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Es citado de nuevo Sócrates en Aristóteles, Metafísica XIII, IX, 1086a 35-1086b 5, cuando habla de las teorías de los primeros principios y las primeras causas o y elementos.

τὰ μὲν οὖν ἐν τοῖς αἰσθητοῖς καθ’ ἕκαστα ῥεῖν ἐνόμιζον [scil. οἱ τὰς ἰδέας λέγοντες] καὶ μένειν οὐθὲν αὐτῶν, τὸ δὲ καθόλου παρὰ ταῦτα εἶναί τε καὶ ἕτερόν τι εἶναι. τοῦτο δ’, ὥσπερ ἐν τοῖς ἔμπροσθεν ἐλέγομεν, ἐκίνησε μὲν Σωκράτης διὰ τοὺς ὁρισμούς, οὐ μὴν ἐχώρισέ γε τῶν καθ’ ἕκαστον˙ καὶ τοῦτο ὀρθῶς ἐνόησεν οὐ χωρίσας.

Y es que pensaban que las realidades sensibles singulares fluyen y ninguna de ellas permanece y que, por el contrario, el universal existe separado fuera de ellas y es otra cosa. El universal, como deciamos mas arriba68, lo puso en marcha Socrates mediante las definiciones, si bien no lo separo, ciertamente, de los individuos. Y razono correctamente al no separarlo.

La traducción es de Tomás Calvo Martínez, en Gredos.

Aristóteles atribuye a Sócrates, en Metafísica XIII, IV, 1078b 17-32, los razonamientos inductivos y las definiciones universales:

Σωκράτους δὲ περὶ τὰς ἠθικὰς ἀρετὰς πραγματευομένου καὶ περὶ τούτων ὁρίζεσθαι καθόλου ζητοῦντος πρώτου (τῶν μὲν γὰρ φυσικῶν ἐπὶ μικρὸν Δημόκριτος ἥψατο μόνον καὶ ὡρίσατό πως τὸ θερμὸν καὶ τὸ ψυχρόν˙ οἱ δὲ Πυθαγόρειοι πρότερον περί τινων ὀλίγων, ὧν τοὺς λόγους εἰς τοὺς ἀριθμοὺς ἀνῆπτον, οἷον τί ἐστι καιρὸς ἢ τὸ δίκαιον ἢ γάμος˙ ἐκεῖνος δ’ εὐλόγως ἐζήτει τὸ τί ἐστιν˙ συλλογίζεσθαι γὰρ ἐζήτει, ἀρχὴ δὲ τῶν συλλογισμῶν τὸ τί ἐστιν˙ διαλεκτικὴ γὰρ ἰσχὺς οὔπω τότ’ ἦν ὥστε δύνασθαι καὶ χωρὶς τοῦ τί ἐστι τἀναντία ἐπισκοπεῖν, καὶ τῶν ἐναντίων εἰ ἡ αὐτὴ ἐπιστήμη˙ δύο γάρ ἐστιν ἅ τις ἂν ἀποδῴη Σωκράτει δικαίως, τούς τ’ ἐπακτικοὺς λόγους καὶ τὸ ὁρίζεσθαι καθόλου˙ ταῦτα γάρ ἐστιν ἄμφω περὶ ἀρχὴν ἐπιστήμης)˙ -ἀλλ’ ὁ μὲν Σωκράτης τὰ καθόλου οὐ χωριστὰ ἐποίει οὐδὲ τοὺς ὁρισμούς˙ οἱ δ’ ἐχώρισαν, καὶ τὰ τοιαῦτα τῶν ὄντων ἰδέας προσηγόρευσαν.

 

Sócrates, por su parte, se ocupaba en estudiar las virtudes éticas y trataba, el primero, de definirlas universalmente. En efecto, de los físicos, solamente Demócrito tocó esto en muy pequena medida y definió de algún modo lo caliente y lo frío. Los Pitagóricos, a su vez, se habían ocupado antes en definir unas pocas cosas reduciendo sus nociones a los números, por ejemplo, que es Ocasión Favorable, o Justicia, o Unión. Aquél, sin embargo, pretendía con razón encontrar el que-es, pues pretendía razonar por silogismos y el que-es constituye el punto de partida de los silogismos. Pues la dialéctica no era entonces lo suficientemente vigorosa como para ser capaz de investigar los contrarios aparte del que-es, y si la misma ciencia se ocupa de los contrarios. Dos son, pues, las cosas que cabe atribuir en justicia a Socrates: los razonamientos inductivos y las definiciones universales. Y ambas estan, ciertamente, en el principio de la ciencia.

Sócrates, sin embargo, no separaba los universales ni las definiciones. Pero otros los separaron denominándolos “Ideas de las cosas que son”.

 La traducción es de Tomás Calvo Martínez, en Gredos.

De nuevo en Ética a Eudemo I, 1216b 2-10, Aristóteles habla sobre Sócrates y la virtud:

Σωκράτης μὲν οὖν ὁ πρεσβύτης ᾤετ’ εἶναι τέλος τὸ γινώσκειν τὴν ἀρετήν, καὶ ἐπεζήτει τί ἐστιν ἡ δικαιοσύνη καὶ τί ἡ ἀνδρεία καὶ ἕκαστον τῶν μορίων αὐτῆς. ἐποίει γὰρ ταῦτ’ εὐλόγως. ἐπιστήμας γὰρ ᾤετ’ εἶναι πάσας τὰς ἀρετάς, ὥσθ’ ἅμα συμβαίνειν εἰδέναι τε τὴν δικαιοσύνην καὶ εἶναι δίκαιον. ἅμα μὲν γὰρ μεμαθήκαμεν τὴν γεωμετρίαν καὶ οἰκοδομίαν καὶ ἐσμὲν οἰκοδόμοι καὶ γεωμέτραι. διόπερ ἐζήτει τί ἐστιν ἀρετή, ἀλλ’ οὐ πῶς γίνεται καὶ ἐκ τίνων.

Sócrates, el Viejo, pensaba que el fin es el conocimiento de la virtud, e investigaba qué es la justicia, el valor y cada una de las partes de la virtud; y su conducta era razonable, pues pensaba que todas las virtudes son ciencias, de suerte que conocer la justicia y ser justo iban simultáneos, dado que, en cuanto hemos aprendido la geometría y la arquitectura, somos ya arquitectos y geómetras. Por esta razón, él investigaba qué es la virtud, pero no cómo o de dónde procede.

 

 

Y, más adelante, en Ética a Eudemo VIII, 1246b 32-35, afrima, hablando de la prudencia, que Sócrates erró al considerar esta virtud como una ciencia:

ὥστε δῆλον ὅτι ἅμα φρόνιμοι καὶ ἀγαθαὶ ἐκεῖναι αἱ ἄλλου ἕξεις, καὶ ὀρθῶς τὸ Σωκρατικόν, ὅτι οὐδὲν ἰσχυρότερον φρονήσεως. ἀλλ’ ὅτι ἐπιστήμην ἔφη, οὐκ ὀρθόν: ἀρετὴ γάρ ἐστι καὶ οὐκ ἐπιστήμη, ἀλλὰ γένος ἄλλο γνώσεως.

Así pues, es evidente que los hombres son, al mismo tiempo, prudentes y buenos, y que aquellos modos de ser corresponden a personas distintas. Y son rectas las palabras de Sócrates de que unada es más poderoso que la prudencia», pero se equivocó cuando dijo que es una ciencia, pues es una virtud, y no una ciencia, sino otra clase de conocimiento.

 Traducción de Julio Pallí Bonet, en Gredos.

En Ética a Nicómaco, VII, 2, 1145 b 21-27, 31-34 y 3. 1147 b 14-17, respecto a la incontinencia y las opiniones sobre ella y sobre la continencia y el conocimeinto, Aristóteles vuelve a referirse a Sócrates.

ἀπορήσειε δ’ ἄν τις πῶς ὑπολαμβάνων ὀρθῶς ἀκρατεύεταί τις. ἐπιστάμενον [μὲν] οὖν οὔ φασίν τινες οἷόν τε εἶναι˙ δεινὸν γὰρ ἐπιστήμης ἐνούσης, ὡς ᾤετο Σωκράτης, ἄλλο τι κρατεῖν καὶ περιέλκειν αὐτὴν ὥσπερ ἀνδράποδον. Σωκράτης μὲν γὰρ ὅλως ἐμάχετο πρὸς τὸν λόγον ὡς οὐκ οὔσης ἀκρασίας˙ οὐθένα γὰρ ὑπολαμβάνοντα πράττειν παρὰ τὸ βέλτιστον, ἀλλὰ δι’ ἄγνοιαν

Se podría preguntar cómo un hombre que tiene recto juicio puede ser incontinente. Algunos dicen que ello es imposible, si se tiene conocimiento: pues, como Sócrates pensaba sería absurdo que, existiendo el conocimiento, otra cosa lo dominara y arrastrara como a un esclavo. Sócrates, en efecto, combatía a ultranza esta teoría, y sostenía que no hay incontinencia, porque nadie obra contra lo mejor a sabiendas, sino por ignorancia.

 

 

 […..] εἰσὶν δέ τινες οἳ τὰ μὲν συγχωροῦσι τὰ δ’ οὔ. τὸ μὲν γὰρ ἐπιστήμης μηθὲν εἶναι κρεῖττον ὁμολογοῦσιν, τὸ δὲ μηθένα πράττειν παρὰ τὸ δόξαν βέλτιον οὐχ ὁμολογοῦσιν

Hay algunos que, en parte, están de acuerdo con esta tesis y, en parte, no: pues admiten que nada hay más fuerte que el conocimiento, pero no están de acuerdo con que uno no pueda tener una conducta opuesta a lo que le parece mejor.

 καὶ διὰ τὸ μὴ καθόλου μηδ᾽ ἐπιστημονικὸν ὁμοίως εἶναι δοκεῖν τῷ καθόλου τὸν ἔσχατον ὅρον καὶ ἔοικεν ὃ ἐζήτει Σωκράτης συμβαίνειν˙ οὐ γὰρ τῆς κυρίως ἐπιστήμης εἶναι δοκούσης παρούσης γίνεται τὸ πάθος, οὐδὲ αὕτη περιέλκεται διὰ τὸ πάθος, ἀλλὰ τῆς αἰσθητικῆς.

Y, puesto que el último término no es universal ni científico, ni se considera semejante a lo universal, parece ocurrir lo que Sócrates buscaba; en efecto no es en presencia de lo que consideramos conocimiento en el principal sentido en el que se produce la pasión, ni es este conocimiento el que es arrastrado por la pasión, sino el sensible.

 

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Iniciamos en el presente artículo de esta longeva serie el repaso a los poemas castellanos que los tres autores, cuyos trabajos estamos glosando, a saber, Franco Durán, Moya del Baño y García Gual citan. Los estamos ofreciendo, por orden cronológico de nacimiento del autor. Tras Diego Hurtado de Mendoza y Juan de Coloma, seguimos con nuevos autores.

 

Aquí tenemos el soneto del coninmbricense Francisco Sáa de Miranda (1448-1558), amigo y admirador de Garcilaso, que escribió en su lengua nativa y en español:

 

Entre Sesto y Abido en mar estrecho,

luchando con las ondas sin sosiego,

con noche alta Leandro prueba el ruego,

prueba lágrimas tristes sin provecho.

Viendo que es todo vano, pone el pecho

de nuevo al bravo mar, ojos al fuego,

que en alta torre luce, ioh amor ciego,

que tanta crueldad has visto y hecho!

Nadaba, mientras pudo, hacia la playa,

de Sesto deseado y dulce puerto,

porque siquiera allí muriendo vaya.

“En fin, -ondas, vencéis- dijo cubierto

ya dellas, -más no haréis que allá no vaya.

¿Vivo no quereis vos? -pues iré muerto.

 

Héro et Léandre (1798), óleo sobre tabla de 253 x 318 cm., de Jean Joseph Taillasson. Museo de Bellas Artes de Burdeos

Diego Hernando de Acuña (1518-1580) también escribió sobre el mito:

 

De la alta torre al mar Hero miraba,

al mar, que siempre más se embravecía,

y esperando a Leandro se temía

mas siempre con temerse le esperaba.

Cuando la tempestad ya le acababa 

de su vida la lumbre, y de su guía,

y el cuerpo sin el alma a dar venía

do el alma con el cuerpo deseaba,

en esto la triste Hero, esclareciendo,

vio muerto a su Leandro en la ribera

del viento y de las ondas arrojado,

y dejóse venir sobre él, diciendo:

“Alma, pues otro bien ya no se espera,

éste al menos te será otorgado”.

 

Hero encuentra a Leandro (1880), óleo sobre lienzo de 200 x 140 cm., de Ferdinand Keller Colección privada

 

Gutierre de Cetina (1520-1557) dedicó dos sonetos al mismo mito. Éste es el primero, con claros ecos de los epigramas XXVb y CLXXXI de Marcial:

 

Leandro, que de amor en fuego ardía

puesto que a su deseo contrastaba,

al fortunoso mar que no cesaba,

nadando a su pesar, vencer quería.

Más viendo ya que el fin de su osadía

a la rabiosa muerte lo tiraba,

mirando aquella torre en donde estaba

Ero, a las fieras ondas se volvía.

A las cuales con ansia enamorada

dijo: “Pues aplacar furor divino,

enamorado ardor, no puede nada,

dejadme al fin llegar de este camino,

pues poco he de tardar, y a la tornada

secutad vuestra safia y mi destino.

 

Y aquí, el segundo:

 

Con aquel recelar que amor nos muestra

mezclado el desear con gran cuidado,

viendo soberbio el mar, el cielo airado,

Hero estaba esperando a la fenestra.

Cuando fortuna, que hacer siniestra

quiso la fin de un bien tan deseado,

al pie de la alta torre ya ahogado

del mísero Leandro el cuerpo adiestra.

Ciega, pues, del dolor extraño, esquivo,

de la fenestra con furor se lanza

sobre Leandro en el caer diciendo:

“Pues a mis brazos que llegase vivo

no quiso el hado, ¡oh sola mi esperanza!

espera, que a dó vas te vo’y siguiendo”.

 

Gutierre de Cetina, Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, Madrid, Biblioteca de la Fundación Lázaro Galdiano

 

El sacerdote murciano, Diego Ramírez Pagán (ca 1524-d. 1562), escribió cuatro sonetos también sobre Hero y Leandro, los titulados: Leandro habla consigo mismo, A la muerte de Leandro, A la muerte de Hero y En la sepultura de Leandro y Hero orillas del mar.

 

En Leandro habla consigo mismo el joven de Ábido establece un breve diálogo con su pensamiento, que lo previene de los peligros de su travesía. El amor hacia Hero, lógicamente, se impone:

 

Leandro no te muestres atrevido,

contra el viento que fuerzas acrecienta,

tan brava es y furiosa la tormenta,

que aun yendo en buena nave yvas perdido.

No te fíes del mar embravecido,

ni de Boreas feroz que mucho alienta,

ni lumbre al mirador, no tienen cuenta

las veces que se ha muerto y encendido.

Dexadme ya covardes pensamientos.

Veo resplandecer a mi Lucero,

y yo estoy con vosotros disputando.

¿Qué parte será el agua, ni los vientos

contra la deidad de la alta Hero

que con divina boz me está llamando?

 

A la muerte de Leandro emplea claros antecedentes de Museo y Ovidio. Museo decía en el verso 255 Su remero, su pasajero, su propia nave (= αὐτὸς ἐὼν ἐρέτης, αὐτόστολος, αὐτόματος νηῦς). En estrecho paralelismo Ovidio, en Heroidas XVIII, 148, escribía: idem navigium, navita, vector ero!. Observemos cómo Ramírez dice:

 

su cuerpo de navío le servía,

él mismo era la barca. y él remava

Aquí está el soneto:

Hacia Sesto Leandro navegava

al tiempo que la mar se embravecía,

su cuerpo de navío le servía,

él mismo era la barca. y él remava.

Tan noche, y tan escuro el cielo estaba

que ni una estrella sola parecía,

si no la lumbre que Hero le encendía,

y el viento cada punto la matava.

Dioses del mar, y tú, Venus nascida

en estas ondas, dixo, a vos invoco,

dad fácil curso al puerto de mi Hero.

O crueldad, que nunca fue entendida

de sus dioses la boz, y hasta un poco

fue tragado del mar horrendo y fiero.

 

La despedida de Hero y Leandro (antes de 1837), óleo sobre lienzo de 146 x 236 cm., de Joseph Mallord William Turner. The National Gallery de Londres

 

A la muerte de Hero narra, de forma descarnada, el suicidio de Hero, lanzándose sobre el cuerpo de su amado, incapaz de vivir sin él; comprobando que el dolor no acaba con su vida, decide lanzarse desde la torre. El último verso es, realmente, tajante: se arroja, cahe, y muere en un momento.

 

Aquí tenemos el suicidio de Hero:

Hero con alaridos rompe el cielo,

de ver la era dolor y gran mancilla,

quando a Leandro en la mojada orilla

vio mortal y tendido en aquel suelo.

Sobre todo dolor, su desconsuelo,

la color roxa, buelta en amarilla,

el tempestuoso mar se maravilla,

y se para a escuchar su triste duelo.

Mas viendo quel dolor ya se tardava

en quitarle la vida y el tormento,

por seguir muerta al que sin alma estava

de la torre, ligera más que el viento,

sobre el cuerpo del moço, que espirava,

se arroja, cahe, y muere en un momento.

 

En la sepultura de Leandro y Hero orillas del mar es una invitación a los caminantes a que se detengan a contemplar la tumba de los amantes y piensen en su “doloroso y acerbo caso”:

 

O tu que vas tu vía caminando

detén un poco el passo pressuroso,

llora el acerbo caso, y doloroso

de los que fenescen bien amando.

El mancebo de Abido, que nadando

passó del Hellesponto el mar furioso,

aquí murió, y aquí tiene reposo,

poca piedra y gran mar lo están guardando.

Y en este su estrechísimo aposento

a su divina Hero da acogida,

muerta por él con sobra de tormento.

Gran deidad aquí yaze escondida,

hay honra al venerable monumento

que dá a los dos muriendo inmortal vida.

Hero lamenta la muerte de Leandro (1635-1637), color sobre lienzo de 155 x 251 cm., de Jan van den Hoecke. Kunsthistorisches Museum de Viena, Gemäldegalerie

 

Nos referíamos en el anterior capítulo de esta serie a los hijos de Sócrates, de los que habla Antonio Tovar en su Vida de Sócrates. Por cierto, que Tovar también habla de la bigamia de Sócrates, a la que nos referimos en el capítulo II de esta serie. Aquí lo tenemos:

Una de estas anécdotas interesadas es la historia de la bigamia de Sócrates. Aristóteles, que dedicó a la eugenesia una atención especial, consideró el caso de Sócrates, tanto, a lo que parece, en el mismo como en sus hijos, y entonces se encontró con el problema de que un genio como Sócrates tuvo tres hijos todos vulgares. Para que el experimento fuera suficiente, no bastaba con que los tres hijos pudieran ponerse a cuenta de Xantipa; era mejor que dos mujeres hubiesen concebido del sabio con resultado igualmente mediocre. Y Aristóteles presto crédito a la fábula que hablaba de unas relaciones amorosas de Sócrates con Mirtó, la hija de Arístides el Justo. Los aristotélicos del siglo III recibieron la historieta con alegría, y Aristoxeno, Sátiro, Demetrio Falereo, afirman la cosa y la rodean de detalles cada vez más precisos. La primera mujer sería Xantipa, la madre de Lamprocles; para los otros dos hijos, Sofronisco y Menéxeno, habría que hablar de Mirtó; tal es el orden que parece deducirse de Aristóteles, mientras que otros afirman que si Xantipa aparece bien atestiguada en el Fedón como la esposa de Sócrates cuando su condena, mal podía ser Mirtó la segunda, por lo que había que suponer un orden contrario; pero entonces la dificultad es conciliar este orden con el hecho de que Lamprocles, el hijo de Xantipa en las Memorables, es el primogénito.

No faltaron por ello autores que acudieron a la invención de que Sócrates fue sencillamente un bígamo, que estuvo a la vez casado con las dos, autorizado por una supuesta ley que habría admitido, en vista de la despoblación resultante de las guerras, que para aumentar la población de Atenas pudieran los ciudadanos estar casados con una ateniense y a la vez tener hijos de una concubina.

Pero lo que comenzó en Aristóteles (si es que la referencia es realmente de él) por ser una información creída ligeramente con referencia a un interés científico, se había convertido en rumor indecoroso que les convenía mucho a los novelescos peripatéticos que se divertían en ridiculizar a Sócrates. Surgió una literatura contraria y en Panecio, y más tarde en Plutarco, hallamos huellas de una crítica contra toda esta mentida historieta de la bigamia de Sócrates.

 

 

En realidad, las relaciones con Mirto y toda esta historia surgen sencillamente de referencias confusas e interpretadas interesadamente primero en la literatura sobre la eugenesia, y luego en la chismografía peripatética. Sócrates no estuvo casado sino con Xantipa, y ella debía de ser mucho más joven que él, pues si el primogénito, Lamprocles, era “ya muchacho” cuando la muerte del maestro, y los otros dos hijos eran pequeños, esto nos prueba que el maestro se casó tarde, cuando tendría más de cincuenta años, o casi más cerca de los sesenta. Lo que no se puede hacer es juzgar el matrimonio de Sócrates con un criterio moderno.

Aun los mismos antiguos de siglos posteriores estaban muy lejos del estilo primitivo de la vida familiar en el siglo v.

Podemos decir que se ha escrito demasiado y sin necesidad sobre el asunto de las relaciones entre Sócrates y Xantipa. En aquel tiempo, el matrimonio apenas había sobrepasado la relación natural que tiene por único objeto la propagación de la estirpe. Por lo demás, Xantipa, según Burnet, podía ser de buena familia: la forma de su nombre la pone en relación con la familia de Pericles, y también es aristocrático el nombre de su hijo Lamprocles.

De nuevo en la Retórica de Aristóteles, 1419 a 8-12, cuando el Estagirita habla de los usos retóricos de la interrogación se refiere al diálogo entre Sócrates y su acusador Meleto:

οἷον Σωκράτης Μελήτου οὐ φάσκοντος αὐτὸν θεοὺς νομίζειν, εἴρηκεν εἰ δαιμόνιόν τι λέγοι, ὁμολογήσαντος δὲ ἤρετο εἰ οὐχ οἱ δαίμονες ἤτοι θεῶν παῖδες εἶεν ἢ θεῖόν τι, φήσαντος δὲ “ἔστιν οὖν” ἔφη “ὅστις θεῶν μὲν παῖδας οἴεται εἶναι, θεοὺς δὲ οὔ;”

Por ejemplo: cuando Meleto dijo que Sócrates no apreciaba a los dioses, como, sin embargo, admitió que (Sócrates) reconocía 10 a un cierto daímon, éste le hizo la pregunta de si los daímones eran hijos de los dioses o, al menos, algo divino; y, al asentir él, le replicó: «¿y es posible que alguien crea que existen los hijos de los dioses y no los dioses?»

 Traducción de Quintín Racionero, en Gredos.

 

 

El propio Aristóteles, en Ética a Nicómaco 1127b, 22-26, en el capítulo dedicado a la sinceridad, en el Libro IV, escribe:

οἱ δ’ εἴρωνες ἐπὶ τὸ ἔλαττον λέγοντες χαριέστεροι μὲν τὰ ἤθη φαίνονται˙ οὐ γὰρ κέρδους ἕνεκα δοκοῦσι λέγειν, ἀλλὰ φεύγοντες τὸ ὀγκηρόν˙ μάλιστα δὲ καὶ οὗτοι τὰ ἔνδοξα ἀπαρνοῦνται, οἷον καὶ Σωκράτης ἐποίει.

Los irónicos, que minimizan sus méritos, tienen, evidentemente, un carácter más agradable, pues parecen hablar así no por bueno, sino para evitar la ostentación. Éstos niegan, sobre todo, las cualidades más reputadas, como hacía Sócrates.

Traducción de Julio Pallí Bonet, en Gredos.

Nueva alusión a Sócrates en Aristóteles la tenemos en la Metafísica I, VI, 987b 1-6, cuando habla de los principios y las causas en Platón.

Σωκράτους δὲ περὶ μὲν τὰ ἠθικὰ πραγματευομένου περὶ δὲ τῆς ὅλης φύσεως οὐθέν, ἐν μέντοι τούτοις τὸ καθόλου ζητοῦντος καὶ περὶ ὁρισμῶν ἐπιστήσαντος πρώτου τὴν διάνοιαν, ἐκεῖνον ἀποδεξάμενος διὰ τὸ τοιοῦτον ὑπέλαβεν [scil. Plato] ὡς περὶ ἑτέρων τοῦτο γιγνόμενον καὶ οὐ τῶν αἰσθητῶν.

Como, por otra parte, Sócrates se había ocupado de temas éticos y no, en absoluto de la naturaleza en su totalidad, sino que buscaba lo universal en aquellos temas, habiendo sido el primero en fijar la atención en las definiciones, [Platón] lo aceptó, si bien supuso por tal razón que aquell no se da en el ámbito de las cosas sensibles, sino en el de otro tipo de realidades.

La traducción es de Tomás Calvo Martínez, en Gredos.

 

Y tras el poema de Francisco de Aldana, que glosaba el soneto XXIX de Garcilaso, al que alude García Gual en su prólogo a la edición de Gredos, proseguimos con lo que dice el helenista mallorquín en el citado prólogo a la edición de Montes Cala, en Gredos:

Cierto que el tema de los amantes de Sesto y Abido ya estaba en la Literatura Española mucho antes del Renacimiento, por influencia de dos famosas cartas, la XVIII y XIX, de las Heroidas de Ovidio. Alfonso X el Sabio, que tradujo algunas de las epístolas de las Heroidas, resumió la leyenda de Hero y Leandro en un pasaje de su General Estoria (según muestran muy precisa y claramente Pilar Saquero y Tomas González Rolán en su introducción al Bursario de Juan Rodríguez del Padrón, Madrid, 1984, págs. 22 y ss.). Fue, ya en el siglo XV, Juan Rodríguez del Padrón quien en su Bursario tradujo al castellano, acompañándolas de algún breve comentario, las dos epístolas ovidianas: la de Leandro a Hero y la de Hero a Leandro. Comparar los poemas ovidianos con el de Museo no es tarea para un prólogo como éste, pero resulta un curioso contraste el de las dos cartas paralelas compuestas con delicada retórica y el epilio poético de tono novelesco y final trágico, compuesto por un poeta tardío y erudito como es Museo.

María Jesús Franco Durán, en el citado trabajo (El mito de Hero y Leandro: algunas fuentes grecolatinas y supervivencia en el Siglo de Oro español) afirma:

Garcilaso se inspiró directamente en el epigrama XXVb de Marcial:

Cum peteret dulces audax Leandro amores

est fessus tumidis iam premeretur aquis

sic miser instantes adfatus dicitur undas:

“Parcite dum propero, mergite cum redeo.”

(XXV b

Dirigiéndose el audaz Leandro hacia sus dulces amores y, cansado, viéndose apurado por lo encrespado de las aguas, se dice que el desgraciado dirigió esta súplica a las amenazantes olas: “Perdonadme cuando tengo prisa por llegar, sumergidme cuando vuelva”.

Traducción de José Guillén, en Institución “Fernando el Católico” (CSIC), Zaragoza, 2004)

 

Marcial, así como Garcilaso, no nos relata la historia completa, sino que únicamente nos presenta a Leandro en el momento de pasar el Helesponto y que, vencido por el esfuerzo, se dirige en vano a las olas antes de morir.

 

Y añade Franco Durán:

Sin embargo, el mérito de Garcilaso fue el de introducir el tema en la literatura de Siglo de Oro. Su soneto, que estaba impreso en pliego suelto desde 1536, tuvo muchos imitadores y Hero y Leandro se convirtieron en un recurso temático que fue enriqueciéndose y moldeándose con las diversas versiones de otros poetas.

Sá de Miranda es uno de los primeros autores que engrosa la lista de los que imitaron a Garcilaso en el tratamiento del tema. En su soneto “A la muerte de Leandro” encontramos muchos paralelismos con aquel autor, aunque hay algunas novedades: Sá de Miranda localiza espacialmente la acción entre Sesto y Abido y en el segundo terceto Leandro desafía a las olas diciéndoles que no van a impedir su llegada, aunque sea muerto.

Más fiel a la fuente garcilasiana es Gutierre de Cetina que compuso un soneto en la misma línea y que no aporta novedades en cuanto al tema, pero va depurando el estilo poético.

García Gual, por su parte, en el prólogo a la edición de Montes Cala, en Gredos dice:

Más fieles al texto griego son las dos versiones castellanas en verso – en endecasílabos libres- de José Antonio Conde (Madrid, 1797) y Miguel Jiménez Aquino (Cádiz, 1922). Ambas están recogidas y comentadas sucintamente en el libro de F. Moya ya citado (El tema de Hero y Leandro en la Literatura espanola, Murcia, 1966). Van al final del apéndice, que recoge a modo de curiosa antología toda una serie de poemas y una comedia (la de Mira de Amescua, Comedia de Hero y Leandro) que testimonian la larga estela de ecos y reflejos dejados por el tema en nuestra literatura. Además de un romance anónimo judeo-español, figuran obras de Garcilaso, Gutierre de Cetina, Francisco Sáa de Miranda, Juan de Coloma, un romance anónimo y un soneto de autor desconocido, Diego Ramírez Pagán, Hernando de Acuña, Fernando de Herrera, Diego de Mendoza, Juan de Arjona, Valdés y Meléndez, Dona Hipólita de Narváez, Lope de Vega, Diego de Mexia, Salas Barbadillo, López de Zárate, Góngora, Bocángel, Medrano y Barrionuevo, Quevedo, Trillo y Figueroa, Manuel Salinas, Valmaseda, Ignacio de Luzán, Nicolás Fernández de Moratín, José Antonio Conde y Jiménez de Aquino. Los dos traductores cierran así una larga y significativa lista – e n la que aún se podría añadir algún nombre más, como los de Francisco de Aldana y Juan de Arquijo, por ejemplo, y algunos romances.

Nosotros ofrecemos algunas de las obras citadas por García Gual y Franco Durán, y que aporta Francisca Moya del Baño, en el apéndice citado por García Gual, por orden cronológico de nacimiento del autor:

Diego Hurtado de Mendoza (1417-1479) escribe, imitando a Virgilio, sobre Hero y Leandro, sin citarlos, parece que movido por la nueva escuela de Boscán.

¿Quién dio fuerzas al joven, que de hecho

le enciende Amor y le revuelve en fuego’?

En noche obscura el tespestoso estrecho

atravesar con lluvia y tiempo ciego,

cortar las bravas olas ·con el pecho;

truena y abrasa el cielo, y el mar luego

rompe las altas peñas resonando,

mas él con su furor pasa nadando.

No lo tienen turb·ados elementos,

ni los padres con lágrimas y llanto;

el mar negro sacado de cimientos,

no le aparta el, deseo, y pone espanto;

no la virgen· que en ansias y tormentos

suspensa pasará aquel entretanto,

y al fin morirá·muerte lastimera

sobre el cuerpo tendido en la ribera.

Diego Hurtado de Mendoza (1504-1575)

El aragonés Juan de Coloma (¿-1517) escribió también sobre los amantes helespontíacos:

En el soberbio mar se vía metido

Leandro y de sus ondas trastornado,

Y menos del temor de muerte helado

que del fuego de amores encendido,

cuando de congoxoso y oprimido,

de aliento y fuerza ya desesperado,

de aquel estorbo ya desamparado

más que de su morir y entristecido,

habló desta manera, mas fué en vano,

echando el alma en el postrer acento,

d’ uña cansada voz y dolorida:

“Oh riguroso mar y airado viento,

dexadme adonde voy allegar sano

y luego me ahogad a la venida.”

Hero se lamenta por Leandro muerto (ca. 1635-1637), óleo sobre lienzo de 155 x 215 cm., de Jan van den Hoecke. Kunsthistorisches Museum de Viena. Gemäldegallerie, Sala XII

VACACIONES

 

Este año antes que el pasado (partimos en cuatro horas a Italia con alumnos y luego vienen días de bastante trabajo), nos tomamos un descanso hasta septiembre en el que volveremos, aunque sea por breve tiempo, pues en octubre cumpliremos 10 años y, durante el verano, habrá que reflexionar sobre la manera de dar a este espacio su final, incluido un (auto)epitafio.

¡Feliz verano, amigos!

 

Seguimos con el breve repaso a fuentes clásicas que nos hablan de Sócrates. Y la primera es Quintiliano y su Institutio Oratoria, II 16,3:

Nam et Socrati obiciunt comici docere eum, quo modo peiorem causam meliorem faciat, et contra Tisian et Gorgian similia dicit polliceri Plato.

Pues los poetas cómicos acusaron incluso a Sócrates de enseñarle de qué modo hacer mejor la peor causa y Platón dice contra Tisias y Gorgias que ellos prometían algo similar.

En la Retórica de Aristóteles, 1398 a 24-6, al hablar de los lugares comunes de los entimemas, y en concreto, en la enumeración de dichos lugares, hallamos una cita de Sócrates.

καὶ δι’ ὃ Σωκράτης οὐκ ἔφη βαδίζειν ὡς Ἀρχέλαον˙ ὕβριν γὰρ ἔφη εἶναι τὸ μὴ δύνασθαι ἀμύνασθαι ὁμοίως καὶ εὖ παθόντας ὥσπερ καὶ κακῶς.

Y por esto también, Sócrates afirmó que no iría a la corte de Arquelao; porque era una insolencia, dijo, no poder corresponder con la misma medida tmto el buen trato como el malo.

Antonio Tóvar, en Vida de Sócrates, capítulo II, página 71, en la edición de Alianza Editorial (serie Alianza Universidad) se refiere a este episodio:

La tradición contaba (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos, II, 25) que varios tiranos, como el rey Arquelao de Macedonia. Euríloco de Larisa, Escopas de Crannón, le habían invitado a sus cortes, deseosos de ornarías con la presencia de una gloria ateniense; lo mismo Esquilo o Eurípides habían ido, como más tarde Platón, a buscar la gloria o la fortuna o el teatro para sus ideas, a sitios lejanos de la ciudad madre. Según esa tradición, Sócrates no quiso tener por admiradores a semejantes regios personajes, y se mantuvo independiente, despreciativo. Con un orgullo digno, como correspondía al precursor de todos los filósofos que basaban su orgullo es un sistema ético, Sócrates no podía huir de Atenas, ni siquiera condenado a muerte, pues su elemento era la ciudad, y huir a Tesalia, como le proponían amigos suyos, era hundirse en la barbarie.

 

Es conveniente que recojamos el texto de Diógnes Laercio, Vidas de los filósofos II, 25:

πολλάκις δ᾽ ἀφορῶν εἰς τὰ πλήθη τῶν πιπρασκομένων ἔλεγε πρὸς αὑτόν, “πόσων ἐγὼ χρείαν οὐκ ἔχω.” καὶ συνεχὲς ἐκεῖνα ἀνεφθέγγετο τὰ ἰαμβεῖα:

τὰ δ᾽ ἀργυρώματ᾽ ἐστὶν ἥ τε πορφύρα

εἰς τοὺς τραγῳδοὺς χρήσιμ᾽, οὐκ εἰς τὸν βίον.

ὑπερεφρόνησε δὲ καὶ Ἀρχελάου τοῦ Μακεδόνος καὶ Σκόπα τοῦ Κρανωνίου καὶ Εὐρυλόχου τοῦ Λαρισσαίου, μήτε χρήματα προσέμενος παρ᾽ αὐτῶν, μήτε παρ᾽ αὐτοὺς ἀπελθών. εὔτακτός τε ἦν τὴν δίαιταν οὕτως, ὥστε πολλάκις Ἀθήνησι λοιμῶν γενομένων μόνος οὐκ ἐνόσησε.

Muchas veces, al contemplar los montones de cosas que se vendían, se decía a sí mismo: “¡De cuántas cosas no tengo necesidad!”. Y de continuo solía recitar aquellos famosos yambos:

Los adornos de plata y la púrpura son útiles

para la escena trágica, que no para la vida.

Mostró su desprecio por Arquelao de Macedonia y por Escopas de Cranón y por Euríloco de Larisa, al no aceptar los regalos que le enviaron ni acudir a sus cortes. Era tan ordenado en su manera de vivir que al irrumpir epidemias en Atenas repetidamente fue el único que no enfermó en la ciudad.

La traducción es de Carlos García Gual, en Alianza Editorial.

Un poca antes, en Retórica 1390b, 28-31, cuando habla de la nobleza, dentro del apartado Sobre los caracteres en relación con la fortuna, ha citado también a Socrates:

ἐξίσταται δὲ τὰ μὲν εὐφυᾶ γένη εἰς μανικώτερα ἤθη, οἷον οἱ ἀπ’ Ἀλκιβιάδου καὶ οἱ ἀπὸ Διονυσίου τοῦ προτέρου, τὰ δὲ στάσιμα εἰς ἀβελτερίαν καὶ νωθρότητα, οἷον οἱ ἀπὸ Κίμωνος καὶ Περικλέους καὶ Σωκράτους.

Las estirpes vigorosas degeneran, así, en caracteres extraviados, como los descendientes de Alcibíades y Dionisio el viejo; y los pacíficos, en trivialidad e indolencia, como los descendientes de Cimón, los de Pericles y los de Sócrates.

Quintín Racionero, editor en Gredos, dice en nota: En cuanto a los hijos de Sócrates, en fin, fuera de este juicio de Aristóteles, apenas si tenemos unos pocos datos: Tovar los estudia en su Vida de Sócrates (ed. 1948), págs. 81s. He aquí Tovar:

En cuanto al escaso relieve de los hijos de Sócrates, que en nada se distinguieron, se convirtió en tema favorito de la filosofía, exactamente como el Sócrates platónico se complace repetidas veces en criticar que Pericles, Temístocles y otros famosos varones distinguidos en la moral y la política no supieran educar hijos comparables a ellos. Ya hemos visto como este tema lleva a descarríos en el problema de la bigamia socrática. Sócrates no tuvo, pues, herederos carnales, y los filósofos no pudieron contar entre sus filas a los hijos del fundador, mientras que en cambio se habla de los hijos de Aristipo de Cirene y de otros filósofos. Erasmo recoge todavía el tópico y afirma que “los hijos del sabio Sócrates se parecían más a su madre Xantipa que a el. Más profundamente de lo que el mismo imagina, explica la cosa como una muestra de la defensa que sostiene Natura contra “la lepra de la sabiduría”, del culto de la razón lógica y discursiva.

 

(Carlos García Gual)

Terminábamos el anterior capítulo con el poema XXIX de Garcilaso, que García Gual recoge en su prólogo a la edición de Montes Cala, en Gredos.

Francisca Moya del Baño, en su trabajo citado El tema de Hero y Leandro en la Literatura espanola, dice sobre el soneto garcilasiano:

Boscán inició la adaptación del endecasílabo y sus estrofas típicas italianas, pero “Garcilaso en su exquisito arte logró la incorporación definitiva de esta métrica a la lengua castellana” (A. Valbuena, Historia de la literatura española).

No obstante, y también según Valbuena, los sonetos son lo más deficiente de la obra del poeta toledano; la adaptación no ha sido lograda del todo y sólo se pueden destacar algunos de entre ellos. Y el soneto, salvo en contados casos no pasa de un intento afortunado, resultando la composición métrica más desigualmente adaptada por el poeta castellano.

Pero debido a la categoría de Garcilaso, aunque no sobresalga en los sonetos como en el resto de su producción, merece un muy destacado lugar. La lengua empleada es sonora, rica en matices; en la selección y distribución de palabras poéticas actúa siguiendo un procedimiento semejante a Góngora, por lo que enlaza de una manera más o menos directa con el Barroco. El soneto 29 trata de los amores de Leandro y Hero, es decir de la travesía del joven, pues se prevé la muerte, aunque nada se dice de ella. Podía ser muy bien de un autor barroco cuyo “barroquismo” no hubiese sido llevado a extremos.

Musicalidad en los versos, en las palabras, abundancia de adjetivos, precedidos del artículo como “Leandro, el animoso” (audax), que destaca la idea de animoso, “amoroso fuego”, “ímpetu furioso”. El último endecasílabo del primer cuarteto:

“embraveciendo

el agua con un ímpetu furioso”

ofrece unas características especiales, hay un encabalgamiento muy logrado entre “embraveciendo” y el objeto directo “el agua”. Se da un predominio de vocales obscuras (4 u, 3 o) y el acento en 6ª, al recaer sobre la i, penetrante y aguda, consigue los efectos del oleaje de un día de tormenta. El ritmo dactílico de la palabra “ímpetu”, palabra clave y significativa, ayuda a conseguir los efectos deseados.

No obstante, hay un abuso de gerundios, que riman poco estéticamente: “ardiendo”, “embraveciendo”, “pudiendo”, “muriendo”.

Marcial, pues, está presente con su epigrama en este soneto. Leandro se dirige a las olas, pero su voz no fue de ellas oída:

“Ondas, pues no os escusa que yo muera

dejadme allá llegar, y a la tornada

vuestro furor esecutá en mi vida”.

Gran éxito parece ser que consiguió este soneto, citado y comentado muchas veces. En su novela Las fortunas de DianaLope (de Vega) recuerda unos versos del soneto de Garcilaso, imitación de Marcial, “por quien a vuestra merced (la señora Marcia Leonarda) le está mejor no conocer su lengua”: “ondas dejadme pasar y matadme cuando vuelva”.

Gracián dice de Garcilaso en su Discurso 35: “oye como lo traduce el coronado cisne Garcilaso: tan sublime asunto es el traducir bien poemas de grandes autores”.

Y Herrera dice del soneto que con él se abre la larga serie de imitaciones que este afortunado epigrama ha tenido en España.

 

Y volvemos ahora con García Gual, quien trae a escena a otro poeta, que glosó en octavas reales el soneto de Garcilaso:

Es Garcilaso quien introduce el tema en la poesía renacentista española, si bien no parece tomarlo del poema de Museo, sino de una alusión de Marcial, y de Ovidio acaso. Glosa Aldana el soneto dedicando una octava real a cada verso con singular maestría: es la escena única del mar embravecido que apaga los ruegos y la vida del apasionado nadador, que se despliega en catorce octavas que concluyen en un verso de Garcilaso cada una, excelente homenaje al gran poeta.

Aquí está el poema de Aldana:

 

Entre el Asia y Europa es repartido

un estrecho de mar, do el fuerte Eolo,

con ímpetu terrible embravecido,

muestra revuelto el uno y otro polo:

de aquí la triste moza, desde Abido,

siente a su amigo entre las ondas solo;

aquí dio fin al último reposo,

pasando el mar, Leandro el animoso.

De un ardiente querer, de un mozo ardiente

la más ardiente llama aquí se muestra,

que de un pecho gentil, noble y valiente,

da aquel furor que el fiero niño adiestra.

¡Oh milagro de amor, que tal consiente!

¡Oh estrella en rodear mil glorias diestra,

pues mansa le aguardaste feneciendo,

en amoroso luego todo ardiendo.

No torbellino de aire ni nublado,

no por las aguas, con helado viento,

subirse el ancho mar al cielo airado,

temblar el alto y bajo firmamento,

al animoso mozo enamorado

pudieron detener solo un momento;

el cual, la blanca espuma ya partiendo,

esforzó el viento, y fuese embraveciendo.

Los brazos y las piernas ya cansadas

mueve el mozo gentil con pecho fuerte

y lucha con las ondas alteradas,

mas antes con el fin ya de su suerte.

¡Oh Parcas!, ¿cómo sois tan mal miradas

en no aguardarle, a la tornada, muerte?,

pues ya cortando va el pecho amoroso

las aguas con un ímpetu furioso.

Déjale, ¡oh Parca!, ver dentro en los brazos

de su querida y de su amada Hero,

concédeles que den sendos abrazos

en remembranza de su amor primero;

aplaca el mar que en tantos embarazos

por evitar, se puso, un gozo entero;

¿ya no le ves sin fuerza y sin reposo,

vencido del trabajo presuroso?

[…]

[…]

Los brazos con flaqueza y pesadumbre,

ya de puro cansado, mueve apenas:

ora se ve del cielo allá en la cumbre,

ora revuelto en medio a las arenas.

Dice, volviendo a ver su clara lumbre:

Luz que tan dulce escuridad me ordenas;

mostrando por tal fin ser más dichoso,

que de su propia vida congojoso.

En esto el viento, con furioso asalto,

hiere la torre de la bella Hero,

que, muerta y desmayada, en lo más alto

está esperando a su amador primero,

mas viendo al mar tan intratable y falto

y el mundo triste, al espantable agüero,

regando sus mejillas, casi helada,

como pudo esforzó su voz cansada.

Probó esforzar su voz, mas cuando quiso

detúvola el dolor que la ocupaba,

y el órgano, forzado, al improviso,

en sospirar profundo lo exhalaba;

de aquí tomó la desdichada aviso

que su caro Leandro ya faltaba,

y tornando a cobrar la voz primera,

a las ondas habló desta manera:

¡Oh turbias aguas que so el gran tridente

del repentino dios vais gobernadas.

paz a mi bien metido en la corriente,

paz ya, por Dios, corrientes alteradas;

socorro al dulce esposo prestamente,

socorro, que en mi mal vais concertadas,

socorro -dice- a mi Leandro y vida!

Mas nunca fue su voz dellas oida.

Mas ¿quién podrá contar, ¡oh avaro cielo!

las quejas que en el viento el mozo pierde

viendo, presente tanto desconsuelo,

quebrarse el tronco de su vida verde?

Dijo a la mar, forzando el sutil velo

del aliento vital que al alma muerde:

dejadme allá llegar, ondas, siquiera,

ondas, pues no se excusa que yo muera.

Y procediendo con el ruego honesto:

¡Hero, Hero!  -pasito profería-

¡oh cara Hero, oh Hero!, ¿qué es aquesto?

¿quién nos aparta, oh cara Hero mía?

Un golpe muy furioso le dio en esto

que el aliento postrero en él desvía;

queriendo hablar, su voz fue aquí acabada:

dejadme allá llegar, y a la tornada.

No pudo más porque en el pecho helado

el alma fuerza tanta no cobraba,

y queriendo salir del cuerpo amado

a la fría boca un poco de aire daba.

Al fin, con sospirar breve y cortado

que el nombre de Hero casi pronunciaba,

dijo difuto y muerto en su salida:

Vuestro furor esecutá en mi vida.