer confiadamente que su palabra es palabra de Dios, sus actos, obras de Dios, su camino, historia de Dios, su cruz, también sufrimiento de Dios”.

 


¿Así que, en efecto, el Hijo de Dios “se hizo carne”? Indudablemente, esa categoría de la “encarnación” es ajena al pensamiento judío y al primitivo pensamiento judeocristiano, y tiene sus orígenes en el mundo helenístico. Y, sin embargo, también puede entenderse correctamente esa palabra desde un contexto judío. Pues todo se falsea si la encarnación se fija en el punctum mathematicum o mysticum de la concepción (“Anunciación a María”) o del nacimiento de Jesús (“Natividad”). El modelo griego de “encarnación” tiene que ser conectado, por así decir, con el contexto histórico del judío Jesús. Si se hace esto, entonces -como ya se ha anticipado- la Encarnación sólo se entiende correctamente desde la perspectiva de la totalidad de la vida y muerte y de la nueva vida de Jesús.

¿Qué significa entonces Encarnación? Encarnación significa: en ese hombre han tomado forma humana la palabra, la voluntad, el amor de Dios. En todo lo que habló y predicó, en la totalidad de su quehacer, de su actitud, en la totalidad de su persona, el hombre Jesús no actuó en modo alguno como “rival” (“segundo Dios”) de Dios. Sino que reveló, anunció, manifestó la palabra y la voluntad del Dios único.

Así, también en contexto judío se podría quizá intentar hacer la siguiente afirmación: él, en quien, según los testimonios, coinciden plenamente palabra y obra, doctrina y vida, ser y obrar, es en figura humana “palabra” de Dios, “voluntad” de Dios, “imagen” de Dios, “Hijo” de Dios.

Se trata sin duda de la unidad de Jesús con Dios. Pero incluso los concilios cristológicos afirman que no se trata de una “mezcla” o “aglutinación”, como temen judíos y musulmanes, sino – según el Nuevo Testamento – de una unidad del “trono”, del conocimiento, de la voluntad, del trato de Jesús con Dios, de una unidad de la revelación de Dios con y por Jesús. “Quien me ve a mí”, dice el evangelio de Juan, “ve al Padre” (Juan 14, 9).

En ese sentido primigenio, Jesús de Nazaret es la palabra hecha carne, el Logos de Dios en persona, la sabiduría de Dios en figura humana, y, en ese sentido, también el cristiano de hoy puede afirmar al final del segundo milenio cristiano: “Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios, nuestro Señor”.

 

Afirmación que nosotros suscribimos, ya entrado el segundo milenio y en la fiesta en la que celebramos la Encarnación de Jesucristo, Hijo único de Dios, nuestro Señor, y no otra cosa, por muchos falsos oropeles, muchas otras luces, muchos otros ruidos que se ofrezcan a nuestra contemplación.

Jesús, Dios hecho hombre, nace pobre, marginado, en el silencio, revelado a la gente humilde y sencilla. Él nos da a conocer al Padre: revela, anuncia, manifiesta la palabra y la voluntad del Dios único. Eso es la Encarnación; eso es la Navidad.

El comienzo del evangelio de Juan, por otra parte de una riqueza teológica muy profunda, es un bello texto que expresa mucho de lo aquí dicho:

᾿Εν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος, καὶ ὁ Λόγος ἦν πρὸς τὸν Θεόν, καὶ Θεὸς ἦν ὁ Λόγος.  οὗτος ἦν ἐν ἀρχῇ πρὸς τὸν Θεόν. Πάντα δι’ αὐτοῦ ἐγένετο, καὶ χωρὶς αὐτοῦ ἐγένετο οὐδὲ ἕν ὃ γέγονεν.  ἐν αὐτῷ ζωὴ ἦν, καὶ ἡ ζωὴ ἦν τὸ φῶς τῶν ἀνθρώπων· καὶ τὸ φῶς ἐν τῇ σκοτίᾳ καὶ ἡ σκοτία αὐτὸ οὐ κατέλαβεν.

᾿Εγένετο ἄνθρωπος ἀπεσταλμένος παρὰ Θεοῦ, ὄνομα αὐτῷ ᾿Ιωάννης· οὗτος ἦλθεν εἰς μαρτυρίαν, ἵνα μαρτυρήσῃ περὶ τοῦ φωτός, ἵνα πάντες πιστεύσωσιν δι’ αὐτοῦ.

οὐκ ἦν ἐκεῖνος τὸ φῶς, ἀλλ’ ἵνα μαρτυρήσῃ περὶ τοῦ φωτός. ῏Ην τὸ φῶς τὸ ἀληθινόν, ὃ φωτίζει πάντα ἄνθρωπον, ἐρχόμενον εἰς τὸν κόσμον.  ἐν τῷ κόσμῳ ἦν, καὶ ὁ κόσμος δι’ αὐτοῦ ἐγένετο, καὶ ὁ κόσμος αὐτὸν  οὐκ ἔγνω.  εἰς τὰ ἴδια ἦλθεν, καὶ οἱ ἴδιοι αὐτὸν οὐ παρέλαβον. ὅσοι δὲ ἔλαβον αὐτόν, ἔδωκεν αὐτοῖς ἐξουσίαν τέκνα Θεοῦ γενέσθαι, τοῖς πιστεύουσιν εἰς τὸ ὄνομα αὐτοῦ, οἳ οὐκ ἐξ αἱμάτων οὐδὲ ἐκ θελήματος σαρκὸς οὐδὲ ἐκ θελήματος ἀνδρὸς ἀλλ’ ἐκ Θεοῦ ἐγεννήθησαν.

Καὶ ὁ Λόγος σάρξ ἐγένετο καὶ ἐσκήνωσεν ἐν ἡμῖν, καὶ ἐθεασάμεθα τὴν δόξαν αὐτοῦ, δόξαν ὡς μονογενοῦς παρὰ Πατρός, πλήρης χάριτος καὶ ἀληθείας.  ᾿Ιωάννης μαρτυρεῖ περὶ αὐτοῦ καὶ κέκραγεν λέγων, Οὗτος ἦν ὃν εἶπον, ῾Ο ὀπίσω μου ἐρχόμενος ἔμπροσθέν μου γέγονεν, ὅτι πρῶτός μου ἦν. ὅτι ἐκ τοῦ πληρώματος  αὐτοῦ ἡμεῖς πάντες ἐλάβομεν, καὶ χάριν ἀντὶ χάριτος· ὅτι ὁ νόμος διὰ Μωϋσέως ἐδόθη, ἡ χάρις καὶ ἡ ἀλήθεια διὰ ᾿Ιησοῦ Xριστοῦ ἐγένετο. Θεὸν οὐδεὶς ἑώρακεν πώποτε· μονογενὴς Θεὸς ὁ ὢν εἰς τὸν κόλπον τοῦ Πατρὸς ἐκεῖνος ἐξηγήσατο.

 

 

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios,  y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: «Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.

 

 

 

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