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Archive for 30 diciembre 2015

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Los lectores de este blog saben que cada año, con motivo del día 1 de enero en que la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Paz, ofrecemos unas pinceladas de los textos sagrados y la doctrina de los pontífices sobre este preciado don que es la paz.

El título de este artículo coincide con Mateo 5, 9: Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Empezamos con una selección de apartados que hablan de la paz en la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, del papa Francisco.

190. A veces se trata de escuchar el clamor de pueblos enteros, de los pueblos más pobres de la tierra, porque “la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en el de los derechos de los pueblos” (Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157). Lamentablemente, aun los derechos humanos pueden ser utilizados como justificación de una defensa exacerbada de los derechos individuales o de los derechos de los pueblos más ricos. Respetando la independencia y la cultura de cada nación, hay que recordar siempre que el planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y que el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo no justifica que algunas personas vivan con menor dignidad. Hay que repetir que “los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás” (Pablo VI, Carta apostólica Octogesima adveniens, 14 mayo 1971, 23).

III. El bien común y la paz social

217. Hemos hablado mucho sobre la alegría y sobre el amor, pero la Palabra de Dios menciona también el fruto de la paz (cf. Gálatas 5,22: ὁ δὲ καρπὸς τοῦ πνεύματός ἐστιν ἀγάπη, χαρά, εἰρήνη, μακροθυμία, χρηστότης, ἀγαθωσύνη, πίστις, πραΰτης, ἐγκράτεια· κατὰ τῶν τοιούτων οὐκ ἔστιν νόμος / Fructus autem Spiritus est caritas, gaudium, pax, patientia, benignitas, bonitas, longanimitas, mansuetudo, fides, modestia, continentia, castitas. Adversus huiusmodi non est lex / por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está demás).

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218. La paz social no puede entenderse como un irenismo o como una mera ausencia de violencia lograda por la imposición de un sector sobre los otros. También sería una falsa paz aquella que sirva como excusa para justificar una organización social que silencie o tranquilice a los más pobres, de manera que aquellos que gozan de los mayores beneficios puedan sostener su estilo de vida sin sobresaltos mientras los demás sobreviven como pueden. Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la distribución del ingreso, la inclusión social de los pobres y los derechos humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de construir un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores se ven afectados, es necesaria una voz profética.

219. La paz tampoco “se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres” (Pablo VI, Carta encíclica Populorum progressio, 26 marzo 1967, 76). En definitiva, una paz que no surja como fruto del desarrollo integral de todos, tampoco tendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formas de violencia.

227. Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. “¡Felices los que trabajan por la paz!” (Mateo 5, 9: μακάριοι οἱ εἰρηνοποιοί, ὅτι αὐτοὶ υἱοὶ Θεοῦ κληθήσονται / Beati pacifici: quoniam filii Dei vocabuntur / Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios).

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229. Este criterio evangélico nos recuerda que Cristo ha unificado todo en sí: cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad. La señal de esta unidad y reconciliación de todo en sí es la paz. Cristo «es nuestra paz» (Efesios 2, 14: αὐτὸς γάρ ἐστιν ἡ εἰρήνη ἡμῶν. / Ipse enim est pax nostra / pues Él mismo es nuestra paz). El anuncio evangélico comienza siempre con el saludo de paz, y la paz corona y cohesiona en cada momento las relaciones entre los discípulos. La paz es posible, porque el Señor ha vencido al mundo y a su conflictividad permanente “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1, 20: καὶ δι᾽ αὐτοῦ ἀποκαταλλάξαι τὰ πάντα εἰς αὐτόν, εἰρηνοποιήσας διὰ τοῦ αἵματος τοῦ σταυροῦ αὐτοῦ, εἴτε τὰ ἐπὶ τῆς γῆς εἴτε τὰ ἐν τοῖς οὐρανοῖς / et per eum reconciliare omnia in ipsum, pacificans per sanguinem crucis ejus, sive quae in terris, sive quae in caelis sunt / Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz). Pero si vamos al fondo de estos textos bíblicos, tenemos que llegar a descubrir que el primer ámbito donde estamos llamados a lograr esta pacificación en las diferencias es la propia interioridad, la propia vida siempre amenazada por la dispersión dialéctica. (Cf. I. Quiles, S.I., Filosofía de la educación personalista, Buenos Aires 1981, 46-53) Con corazones rotos en miles de fragmentos será difícil construir una auténtica paz social.

230. El anuncio de paz no es el de una paz negociada, sino la convicción de que la unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades. Supera cualquier conflicto en una nueva y prometedora síntesis. La diversidad es bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de reconciliación, hasta sellar una especie de pacto cultural que haga emerger una «diversidad reconciliada», como bien enseñaron los Obispos del Congo: “La diversidad de nuestras etnias es una riqueza […] Sólo con la unidad, con la conversión de los corazones y con la reconciliación podremos hacer avanzar nuestro país” (Comité permanent de la Conférence Episcopale Nationale du Congo, Message sur la situation sécuritaire dans le pays, 5 diciembre 2012, 11).

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239. La Iglesia proclama «el evangelio de la paz» (Efesios 6, 15: καὶ ὑποδησάμενοι τοὺς πόδας ἐν ἑτοιμασίᾳ τοῦ εὐαγγελίου τῆς εἰρήνης / et calceati pedes in praeparatione Evangelii pacis / Calcen sus pies con el celo para propagar la Buena Noticia de la paz) y está abierta a la colaboración con todas las autoridades nacionales e internacionales para cuidar este bien universal tan grande. Al anunciar a Jesucristo, que es la paz en persona (cf. Efesios 2, 14), la nueva evangelización anima a todo bautizado a ser instrumento de pacificación y testimonio creíble de una vida reconciliada (Cf. Propositio 14.). Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural.

Hasta aquí este primer capítulo de esta brevísima serie sobre la XLIX Jornada Mundial de la Paz.

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Pablo VI (Giovanni Battista Montini) y Adolfo Suárez

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Elijah and the widow of Zarephath. (1640), óleo sobre lienzo de 103 x 11 cm, de Jan Victors. Museo de la colección de Juan Pablo II, Varsovia.

Ofrecíamos en el anterior capítulo el texto en griego y latín del pasaje del Primer Libro de los Reyes 17, 10-16. Aquí está la traducción:

Se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por la puerta de la ciudad había allí una mujer viuda que recogía leña. La llamó Elías y dijo: «Tráeme, por favor, un poco de agua para mí en tu jarro para que pueda beber.» Cuando ella iba a traérsela, le gritó: «Tráeme, por favor, un bocado de pan en tu mano.» Ella dijo: «Vive Yahveh tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos y moriremos.» Pero Elías le dijo: «No temas. Entra y haz como has dicho, pero primero haz una torta pequeña para mí y tráemela, y luego la harás para ti y para tu hijo. Porque así habla Yahveh, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que Yahveh conceda la lluvia sobre la haz de la tierra. Ella se fue e hizo según la palabra de Elías, y comieron ella, él y su hijo. No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza, según la palabra que Yahveh había dicho por boca de Elías.

En griego aparecen los términos ἄγγος, ὑδρία y καψάκη (vas, hidria, lecytus, en latín).

Estas palabras son traducidas de diversas formas. La Biblia de la página de la Santa Sede traduce, respectivamente, por “jarro”, “tarro” y frasco”. De igual forma traduce la Biblia de Jerusalén de 1975

La Biblia on-line de los jesuitas por “jarro”, “jarro” (sí, lo mismo) y “aceitera”.

La Reina-Valera antigua dice “vaso”, “tinaja” y “botija”.

La Biblia Reina-Valera, de 1960 y 1995, por “vaso”, “tinaja” y “vasija”. De igual forma la Nácar-Colunga (online).

La edición online de Dios Habla Hoy dice “vaso”, “tinaja” y “jarra”. La Biblia de las Américas traduce de la misma forma.

La Nueva Versión Internacional opta por “vasija”, “tinaja” y “jarro”.

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La Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, en editorial Biblioteca de Autores Cristianos, traduce “jarro”, “orza” y “alcuza”.

Hablemos un poco de estas palabras.

De la primera (ἄγγος) el diccionario Liddell-Scott-Jones nos dice que significa “recipiente para contener líquidos”. Por ejemplo, vino, en Odisea 16, 13-14:

ἐκ δ᾽ ἄρα οἱ χειρῶν πέσον ἄγγεα, τοῖς ἐπονεῖτο,

κιρνὰς αἴθοπα οἶνον. ὁ δ᾽ ἀντίος ἦλθεν ἄνακτος,

Se le cayeron las tazas con que se ocupaba en mezclar el negro vino, fuese al encuentro de su señor. (Luis Segalá)

De sus manos cayeron las jarras que en ellas tenía, ocupado en la mezcla del vino, y saliendo al encuentro del señor. (José Manuel Pabón)

Le cayeron las tazas que entonces tenía en las manos en las que un vino ardiente mezclaba, y fue al punto al encuentro de su amo. (Fernando Gutiérrez)

I de les mans li van caure els tassons, amb els quals s’ocupava a barrejar el vi fosc. Va córrer de cara al seu amo (Joan Francesc Mira)

Eumeo, es el personaje al que le caen las jarras.

En Ilíada 16, 643, contienen leche:

ὡς ὅτε μυῖαι

σταθμῷ ἔνι βρομέωσι περιγλαγέας κατὰ πέλλας

ὥρῃ ἐν εἰαρινῇ, ὅτε τε γλάγος ἄγγεα δεύει:

Como en la primavera zumban las moscas en el establo por cima de las escudillas, cuando los tarros rebosan de leche. (Luis Segalá)

Lo mismo que moscas que cuando es primavera revuelan, zumbando, el establo, sobre las escudillas de leche cuando ésta rebosa. (Fernando Gutiérrez)

Como cuando las moscas en el establo zumban alrededor de los jarros rebosantes de leche en la estación primaveral, cuando las cántaras resuman de leche. (Emilio Crespo).

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Odiseo y Eumeo

Puede significar “jarro, jarra, cántaro, cubo, balde, cofre, urna cineraria, ataúd o cuna”

Pierre Chantraine (Diccionario Etimológico de la Lengua Griega) dice que es un término general para designar un recipiente que puede contener líquidos, como leche, vino, productos secos, etc. La forma, el tamaño y el uso del objeto son diversos. También puede significar “cuna, urna funeraria, etc.” Está atestiguado en micénico.

Como derivado, Chantraine cita ἀγγεῖον, de sentido igualmente general. Añade que se puede emplear para diversas partes del cuerpo, especialmente las venas. Este derivado sustituye poco a poco a ἄγγος.

Justamente de ἀγγεῖον derivan términos médicos como:

Angiología: (Patología Cardiovascular) Rama de la medicina que estudia el sistema vascular y sus enfermedades.

De [angei(o) – ἀγγεῖον griego. “vaso, vaso sanguíneo” + -logíāλογία griego. “estudio”. Lengua base: griego. Neologismo del siglo XVIII. Documentado en 1692 en francés. angiologie.

Y también: angiocardiocinético, angiocardiografía, angiocarpo, angioedema, angiofibroma.

angiologia

Vamos con la palabra ὑδρία.

Antes de nada, debemos decir en qué pasajes aparece este término en la Biblia.

En el Génesis aparece nueve (9) veces, todas en el capítulo 24. Del 14 al 18 aparece seis (6) veces, 4 en acusativo (τὴν ὑδρίαν) y 1 en genitivo (τῆς ὑδρίας)

καὶ ἔσται ἡ παρθένος ᾗ ἂν ἐγὼ εἴπω “ἐπίκλινον τὴν ὑδρίαν σου ἵνα πίω” καὶ εἴπῃ μοι “πίε καὶ τὰς καμήλους σου ποτιῶ ἕως ἂν παύσωνται πίνουσαι” ταύτην ἡτοίμασας τῷ παιδί σου Ισαακ καὶ ἐν τούτῳ γνώσομαι ὅτι ἐποίησας ἔλεος τῷ κυρίῳ μου Αβρααμ. Καὶ ἐγένετο πρὸ τοῦ συντελέσαι αὐτὸν λαλοῦντα ἐν τῇ διανοίᾳ καὶ ἰδοὺ Ρεβεκκα ἐξεπορεύετο ἡ τεχθεῖσα Βαθουηλ υἱῷ Μελχας τῆς γυναικὸς Ναχωρ ἀδελφοῦ δὲ Αβρααμ ἔχουσα τὴν ὑδρίαν ἐπὶ τῶν ὤμων αὐτῆς. ἡ δὲ παρθένος ἦν καλὴ τῇ ὄψει σφόδρα παρθένος ἦν ἀνὴρ οὐκ ἔγνω αὐτήν καταβᾶσα δὲ ἐπὶ τὴν πηγὴν ἔπλησεν τὴν ὑδρίαν καὶ ἀνέβη ἐπέδραμεν δὲ ὁ παῖς εἰς συνάντησιν αὐτῆς καὶ εἶπεν πότισόν με μικρὸν ὕδωρ ἐκ τῆς ὑδρίας σου· ἡ δὲ εἶπεν “πίε κύριε καὶ ἔσπευσεν καὶ καθεῖλεν τὴν ὑδρίαν ἐπὶ τὸν βραχίονα αὐτῆς καὶ ἐπότισεν αὐτόν. ἕως ἐπαύσατο πίνων καὶ εἶπεν καὶ ταῖς καμήλοις σου ὑδρεύσομαι ἕως ἂν πᾶσαι πίωσιν καὶ ἔσπευσεν καὶ ἐξεκένωσεν τὴν ὑδρίαν εἰς τὸ ποτιστήριον καὶ ἔδραμεν ἔτι ἐπὶ τὸ φρέαρ ἀντλῆσαι καὶ ὑδρεύσατο πάσαις ταῖς καμήλοις

 El fragmento habla del viaje del servidor de Abraham, Eliezer,  a Aram Naharaim a buscar una esposa para Isaac. La esposa será Rebeca.

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Rebeca y Eliezer (1660), óleo sobre lienzo de 108 x 151 cm, de Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado, Madrid.

Yo estaré junto a la fuente cuando las muchachas de la ciudad salgan a por agua. Diré a una de las muchachas: Por favor, inclina tu cántaro para que beba. La que me diga: Bebe tú, que voy a abrevar tus camellos, ésa es la que has destinado para tu siervo Isaac. Así sabré que tratas con bondad a mi amo. No había acabado de hablar, cuando salía Rebeca – hija de Betuel, el hijo de Milcá, la mujer de Najor, el hermano de Abrahán- con el cántaro al hombro. La muchacha era muy hermosa y doncella; aún no había conocido varón alguno. Bajó a la fuente, llenó el cántaro y subió. El criado corrió a su encuentro y le dijo: – Déjame beber un poco de agua de tu cántaro. Ella contestó: – Bebe, señor mío. Y enseguida bajó el cántaro al brazo y le dio de beber. Cuando terminó, le dijo: – Voy a sacar también para tus camellos, para que beban todo lo que quieran. Y enseguida vació el cántaro en el abrevadero, corrió al pozo a sacar más y sacó para todos los camellos.

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Francesco La Vecchia

El pasado 10 de octubre de 2015, el programa de Radio Clásica, El mundo de la fonografía, estuvo dedicado al director de orquesta italiano Francesco La Vecchia, según rezaba el título del programa, “el hombre que redescubre la música italiana”.

Porque, en efecto, hay algunos compositores italianos poco conocidos por el público en general, a parte de los Albinoni, Monteverdi, Vivaldi, Scarlatti, Marcello, Boccherini, Locatelli, Porpora, Sammartini, Tartini, Pergolesi, Corelli, Cherubini, Rossini, Bellini, Donizzetti, Verdi, Puccini, Respighi, Leoncavallo, Mascagni, que deberían sonarnos o nos suenan, unos más que otros.

Entre los medio desconocidos importantes están Franco Alfano, Goffredo Petrassi, Alfredo Cassella, Ildebranzo Pizzetti, Umberto Giordano, Gaspare Spontini, Ermanno Wolf-Ferrari, Riccardo Zandonai, Alessandro Stradella, Luigi Rossi, Amilcare Ponchieli, Niccolò Piccini, Luigi Nono, Saverio Mercadante, Gian Francesco Malipiero, Bruno Maderna, Antonio Lotti, Baldassare Galuppi, Luigi Dallapiccola, Francesco Cilea, Domenico Cimarosa, Francesco Cavalli, Antonio Caldara, Arrigo Boito, Luciano Berio, Ferruccio Busoni, Gian Carlo Menotti, Lorenzo Perosi, Giovanni Battista Viotti, etc.

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Alfredo Catalani (1854-1893)

Uno de estos compositores medio desconocidos es Alfredo Catalani. De él yo sólo conocía la ópera La Wally, pero en el programa, y de la batuta de La Vecchia, dirigiendo a la Sinfónica de Roma, se ofrecieron el Andantino (1871), Il Mattino (Sinfonía Romántica, 1874), Scherzo (1878), Contemplazione (1878) y la obra que nos ha sugerido esta miniserie Ero e Leandro (Poema sinfónico, 1884), que ahora ofrecemos.

 

 

En la historia de la música tenemos otras Ero e Leandro. Una cantata de Handel (Qual ti riveggio, oh Dio HWV 150), una ópera de 1879 de Giovanni Bottesini, otra ópera de 1897 de Luigi Mancinelli, una perdida de Arrigo Boito y el poema sinfónico que nos ocupa de Catalani.

Lo primero que conviene es repasar lo que dice Pierre Grimal en su Diccionario de Mitología:

Leandro era un joven de Abidos, amante de una sacerdotisa de Afrodita llamada Hero, que residía en Sestos, ciudad situada en la orilla opuesta del Helesponto, frente a Abidos. Cada noche, el joven atravesaba el estrecho a nado, guiado por una lámpara que Hero encendía en lo alto de la torre de su casa. Pero una noche de tempestad, la lámpara se apagó, y Leandro, en la oscuridad, no pudo alcanzar la costa. Al día siguiente, el mar arrojó su cadáver al pie de la torre de Hero, la cual se precipitó al vacío, pues no quiso sobrevivir a su amante.

A los alumnos y profesores de 2º de Bachillerato de la Comunidad Valenciana que traduzcan la selección del Libro II de las Helénicas de Jenofonte, les sonarán estos lugares, ya que los primeros capítulos del texto tienen como escenario el Helesponto (el actual estrecho de Dardanelos, en Turquía) y son citadas las ciudades de Eleunte (hoy Eski Hissarlik), Ábido, Sesto, Lámpsaco y el río Egospótamos (en la actualidad el Münipbey). De la desembocadura de este río a Lámpsaco (hoy Lapseki), al otro lado del Helesponto, según Jenofonte, hay 15 estadios. Si el estadio son 178 metros (el olímpico son 192), la distancia de la desembocadura a Lámpsaco era de 2670 metros. De Sesto a Ábido la distancia era menor, unos 1200 metros.

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En segundo lugar, conviene que rastreemos mínimamente las fuentes, no muy abundantes, por cierto, sobre este mito.

Virgilio en Geórgicas III, 258-263 escribió una alusión a este mito:

quid iuuenis, magnum cui uersat in ossibus ignem

durus amor? nempe abruptis turbata procellis

nocte natat caeca serus freta, quem super ingens

porta tonat caeli, et scopulis inlisa reclamant

aequora; nec miseri possunt reuocare parentes,

nec moritura super crudeli funere uirgo.

¿Qué pensar de aquel joven, a quien el irrefrenable amor mete en sus huesos violento fuego? En efecto, durante la ciega noche, cruza tardío a nado los mares agitados por la tempestad desencadenada; sobre su cabeza truena la inmensa puerta del cielo, y las olas, estrellándose contra las rocas, lo llaman hacia atrás; pero ni las desgracias de sus padres, ni la joven, que si él muere, morirá también, con cruel muerte, lo pueden detener.

La traducción es de Tomás de la Ascensión Recio García, en Gredos.

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Pero es Ovidio, en sus cartas 18 y 19 de las Heroidas, quien más información nos da de los amores de Hero y Leandro, que se lamentan de la distancia que les separa y de las dificultades que tienen para verse y abrazarse.

Argumento de la Epístola 18 según Patricio de Azcárate, saca de aquí.

Por ser vulgar y muy trillada la historia de los dos amantes Leandro y Ero, no cansaré al lector con explicarla: lo que conviene saber, para la inteligencia de esta epístola, es, que acostumbrando todas las noches ir Leandro desde la ciudad de Abido, su patria, nadando por el estrecho Helespontiaco, á Sesto, una villeta fuerte que es en Europa, á verse con la hermosa Ero, sucedió que por siete días corrió tan grande tormenta, que no pudo el animoso nadador hacer su acostumbrada viaje; y como saliese un navio de Abido para Sesto, por ser su piloto atrevido, escribió el amoroso Leandro esta regalada carta á su Ero, donde se excusa con el mar, y promete, si durare la tormenta, de ponerse á todo riesgo por ir á gozar de su presencia, como lo cumplió á costa de su vida.

Remitimos aquí para el texto latino y ofrecemos la traducción, incompleta, sacada de este lugar:

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El joven de Abido te envía el saludo que él preferiría llevarte, oh, muchacha de Sesto, si se aplacaran las olas del mar. Si los dioses me son favorables y propicios en el amor, leerás estas palabras mías con ojos de disgusto. Pero no me son propicios. Pues, ¿por qué aplazan mis deseos y no me permiten nadar por el agua que ya conozco? Tú misma ves el cielo más negro que la pez y los mares encrespados por los vientos y apenas abordables por las huecas barcas. Solo un marinero -y ese un temerario- el que te entrega mi carta, ha emprendido travesía desde el puerto. Me habría yo embarcado si no fuera porque, cuando soltaba amarras de la proa, todo Abidos estaba en los miradores. No podía engañar a mis padres, como hasta ahora, y el amor que queremos mantener oculto, no lo habría estado.

(…)

Transcurre la séptima noche, tiempo para mí más largo que un año, desde que el mar intranquilo hierve con roncas aguas. Si a lo largo de estas noches he visto yo el sueño sosegando mi pecho, sea larga la demora del mar enloquecido. Sentándome en alguna roca, contemplo triste tus playas y me traslado con el alma allí donde no puedo llegar con el cuerpo. Hasta incluso mi mirada distingue, o cree distinguir, unos ojos que observan desde lo alto de la torre. Tres veces dejé mi ropa en la seca arena y tres veces intenté emprender desnudo la arriesgada travesía. El mar hinchado se opuso a mis juveniles intentos y sumergió con sus aguas alborotadas mi rostro mientras nadaba. Mas tú, oh el más indómito de los rápidos vientos, ¿por qué emprendes conmigo combates con ahínco tan tenaz?

(…)

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Ya dijimos que volveríamos a Aulo Gelio y sus Noctes Atticae. Ahora lo hacemos para ofrecer un episodio que Aulo Gelio toma del historiador Heródoto, relativo a la mudez de un hijo del rey lidio Creso.

“Soldado, no mates a Creso”, es la traducción del título de nuestros artículos. No desvelamos ahora quien las pronuncia, pero lo primero que debemos hacer es ubicar al personaje.

De la literatura clásica, cinco son las fuentes que nos hablan de Creso:

Heródoto, en el Libro I de sus Historias, a propósito de su entrevista con el sabio Solón, la tragedia de su hijo Atis y el fin de su imperio (capítulos 6-22, 26-55, 69-93).

Jenofonte, en su Ciropedia VII, 2, 1-29 (toma de Sardes por Ciro, encuentro con Creso, profecía de Delfos sobre la felicidad de Creso); VIII, 2, 15-23 (Ciro demuestra a Creso los inconvenientes de atesorar riquezas).

Plutarco, Sobre la malevolencia de Heródoto, 18 y Solón (passim)

Baquílides, Oda Tercera a Hierón de Siracusa.

Ctesias de Cnido, en su encomio a Ciro, aludido en el Epítome de Focio

La Suda.

Y empezamos por tres de las entradas con el nombre de Creso en la Suda.

Suda 2497

Κροῖσος Λυδὸς μὲν ἦν τὸ γένος, παῖς δὲ ᾿Αλυάττεω, τύραννος δὲ ἐθνέων τῶν ἐντὸς ῎Αλυος ποταμοῦ. οὗτος πρῶτος βαρβάρων, τῶν ἡμεῖς ἴδμεν, τοὺς μὲν κατεστρέψατο ῾Ελλήνων ἐς φόρου ἀπαγωγήν, τοὺς δὲ φίλους προσεποιήσατο. πρὸ δὲ τῆς Κροίσου ἀρχῆς πάντες ἦσαν ῞Ελληνες ἐλεύθεροι. τὸ γὰρ Κιμμερίων στράτευμα τὸ ἐπὶ τὴν ᾿Ιωνίαν ἀφικόμενον, Κροίσου ἐὸν πρεσβύτερον, οὐ καταστροφὴ ἐγένετο τῶν πολίων, ἀλλ᾿ ἐξ ἐπιδρομῆς ἁρπαγή.

Creso era lidio de raza, hijo de Aliates y rey de los pueblos al oeste del río Halis. Éste fue el primero de los bárbaros, de los que conocemos, que obligó a unos helenos a la aportación de un tributo e hizo a otros sus aliados. Antes del reinado de Creso todos los helenos eran libres, pues la expedición de los cimerios contra Jonia, que fue anterior a Creso, no supuso la destrucción de las ciudades, sino un mero saqueo a partir de una incursión.

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Curso del río Halis (actual Kizilirmak)

La principal fuente de esta entrada de la Suda es Heródoto, Historias I, 6, 1:

Κροῖσος ἦν Λυδὸς μὲν γένος, παῖς δὲ Ἀλυάττεω, τύραννος δὲ ἐθνέων τῶν ἐντός Ἅλυος ποταμοῦ, ὃς ῥέων ἀπὸ μεσαμβρίης μεταξὺ Συρίων τε καὶ Παφλαγόνων ἐξιεῖ πρὸς βορέην ἄνεμον ἐς τὸν Εὔξεινον καλεόμενον πόντον. οὗτος ὁ Κροῖσος βαρβάρων πρῶτος τῶν ἡμεῖς ἴδμεν τοὺς μὲν κατεστρέψατο Ἑλλήνων ἐς φόρου ἀπαγωγήν, τοὺς δὲ φίλους προσεποιήσατο. κατεστρέψατο μὲν Ἴωνάς τε καὶ Αἰολέας καὶ Δωριέας τοὺς ἐν τῇ Ἀσίῃ, φίλους δὲ προσεποιήσατο Λακεδαιμονίους. πρὸ δὲ τῆς Κροίσου ἀρχῆς πάντες Ἕλληνες ἦσαν ἐλεύθεροι· τὸ γὰρ Κιμμερίων στράτευμα τὸ ἐπὶ τὴν Ἰωνίην ἀπικόμενον, Κροίσου ἐὸν πρεσβύτερον, οὐ καταστροφὴ ἐγένετο τῶν πολίων ἀλλ᾽ ἐξ ἐπιδρομῆς ἁρπαγή.

Creso era de origen lidio, hijo de Aliates y soberano de los pueblos al oeste del río Halis, que corre desde el mediodía por entre sirios y paflagonios, y desemboca, hacia el norte, en el llamado Ponto Euxino. El tal Creso fue, que nosotros sepamos, el primer bárbaro que sometió a algunos griegos, obligándoles al pago de tributo, y que se ganó la amistad de otros; sometió a los jonios, eolios y dorios de Asia y se ganó la amistad de los lacedemonios. En cambio, antes del reinado de Creso, todos los griegos eran libres, pues la incursión de los cimerios, realizada contra Jonia – que fue bastante anterior a Creso – no supuso la sumisión de las ciudades; se limitó a un pillaje con ocasión de una correría.

Suda 2499

Κροῖσος, Λυδῶν βασιλεύς, νομίζων ἑαυτὸν πλουσιώτατον εἶναι καὶ εὐδαιμονέστατον, μεταπεμψάμενος Σόλωνα τὸν ᾿Αθηναῖον, ἄνδρα σοφόν, ἐπέδειξεν αὐτῷ τοὺς θησαυροὺς καὶ τἄλλα τοῦ πλούτου καὶ ἠρώτησεν αὐτόν, τίνα εὐδαίμονα πάντων ἀνθρώπων νενόμικας; ὁ δὲ ἔφη Τέλλον τὸν ᾿Αθηναῖον, ζήσαντα εὐτυχῶς καὶ ἀποθανόντα ὑπὲρ τῆς πατρίδος μαχόμενον. Πυνθανομένου δὲ αὐτοῦ, τίνα οὖν μετὰ Τέλλον; ὁ δὲ ἔφη Κλέοβιν καὶ Βίτωνα, τὸ γένος ᾿Αργείους, οἵτινες τῆς μητρὸς αὐτῶν Θεανοῦς ἢ Κυδίππης ἱερωμένης καὶ μελλούσης πομπεύειν τῇ πατρίῳ ἑορτῇ ἐπὶ ἀπήνης μέχρι τεμένους τῆς ῏Ηρας, χρονιζόντων τῶν ὑποζυγίων, ὑποθέντες τοὺς ἰδίους αὐχένας οἱ παῖδες τὴν ἀπήνην εἵλκυσαν καὶ ἤγαγον τὴν μητέρα ἐπὶ τὸ τέμενος. Εὐξαμένης δὲ ἐκείνης τῇ ῞Ηρᾳ γενέσθαι αὑτῆς τοῖς παισὶν ὅ τι κάλλιστον ἀνθρώποις, τῇ ἐπιούσῃ νυκτὶ εὑρέθησαν ἀμφότεροι τετελευτηκότες.

῞Οτι Αἰλιανὸς περὶ Κροίσου ἔφη· ὁ δὲ ἀνηνέγκατο ἄρα στενάξας καὶ ἐς τρὶς ἐκάλεσε τὸν Σόλωνα.

Lidiaantigua

Creso era rey de Lidia, con capital en Sardes

Creso, rey de los lidios, pensando que él mismo era el más rico y el más afortunado de los hombres, tras hacer llamar a Solón el ateniense, un hombre sabio, le mostró sus tesoros y el resto de su riqueza y le preguntó: “¿A quién consideras el más afortunado de los hombres?” Y él dijo: “A Telo el ateniense, que vivió felizmente y murió luchando por su patria”. Y (Creso) tras conocer esto, preguntó: “Y a quién después de Telo?” Y él dijo que Cleobis y Bitón, argivos de raza, quienes, cuando su madre Teano o Cidipa, que era sacerdotisa, iba a dirigir una procesión en la fiesta de la patria montada en un carro de cuatro ruedas hasta el templo de Hera, al retrasarse los bueyes, unciendo el carro a sus propios cuellos arrastraron el carro y llevaron a su madre hasta el recinto sacro. Y después de que su madre hubiera suplicado a Hera que llegara a sus hijos lo más hermoso para los hombres, a la noche siguiente, los hallaron a ambos muertos.

Porque Eliano dice sobre Creso: “Y él entonces, tras un gemido suspiró y llamó a Solón tres veces”.

La fuente principal de la Suda en esta entrada vuelve a ser Heródoto, Historias I, 30-31:

ὃ μὲν ἐλπίζων εἶναι ἀνθρώπων ὀλβιώτατος ταῦτα ἐπειρώτα· Σόλων δὲ οὐδὲν ὑποθωπεύσας ἀλλὰ τῷ ἐόντι χρησάμενος λέγει “ὦ βασιλεῦ, Τέλλον Ἀθηναῖον.” ἀποθωμάσας δὲ Κροῖσος τὸ λεχθὲν εἴρετο ἐπιστρεφέως· “κοίῃ δὴ κρίνεις Τέλλον εἶναι ὀλβιώτατον;” ὁ δὲ εἶπε “Τέλλῳ τοῦτο μὲν τῆς πόλιος εὖ ἡκούσης παῖδες ἦσαν καλοί τε κἀγαθοί, καί σφι εἶδε ἅπασι τέκνα ἐκγενόμενα καὶ πάντα παραμείναντα· τοῦτο δὲ τοῦ βίου εὖ ἥκοντι, ὡς τὰ παρ᾽ ἡμῖν, τελευτὴ τοῦ βίου λαμπροτάτη ἐπεγένετο· γενομένης γὰρ Ἀθηναίοισι μάχης πρὸς τοὺς ἀστυγείτονας ἐν Ἐλευσῖνι, βοηθήσας καὶ τροπὴν ποιήσας τῶν πολεμίων ἀπέθανε κάλλιστα, καί μιν Ἀθηναῖοι δημοσίῃ τε ἔθαψαν αὐτοῦ τῇ περ ἔπεσε καὶ ἐτίμησαν μεγάλως.”

Creso le formulaba esta pregunta en la creencia de que él era el hombre más dichoso del mundo, pero Solón, sin ánimo alguno de adulación, sino ateniéndose a la verdad, le contestó: “Sí, majestad, a Telo de Atenas”. Creso quedó sorprendido por su respuesta y le preguntó con curiosidad: “¿Y por qué consideras que Telo es el más dichoso?”. Entonces Solón replicó: “Ante todo, Telo tuvo, en una próspera ciudad, hijos que eran hombres de pro y llegó a ver que a todos les nacían hijos y que en su totalidad llegaban a mayores; además, después de haber gozado, en la medida de nuestras posibilidades, de una vida afortunada, tuvo para ella el fin más brillante. En efecto, prestó su concurso en una batalla librada en Eleusis entre los atenienses y sus vecinos, puso en fuga al enemigo y murió gloriosamente; y los atenienses, por su parte, le dieron pública sepultura en el mismo lugar en que había caído y le tributaron grandes honores”.

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Seguimos con el poema A las estatuas de los dioses, de Luis Cernuda. Sobre este poema leemos en Gilabert Barberà, Pau, Didácticas luces y sombras platónicas en la poesía de Luis Cernuda:

No sólo él ha caído y se ha convertido en prisionero; si nos dejamos cautivar, en efecto, por aquellos poemas de Cernuda que revelan un ensueño más romántico, constataremos hasta qué punto sombras y luces o, lo que es lo mismo, una geometría uránica centrada lógicamente en la verticalidad ascendente, lo condiciona y ayuda a un tiempo en la expresión de un deseo de libertad que rechaza evidentemente todo tipo de esclavitudes y decadencias:

Por una vez, el poeta, lejos de nieblas -o, si se quiere, lejos de la caverna y conservando las alas-, aparece aquí bañado por la luz, aunque no elimine por completo ni la prisión ni la oscuridad, puesto que lo ilumina tan sólo el blanco embeleso de la luna de una noche de otoño – un pequeño astro al fin y al cabo. Continúa, por tanto, oscurecido y triste del mismo modo que las estatuas de los dioses paganos, ahora oscuras, caídas y mutiladas, sueñan melancólicamente con épocas remotas y gloriosas, y no de “decadencia” o de humanidad “decaída”. La vida no era entonces sombría ni los hombres se dejaban encarcelar; antes al contrario, el mundo lo habitaban titanes y héroes, y la llama que honraba a los dioses se alzaba enérgica hacia Urano. De ellos en él, de los dioses en el cielo, el poeta, y por el hecho de serlo, vislumbra todavía su faz cegadora, y quién sabe si de su cólera nos salvan los buenos oficios de un famoso “uranizado”: Ganímedes.

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Lucha de Atenea y Posidón por el dominio de Atenas. Tímpano oeste del Partenón

Sólo nos queda ofrecer el bello poema.

A las estatuas de los dioses

Hermosas y vencidas soñáis,

Vueltos los ciegos ojos hacia el cielo,

Mirando las remotas edades

De titánicos hombres,

Cuyo amor os daba ligeras guirnaldas

Y la olorosa llama se alzaba

Hacia la luz divina, su hermana celeste.

Reflejo de vuestra verdad, las criaturas

Adictas y libres como el agua iban;

Aún no había mordido la brillante maldad

Sus cuerpos llenos de majestad y gracia.

En vosotros creían y vosotros existíais;

La vida no era un delirio sombrío.

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La miseria y la muerte futuras,

No pensadas aún, en vuestras manos

Bajo un inofensivo sueño adormecían

Sus venenosas flores bellas,

Y una y otra vez el mismo amor tornaba

Al pecho de los hombres,

Como ave fiel que vuelve al nido

Cuando el día, entre las altas ramas,

Con apacible risa va entornando los ojos.

Eran tiempos heroicos y frágiles,

Deshechos con vuestro poder como un sueño feliz.

Hoy yacéis, mutiladas y oscuras,

Entre los grises jardines de las ciudades,

Piedra inútil que el soplo celeste no anima,

Abandonadas de la súplica y la humana esperanza.

La lluvia con la luz resbalan

Sobre tanta muerte memorable,

Mientras desfilan a lo lejos muchedumbres

Que antaño impíamente desertaron

Vuestros marmóreos altares,

Santificados en la memoria del poeta.

Tal vez su fe os devuelva el cielo.

Mas no juzguéis por el rayo, la guerra o la plaga

Una triste humanidad decaída;

Impasibles reinad en el divino espacio.

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Júpiter besando a Ganimedes (1758-59),  fresco separado y colocado sobre lienzo, de Anton Raphael Mengs. Galleria Nazionale D’Arte Antica. Palazzo Barberini, Roma.

Distraiga con su gracia el copero solícito

La cólera de vuestro poder que despierta.

En tanto el poeta, en la noche otoñal,

Bajo el blanco embeleso lunático,

Mira las ramas que el verdor abandona

Nevarse de luz beatamente,

Y sueña con vuestro trono de oro

Y vuestra faz cegadora,

Lejos de los hombres,

Allá en la altura impenetrable.

Dejamos el último poema de Invocaciones (1934-1935), formado por A un muchacho andaluz, Soliloquio del farero, El viento de septiembre entre los chopos, No es nada, es un suspiro, Por unos tulipanes amarillos, La gloria del poeta, Dans ma péniche, El joven marino, Himno a la tristeza y nuestro A las estatuas de los dioses, y pasamos al quinto poema de Como quien espera el alba (1941-1944) que lleva por título Urania, una de las nueve Musas. No obstante, para algunos estudiosos, esta Urania no es tanto la Musa de la astronomía, cuanto la Venus Urania platónica.

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Así lo entiende Begoña Ibáñez Avendaño en El símbolo en “La realidad y el deseo” de Luis Cernuda” (Problemata Literaria 18) quien escribe:

En Como quien espera el alba, Venus ya ha nacido, pero curiosamente no es la Venus afrodita, sino la urania:

Ella está inmóvil. Cubre aéreo

El ropaje azulado su hermosa virgen;

La estrella diamantina allá en la frente

Arisca tal la nieve, y en los ojos

La luz que no conoce sombra alguna.

La Venus urania transformará la indolencia en la experiencia “luz de la memoria”, completando el proceso iniciado en Perfil del aire.

En nota al pie a la expresión Venus urania leemos:

En la descripción que sobre sus características hace Platón en El banquete la contrapone al amor de Afrodita Pandemo que será “verdaderamente vulgar y obra por azar” señalando que: “En cambio, el de Urania deriva de una diosa que, en primer lugar, no participa de hembra sino tan sólo de varón (es éste el amor de los muchachos) y que, además, es de mayor edad y está exenta de intemperancia. Por esta razón es a lo masculino adonde se dirigen los inspirados por este amor, sintiendo predilección por lo que es por naturaleza más fuerte y tiene mayor entendimiento”. En El Banquete, Fedón, Fedro, pág. 42.

Hasta aquí el texto y la cita de Beatriz Ibáñez.

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«Turtle Aphrodite AO20126 mp3h9188» de Rama – Trabajo propio. Disponible bajo la licencia CC BY-SA 2.0 fr vía Wikimedia Commons – https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Turtle_Aphrodite_AO20126_mp3h9188.jpg#/media/File:Turtle_Aphrodite_AO20126_mp3h9188.jpg

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bucefalo1

Ya dedicamos una larga serie al caballo de Alejandro, Bucéfalo. Pero el otro día nos encontramos con un breve texto que nos habla de la valerosa muerte del animal, en concreto en las Noches Áticas V, 2 de Aulo Gelio. Las Noctes Atticae se escribieron durante el gobierno del emperador Marco Aurelio (161-180 d. C.). Para describir brevemente esta obra, a la que, por cierto, dedicaremos otros artículos en este lugar, echamos mano de un párrafo del trabajo Hacia una nueva edición comentada de Aulo Gelio: la praefatio de las Noctes Atticae, del profesor de la Universidad de Barcelona, Javier Velaza, en el Anuari de filologia. Antiqva et Mediaevalia (Anu.Filol.Antiq.Mediaeualia) 2/2012, pp.11-48, ISSN: 2014-1386:

Y, sin embargo, no se negará que las Noches Áticas son precisamente el tipo de texto clásico que requiere ser leído en una edición dotada de un comentario filológico, histórico y cultural prolijo. El compendio de informaciones que Gelio fue recopilando desde sus años de estudiante in agro terrae Atticae y que decidió mucho más tarde redactar en forma de miscelánea para provecho de sus hijos es de tal variedad y abundancia que abarca prácticamente todos los ámbitos de la erudición, desde la fonética, la morfología y la lexicografía hasta el derecho, de la filosofía a la estética, de la mitología y la religión a la historia pasando por la música, la geometría, la anticuarística o la crítica textual. Los veinte libros que contienen 369 commentarii de desigual extensión y en voluntario desorden son hoy la fuente fundamental, cuando no única, para nuestro conocimiento de anécdotas y episodios de todo tenor, de textos fragmentarios y de palabras o expresiones que solo gracias a ellos se nos conservan. Por lo demás, constituyen el testimonio de una sociedad tan culta como decadente, por más que el propio autor se esfuerce en el prefacio en revestir su inagotable curiositas con los ropajes de la utilitas y de identificar su público con el prototipo del vir civiliter eruditus. Con todo ello, la obra no solo resulta de acceso desigual a los públicos amplios de nuestro tiempo, sino que también los especialistas en las Ciencias de la Antigüedad y en especial los filólogos echan de menos en muchas ocasiones el soporte de unas notas de comentario que vayan más allá de lo meramente generalista. La erudición reclama erudición, y la de Gelio no escapa a esa regla.

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Descrita muy brevemente la obra, he aquí el texto de Aulo Gelio sobre la muerte de Bucéfalo y su traducción:

Super equo Alexandri regis, qui Bucephalas appellatus est. 

1 Equus Alexandri regis et capite et nomine “Bucephalas” fuit. 2 Emptum Chares scripsit talentis tredecim et regi Philippo donatum; hoc autem aeris nostri summa est sestertia trecenta duodecim. 3 Super hoc equo dignum memoria visum, quod, ubi ornatus erat armatusque ad proelium, haud umquam inscendi sese ab alio nisi ab rege passus sit. 4 Id etiam de isto equo memoratum est, quod, cum insidens in eo Alexander bello Indico et facinora faciens fortia in hostium cuneum non satis sibi providens inmisisset coniectisque undique in Alexandrum telis vulneribus altis in cervice atque in latere equus perfossus esset, moribundus tamen ac prope iam exsanguis e mediis hostibus regem vivacissimo cursu retulit atque, ubi eum extra tela extulerat, ilico concidit et domini iam superstitis securus quasi cum sensus humani solacio animam exspiravit. 5 Tum rex Alexander parta eius belli victoria oppidum in isdem locis condidit idque ob equi honores “Bucephalon” appellavit.

Sobre el caballo de Alejandro, que fue llamado Bucéfalo.

1.El caballo el rey Alejandro fue Bucéfalo (cabeza de buey) de cabeza y de nombre. 2. Comprado, escribió Cares, por trece talentos, fue regalado al rey Filipo; eso hace, en nuestra moneda, la suma de trescientos doce sestercios. 3. A propósito de este caballo, creemos digno de mención que, tan pronto era guarnecido y preparado para el combate, nunca consintió ser cabalgado por otro que no fuera el rey. 4. También se cuenta esto sobre este caballo, que, cuando Alejandro cabalgando sobre él en la guerra de la India y cumpliendo sus valerosas gestas, se colocó, no demasiado precavido, en medio de una cuña de enemigos, y habiendo sido lanzados de todas partes venablos contra Alejandro, el caballo recibió grandes heridas en la cabeza y los costados, éste, aunque se encontraba moribundo y casi exangüe, sacó al rey de en medio de los enemigos con una muy vivaz carrera, y, cuando lo había sacado fuera de las armas, al punto se derrumbó y seguro de que su señor estaba a salvo, casi con una satisfacción propia del sentido de un hombre expiró. 5. Entonces el rey Alejandro, obtenida la victoria en aquella guerra, fundó una ciudad en aquel mismo lugar, y en honor a su caballo, le dio el nombre de Bucéfalon.

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Notas:

Cares se refiere a Cares de Mitilene, historiógrafo griego, que participó en la expedición de Alejandro y escribió “Historias sobre Alejandro” (Περὶ ᾿Αλεξάνδρου ἱστορίαι) en diez, o quizás, once libros de los cuales sólo nos restan 19 fragmentos en citas o resúmenes, especialmente en Los Deinosofistas de Ateneo o en el Alejandro de Plutarco. (Fragmento 117 de los Fragmenta historicorum Graecorum en la edición de Franz Müller). 

En el libro Alexander the Great in India de Andrew Chugg, página 30 leemos:

El fragmento 18 de Cares (Aulo Gelio 5, 2, 1-5) contiene la muerte de Bucéfalo a consecuencia de las heridas tras sacar a Alejandro de entre los enemigos en la batalla del Hidaspes y menciona también la fundación de la ciudad de Bucéfala en el lugar para honrar al corcel del rey.

Es difícil saber cuánto son 312 sestercios, pero si convenimos en que 1 denario son unos 15 € y el sestercio era la cuarta parte un denario, un sestercio equivaldría a 3’75 euros. Por lo tanto, Bucéfalo costó 1170 €.

Como vemos, tal fue el dolor de Alejandro Magno ante la pérdida de su caballo que hizo que se fundara allí una ciudad, la conocida como “Alejandría Bucefalia”. Según las fuentes, parece claro que se construyó en la ribera oeste del río Hidaspes (actualmente el río Jhelum, el más grande y occidental del Panyab paquistaní). Se cree que este sitio está localizado frente a la moderna ciudad de Jhelum, en la provincia del Panyab, al noreste del actual Pakistán, atravesado por el citado río.

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El río Jhelum cerca de Thotha, Mirzapur, Uttar Pradesh, Pakistán. © Todos los derechos reservados. por Paul Snook

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Seguimos con los artículos dedicados al vuelo de Ícaro, a propósito de las dos obras (música de ballet y poema sinfónico) que compuso Igor Markevitch, la segunda de las cuales se escuchó en el programa radiofónico El mundo de la fonografía, que dirige José Luis Pérez de Arteaga en Radio Clásica.

Repasábamos brevemente las fuentes sobre el mito del vuelo de Ícaro y nos referimos a Apolodoro, Higino, Luciano de Samosata y Jenofonte.

Seguimos con el viajante Pausanias que, en Descripción de Grecia, IX, 11, 4-6, da cuenta de la razón del nombre de la isla de Icaria y el mar Icario por el funesto vuelo del hijo de Dédalo:

᾿Ενταῦθα Ἡρακλεῖόν ἐστιν, ἄγαλμα δὲ τὸ μὲν λίθου λευκοῦ Πρόμαχος καλούμενον, ἔργον δὲ Ξενοκρίτου καὶ Εὐβίου Θηβαίων: τὸ δὲ ξόανον τὸ ἀρχαῖον Θηβαῖοί τε εἶναι Δαιδάλου νενομίκασι καὶ αὐτῷ μοι παρίστατο ἔχεινοὕτω. Τοῦτον ἀνέθηκεν αὐτός, ὡς λέγεται, Δαίδαλος ἐκτίνων εὐεργεσίας χάριν. ῾Ηνίκα γὰρ ἔφευγεν ἐκ Κρήτης πλοῖα οὐ μεγάλα αὑτῷ καὶ τῷ παιδὶ Ἰκάρῳ ποιησάμενος, πρὸς δὲ καὶ ταῖς ναυσίν, ὃ μή πω τοῖς τότε ἐξεύρητο, ἱστία ἐπιτεχνησάμενος, ὡς τοῦ Μίνω ναυτικοῦ τὴν εἰρεσίαν φθάνοιεν ἐπιφόρῳ τῷ ἀνέμῳ χρώμενοι, τότε αὐτὸς μὲν σώζεται Δαίδαλος, Ἰκάρῳ δὲ κυβερνῶντι ἀμαθέστερον ἀνατραπῆναι τὴν ναῦν λέγουσιν: ἀποπνιγέντα δὲ ἐξήνεγκεν ὁ κλύδων ἐς τὴν ὑπὲρ Σάμου νῆσον ἔτι οὖσαν ἀνώνυμον. ᾿Επιτυχὼν δὲ Ἡρακλῆς γνωρίζει τὸν νεκρόν, καὶ ἔθαψεν ἔνθα καὶ νῦν ἔτι αὐτῷ χῶμα οὐ μέγα ἐπὶ ἄκρας ἐστὶν ἀνεχούσης ἐς τὸ Αἰγαῖον. ᾿Απὸ δὲ τοῦ Ἰκάρου τούτου ὄνομα ἥ τε νῆσος καὶ ἡ περὶ αὐτὴν θάλασσα ἔσχηκε.

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Allí hay un Heracleo y una imagen de mármol blanco llamada Prómaco, obra de los tebanos Jenócrito y Eubio. La antigua xóana los tebanos consideran que es de Dédalo, y yo también lo creo así. La ofrendó el propio Dédalo, según se dice, para pagar el favor por un beneficio. En efecto, cuando huyó de Creta en barcos pequeños que había hecho para sí y para su hijo Ícaro, inventó además velas para las naves, lo que todavía no habían inventado los hombres de entonces, de modo que se adelantaba a los remeros de la escuadra de Minos al aprovechar el viento favorable. Dédalo se salvó en esta ocasión, pero dicen que a Ícaro, que pilotaba de modo más inexperto, se le dio la vuelta la nave. Las olas lo arrastraron, ya ahogado, a la isla a la altura de Samos, que todavía no tenía nombre. Heracles lo encontró, reconoció el cadáver y lo enterró donde todavía ahora hay un túmulo pequeño sobre un promontorio que se adentra en el Egeo. Por este Ícaro ha recibido su nombre la isla y el mar que la rodea.

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La caída de Ícaro (1636-1638), óleo sobre lienzo de 195 x 180 cm, de Jakob Peeter Gowy. Museo del Prado, Madrid

La isla es la de Icaria, una de las Cícladas, que antes se llamó Dolique, como nos indica Apolodoro en Biblioteca Mitológica II, 6, 3:

καὶ προσσχὼν νήσῳ Δολίχῃ, τὸ Ἱκάρου σῶμα ἰδὼν τοῖς αἰγιαλοῖς προσφερόμενον ἔθαψε, καὶ τὴν νῆσον ἀντὶ Δολίχης Ἰκαρίαν ἐκάλεσεν.

Cuando llegó a la isla de Dólique, al ver el cuerpo de Ícaro que yacía en la costa, lo enterró y llamó Icaria a la isla en lugar de Dólique.

La traducción es de Margarita Rodríguez de Sepúlveda, en Gredos.

En Ilíada II, 145 ya aparece citado el mar Icario:

κινήθη δ᾿ ἀγορὴ φὴ κύματα μακρὰ θαλάσσης

πόντου Ἰκαρίοιο, τὰ μέν τ᾿ Εὖρός τε Νότος τε

ὤρορ᾿ ἐπαΐξας πατρὸς Διὸς ἐκ νεφελάων.

Agitóse la junta como las grandes olas que en el mar Icario levan el Euro y el Noto cayendo impetuosos de las nubes amontonadas por el padre Zeus.

La traducción es de Luis Segalá, en Espasa Calpe.

Estrabón, en Geografía XIV, 1, 19, cuando habla de la isla de Icaria, se refiere a Ícaro.

Παράκειται δὲ τῇ Σάμῳ νῆσος ᾿Ικαρία ἀφ᾿ ἣς τὸ ᾿Ικάριον πέλαγος. αὕτη δ᾿ ἐπώνυμός ἐστιν ᾿Ικάρου παιδὸς τοῦ Δαιδάλου, ὅν φασι τῷ πατρὶ κοινωνήσαντα τῆς φυγῆς, ἡνίκα ἀμφότεροι πτερωθέντες ἀπῆραν ἐκ Κρήτης, πεσεῖν ἐνθάδε μὴ κρατήσαντα τοῦ δρόμου· μετεωρισθέντι γὰρ πρὸς τὸν ἥλιον ἐπὶ πλέον περιρρυῆναι τὰ πτερὰ τακέντος τοῦ κηροῦ. τριακοσίων δ᾿ ἐστὶ τὴν περίμετρον σταδίων ἡ νῆσος ἅπασα καὶ ἀλίμενος πλὴν ὑφόρμων, ὧν ὁ κάλλιστος ᾿Ιστοὶ λέγονται·

Al lado de Samos se halla la isla de Icaria, de la cual proviene el nombre de mar Icario. La isla es llamada así por Ícaro, el hijo de Dédalo, que dicen, habiéndose unido a su padre en su huida, cuando ambos, provistos de alas, escapaban de Creta, cayó aquí, tras perder el control de su vuelo. Pues, dicen, que, elevándose en exceso hacia el sol, se le cayeron las alas, al fundirse la cera. La isla tiene un perímetro de trescientos estadios y no tiene puertos, sino puntos de anclaje, de los cuales el mejor se llama Histos.

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The lament for Icarus (1898), óleo sobre lienzo de 182 x 155 cm, de Herbert Draper (1863-1920). Tate Britain, Londres.

En la Anábasis de Alejandro Magno, VII, 20, 5, de Arriano, también nos encontramos con Ícaro, a propósito de la isla de Ícaro, en la desembocadura en el golfo Pérsico de los ríos Tigris y Éufrates, que, unidos en Al Qurna, forman el canal de Shatt el Arab:

καὶ ταύτην τὴν νῆσον λέγει ᾿Αριστόβουλος ὅτι ῎Ικαρον ἐκέλευσε καλεῖσθαι ᾿Αλέξανδρος ἐπὶ τῆς νήσου τῆς ᾿Ικάρου τῆς ἐν τῷ Αἰγαίῳ πόντῳ, ἐς ἥντινα ῎Ικαρον τὸν Δαιδάλου τακέντος τοῦ κηροῦ ὅτῳ προσήρτητο τὰ πτερὰ πεσεῖν λόγος κατέχει, ὅτι οὐ κατὰ τὰς ἐντολὰς τοῦ πατρὸς πρὸς τῇ γῇ ἐφέρετο, ἀλλὰ μετέωρος γὰρ ὑπὸ ἀνοίας πετόμενος παρέσχε τῷ ἡλίῳ θάλψαι τε καὶ ἀνεῖναι τὸν κηρόν, καὶ ἀπὸ ἑαυτοῦ τὸν ῎Ικαρον τῇ τε νήσῳ καὶ τῷ πελάγει τὴν ἐπωνυμίαν ἐγκαταλιπεῖν τὴν μὲν ῎Ικαρον καλεῖσθαι, τὸ δὲ ᾿Ικάριον.

Aristóbulo cuenta que Alejandro ordenó que a esta isla se la llamara Ícaro, como la isla del mismo nombre en el mar Egeo, en la que, según va la leyenda, cayó Ícaro, hijo de Dédalo, cuando la cera de las alas que había fijado a su cuerpo se derritió. Éste no volaba cerca de tierra, de acuerdo con los mandatos de su padre, sino que cometió la insensatez de volar hasta lo alto, permitiendo que el sol suavizara y aflojara la cera. Ícaro dejó su nombre a la isla y el mar; la primera se llama Icaria y el segundo el mar Icario.

Traducción obtenida de aquí.

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