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Archive for the ‘Música’ Category

 

Y llegamos, por fin, a esta larga serie en la que hemos glosado, con ayuda de la traducción y notas de José Guillermo Montes Cala, en su edición en Gredos, el poema “Hero y Leandro”, de Museo el Gramático, que surgió, allá por el 23 de diciembre de 2015, como consecuencia de la audición en el programa de Radio Clásica “El mundo de la fonografía”, que dirigía y presentaba el inigualable y tristemente fallecido José Luis Pérez de Arteaga, el 10 de octubre de 2015, del poema sinfónico “Ero e Leandro” de Alfredo Catalani, interpretado por la Oquesta Sínfónica de Roma, dirigida por Francesco La Vecchia.

 

En aquel primer capítulo también hablamos de la cantata Ero e Leandro HWV 150 (Qual ti riveggio, oh Dio!) de Handel que ofrecemos en esta última entrada.

 

 

Estábamos ofreciendo poemas quevedianos de tono burlesco sobre el mito de Hero y Leandro y, en el anterior capítulo, ofrecimos completo el poema de Quevedo Hero y Leandro en paños menores.

 

 

 

Carlos García Gual, al final del prólogo a la edición de Montes Cala, dice:

Es muy curioso que tanto Góngora como Quevedo coincidieran en darnos sus caricaturas del idilio, desmitificando el episodio con sus brochazos de farsa. Contrastan con el tono general con que los autores del Siglo de Oro evocaron la trágica historia de los amantes. Un tono que reaparece en autores posteriores, como los ilustrados Luzán y Nicolás Fernández de Moratín, que le dedicaron sendos poemas, excelentes ambos.

Tambien de sus dos poemas podemos citar, muy brevemente, los comienzos. Ignacio de Luzán compuso en cuartetas un buen relato titulado: “Leandro y Hero, idilio anacreóntico”, que empieza asi:

Musa, tú que conoces

los yerros, los delirios

los bienes y los males

de los amantes finos

Dime quién fue Leandro

qué Dios o qué maligno

astro en las fieras ondas

cortó a su vida el hilo

Leandro a quién mil veces

los duros ejercicios

del estadio ciñeron

de rosas y de mirtos

equívoco contigo”.

 

 

Y Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780) un soneto de clásico corte:

Del más constante amor nave y pirata,

faluca ardiente, y bergantín amante,

intrépido, amoroso y arrogante

boga Leandro en piélagos de plata.

Más ¡ay! que inquieto el Euro se desata:

gime el ponto con silbo resonante,

y al viviente bagel ya fluctuante

atropella, sumerge y arrebata.

Viéndose de la muerte amenazado,

él las ondas con voz entristecida

así clamaba el joven desdichado:

Perdonadme (les dijo) ahora en la ida;

y sofocad mi aliento fatigado,

en volviendo de ver a mi querida.

 

 

 

 

Hemos encontrado también Hero y Leandro, poema sinfónico compuesto por Ginés Martínez Vera para orquesta sinfónica, basado en la mitología griega, con el que en 2016 ganó la medalla de plata en THE GLOBAL MUSIC AWARDS 

 

Pero no debemos prolongar mas este prólogo, en el que sólo hemos querido destacar algunos hitos de esa tradición hispánica del tema y del poema de Museo. Los comentarios críticos que Francisca Moya, en su ya citado estudio, y José Guillermo Montes Cala, en su introducción, ofrecen cuidadosa y doctamente permiten tener una buena idea de la larga estela de imitaciones y ecos de la misma en nuestra literatura.

 

 

Sírvanos este párrafo del final del prólogo de García Gual, para dar fin también a nuestro trabajo sobre Hero y Leandro y su pervivencia en la poesía española, que hemos realizado con la inestimable ayuda de la traducción y notas de José Guillermo Montes Cala, en su edición de Gredos, el prólogo de Carlos García Gual a dicha edición, María Jesús Franco Durán (Universidad de Salzburgo, Austria) en El mito de Hero y Leandro: algunas fuentes grecolatinas y supervivencia en el Siglo de Oro español, y Francisca Moya del Baño en El tema de Hero y Leandro en la literatura española (publicaciones de la Universidad de Murcia, 1966.

Si ha servido mínimamente para recordar este mito de la antigüedad clásica, nos daremos por satisfechos.

 

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Tras el primer romance quevediano “Hero y Leandro” (Esforzóse pobre luz) y el análisis de Vicente José Nebot Nebot, en La taberna nº 36, del poema Hero y Leandro en paños menores, vamos a ofrecerlo completo.

Aparece en este poema una breve una alusión al mito de Hero y Leandro, en el que estos amantes trágicos sufren un desafortunado final por intentar mantener un amor prohibido. Concretamente, Hero vivía en una torre en la que cada noche encendía una luz que servía para que Leandro pudiera atravesar el estrecho y pudieran reunirse. Una noche de tormenta, el viento apagó la luz de Hero, por lo que Leandro no tenía ninguna referencia y murió ahogado. También Hero murió, ya que se tiró desde la torre. En el poema se identifica su corazón con Leandro, por lo que se interpreta que lucha por sus sentimientos e intenta no morir por ellos (“su amor ostenta, su vivir apura”) en un tormento ardiente (“fuego proceloso”) que le causa que su amor por la dama del cabello dorado no pueda realizarse. Ya en la primera estrofa se hizo referencia a una tormenta, lo que le aporta un nuevo matiz: la “tempestad”, que se interpreta como el movimiento del cabello, también hace referencia al sufrimiento que le producen sus sentimientos amorosos.

 

Señor don Leandro,

vaya en hora mala,

que no puede en buena

quien tan mal se trata.

¿Qué se imagina cuando

de bajel se zarpa,

hecho por la Hero

aprendiz de rana?

¿Pescado se vuelve

el hijo de cabra,

para quien mondongo

quiere más que escamas?

 

 

Ya no hará en sorberse

el mar mucha hazaña

un amante huevo

pasado por agua.

Bracear y a ello,

por ver la muchacha,

una perla toda,

que a menudo ensartan.

Moza de una venta

que la Torre llaman

navegantes cuervos

porque en ella paran.

Chicota muy limpia,

no de polvo y paja,

que hace camas bien

y deshace camas.

 

 

Corita en cogote

y gallega en ancas,

gran mujer de pullas

para los que pasan.

Piernas de ramplón,

fornida de panza,

las uñas con cejas

de rascar la caspa.

Rolliza, y muy rollo,

donde cuelgan bragas,

derribada de hombros,

pero más de espaldas.

Que aunque del futuro

con nombre la llaman

del buen sum, es, fui,

cumple sus palabras.

Bien en puros cueros

va, pues, a esta dama,

que los apetece

más que las enaguas.

 

 

Y rema contento

mirando su cara,

estrellón de venta,

norte con quijadas.

Un candil le asoma

por una ventana,

farol de cocina

que el viento le apaga.

Tan mal prevenida,

que unas hojarascas

ardiendo no tiene

con que se enjugara.

Del candil la mecha

es toda su llama

y con muchas tales

no cura sus llagas.

 

 

Pero ir sin gregüescos

no es muy mala traza

para disculparse

del no darle blanca.

Si ansí fueran todos

a ver a sus daifas,

fueran ahorrados

y ahorros de paga.

Que aunque de sus uñas

hicieran tenazas,

estuvieran libres

que los desnudaran.

Si como va vuelve,

buena dicha alcanza,

y si por las cortas,

el mar no le embarga,

Guarde que le dé

por cárcel la casa,

pues son calabozos

sus mejores salas.

Mancebito, aguije,

que los vientos braman

y la luz dormita

ya en trémulas pausas.

 

 

Para cuando vuelva

pida las borrascas,

que a un arrepentido

no serán ingratas.

Si el nadar despacio

para entonces guarda,

andará entendido,

ya que necio hoy anda.

Porque de la moza

la limpieza es tanta,

que al hondo a lavarse

entrará de gana.

¿Pero qué le ha dado?

Sin duda es que traga

a la engendradora

de las cucharadas.

¿Juega al escondite?

 

 

Si danza, sea la alta,

que en el mar no es bueno

el danzar la baja

¿Se ahoga de veras,

o finge las bascas

por hacer reír

a la desollada?

Pero ya dió al traste.

¡Hay tan gran desgracia,

que a vista del puerto

no llegue a la playa!

No habrá habido ahogado

que mejor lo haga,

ni con menos gestos,

ni con mayor gracia.

Ya Hero lo ha visto

y por él se arranca

todos los cabellos,

y se mete a calva.

 

 

A diluvios llora,

no en forma ordinaria,

la nariz moquitas,

los ojos lagañas.

“¡Ay Leandro! -dijo-.

grítelo la fama,

que muerto el efeto

no vivió la causa.

Más ya que desnudo

a morir te echabas,

mucho tus vestidos

hoy me consolaran

Más pues todo amores

fué ese pecho y nada,

a nadar contigo

éste mío vaya.

 

 

Desde este desván

a ese mar de plata

dar conmigo quiero

una zaparrada,

por si a los dos juntos

piadoso nos traga,

como caperuzas,

algún pez tarasca.

Y en sepulcro vivo,

por tálamo, zampa

estos dos amargos

de una vez la Parca.

Que para memoria,

en las peñas pardas

que este dolor miran

casi lastimadas,

escribirá Amor

con letra bastarda

cortando una pluma

de sus propias alas:

Cual güevos murieron

tonto y mentecata,

Satanás los cene,

buen provecho le hagan.

 

 

Calló, y lo primero

el candil dispara;

y, por no mancharse

las olas se apartan:

Y deshecha en llanto,

como la que vacía,

echándose, dijo:

“Agua va”. a las aguas.

Hízose allá el mar

por no sustentarla,

y porque la arena

era menos blanda.

Dio sobre el aceite

del candil, de patas,

y en aceite puro

se quedó estrellada.

La verdad es ésta,

que no es patarata,

aunque más jarifa

Museo la canta.

 

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Tras los dos sonetos serios de Quevedo ofrecidos en el anterior capítulo y un breve análisis de María José Franco Durán de la ridiculización, burla y sarcasmo que Quevedo hace de los mitos clásicos, vamos con uno de los romances del poeta madrileño.

El “Romance de Hero y Leandro” es, como el “Hero y Leandro en paños menores”, un romance cómico, y empieza:

 

“Hero y Leandro”

Esforzóse pobre luz pobre luz 

A contrahacer el Norte,

A ser piloto el deseo,

A ser farol una torre.

Atrevióse a ser Aurora

Una boca a media noche,

A ser bajel un amante,

Y dos ojos a ser Soles.

Embarcó todas sus llamas

El Amor en este joven,

Y caravana de fuego,

Navegó Reinos Salobres.

 

 

Nuevo prodigio del Mar

Le admiraron los Tritones;

Con centellas, y no escamas,

El agua le desconoce.

Ya el Mar le encubre enojado,

Ya piadoso le socorre,

Cuna de Venus le mece,

Reino sin piedad le esconde.

Pretensión de mariposa

Le descaminan los Dioses:

Intentos de Salamandra

Permiten que se malogren.

Si llora, crece su muerte,

Que aun no le dejan que llore;

Si ella suspira, le aumenta

Vientos que le descomponen.

 

Tate; (c) Tate; Supplied by The Public Catalogue Foundation

 

Armó el estrecho de Abido,

Juntaron vientos feroces

Contra una vida sin alma

Un ejército de montes:

Indigna hazaña del Golfo,

Siendo amenaza del Orbe,

Juntarse con un Cuidado

Para contrastar un hombre.

Entre la luz y la muerte

La vista dudosa pone;

Grandes Volcanes suspira

Y mucho piélago sorbe.

Pasó el mar en un gemido

Aquel espíritu noble:

Ofensa le hizo Neptuno,

Estrella le hizo Jove,

De los bramidos del Ponto

Hero formaba razones,

Descifrando de la orilla

La confusión en sus voces.

 

 

Murió sin saber su muerte,

Y expiraron tan conformes,

Que el verle muerto añadió

La ceremonia del golpe.

De piedad murió la luz,

Leandro murió de amores,

Hero murió de Leandro,

Y Amor de envidia murióse.

 

Vicente José Nebot Nebot, en La taberna nº 36, nos dice:

La degradación de los mitos en Quevedo se adscribe a su afamada producción satírico-burlesca, sumo ejemplo de imaginación expresiva y dominio del lenguaje. Los mitos clásicos, idealizados durante el periodo renacentista, representaron en Quevedo una gran fuente de inspiración para la composición tanto de poemas graves donde aflora el respeto artístico y, a su vez, para fraguar parodias sumamente degradadoras del mito.

 

 

La historia de Hero y Leandro suscitó dos versiones quevedianas. “Hero y Leandro” está narrada como un amor desdichado y se trata de una versión seria, aunque sin el citado culto renacentista (compárese con el soneto de Hernando de Acuña, “De la alta torre al mar Hero miraba”, o con el de Garcilaso “Pasando el mar Leandro el animoso”), secundada por otros poetas barrocos. Probablemente, Góngora escribió la primera parodia del mito en “Arrojóse el mancebito”, en cuyo poema Quevedo copió la imagen de Leandro como huevo pasado por agua y de Hero como huevo estrellado, chistes que se hicieron muy populares y fueron muy imitados. En la versión sumamente burlesca de don Francisco “Hero y Leandro en paños menores”, la descripción y la narración grotescas llegan a innovadores extremos caricaturescos.

El romancillo “Hero y Leandro en paños menores” es una parodia mordaz en la que el autor se burla abiertamente de la historia de Hero y Leandro y, por extensión, del hecho amoroso. La forma métrica, el uso de versos hexasílabos, también se corresponde con los poemas de carácter satírico o festivo (baste citar algún ejemplo de Quevedo, “La vida poltrona”, o de Góngora, “Hermana Marica”). Leandro es aquí “aprendiz de rana”, frente a la “caravana de fuego” del otro poema quevediano dedicado al mito, y Hero es “moza de una venta”, con toda la denostación que ello implica, pues las mozas de las ventas tenían fama de echarse con sus huéspedes. La descripción de Hero es la de una figura grotesca, lejos de la idealización renacentista, con numerosas alusiones sexuales en que los amantes quieren encontrarse por apaciguar su deseo lujurioso.

 

 

Algunas referencias, comentadas por James O. Crosby: “…por ver la muchacha, / una perla toda / que a menudo ensartan” (la perla se ensarta metiendo el hilo por el agujero de ésta); “las uñas con cejas / de rascar la caspa” (además del sentido literal, alude a rascar el pelo del pubis). Hero es tratada como una ramera (“daifa”) que no cobra por sus favores, dado que Leandro va hacia su torre en cueros y sin “blanca”. Cuando éste se ahoga, es descrito de esta manera: “Pero ¿qué le ha dado? / sin duda es, que traga / a la engendradora / de las cucarachas”, ya que, explica Cobarrubias, “las cucarachas se criaban debajo de las tinajas de agua y de las piedras, donde hay humedad”. Mientras, Hero se desespera viendo a Leandro: “y por él se arranca / todos los cabellos / y se mete a calva”; sus lloros no son nada “ordinarios”, pues van mezclados de “moquitas” y “lagañas”. Seguidamente, el discurso que declama Hero es impropio de su imagen tradicional, insertado en una parodia donde se reúnen elementos burlescos hasta su término. Cuando Hero se lanza desde lo alto de la torre, el mar se aparta “por no sustentarla, / y porque la arena / era menos blanda”. Hero anuncia su caída al grito de “¡agua va!”, expresión de la época que anunciaba a la gente de la calle que se iba a tirar el agua sucia de la casa.

 

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Y, tras haber ofrecido en el anterior capítulo el primer romance burlesco de Góngora Fábula de Hero y Leandro (1610) que se inicia así: Aunque entiendo poco griego, vamos ahora con el otro romance gongorino, que es continuación del ya ofrecido:

SEGUNDA PARTE DE LA FÁBULA DE LOS AMORES DE HERO Y LEANDRO, Y DE SUS MUERTES (1589)

Arrojóse el mancebito

al charco de los atunes,

como si fuera el estrecho

poco más de medio azumbre.

Ya se va dejando atrás

las pedorreras azules

con que enamoró en Abido

mil mozuelas agridulces.

Del estrecho la mitad

pasaba sin pesadumbre,

los ojos en el candil,

que del fin temblando luce,

cuando el enemigo cielo

disparó sus arcabuces,

se desatacó la noche

y se orinaron las nubes.

 

(c) Sir Christopher Cook, Bt; Supplied by The Public Catalogue Foundation

 

Los vientos desenfrenados

parece que entonces huyen

del odre donde los tuvo

el griego de los embustes.

El fiero mar, alterado,

que ya sufrió como yunque

al ejército de Jerjes,

hoy a un mozuelo no sufre;

mas el animoso joven,

con los ojos cuando sube,

con el alma cuando baja,

siempre su norte descubre.

No hay ninfa de Vesta, alguna,

que así de su fuego cuide

como la dama de Sesto

cuida de guardar su lumbre:

con las almenas la ampara,

porque ve lo que le cumple,

con las manos la defiende

y con las ropas la cubre;

 

 

pero poco le aprovecha,

por más remedios que use,

que el viento con su esperanza

y con la llama concluye.

Ella entonces, derramando

dos mil perlas de ambas luces,

a Venus y a Amor promete

sacrificios y perfumes;

pero Amor, como llovía,

y estaba en cueros, no acude,

ni Venus, porque con Marte

está cenando unas ubres.

El amador, en perdiendo

el farol que lo conduce,

menos nada y más trabaja,

más teme y menos presume;

ya tiene menos vigor,

ya más veces se zabulle,

ya ve en el agua la muerte,

ya se acaba, ya se hunde.

 

 

Apenas expiró, cuando,

bien fuera de su costumbre,

cuatro palanquines vientos

a la orilla lo sacuden,

al pie de la amada torre

donde Hero se consume,

no deja estrella en el cielo

que no maldiga y acuse;

y viendo el difunto cuerpo,

la vez que se lo descubren

de los relámpagos grandes

las temerosas vislumbres,

desde la alta torre envía

el cuerpo a su amante dulce,

y la alma a donde se queman

pastillas de piedra zufre.

 

 

Apenas del mar salía

el sol a rayar las cumbres,

cuando la doncella de Hero,

temiendo el suceso, acude,

y, viendo hecha pedazos

aquella flor de virtudes,

de cada ojo derrama

de lágrimas dos almudes.

Juntando los mal logrados,

con un punzón de un estuche

hizo que estas tristes letras

una blanca piedra ocupen:

 

 

Hero somos, y Leandro,

no menos necios que ilustres,

en amores y firmezas

al mundo ejemplos comunes.

El amor, como dos huevos

quebrantó nuestras saludes:

él fue pasado por agua,

yo estrellada mi fin tuve.

Rogamos a nuestros padres

que no se pongan capuces,

sino, pues un fin tuvimos,

que una tierra nos sepulte.

 

Y tras Góngora, su gran rival: Quevedo

García Gual nos dice en el prólogo de la edición de Montes Cala en Gredos:

En Quevedo encontramos un soneto de tono serio (titulado “Describe a Leandro fluctuante en el mar”) y dos poemas burlescos (F. Moya recoge uno más, que parece variante del último).

Éste es el soneto serio:

Describe a Leandro fluctuante en el mar

Flota de cuantos rayos y centellas

en puntas de oro el ciego Amor derrama,

nada Leandro; y cuanto el polo brama

con olas, tanto gime por vencellas.

Maligna luz multiplicó en estrellas

y grande incendio sigue pobre llama:

en la cuna de Venus quien bien ama,

no debió recelarse de perdellas.

Vela y remeros es, nave sedienta;

mas no le aprovechó, pues desatado

Noto los campos líquidos violenta.

Ni volver puede, ni pasar a nado;

si llora crece el mar y la tormenta;

que hasta poder llorar le fue vedado.

 

 

Y éste el otro:

En crespa tempestad del oro undoso

nada golfos de luz ardiente y pura

mi corazón, sediento de hermosura,

si el cabello deslazas generoso.

Leandro en mar de fuego proceloso

su amor ostenta, su vivir apura;

Ícaro en senda de oro mal segura

arde sus alas por morir glorioso.

Con pretensión de fénix encendidas

sus esperanzas, que difuntas lloro,

intenta que su muerte engendre vidas.

Avaro y rico, y pobre en el tesoro,

el castigo y la hambre imita a Midas,

Tántalo en fugitiva fuente de oro.

 

 

Franco Durán en su trabajo citado dice sobre las obras de Góngora y Quevedo:

Si con Góngora los dioses antiguos mantenían su categoría de tales, a pesar de la ridiculización de que son objeto los héroes de la mitología clásica, con Quevedo la burla y el sarcasmo llega a límites insospechados. El romance en versos cortos “Hero y Leandro en paños menores” nos indica ya desde su título el carácter que este autor va a darle a su fábula.

Hero es una moza de una venta llamada La Torre -aquí la transformación de la torre en la que vivía Hero por el nombre de una posada- que se dedica a la prostitución y cuyos clientes principales son los marinos que se paran allí a descansar. Leandro es uno de estos hombres que es recibido por Hero cada noche. Quevedo satiriza en extremo la relación sexual de la prostituta y el navegante. A través de alusiones a diversos refranes y metáforas despectivas, interrogaciones retóricas y lenguaje vulgar, el autor acelera el ritmo de romance, mucho más narrativo en Góngora, y nos ofrece una versión escéptica para llegar a la máxima deformación en el tratamiento de los modelos antiguos. Quevedo se sirve de algunas imágenes conocidas –el huevo pasado por agua para designar la natación de Leandro y una Hero estrellada en el epitafio final- utilizadas anteriormente, como ya hemos dicho, por Mateo Vázquez de Leca y Góngora en su versión de 1610.

Se debe considerar la absoluta decadencia en el tratamiento del género que alcanzaría su máximo apogeo en la primera mitad del siglo XVIII con Francisco Nieto y Molina, entre otros.

De la historia de Hero y Leandro también tiene Quevedo una versión seria que nos cuenta la historia amorosa de los dos personajes. La única novedad con respecto a las fuentes grecolatinas y a la dimensión que le dieron el resto de los poetas hasta aquí mencionados, es el suicidio de Hero sin llegar a conocer la muerte de su amante.

 

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Luis de Góngora y Argote (1561-1627), retrato de Diego de Velázquez

Analizábamos, con ayuda de María José Franco Durán, en el anterior capítulo de esta serie dos romances burlescos sobre el mito de Hero y Leandro, de Luis de Góngora: Aunque entiendo poco griego y Arrojóse el mancebito.

Es momento de ofrecer el primero de ellos.

En él hay una alusión al poema de Museo (aunque entiendo poco griego, en mis greguescos he hallado ciertos versos de Museo ni muy duros ni muy blandos) y también un recuerdo, no muy benevolente, a Boscán (cualquier lector que quisiere entrarse en el carro largo de las obras de Boscán se podrá ir con él de espacio, que yo a pie quiero ver más un toro suelto en el campo, que en Boscán un verso suelto, aunque sea en un andamio); además bastantes citas de personajes mitológicos como Narciso, Orfeo, Anfión, Cupido y Venus.

El tono de mofa y burla está presente en todo el romance; citemos, a modo de ejemplo, la descripción de los padres de Hero:

tuvo por padre a un hidalgo,

alcaide que era de Sesto,

mal vestido y bien barbado;

su madre, una buena griega,

con más partos y postpartos

que una vaca…

Aquí lo tenemos:

 

FÁBULA DE HERO Y LEANDRO (1610)

Aunque entiendo poco griego,

en mis greguescos he hallado

ciertos versos de Museo

ni muy duros ni muy blandos.

De dos amantes la historia

contienen, tan pobres ambos,

que ella, para una linterna,

y él no tuvo para un barco.

Dice, pues, que doña Hero

tuvo por padre a un hidalgo,

alcaide que era de Sesto,

mal vestido y bien barbado;

su madre, una buena griega,

con más partos y postpartos

que una vaca, y el castillo,

una casa de descalzos

cernícalos de uñas negras

en las almenas crïados:

 

 

muchos dones a un candil

y témporas todo el año.

También dice este poeta

que era hijo, don Leandro,

de un escudero de Abido,

pobrísimo, pero honrado;

grandes hombres, padre y hijo,

de regalarse, el verano,

con gigotes de pepino,

y, los hibiernos, de nabo,

la política del diente

cometían luego a un palo,

vara, y no de vagabundos,

pues no los ha desterrado.

Era, pues, el mancebito

un Narciso iluminado,

virote de Amor, no pobre

de plumas y de penachos;

de su barrio y del ajeno

diligentísimo braco,

grande orinador de esquinas,

pero ventor por el cabo;

citarista, aunque nocturno,

y Orfeo tan desgraciado,

que nunca enfrenó las aguas

que convocó el dulce canto,

puesto que ya, de Anfión

imitando algunos pasos,

llamó a sí muchas más piedras

que tuvo el muro tebano.

 

 

Este, pues, galán, un día,

no sé si a pie o a caballo,

salió (Dios en hora buena)

no muy bien acompañado.

Cualquier lector que quisiere

entrarse en el carro largo

de las obras de Boscán

se podrá ir con él de espacio,

que yo a pie quiero ver más

un toro suelto en el campo,

que en Boscán un verso suelto,

aunque sea en un andamio.

Y así, no sé dónde fueron

ni cómo se convocaron

los devotos convecinos

de templo tan visitado;

sé al menos que concurrieron

cuantos baña comarcanos

el sepulcro de la que iba

a las ancas de su hermano.

Esto sólo de Museo

entendí; y abrevïando,

a la vela o romería

llegó en un rocín muy flaco

el noble alcaide de Sesto,

y la alcaidesa, en un asno

(con perdón de los cofrades),

doña Hero, en un cuartago,

gallarda de capotillo

y de sombrero bordado,

que le prestó para ello

la mujer de un veinticuatro.

 

 

Los demás caballeritos

en la torre se quedaron,

cuál sin pluma y cuál con ella,

y todos de hambre pïando.

Alborotó la aula Hero,

que el muro del velo blanco

tenía dos saeteras

para los ojos rasgados,

a quien se calaron luego

dos o tres torzuelos bravos

como a búho tal; y, entre ellos,

el abideno bizarro

pïóla cual gorrión,

cacareóla cual gallo,

arrullóla cual palomo,

hízola ruedas cual pavo.

Ella, del guante al descuido

desenvainando una mano,

lo aseguró y le dio un bello

cristalino cintarazo.

Quedó aturdido el mozuelo,

y, medio desatinado,

almíbar dejó, de amor,

caérsele por los labios:

poco fue lo que le dijo,

mas tan dulce, aunque tan bajo,

que, hecho sacristán, Cupido

le corrió el velo al retablo.

 

 

Dejó caer el rebozo,

y descubrió un «sepan, cuantos

esta buena cara vieren,

que han de morir anegados».

Crepúsculo era, el cabello,

del día, entre obscuro y claro,

rayos de una blanca frente,

si hay marfil con negros rayos;

de ébano quiere el Amor

que las cejas sean dos arcos,

y no de ébano bruñido,

sino recién aserrado;

los ojazos negros dicen:

«Aunque negros, gente samo,

condes, somos, de Buendía,

si no somos condes Claros».

Los títulos me perdonen,

y el dibujo prosigamos,

que si no los tuvo Grecia,

los pidió a España prestados:

la nariz, algo aguileña,

que lo corvo, vinculado

lo dejó Ciro a los griegos,

como alfanje, en mayorazgo;

 

 

de rosas y de jazmines

mezcló el cielo un encarnado

que, por darlo a sus mejillas,

se lo hurtó a la alba aquel año;

en dos labios dividido,

se ríe un clavel rosado,

guardajoyas de unas perlas

que invidia el mar Indïano;

lo torneado del cuello

y del pecho el alabastro

tentaciones son, Señor,

sed libera nos a malo;

entre lo que no se ve

y lo que brujuleamos

metió, una basquiña verde,

el bastón terciopelado.

Estas eran las bellezas

de aquel ídolo de mármol

que a razones y a pellizcos

tenía ya, el mozuelo, blando.

Favoreciólos la noche

prestándoles tiempo, y tanto,

que se contaron sus vidas

y sus muertes concertaron.

 

Tate; (c) Tate; Supplied by The Public Catalogue Foundation

 

Señora madre, devota,

se estuvo siempre rezando,

y señor padre, poltrón,

se salió a dormir al claustro:

con esto dieron lugar

a que el galán diese asalto

y escalase el pecho bobo,

sin tocar nadie a rebato.

Celebrada, pues, la fiesta,

por aquellos mismos pasos

(si bien con otros intentos)

que vinieron, se tornaron.

Pulgas pican al pelón,

y tiénenlo tan picado,

que diera al Tiempo las plumas

de su sombrerillo pardo

para que le sincopara

el término señalado

a los gustos no cumplidos

y a los días mal logrados.

Llegó, al fin, que no debiera,

en un día muy nublado

y una noche muy lloviosa,

luto el uno, la otra, llanto.

Apenas la obscura noche

las cintas se ató del manto,

y no del manto de lustre,

sino de soplos del austro,

cuando el mozuelo orgulloso

hacia el mar, ya alborotado,

un pie con otro, se fue

descalzando los zapatos.

Llegó desnudo a la orilla,

donde estuvieron un rato

las faldas de la camisa

a las ondas imitando.

 

 

Haciendo con el estrecho,

que ya le parece ancho,

lo que el día de la purga

el enfermo con el vaso,

la trémula seña, aguarda,

que de luz corone lo alto,

si tanta distancia puede

vencella farol tan flaco.

Présaga, al fin, del suceso,

turbada, salió, del caso,

y cobarde al fiero soplo

del animoso contrario.

Leandro, en viendo la luz,

la arena besa, y gallardo,

«¡Oh, de la estrella de Venus

-le dice- ilustre traslado!:

norte eres ya de un bajel

de cuatro remos por banco;

si naufragare, serás

Santelmo de su naufragio.

A tus rayos me encomiendo,

que, si me ayudan tus rayos,

mal podrá un brazo de mar

contrastar a mis dos brazos».

Esto dijo, y repitiendo

«Hero y Amor», cual villano

que a la carrera ligero

solicita el rojo palio…

 

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Por esta breve muestra de la pervivencia del mito de Hero y Leandro en las letras españolas, que estamos ofreciendo con ayuda de trabajos de Carlos García Gual, Mª José Franco Durán y Francisca Moya del Baño, como segunda parte de esta larga serie, en la que empezamos analizando el poema Hero y Leandro de Museo, con la traducción y valiosas notas de José Guillermo Montes Cala, han pasado ya autores como Diego Hurtado de Mendoza, Juan de Coloma, Francisco Sáa de Miranda, Diego Hernando de Acuña, Gutierre de Cetina, Diego Ramírez Pagán, Fernando de Herrera, Félix Lope de Vega Carpio, Francisco López de Zárate y un soneto viejo, de autor anónimo.

Seguimos con otros.

María José Franco Durán nos ofrece los siguientes:

Juan de Valdés y Meléndez (1754-1817) compuso otro soneto dedicado al tema. La única novedad con respecto a Garcilaso es que Valdés refleja su situación personal. En el último terceto se dirige a Leandro por el que siente envidia ya que al menos el personaje ha disfrutado del amor en tres o cuatro ocasiones antes de perecer en las aguas.

 

La luz mirando, y con la luz más ciego,

rompe Leandro espumas plateadas,

y entre las olas con el viento hinchadas,

 pide al cieio piedad, al mar sosiego.

Acuden olas en sintiendo el fuego,

y así les dice, viéndolas airadas:

“Dejadme mientras voy, olas sagradas,

y anegarme podréis voliendo luego”.

Tiempla su amor eJ trance riguroso,

sepulta su esperanza el mar airado,

y la postrera voz entrega al viento.

¡Oh tres y cuatro veces venturoso;

 y triste yo, que tras haber gozado,

perdí las esperanzas y el contento!

 

 

Hipólita de Narváez (finales el 1500 a mediados del 1600) compone otro soneto y que aquí reproduzco:

 

Rompe Leandro, con gallardo intento,

el mar confuso, que soberbio brama;

y el cielo, entre relámpagos derrama

espesa lluvia con furor violento.

Sopla con fuerza el animoso viento;

¡Triste de aquel que es desdichado y ama!

Al fin al agua ríndese la llama,

y a la inclemente furia es sufrimiento.

Mas ¡oh infelice amante! pues al puerto

llegaste, deseado por tí tanto,

aunque con cuerpo muerto y gloria incierta.

Y desdichada yo, que en mar incierto

muriendo entre las aguas de mi llanto

aun no espero tal bien después de muerta.

 

Como Juan de Valdés, muestra su situación personal y la compara con la de Leandro, aunque ella es todavía mucho más desventurada. El mito, pues, le sirve de excusa para reflejar sus propios sentimientos.

 

 

El soneto XXII de Juan de Arguijo titulado “Leandro” comienza también con la natación del amante y no nos aporta novedades temáticas.

Éste es el soneto de Arguijo (1567-1623):

 

En la pequeña luz de Sesto pone

desde el puerto los ojos i, atreuido,

rompe Leandro el mar que, embravecido,

a sus intentos más i más se opone.

Mas él cuida[n]do que la muerte abone

su grande amor, se ofrece al conocido

peligro i, de las ondas ya vencido,

a amansallas en vano se dispone.

“Ondas”, dixo muriendo, “si consiente

vuestro furor de un triste amante el ruego,

sed por un rato a mi dolor piadosas;

“Frenad el curso a la veloz corriente,

mostraos benignas sólo mientras llego,

i cuando buelva me anegad furiosas”.

 

 

El cordobés Luis de Góngora y Argote (1561-1627) escribió dos romances burlescos sobre el mito.

Franco Durán dice:

De Góngora también es un romance burlesco que comienza: Aunque entiendo poco griego, compuesto en 1610. La composición de fábulas mitológicas burlescas es un fenómeno típico del culteranismo. Los autores que se adscriben a esta corriente desmitificadora se alejan de la tradición literaria del Renacimiento y se disponen a ridiculizar a los personajes de la mitología clásica. “Quien primero las compone en España es Luis de Góngora, y es curioso que sea precisamente el autor de una obra, la más eminente del género, quien logra su caricatura. Porque, en realidad, el género burlesco de poemas mitológicos no es sino la autocrítica de una escuela, toda una manera retórica reaccionando sobre sí misma para la burla y para la sátira” (José María Cossío, Fábulas mitológicas en España, Madrid, 1952).

Góngora trata el tema de Hero y Leandro en dos composiciones que esta actitud crítica ante las historias amorosas de la mitología clásica. Los temas habían sido contempla­dos de manera formal en el siglo XVI y parece que este tipo de versiones burlescas esta­ban apuntando ya una cierta decadencia en cuanto a la recreación de estos temas. Es tam­bién significativo el hecho de que Góngora hubiera escogido el romance como fórmula métrica para burlarse de sus personajes. La composición comienza haciendo referencia a la fuente utilizada, Museo, aunque vamos a ver cómo se ha desviado de este autor.

 

 

Góngora se sirve de anacronismos para situamos el tiempo en el que transcurre la fábula. El padre de Hero es un hidalgo, alcalde de Sesto y su madre una griega “con más partos y postpartos / que una vaca”. A su vez Leandro es el hijo de un escudero muy pobre de Abido. Se conocen los dos· amantes y comienza la seducción:

 

“Píóla cual gorrión

cacareóla cual gallo,

arrullóla cual palomo,

hízola ruedas cual pavo.

Ella del guante al descuido

desenvaínando una mano,

le aseguró y de dió un bello

cristalino cintarazo.”

 

Los amantes acuerdan la cita con la señal convenida y una noche Leandro cruza el mar. El romance contiene dos digresiones: una crítica a los versos de Boscán y otra a los títulos nobiliarios:

 

“Los títulos me perdonen,

y el dibujo prosigamos,

que si no los tuvo Grecia,

los pidió a España prestados.”

 

Este romance, que termina cuando Leandro se arroja a las aguas, tiene su continuidad en otro romance del mismo autor que comienza: Arrojóse el mancebito… Cronológicamente fue compuesto primero, pero prosigue la historia de los dos amantes. Se inicia con la natación de Leandro y continúa con el resto de la fábula hasta el final.

Las alusiones cultas son mínimas y hay un cambio radical en la resolución del tema. Leandro se arroja “al charco de los atunes” cuando comienza la tempestad y continúa con el mismo tono irónico el resto del romance.

 

Hero y Leandro de Robin Monroe (FineArtAmerica)

El mancebo ruega a Cupido y Venus que. lo amparen en la empresa, aunque Góngora justifica sorpresivamente el olvido divino diciendo:

 

“Pero Amor, como llovía

y estaba en cueros, no acude,

ni Venus, porque con Marte

está cenando unas ubres.”

 

Leandro muere por fin y Hero, que no ha dejado de maldecir y acusar a todas las estrellas del cielo, ve el cadáver desde su torre. Con un punzón, y antes de arrojarse al mar, graba ella misma el epitafio de su tumba:

 

“Hero somos y Leandro

no menos necios que ilustres,

en amores y firmezas

al mundo ejemplo comunes.

El amor como dos huevos,

quebrantó nuestras saludes;

él fue pasado por agua,

yo estrellada mi fin tuve.

Rogamos a nuestros padres

que no se pongan capuces,

sino, pues un fin tuvimos,

que una tierra nos sepulte.”

 

Hero lamenta la muerte de Leandro (1635-1637), color sobre lienzo de 155 x 251 cm., de Jan van den Hoecke. Kunsthistorisches Museum de Viena, Gemäldegalerie

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Seguimos el repaso a los poemas castellanos que han tratado el mito de Hero y Leandro y que citan Franco Durán, Moya del Baño y García Gual. Hemos visto ejemplos de Diego Hurtado de Mendoza, Juan de Coloma, Francisco Sáa de Miranda, Diego Hernando de Acuña, Gutierre de Cetina, y Diego Ramírez Pagán.

Vamos con otra tanda.

 

Fernando de Herrera (1534-1597) escribió poemas a modo de traducción de textos latinos (Geórgicas de Virgilio, Epigramas de Marcial y Tebaida de Estacio) que glosaban el mito de Hero y Leandro:

 

¿Qu’ el joven, a quien buelve grande fuego

el duro Amor en medio de sus uesos?

Tardo en la ciega noche ‘l mar turbado

con rotas tempestades abre y corta;

y encima de la grande puerta truena

del alto cielo, i los heridos mares

bravos sonidos dan en los peñascos,

ni lo pueden tornar los padres míseros

ni la virgen, que sobre el cuerpo muerto,

ha de morir de cruda y fiera muerte.

(Traducción de Virgilio, Geórgicas III, 257-263)

 

Fernando de Herrera el Divino por Francisco PachecoLibro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, Madrid, Biblioteca de la Fundación Lázaro Galdiano.

 

Cuando el osado Leandro,

olvidado de temor,

iba por el mar estrecho

a gozar su dulce amor;

cansado y puesto en peligro

del mar lleno de furor,

ya que las hinchadas aguas

causaban su perdición;

a las ondas que lo siguen

dijo así el triste amador

(como si jamás las ondas

se muevan a compasión):

perdonadme mientras llego,

a dó dejé el corazón,

y mostrad en mi a la vuelta

vuestro ímpetu y furor.

(Paráfrasis de Marcial, Epigrama 25)

 

Dice Menéndez Pelayo: Insertó Herrera esta traducción suya del agudísimo Marcial en sus Anotaciones a Garcilaso (1580) para ilustrar el soneto del poeta toledano que comienza: Pasando el mar Leandro el animoso.

 

Mas a tí, Admeto, te fue dado en premio

con orla i friso Lidio un rico manto,

i con púrpura ardiente recamado

nada en él el mancebo, que desprecia

el mar de Frixo, i en pintadas ondas

trasluze ‘l joven de color cerúleo.

Parece que torciendo vá las manos,

i que trueca los braços y el cabello

en el estambre se rocía todo.

En la otra parte en l’alta torre puesta

a la finiestra en vano congoxosa

está de Sesto la hermosa virgen,

i la luz sabídora casi muerta.

(Traducción de Estacio, Tebaida VI, 542-547)

 

Aqueste el premio fue de la victoria,

y luego el rey Admeto ha recibido

por el segundo honor de aquella gloria

un manto de oro y púrpura tejido,

en que de Ero labrada está la historia,

la alta torre de Sesto, rel mar de Abido,

y entre las fieras ondas del estrecho

nadando el mozo con osado pecho.

Entre el agua pintada transparente

el cuerpo se parece fatigado,

fuera de ella se ve la altiva frente

con el cabello. al parecer mojado;

el mar. alborotado de repente,

y él un brazo y otro ya cansado,

procurando con una y, otra mano

las olas apartar del mar insano.

Está del hondo estrecho a la ribera

la alta torre, ya, en ella fatigada

Ero, que al triste amante en vano espera

de la congoja y del temor helada.

Y a pierde la. esperanza, y desespera;

que la lumbre mil veces apagada

del enemigo viento, parecía

que su desdicha y su dolor sabía.

(Paráfrasis de Estacio, Tebaida, VI. 542-547)

 

 

Félix Lope de Vega Carpio (1562-1635) no fue menos y trató el tema en su soneto LXXX, que cuenta con un logrado inicio, en el que juega con el ardor de su amor y la frialdad de las aguas del Helesponto, con el valor de Leandro que le hace ver más estrecho el estrecho que cruza. Bella es la imagen del fuego amoroso, vencido por el mayor elemento (el agua). Muy logrado el verso: el remedio fue cuerdo, el amor loco. Bello final, en el que el ahogamiento de Leandro, que ha bebido mucha agua, no logra aplacar la sed de su alma enamorada. He aquí el bello soneto de Lope:

Por ver si queda en su furor deshecho,

Leandro arroja el fuego al mar de Abido,

que el estrecho del mar al encendido pecho

parece mucho más estrecho.

Rompió las sierras de agua largo trecho,

pero el fuego en sus límites rendido

del mayor elemento fue vencido,

más por la cantidad, que por el pecho.

El remedio fue cuerdo, el amor loco,

que como en agua remediar espera

el fuego, que tuviera eterna calma:

Bebióse todo el mar, y aún era poco;

que si bebiera menos no pudiera

templar la sed desde la boca al alma.

 

 

El logroñés Francisco López de Zárate (1580-1658) da un giro a la historia, mostrando el amor de la marina diosa por Leandro, y la envidia de Neptuno, así como los celos de Hero, que se lanza a los brazos de Neptuno.

 

“A Leandro y Ero”

Ya cuando el Sol en sombra se bolvía;

cerrando los horrores del estrecho,

que del regazo, bien que no del pecho

de la Amante al Amante dividía.

Leandro, que a ruegos horas quitó al día,

siendo nave de sí, surcó el estrecho:

el mar·, con tanto incendio llamas hecho,

nuevo escarmiento en él apercebía.

Mas Neptuno invidiaba sus amores;

amava a Leandro la marina diosa,

que su cuidado redimió en sus brazos.

Ero por oponerse a sus fabores

arrojóse de amor muerta, o zelosa,

el Dios la recibió dándole abrazos.

 

Existe también un Soneto Viejo, de autor desconocido. José María de Cossío dice: aunque seguramente el soneto es posterior al de Garcilaso, tiene carácter más arcaico y tono de menor autenticidad renacentista que el del poeta toledano. El “soneto viejo” resume la materia del caso de Hero y Leandro en el último y fatal trance. No sigue modelo que yo conozca, ni para la versión vaga y sin especificación de accidentes la necesitaba. Debió de disfrutar este soneto de cierta popularidad y difusión.

 

 

Aquí lo tenemos:

 

Hero de la alta torre do miraba

a su Leandro, que en el mar venía,

helósele la sangre que tenía,

murióse cuando vio que muerto estaba.

Con lágrimas el mar acrescentaba,

el aire con sospiros encendía,

estremos eran grandes los que hacía,

palabras eran tales las que hablaba.

“¡Oh mal logrado esposo, oh dulce amigo!,

espérame, no partas, que ya muero;

de un golpe dio la muerte dos heridas.

Recíbeme, mi bien, allá contigo;

a do murió Leandro, muera Hero,

¡parézcanse las muertes a las vidas!”

 

Hero and Leander (1863), óleo sobre lienzo de 158 x 300 cm., de Victor Müller. Städelsches Kunstinstitut. Frankfurt am Main

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