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Archive for 20 septiembre 2017

Iniciamos en el presente artículo de esta longeva serie el repaso a los poemas castellanos que los tres autores, cuyos trabajos estamos glosando, a saber, Franco Durán, Moya del Baño y García Gual citan. Los estamos ofreciendo, por orden cronológico de nacimiento del autor. Tras Diego Hurtado de Mendoza y Juan de Coloma, seguimos con nuevos autores.

 

Aquí tenemos el soneto del coninmbricense Francisco Sáa de Miranda (1448-1558), amigo y admirador de Garcilaso, que escribió en su lengua nativa y en español:

 

Entre Sesto y Abido en mar estrecho,

luchando con las ondas sin sosiego,

con noche alta Leandro prueba el ruego,

prueba lágrimas tristes sin provecho.

Viendo que es todo vano, pone el pecho

de nuevo al bravo mar, ojos al fuego,

que en alta torre luce, ioh amor ciego,

que tanta crueldad has visto y hecho!

Nadaba, mientras pudo, hacia la playa,

de Sesto deseado y dulce puerto,

porque siquiera allí muriendo vaya.

“En fin, -ondas, vencéis- dijo cubierto

ya dellas, -más no haréis que allá no vaya.

¿Vivo no quereis vos? -pues iré muerto.

 

Héro et Léandre (1798), óleo sobre tabla de 253 x 318 cm., de Jean Joseph Taillasson. Museo de Bellas Artes de Burdeos

Diego Hernando de Acuña (1518-1580) también escribió sobre el mito:

 

De la alta torre al mar Hero miraba,

al mar, que siempre más se embravecía,

y esperando a Leandro se temía

mas siempre con temerse le esperaba.

Cuando la tempestad ya le acababa 

de su vida la lumbre, y de su guía,

y el cuerpo sin el alma a dar venía

do el alma con el cuerpo deseaba,

en esto la triste Hero, esclareciendo,

vio muerto a su Leandro en la ribera

del viento y de las ondas arrojado,

y dejóse venir sobre él, diciendo:

“Alma, pues otro bien ya no se espera,

éste al menos te será otorgado”.

 

Hero encuentra a Leandro (1880), óleo sobre lienzo de 200 x 140 cm., de Ferdinand Keller Colección privada

 

Gutierre de Cetina (1520-1557) dedicó dos sonetos al mismo mito. Éste es el primero, con claros ecos de los epigramas XXVb y CLXXXI de Marcial:

 

Leandro, que de amor en fuego ardía

puesto que a su deseo contrastaba,

al fortunoso mar que no cesaba,

nadando a su pesar, vencer quería.

Más viendo ya que el fin de su osadía

a la rabiosa muerte lo tiraba,

mirando aquella torre en donde estaba

Ero, a las fieras ondas se volvía.

A las cuales con ansia enamorada

dijo: “Pues aplacar furor divino,

enamorado ardor, no puede nada,

dejadme al fin llegar de este camino,

pues poco he de tardar, y a la tornada

secutad vuestra safia y mi destino.

 

Y aquí, el segundo:

 

Con aquel recelar que amor nos muestra

mezclado el desear con gran cuidado,

viendo soberbio el mar, el cielo airado,

Hero estaba esperando a la fenestra.

Cuando fortuna, que hacer siniestra

quiso la fin de un bien tan deseado,

al pie de la alta torre ya ahogado

del mísero Leandro el cuerpo adiestra.

Ciega, pues, del dolor extraño, esquivo,

de la fenestra con furor se lanza

sobre Leandro en el caer diciendo:

“Pues a mis brazos que llegase vivo

no quiso el hado, ¡oh sola mi esperanza!

espera, que a dó vas te vo’y siguiendo”.

 

Gutierre de Cetina, Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, Madrid, Biblioteca de la Fundación Lázaro Galdiano

 

El sacerdote murciano, Diego Ramírez Pagán (ca 1524-d. 1562), escribió cuatro sonetos también sobre Hero y Leandro, los titulados: Leandro habla consigo mismo, A la muerte de Leandro, A la muerte de Hero y En la sepultura de Leandro y Hero orillas del mar.

 

En Leandro habla consigo mismo el joven de Ábido establece un breve diálogo con su pensamiento, que lo previene de los peligros de su travesía. El amor hacia Hero, lógicamente, se impone:

 

Leandro no te muestres atrevido,

contra el viento que fuerzas acrecienta,

tan brava es y furiosa la tormenta,

que aun yendo en buena nave yvas perdido.

No te fíes del mar embravecido,

ni de Boreas feroz que mucho alienta,

ni lumbre al mirador, no tienen cuenta

las veces que se ha muerto y encendido.

Dexadme ya covardes pensamientos.

Veo resplandecer a mi Lucero,

y yo estoy con vosotros disputando.

¿Qué parte será el agua, ni los vientos

contra la deidad de la alta Hero

que con divina boz me está llamando?

 

A la muerte de Leandro emplea claros antecedentes de Museo y Ovidio. Museo decía en el verso 255 Su remero, su pasajero, su propia nave (= αὐτὸς ἐὼν ἐρέτης, αὐτόστολος, αὐτόματος νηῦς). En estrecho paralelismo Ovidio, en Heroidas XVIII, 148, escribía: idem navigium, navita, vector ero!. Observemos cómo Ramírez dice:

 

su cuerpo de navío le servía,

él mismo era la barca. y él remava

Aquí está el soneto:

Hacia Sesto Leandro navegava

al tiempo que la mar se embravecía,

su cuerpo de navío le servía,

él mismo era la barca. y él remava.

Tan noche, y tan escuro el cielo estaba

que ni una estrella sola parecía,

si no la lumbre que Hero le encendía,

y el viento cada punto la matava.

Dioses del mar, y tú, Venus nascida

en estas ondas, dixo, a vos invoco,

dad fácil curso al puerto de mi Hero.

O crueldad, que nunca fue entendida

de sus dioses la boz, y hasta un poco

fue tragado del mar horrendo y fiero.

 

La despedida de Hero y Leandro (antes de 1837), óleo sobre lienzo de 146 x 236 cm., de Joseph Mallord William Turner. The National Gallery de Londres

 

A la muerte de Hero narra, de forma descarnada, el suicidio de Hero, lanzándose sobre el cuerpo de su amado, incapaz de vivir sin él; comprobando que el dolor no acaba con su vida, decide lanzarse desde la torre. El último verso es, realmente, tajante: se arroja, cahe, y muere en un momento.

 

Aquí tenemos el suicidio de Hero:

Hero con alaridos rompe el cielo,

de ver la era dolor y gran mancilla,

quando a Leandro en la mojada orilla

vio mortal y tendido en aquel suelo.

Sobre todo dolor, su desconsuelo,

la color roxa, buelta en amarilla,

el tempestuoso mar se maravilla,

y se para a escuchar su triste duelo.

Mas viendo quel dolor ya se tardava

en quitarle la vida y el tormento,

por seguir muerta al que sin alma estava

de la torre, ligera más que el viento,

sobre el cuerpo del moço, que espirava,

se arroja, cahe, y muere en un momento.

 

En la sepultura de Leandro y Hero orillas del mar es una invitación a los caminantes a que se detengan a contemplar la tumba de los amantes y piensen en su “doloroso y acerbo caso”:

 

O tu que vas tu vía caminando

detén un poco el passo pressuroso,

llora el acerbo caso, y doloroso

de los que fenescen bien amando.

El mancebo de Abido, que nadando

passó del Hellesponto el mar furioso,

aquí murió, y aquí tiene reposo,

poca piedra y gran mar lo están guardando.

Y en este su estrechísimo aposento

a su divina Hero da acogida,

muerta por él con sobra de tormento.

Gran deidad aquí yaze escondida,

hay honra al venerable monumento

que dá a los dos muriendo inmortal vida.

Hero lamenta la muerte de Leandro (1635-1637), color sobre lienzo de 155 x 251 cm., de Jan van den Hoecke. Kunsthistorisches Museum de Viena, Gemäldegalerie

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Nos referíamos en el anterior capítulo de esta serie a los hijos de Sócrates, de los que habla Antonio Tovar en su Vida de Sócrates. Por cierto, que Tovar también habla de la bigamia de Sócrates, a la que nos referimos en el capítulo II de esta serie. Aquí lo tenemos:

Una de estas anécdotas interesadas es la historia de la bigamia de Sócrates. Aristóteles, que dedicó a la eugenesia una atención especial, consideró el caso de Sócrates, tanto, a lo que parece, en el mismo como en sus hijos, y entonces se encontró con el problema de que un genio como Sócrates tuvo tres hijos todos vulgares. Para que el experimento fuera suficiente, no bastaba con que los tres hijos pudieran ponerse a cuenta de Xantipa; era mejor que dos mujeres hubiesen concebido del sabio con resultado igualmente mediocre. Y Aristóteles presto crédito a la fábula que hablaba de unas relaciones amorosas de Sócrates con Mirtó, la hija de Arístides el Justo. Los aristotélicos del siglo III recibieron la historieta con alegría, y Aristoxeno, Sátiro, Demetrio Falereo, afirman la cosa y la rodean de detalles cada vez más precisos. La primera mujer sería Xantipa, la madre de Lamprocles; para los otros dos hijos, Sofronisco y Menéxeno, habría que hablar de Mirtó; tal es el orden que parece deducirse de Aristóteles, mientras que otros afirman que si Xantipa aparece bien atestiguada en el Fedón como la esposa de Sócrates cuando su condena, mal podía ser Mirtó la segunda, por lo que había que suponer un orden contrario; pero entonces la dificultad es conciliar este orden con el hecho de que Lamprocles, el hijo de Xantipa en las Memorables, es el primogénito.

No faltaron por ello autores que acudieron a la invención de que Sócrates fue sencillamente un bígamo, que estuvo a la vez casado con las dos, autorizado por una supuesta ley que habría admitido, en vista de la despoblación resultante de las guerras, que para aumentar la población de Atenas pudieran los ciudadanos estar casados con una ateniense y a la vez tener hijos de una concubina.

Pero lo que comenzó en Aristóteles (si es que la referencia es realmente de él) por ser una información creída ligeramente con referencia a un interés científico, se había convertido en rumor indecoroso que les convenía mucho a los novelescos peripatéticos que se divertían en ridiculizar a Sócrates. Surgió una literatura contraria y en Panecio, y más tarde en Plutarco, hallamos huellas de una crítica contra toda esta mentida historieta de la bigamia de Sócrates.

 

 

En realidad, las relaciones con Mirto y toda esta historia surgen sencillamente de referencias confusas e interpretadas interesadamente primero en la literatura sobre la eugenesia, y luego en la chismografía peripatética. Sócrates no estuvo casado sino con Xantipa, y ella debía de ser mucho más joven que él, pues si el primogénito, Lamprocles, era “ya muchacho” cuando la muerte del maestro, y los otros dos hijos eran pequeños, esto nos prueba que el maestro se casó tarde, cuando tendría más de cincuenta años, o casi más cerca de los sesenta. Lo que no se puede hacer es juzgar el matrimonio de Sócrates con un criterio moderno.

Aun los mismos antiguos de siglos posteriores estaban muy lejos del estilo primitivo de la vida familiar en el siglo v.

Podemos decir que se ha escrito demasiado y sin necesidad sobre el asunto de las relaciones entre Sócrates y Xantipa. En aquel tiempo, el matrimonio apenas había sobrepasado la relación natural que tiene por único objeto la propagación de la estirpe. Por lo demás, Xantipa, según Burnet, podía ser de buena familia: la forma de su nombre la pone en relación con la familia de Pericles, y también es aristocrático el nombre de su hijo Lamprocles.

De nuevo en la Retórica de Aristóteles, 1419 a 8-12, cuando el Estagirita habla de los usos retóricos de la interrogación se refiere al diálogo entre Sócrates y su acusador Meleto:

οἷον Σωκράτης Μελήτου οὐ φάσκοντος αὐτὸν θεοὺς νομίζειν, εἴρηκεν εἰ δαιμόνιόν τι λέγοι, ὁμολογήσαντος δὲ ἤρετο εἰ οὐχ οἱ δαίμονες ἤτοι θεῶν παῖδες εἶεν ἢ θεῖόν τι, φήσαντος δὲ “ἔστιν οὖν” ἔφη “ὅστις θεῶν μὲν παῖδας οἴεται εἶναι, θεοὺς δὲ οὔ;”

Por ejemplo: cuando Meleto dijo que Sócrates no apreciaba a los dioses, como, sin embargo, admitió que (Sócrates) reconocía 10 a un cierto daímon, éste le hizo la pregunta de si los daímones eran hijos de los dioses o, al menos, algo divino; y, al asentir él, le replicó: «¿y es posible que alguien crea que existen los hijos de los dioses y no los dioses?»

 Traducción de Quintín Racionero, en Gredos.

 

 

El propio Aristóteles, en Ética a Nicómaco 1127b, 22-26, en el capítulo dedicado a la sinceridad, en el Libro IV, escribe:

οἱ δ’ εἴρωνες ἐπὶ τὸ ἔλαττον λέγοντες χαριέστεροι μὲν τὰ ἤθη φαίνονται˙ οὐ γὰρ κέρδους ἕνεκα δοκοῦσι λέγειν, ἀλλὰ φεύγοντες τὸ ὀγκηρόν˙ μάλιστα δὲ καὶ οὗτοι τὰ ἔνδοξα ἀπαρνοῦνται, οἷον καὶ Σωκράτης ἐποίει.

Los irónicos, que minimizan sus méritos, tienen, evidentemente, un carácter más agradable, pues parecen hablar así no por bueno, sino para evitar la ostentación. Éstos niegan, sobre todo, las cualidades más reputadas, como hacía Sócrates.

Traducción de Julio Pallí Bonet, en Gredos.

Nueva alusión a Sócrates en Aristóteles la tenemos en la Metafísica I, VI, 987b 1-6, cuando habla de los principios y las causas en Platón.

Σωκράτους δὲ περὶ μὲν τὰ ἠθικὰ πραγματευομένου περὶ δὲ τῆς ὅλης φύσεως οὐθέν, ἐν μέντοι τούτοις τὸ καθόλου ζητοῦντος καὶ περὶ ὁρισμῶν ἐπιστήσαντος πρώτου τὴν διάνοιαν, ἐκεῖνον ἀποδεξάμενος διὰ τὸ τοιοῦτον ὑπέλαβεν [scil. Plato] ὡς περὶ ἑτέρων τοῦτο γιγνόμενον καὶ οὐ τῶν αἰσθητῶν.

Como, por otra parte, Sócrates se había ocupado de temas éticos y no, en absoluto de la naturaleza en su totalidad, sino que buscaba lo universal en aquellos temas, habiendo sido el primero en fijar la atención en las definiciones, [Platón] lo aceptó, si bien supuso por tal razón que aquell no se da en el ámbito de las cosas sensibles, sino en el de otro tipo de realidades.

La traducción es de Tomás Calvo Martínez, en Gredos.

 

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Y tras el poema de Francisco de Aldana, que glosaba el soneto XXIX de Garcilaso, al que alude García Gual en su prólogo a la edición de Gredos, proseguimos con lo que dice el helenista mallorquín en el citado prólogo a la edición de Montes Cala, en Gredos:

Cierto que el tema de los amantes de Sesto y Abido ya estaba en la Literatura Española mucho antes del Renacimiento, por influencia de dos famosas cartas, la XVIII y XIX, de las Heroidas de Ovidio. Alfonso X el Sabio, que tradujo algunas de las epístolas de las Heroidas, resumió la leyenda de Hero y Leandro en un pasaje de su General Estoria (según muestran muy precisa y claramente Pilar Saquero y Tomas González Rolán en su introducción al Bursario de Juan Rodríguez del Padrón, Madrid, 1984, págs. 22 y ss.). Fue, ya en el siglo XV, Juan Rodríguez del Padrón quien en su Bursario tradujo al castellano, acompañándolas de algún breve comentario, las dos epístolas ovidianas: la de Leandro a Hero y la de Hero a Leandro. Comparar los poemas ovidianos con el de Museo no es tarea para un prólogo como éste, pero resulta un curioso contraste el de las dos cartas paralelas compuestas con delicada retórica y el epilio poético de tono novelesco y final trágico, compuesto por un poeta tardío y erudito como es Museo.

María Jesús Franco Durán, en el citado trabajo (El mito de Hero y Leandro: algunas fuentes grecolatinas y supervivencia en el Siglo de Oro español) afirma:

Garcilaso se inspiró directamente en el epigrama XXVb de Marcial:

Cum peteret dulces audax Leandro amores

est fessus tumidis iam premeretur aquis

sic miser instantes adfatus dicitur undas:

“Parcite dum propero, mergite cum redeo.”

(XXV b

Dirigiéndose el audaz Leandro hacia sus dulces amores y, cansado, viéndose apurado por lo encrespado de las aguas, se dice que el desgraciado dirigió esta súplica a las amenazantes olas: “Perdonadme cuando tengo prisa por llegar, sumergidme cuando vuelva”.

Traducción de José Guillén, en Institución “Fernando el Católico” (CSIC), Zaragoza, 2004)

 

Marcial, así como Garcilaso, no nos relata la historia completa, sino que únicamente nos presenta a Leandro en el momento de pasar el Helesponto y que, vencido por el esfuerzo, se dirige en vano a las olas antes de morir.

 

Y añade Franco Durán:

Sin embargo, el mérito de Garcilaso fue el de introducir el tema en la literatura de Siglo de Oro. Su soneto, que estaba impreso en pliego suelto desde 1536, tuvo muchos imitadores y Hero y Leandro se convirtieron en un recurso temático que fue enriqueciéndose y moldeándose con las diversas versiones de otros poetas.

Sá de Miranda es uno de los primeros autores que engrosa la lista de los que imitaron a Garcilaso en el tratamiento del tema. En su soneto “A la muerte de Leandro” encontramos muchos paralelismos con aquel autor, aunque hay algunas novedades: Sá de Miranda localiza espacialmente la acción entre Sesto y Abido y en el segundo terceto Leandro desafía a las olas diciéndoles que no van a impedir su llegada, aunque sea muerto.

Más fiel a la fuente garcilasiana es Gutierre de Cetina que compuso un soneto en la misma línea y que no aporta novedades en cuanto al tema, pero va depurando el estilo poético.

García Gual, por su parte, en el prólogo a la edición de Montes Cala, en Gredos dice:

Más fieles al texto griego son las dos versiones castellanas en verso – en endecasílabos libres- de José Antonio Conde (Madrid, 1797) y Miguel Jiménez Aquino (Cádiz, 1922). Ambas están recogidas y comentadas sucintamente en el libro de F. Moya ya citado (El tema de Hero y Leandro en la Literatura espanola, Murcia, 1966). Van al final del apéndice, que recoge a modo de curiosa antología toda una serie de poemas y una comedia (la de Mira de Amescua, Comedia de Hero y Leandro) que testimonian la larga estela de ecos y reflejos dejados por el tema en nuestra literatura. Además de un romance anónimo judeo-español, figuran obras de Garcilaso, Gutierre de Cetina, Francisco Sáa de Miranda, Juan de Coloma, un romance anónimo y un soneto de autor desconocido, Diego Ramírez Pagán, Hernando de Acuña, Fernando de Herrera, Diego de Mendoza, Juan de Arjona, Valdés y Meléndez, Dona Hipólita de Narváez, Lope de Vega, Diego de Mexia, Salas Barbadillo, López de Zárate, Góngora, Bocángel, Medrano y Barrionuevo, Quevedo, Trillo y Figueroa, Manuel Salinas, Valmaseda, Ignacio de Luzán, Nicolás Fernández de Moratín, José Antonio Conde y Jiménez de Aquino. Los dos traductores cierran así una larga y significativa lista – e n la que aún se podría añadir algún nombre más, como los de Francisco de Aldana y Juan de Arquijo, por ejemplo, y algunos romances.

Nosotros ofrecemos algunas de las obras citadas por García Gual y Franco Durán, y que aporta Francisca Moya del Baño, en el apéndice citado por García Gual, por orden cronológico de nacimiento del autor:

Diego Hurtado de Mendoza (1417-1479) escribe, imitando a Virgilio, sobre Hero y Leandro, sin citarlos, parece que movido por la nueva escuela de Boscán.

¿Quién dio fuerzas al joven, que de hecho

le enciende Amor y le revuelve en fuego’?

En noche obscura el tespestoso estrecho

atravesar con lluvia y tiempo ciego,

cortar las bravas olas ·con el pecho;

truena y abrasa el cielo, y el mar luego

rompe las altas peñas resonando,

mas él con su furor pasa nadando.

No lo tienen turb·ados elementos,

ni los padres con lágrimas y llanto;

el mar negro sacado de cimientos,

no le aparta el, deseo, y pone espanto;

no la virgen· que en ansias y tormentos

suspensa pasará aquel entretanto,

y al fin morirá·muerte lastimera

sobre el cuerpo tendido en la ribera.

Diego Hurtado de Mendoza (1504-1575)

El aragonés Juan de Coloma (¿-1517) escribió también sobre los amantes helespontíacos:

En el soberbio mar se vía metido

Leandro y de sus ondas trastornado,

Y menos del temor de muerte helado

que del fuego de amores encendido,

cuando de congoxoso y oprimido,

de aliento y fuerza ya desesperado,

de aquel estorbo ya desamparado

más que de su morir y entristecido,

habló desta manera, mas fué en vano,

echando el alma en el postrer acento,

d’ uña cansada voz y dolorida:

“Oh riguroso mar y airado viento,

dexadme adonde voy allegar sano

y luego me ahogad a la venida.”

Hero se lamenta por Leandro muerto (ca. 1635-1637), óleo sobre lienzo de 155 x 215 cm., de Jan van den Hoecke. Kunsthistorisches Museum de Viena. Gemäldegallerie, Sala XII

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