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Ofrecíamos en el anterior capítulo extractos del apartado Historia del tema en el trabajo de Francisca Moya del Baño El tema de Hero y Leandro en la literatura española. Proseguimos con ellos.

Aunque D. Marcelino afirma que es una grave cuestión, que no se atreve a resolver, pensamos que los argumentos que da pueden muy bien confirmar con fundamento la pertenencia de la fábula a la literatura clásica, concretamente griega, pese a ser el poema de Museo harto tardío en relación a las Heroidas de Ovidio en latín, pues la localización en el Helesponto, la precisión y abundancia de detalles, las monedas representando a Hero y Leandro (aunque no anteriores a Caracalla y Alejandro Severo), y el viaje de Lord Byron (31 mayo 1810) para demostrar en una época de hipercrítica la posibilidad de esta navegación, son razones con suficiente valor como para afirmar que este tema no pertenece al folklore universal, sino que tiene su origen en una leyenda griega. No obstante, podríamos contradecirnos al saber que también en el Penjab se muestra la tumba donde yacen unos amantes, pero esto queda más difuso, menos concreto, tenemos menos pruebas, y efectivamente esta leyenda podía haber llegado a la India con Alejandro y sus expediciones.

Más adelante añade:

Luego defendemos la primacía para Virgilio, que en el libro III de las Geórgicas y en los versos 257-263 se ocupa del tema. Debido a la importancia de estos hexámetros, a su influencia en bastantes autores, como iremos viendo a lo largo de todo este trabajo, a que su número es pequeño, y a que no le vamos a dedicar ningún estudio especial como a Museo y Ovidio, los vamos a recoger seguidamente:

«Quid iuvenis, magnum cui versat in ossibus ignem

durus amor? nempe abruptis turbata procellis

nocte natat caeca serus freta; quem super ingens

porta tonat caeli, et scopulis inlisa reclamant

aequora ; nec miseri possunt revocare parentes

nec moritura super crudeli funere virgo!).

¿Qué decir del joven en cuyos huesos el duro amor promueve un gran fuego? Con seguridad, nada a deshora en la noche ciega por estrechos que turban las tempestades desencadenadas; por encima de él truena la gran puerta del cielo y las aguas que baten los escollos lo llaman. Y no pueden hacerle volver sus desgraciados padres ni la muchacha que morirá después de cruel muerte.

georgicasalianza

La traducción es de Bartolomé Segura Ramos, en Alianza Editorial.

Decíamos que también Carlos García Gual nos ayudaría en la pervivencia en la literatura española del mito de Hero y Leandro; pues bien, el mallorquín inicia así su prólogo a la edición de José Guillermo Montes Cala, en Gredos:

Se cumplen ahora quinientos años de la primera edición impresa del texto griego de Hero y Leandro. O, mejor dicho, de las dos primeras, pues en muy breve plazo de tiempo surgieron dos: la que llevó a cabo en Florencia Juan Láscaris, en los talleres de Lorenzo Francisco de Alopa, y la cuidada por el famoso Aldo Manucio, en sus prensas de Venecia, que se presentaba acompañada de una traducción latina, hecha por Marco Musuro. Es difícil precisar si ambas se publicaron el mismo año de 1494, o si la florentina es de ese año y la veneciana del siguiente. No importa mucho, por otro lado, y el título de editio princeps puede convenir a una y otra.

Para nosotros es también interesante recordar que el de Museo fue el primer texto griego que salió de una imprenta española. Fue en la edición realizada en Alcalá de Henares por el cretense Demetrio Ducas, que apareció en 15 14 con muy bella tipografía. Sólo el texto griego, sin traducción ni notas. Tal vez como un breve ensayo editorial previo a la amplia utilización de caracteres griegos en la programada edición de la Biblia poliglota complutense.

Desde esas ediciones primeras hasta nuestros días van cinco siglos en los que el poema de Museo se ha reimpreso numerosas veces en toda Europa -como apunta muy documentadamente J. G. Montes Cala en su introducción- y han sido muchos los ecos del epilio en nuestra literatura, muy bien señalados por M. Menéndez Pelayo y Francisca Moya del Baño (en su estudio sobre El tema de Hero y Leandro en la Literatura española, Murcia, 1966). No sólo el poema, sino el tema poético de Hero y Leandro han tenido extraordinaria fortuna en la tradición hispánica, sobre todo en nuestro Siglo de Oro. El poema de Museo se ha traducido varias veces. Ésta que presentamos es la sexta versión, creo, en esa serie que se inicia con la muy libre y amplificada de Juan Boscán, que se editó tras su muerte en Barcelona en 1543.

 

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Apunta García Gual:

La primera traducción castellana, la de Juan Boscán, es notablemente libre en su estilo y amplia muy notoriamente el texto, inspirándose no solo en el original griego, sino también en la Favola di Leandro e Ero de Bernardo Tasso (Venecia, 1537). El poema de Museo tiene 360 hexámetros, el de Boscán nada menos que 2.793 endecasílabos.

Basta citar unos cuantos versos del comienzo para indicar como se distancia en su tono y estilo del original griego, para aproximarse a la lírica de su tiempo:

Canta con boz süave y dolorosa,

¡o Musa!, los amores lastimeros,

que’n süave dolor fueron criados.

Canta también la triste mar en medio,

y a Sesto, d’una parte, y d’otra, Abido,

y Amor acá y allá, yendo y viniendo;

y aquella diligente lumbrezilla,

testigo fiel y dulce mensagera

de dos fieles y dulces amadores.

 

Volviendo a la traducción de Boscán, hay que reconocerle el mérito de haber presentado en castellano, en endecasílabos de rima libre y de suelta factura, el relato de Museo, aunque sin ceñirse a una versión literal y mediante una amplificatio muy notoria, que incluye el añadido de episodios ajenos a la trama central. (Así, de 1 1 12 a 19 1 3, es decir en ochocientos versos, se cuenta la historia de Orfeo y de Proteo, que procede de Virgilio, Geórgicas IV 387-528.) Aunque alejado del estilo enrevesado del poeta helenístico, Boscán logra muchos pasajes de buen ritmo y claro colorido poético, sin perder el hilo de la trama; pero con muy atractiva originalidad en sus epítetos, en sus imágenes y en su lirismo.

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Sibila cimeria

Finalizamos en este capítulo el texto de Dionisio de Halicarnaso, Historia Antigua de Roma, IV, 62, sobre los Libros Sibilinos:

Μετὰ δὲ τὴν τρίτην ἐπὶ ταῖς ἑβδομήκοντα καὶ ἑκατὸν ὀλυμπιάσιν ἐμπρησθέντος τοῦ ναοῦ, εἴτ´ ἐξ ἐπιβουλῆς, ὡς οἴονταί τινες, εἴτ´ ἀπὸ ταὐτομάτου, σὺν τοῖς ἄλλοις ἀναθήμασι τοῦ θεοῦ καὶ οὗτοι διεφθάρησαν ὑπὸ τοῦ πυρός. Οἱ δὲ νῦν ὄντες ἐκ πολλῶν εἰσι συμφορητοὶ τόπων, οἱ μὲν ἐκ τῶν ἐν Ἰταλίᾳ πόλεων κομισθέντες, οἱ δ´ ἐξ Ἐρυθρῶν τῶν ἐν Ἀσίᾳ, κατὰ δόγμα βουλῆς τριῶν ἀποσταλέντων πρεσβευτῶν ἐπὶ τὴν ἀντιγραφήν· οἱ δ´ ἐξ ἄλλων πόλεων καὶ παρ´ ἀνδρῶν ἰδιωτῶν μεταγραφέντες· ἐν οἷς εὑρίσκονταί τινες ἐμπεποιημένοι τοῖς Σιβυλλείοις, ἐλέγχονται δὲ ταῖς καλουμέναις ἀκροστιχίσι· λέγω δ´ ἃ Τερέντιος Οὐάρρων ἱστόρηκεν ἐν τῇ θεολογικῇ πραγματείᾳ.

Cuando el templo se incendió después de la CLXXIII Olimpiada (83 a. C.), bien intencionadamente, según creen algunos, bien por accidente, el fuego destruyó los oráculos junto con las otras ofrendas consagradas al dios. Los que ahora existen se han recogido en muchos lugares, unos en las ciudades de Italia, otros en Eritras, en Asia, pues por orden del Senado se enviaron tres embajadores para copiarlos; algunos proceden de otras ciudades y fueron transcritos por particulares. En estos oráculos se encuentran algunos interpolados entre los sibilinos, pero estos se reconocen por los llamados acrósticos. Sigo lo que cuenta Terencio Varrón en su obra sobre la religión.

 

fueron transcritos por particulares: Después de su destrucción en el incendio, se recogió una nueva colección de diversas procedencias que fue expurgada en tiempos de Augusto de los elementos que se suponían apócrifos. El nuevo ejemplar quedó depositado en el templo de Apolo en el Palatino. A la cultura judeo-helenística y posteriormente a la influencia cristiana se deben muchas falsificaciones.

Hasta aquí en texto de Dionisio de Halicarnaso, con la traducción y notas de Almudena Alonso y Carmen Seco, en Gredos.

historiadioniso

Otro de los autores que nunca falta en las fuentes clásicas sobre casi cualquier personaje o episodio es Ovidio y sus Metamorfosis. En este caso, el poeta de Sulmona dedica los versos 101 al 157 del libro XIV de su magna obra:

Has ubi praeteriit et Parthenopeia dextra

moenia deseruit, laeva de parte canori

Aeolidae tumulum et, loca feta palustribus ulvis,

litora Cumarum vivacisque antra Sibyllae

intrat et, ut manes adeat per Averna paternos, 105

orat. at illa diu vultum tellure moratum

erexit tandemque deo furibunda recepto

‘magna petis,’ dixit, ‘vir factis maxime, cuius

dextera per ferrum, pietas spectata per ignes.

Cuando Eneas pasó de largo este país y dejó atrás, a la derecha, las murallas de Parténope, y a la izquierda, el sepulcro del musical Eólida y aquellos parajes plegados de aguas pantanosas, penetra en la costa de Cumas y en la cueva de la longeva Sibila, y solicita que se le permita llevar, por el Averno, hasta el alma de su padre; mas ella, después de detener su mirada fija en la tierra largo rato, la levantó al fin, y, poseída del delirio del dios que la ha invadido, dijo: «Mucho es lo que pides, hombre eminente por tus hazañas, cuya diestra ha sido probada entre las armas, y cuya piedad entre las llamas.

 

 Pone tamen, Troiane, metum potiere petitis 110

Elysiasque domos et regna novissima mundi

me duce cognosces simulacraque cara parentis.

Invia virtuti nulla est via.’ dixit et auro

fulgentem ramum silva Iunonis Avernae

monstravit iussitque suo divellere trunco. 115

Paruit Aeneas et formidabilis Orci

vidit opes atavosque suos umbramque senilem

magnanimi Anchisae; didicit quoque iura locorum,

quaeque novis essent adeunda pericula bellis.

Pero abandona el temor, troyano; lograrás tus deseos, conocerás, guiado por mí, las mansiones del Elíseo y los reinos postreros del mundo, así como la imagen querida de tu progenitor; no hay camino inaccesibles” dijo y le mostró una rama resplandeciente de oro en la selva de Juno, la del Averno ordenándole que la arrancase de su tronco. Obedeció Eneas, y vio las riquezas del espantable Orco y a sus antepasados, y la sombra anciana del magnánimo Anquises; aprendió también las leyes de la región, y cuáles eran los riesgos que en nuevas guerras había él de afrontar.

 

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Eneas y la Sibila de Cumas (ca. 1646), óleo sobre lienzo de 152 x 196 cm., de François Perrier. Museo Nacional de Varsovia

Inde ferens lassos averso tramite passus 120

cum duce Cumaea mollit sermone laborem.

Dumque iter horrendum per opaca crepuscula carpit,

‘seu dea tu praesens, seu dis gratissima,’ dixit,

‘numinis instar eris semper mihi, meque fatebor

muneris esse tui, quae me loca mortis adire, 125

quae loca me visae voluisti evadere mortis.

Pro quibus aerias meritis evectus ad auras

templa tibi statuam, tribuam tibi turis honores.’

 A su retorno, conforme avanza con pasos fatigados por el sendero que tiene delante, atenúa el esfuerzo hablando con su guía, la de Cumas. Y mientras sigue aquel camino horrible en medio de tenebroso crepúsculo, dice: “Ya seas una diosa en persona, ya una predilecta de los dioses, para mí serás siempre como una divinidad, y yo reconoceré que, por sus servicios, te pertenezco a ti que has querido que yo visitase el país de la muerte después de verla. Por tales merecimientos yo, una vez elevado a las brisas del aire, fundaré para ti un templo, y te ofrendaré los honores del incienso.”

Respicit hunc vates et suspiratibus haustis

‘nec dea sum,’ dixit ‘nec sacri turis honore 130

humanum dignare caput, neu nescius erres,

lux aeterna mihi carituraque fine dabatur,

si mea virginitas Phoebo patuisset amanti.

Dum tamen hanc sperat, dum praecorrumpere donis

me cupit, “elige,” ait “virgo Cumaea, quid optes 135

optatis potiere tuis.” ego pulveris hausti

ostendens cumulum, quot haberet corpora pulvis,

tot mihi natales contingere vana rogavi;

excidit, ut peterem iuvenes quoque protinus annos.

La adivina se vuelve a él y después de exhalar profundos suspiros, dice: “Ni soy diosa, ni debes tú tributar a una persona humana el honor del sagrado incienso; y para que no yerres por ignorancia, sabe que se me ofreció gozar eternamente del reino de la luz, exento de término, si mi virginidad se hacía accesible al amor de Febo. Pero él, con esa esperanza, y con el anhelo de seducirme con dádivas, me dijo: “Elige lo que tú quieras, doncella de Cumas, gozarás de lo que desees”. Yo cogí y le mostré un puñado de polvo; le pedí, insensata, alcanzar tantos cumpleaños como granos tenía el polvo; me olvidé de solicitar que aquellos años fuesen también jóvenes hasta el fin.

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Sibila Frigia

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Tumba de Bette Davis en Forest Lawn Memorial Park, Los Ángeles, California, Estados Unidos

Éste es el último capítulo de esta breve sobre (auto)epitafios que inspiró, una vez más, Aulo Gelio y sus Noches Áticas, en concreto Noches Áticas I, XXIV, donde aporta los epitafios, compuestos por ellos mismos, de tres antiguos poetas latinos: Nevio, Plauto y Pacuvio. Con este pretexto hemos ofrecido también los (auto)epitafios de Reinaldo Arenas, Mario Benedetti, Alcuino de York, el de una tumba del cementerio de Castellón, la inscripción CIL (Corpus Inscriptionum Latinarum)) 03, 0398, Rabelais, César Augusto, el de un panteón familiar también en el viejo camposanto castellonense, Maquiavelo, Galileo, Kazantzakis, Rafael Sanzio, ML King, Jim Morrison, Frank Sinatra, Enrique Jardiel Poncela, Billy Wilder y Mel Blanc.

Seguimos con algunos ejemplos más.

En la tumba de Bette Davis podemos leer: She dit it the hard way (Lo hizo de la manera difícil).

Un simple In aparece bajo el nombre del actor Jack Lemmon, algo así como Estoy dentro.

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Tumba de Jack Lemmon en el Cementerio Westwood Village Memorial Park, Los Ángeles, California, Estados Unidos

En la lápida que cubre el nicho donde está enterrado Miguel de Unamuno leemos:

“Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar; dormiré allí pues vengo deshecho del duro bregar”.

Se trata del Salmo III de sus Poesías, Salmos.

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Tumba de Miguel de Unamuno, en el cementerio de Salamanca

En la tumba de Jorge Luis Borges, en un parque de Ginebra, está la inscripción “And ne forhtedon na”, formulada en inglés antiguo, erróneamente traducida hasta la saciedad -acaso por la influencia del libro Borges, esplendor y derrota, de María Esther Vázquez- como “Las puertas del cielo se abrieron hacia él”. La traducción correcta es, en realidad, “Y que no temieran”. No sería posible descifrar el sentido de esta frase si no recordáramos que Borges era un enamorado de las antiguas sagas nórdicas, y que en colaboración con la propia María Esther Vázquez escribió el volumen Literaturas germánicas medievales. Allí mismo podemos encontrar un artículo titulado “La balada de Maldon”, que nos habla de un poema épico del siglo X. El poema describe el enfrentamiento que tuvo lugar el 10 u 11 de agosto del año 991, en el río Blackwater, en Essex, Inglaterra. El pasaje que nos interesa es el que sigue: “Entonces comenzó Byrhtnoth a arengar a los hombres /Cabalgando les aconsejó, enseñó a sus guerreros / Cómo debían pararse y defender sus lugares / Les ordenó que sostuvieran bien sus escudos / Con sus puños firmes y que no temieran. / Entonces cuando sus huestes estuvieron bien ordenadas / Byrhtnoth descansó entre sus hombres donde más le gustaba estar / Entre aquellos guerreros que él sabía más fieles”. El epitafio del anverso de la lápida de Borges se corresponde con la segunda mitad de este quinto verso.

Información sacada de aquí.

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En el Apéndice 3 de la Antología Griega, leemos el Epigrama sepulcral 17 que pasa por ser el epitafio del tragediógrafo Esquilo:

Αἰσχύλον Εὐφορίωνος Ἀθηναῖον τόδε κεύθει

Al ateniense Esquilo, hijo de Euforión, lo oculta esta

μνῆμα καταφθίμενον πυροφόροιο Γέλας

tumba, muerto en la tierra de Gela, fértil en trigo.

ἀλκὴν δ’ εὐδόκιμον Μαραθώνιον ἄλσος ἂν εἴποι

De su noble valor el santuario de Maratón puede hablar

καὶ βαρυχαιτήεις Μῆδος ἐπιστάμενος.

y el Medo de larga cabellera lo conoce bien.’

 

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En el capítulo VI (L’herbe cache et la pluie efface) del Libro IX (Suprême ombre, suprême aurore) de la Quinta Parte de Los miserables de Víctor Hugo, encontramos el epitafio del protagonista Jean Valjean.

L’HERBE CACHE ET LA PLUIE EFFACE

Il y a, au cimetière du Père-Lachaise, aux environs de la fosse commune, loin du quartier élégant de cette ville des sépulcres, loin de tous ces tombeaux de fantaisie qui étalent en présence de l’éternité les hideuses modes de la mort, dans un angle désert, le long d’un vieux mur, sous un grand if auquel grimpent les liserons, parmi les chiendents et les mousses, une pierre. Cette pierre n’est pas plus exempte que les autres des lèpres du temps, de lamoisissure du lichen, et des fientes d’oiseaux. L’eau la verdit, l’air la noircit. Elle n’est voisine d’aucun sentier, et l’on n’aime pas à aller de ce côté-là, parce que l’herbe est haute et qu’on a tout de suite les pieds mouillés. Quand il y a un peu de soleil, les lézards y viennent. Il y a, tout autour, un frémissement de folles avoines. Au printemps, les fauvettes chantent dans l’arbre.

Cette pierre est toute nue. On n’a songé en la taillant qu’au nécessaire de la tombe, et l’on n’a pris d’autre soin que de faire cette pierre assez longue et assez étroite pour couvrir un homme.

On n’y lit aucun nom.

Seulement, voilà de cela bien des années déjà, une main y a écrit au crayon ces quatre vers qui sont devenus peu à peu illisibles sous la pluie et la poussière, et qui probablement sont aujourd’hui effacés:

Il dort. Quoique le sort fût pour lui bien étrange,

Il vivait. Il mourut quand il n’eut plus son ange,

La chose simplement d’elle-même arriva,

Comme la nuit se fait lorsque le jour s’en va.

 

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En el cementerio Padre Lachaise, cerca de la fosa común y lejos del barrio elegante de esa ciudad de sepulcros, lejos de todas esas tumbas a la moda, en un lugar solitario, al pie de un antiguo muro, bajo un gran tejo por el cual trepan las enredaderas de campanillas en medio del musgo, hay una piedra.

Esta piedra no se halla menos expuesta que las demás a la lepra del tiempo, a los efectos de la humedad, del liquen y de las inmundicias de los pájaros. El agua la pone verde y el aire la ennegrece. No está próxima a ninguna senda, y no es agradable ir a pasear por aquel lado a causa de la altura de la hierba. Cuando la bañan los rayos del sol, se suben a ella los lagartos. A su alrededor se mecen los tallos de avena agitados por el viento, y en la primavera cantan en el árbol las currucas.

Esta piedra está desnuda. Al cortarla, se pensó únicamente en las necesidades de la tumba, esto es, que fuera lo bastante larga y lo bastante angosta para cubrir a un hombre. Ningún nombre se lee en ella. Pero hace muchos años, una mano escribió allí con lápiz estos cuatro versos que se fueron volviendo poco a poco ilegibles a causa de la lluvia y del polvo, y que probablemente ya se habrán borrado:

Duerme. Aunque la suerte fue con él tan extraña,

él vivía. Murió cuando no tuvo más a su ángel.

La muerte simplemente llegó,

como la noche se hace cuando el día se va.

 

Se nos antoja un bello final, un bonito epitafio, en la muerte de esta serie.

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Muerte de Jean Valjean (1850) Original: acero grabado dibujado por de Neuville, grabado por Outhwaite

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En este repaso a las fuentes clásicas sobre Sócrates toma de nuevo la palabra Luciano de Samosata, de quien ofrecimos en el artículo precedente de esta serie su obra Subasta de vidas, con sus Diálogos de los muertos. Conviene que ofrezcamos previamente la introducción de José Luis Navarro González, en Gredos:

En los Diálogos de los muertos. En ellos asistimos a una trasposición y contaminación permanente de los dos planos; la realidad, la vida, el «más acá» de un lado y la irrealidad, el Hades, el más allá, de otro. Cuando la vida en el Hades se plantea como la vida en la tierra, no solamente está entrando en juego la imaginación del autor, sino que con los pies en la realidad conocida se ponen los ojos en la irrealidad desconocida que de algún modo se pretende hacer prolongación o mejor recreación de la realidad. Cuando un personaje del mundo subterráneo lleva a cabo la operación contraria y se produce el encuentro entre quien viene de la muerte y quien va a ella, se realizan caricaturas de fantasía utópicas, el genio de Luciano llega entonces al cenit, cuando la realidad e irrealidad se mezclan y se caricaturizan desde una doble perspectiva. Porque, primero, hay que imaginar el Hades y presentarlo como algo real. Después, hay que seguir imaginando que los hombres al morir bajan a ese Hades recreado con la mentalidad que tenían en la vida. Para colmo, alguien —Menipo o Diógenes, generalmente— está ya «adaptado» en su supuesta realidad cotidiana postmortuoria a la vida allí. Se producirá, pues, en un marco imaginado como una nueva realidad un contraste entre quienes están en él como pez en el agua y quienes vienen del mundo de verdad con ideas y esquemas mentales que aquí no funcionan y que están destinados al fracaso. El efecto logrado por el autor al realizar esa doble pirueta es incomparable. Y el lector al tiempo que se ríe a mandíbula batiente se ve obligado a reflexionar, por cuanto que esa formidable y refinada técnica literaria se pone al servicio de una idea fundamental: no vale la pena afanarse en la vida porque la muerte iguala a todos los hombres sin excepción; un postulado que ya Luciano había expuesto en otras obras, aunque nunca con la insistencia, la intensidad y el énfasis con que lo hace aquí. Como se ve, pues, toda una gama de situaciones, de técnicas, reflejo del ingenio absolutamente genial del «sirio» de Samosata, que alcanza aquí posiblemente su máximo exponente.

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Menipo (ca 1638), óleo sobre lienzo de 179 x 94 cm., de Diego de Velázquez. Museo del Prado, Madrid

En primer lugar, el diálogo XX entre Menipo y el juez infernal Éaco y en el que también intervienen Pitágoras, Empédocles y Sócrates. Recogemos el fragmento 4-6, donde aparece el hijo de Sofronisco:

 

ΜΕΝΙΠΠΟΣ. … ὁ Σωκράτης δέ, ὦ Αἰακέ, ποῦ ποτε ἄρα ἐστίν;

ΑΙΑΚΟΣ. Μετὰ Νέστορος καὶ Παλαμήδους ἐκεῖνος ληρεῖ τὰ πολλά.

ΜΕΝΙΠΠ. Ὅμως ἐβουλόμην ἰδεῖν αὐτόν, εἴ που ἐνθάδε ἐστίν.

ΑΙΑ. Ὁρᾷς τὸν φαλακρόν;

ΜΕΝΙΠΠ. Ἅπαντες φαλακροί εἰσιν˙ ὥστε πάντων ἂν εἴη τοῦτο γνώρισμα.

ΑΙΑ. Τὸν σιμὸν λέγω.

ΜΕΝΙΠΠ. Καὶ τοῦτο ὅμοιον˙ σιμοὶ γὰρ ἅπαντες.

ΣΩΚΡΑΤΗΣ. Ἐμὲ ζητεῖς, ὦ Μένιππε;

ΜΕΝΙΠΠ. Καὶ μάλα, ὦ Σώκρατες.

MENIPO. — Por cierto, Éaco, ¿dónde está Sócrates?

ÉACO. — Es aquel que no para de charlar, detrás de Néstor y de Palamedes.

MENIPO. — No obstante, me gustaría verle si es que está ahí.

ÉACO. — ¿Ves al calvo?

MENIPO. — Están todos calvos; de modo que esa es una señal para reconocerlo igual para todos.

ÉACO. — El chato, te digo.

MENIPO. — Estamos en las mismas; todos son chatos.

SÓCRATES. — ¿Me buscas a mí, Menipo?

MENIPO. — Claro que sí, Sócrates.

 

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Éaco, Minos y Radamantis (los tres jueces del Hades). Litografía de Ludwig Mack, Die Unterwelt, 1829

ΣΩΚΡ. Τί τὰ ἐν Ἀθήναις;

ΜΕΝΙΠΠ. Πολλοὶ τῶν νέων φιλοσοφεῖν λέγουσι, καὶ τά γε σχήματα αὐτὰ καὶ τὰ βαδίσματα εἰ θεάσαιτό τις, ἄκροι φιλόσοφοι.

ΣΩΚΡ. Μάλα πολλοὺς ἑώρακα.

ΜΕΝΙΠΠ. Ἀλλὰ ἑώρακας, οἶμαι, οἷος ἧκε παρὰ σοὶ Ἀρίστιππος ἢ Πλάτων αὐτός, ὁ μὲν ἀποπνέων μύρου, ὁ δὲ τοὺς ἐν Σικελίᾳ τυράννους θεραπεύειν ἐκμαθών.

ΣΩΚΡ. Περὶ δὲ ἐμοῦ τί φρονοῦσιν;

ΜΕΝΙΠΠ. Εὐδαίμων, ὦ Σώκρατες, ἄνθρωπος εἶ τά γε τοιαῦτα. πάντες γοῦν σε θαυμάσιον οἴονται ἄνδρα γεγενῆσθαι καὶ πάντα ἐγνωκέναι καὶ ταῦτα – οἶμαι γὰρ τἀληθῆ λέγειν – οὐδὲν εἰδότα.

SÓCRATES. — ¿Cómo van las cosas en Atenas?

MENIPO. — Muchos de los jóvenes dicen dedicarse a la filosofía y desde luego si alguien se fijara en su porte y sus andares, pensaría que se trata de filósofos de talla.

SÓCRATES. — Yo he visto a muchos.

MENIPO. — Y has visto, creo, qué pintas tenían al acudir aquí a tu vera, Aristipo, y el propio Platón; el primero apestando a mirra y el otro con la lección de adular a los tiranos de Sicilia bien aprendida.

SÓCRATES. — ¿Y de mí qué piensan?

MENIPO. — Por lo que a ese punto respecta, eres un individuo afortunado; al menos todos creen que has sido un hombre digno de admiración y que lo sabías todo —hay que ser sinceros— a pesar de no saber nada.

 

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Sócrates

ΣΩΚΡ. Καὶ αὐτὸς ἔφασκον ταῦτα πρὸς αὐτούς, οἱ δὲ εἰρωνείαν τὸ πρᾶγμα ᾤοντο εἶναι.

ΜΕΝΙΠΠ. Τίνες δέ οὗτοί εἰσιν οἱ περὶ σέ;

ΣΩΚΡ. Χαρμίδης, ὦ Μένιππε, καὶ Φαῖδρος καὶ ὁ τοῦ Κλεινίου.

ΜΕΝΙΠΠ. Εὖ γε, ὦ Σώκρατες, ὅτι κἀνταῦθα μέτει τὴν σεαυτοῦ τέχνην καὶ οὐκ ὀλιγωρεῖς τῶν καλῶν.

ΣΩΚΡ. Τί γὰρ ἂν ἄλλο πράττοιμι; ἀλλὰ πλησίον ἡμῶν κατάκεισο, εἰ δοκεῖ.

ΜΕΝΙΠΠ. Μὰ Δί’, ἐπεὶ παρὰ τὸν Κροῖσον καὶ τὸν Σαρδανάπαλλον ἄπειμι πλησίον οἰκήσων αὐτῶν˙ ἔοικα γοῦν οὐκ ὀλίγα γελάσεσθαι οἰμωζόντων ἀκούων.

 

SÓCRATES. — Eso solía yo decirles también, pero creían que se trataba de una «ironía».

MENIPO. — ¿Y quiénes son los que están a tu alrededor?

SÓCRATES. — Cármides, Menipo, y Fedro y el hijo de Clinias.

MENIPO. — Estupendo, Sócrates, porque aquí también sigues practicando tu oficio por excelencia y no menosprecias a los tipos guapos.

SÓCRATES. — ¿Y qué otras cosas podría hacer? Túmbate aquí cerca de nosotros, si te apetece.

MENIPO. — No, por Zeus, que me voy a ir donde Creso y Sardanápalo a fijar mi residencia a su vera, porque tengo la impresión de que me voy a reír un poco oyendo sus lamentos.

 

Traducción de José Luis Navarro González, en Gredos.

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Iniciamos en el anterior capítulo de esta serie sobre el poema Hero y Leandro, de Museo el Gramático, un breve repaso a las fuentes grecolatinas citadas por María Jesús Franco Durán (Universidad de Salzburgo, Austria) en su trabajo El mito de Hero y Leandro: algunas fuentes grecolatinas y supervivencia en el Siglo de Oro español.

Habíamos hablado de Marcial, Ovidio, Virgilio y Estacio. Y ahora proseguimos con las aportadas en el citado trabajo. Nosotros aportamos texto y traducción de las obras citadas.

En Fulgencio (Mitologiarum, Libro III, IV) también Leandro nada en la noche hasta que se muere a causa de la lámpara apagada por el viento.

Amor cum periculo saepe concordat et dum ad illud solum notat quod diligit, numquam uidet quod expedit. Eros enim Graece amor dicitur, Leandrum uero dici uoluerunt quasi lisinandron, id est solutionem uirorum; solutio enim uiri amorem parturit. Sed natat nocte, id est: in obscuro temptat pericula. Ero quoque in amoris similitudine fingitur. Lucernam fert; et quid aliud amor nisi et flammam ferat et desideranti periculosam uiam ostendat. Cito tamen extinguitur, quia iuuenilis amor non diu perdurat. Denique nudus natat illa uidelicet causa, quod suos affectatores amor et nudare nouerit et periculis sicut in mari iactare. Nam et extincta lucerna utrisque mors est procurata maritima, hoc in euidenti significans quod in utroque sexu uapore aetatis extincto libido commoritur. In mari uero mortui feruntur uelut in humorem frigidae senectutis; omne enim caloratae iuuentutis igniculum torpidae ueternositatis algescit in senio.

El amor es a menudo cercano al peligro; y cuando tiene ojos sólo para aquello que ama, nunca ve lo que es conveniente. En griego Eros es la palabra para amor, mientras que Leandro se ha querido traducir como “lisiandron”, esto es, la perdición o disolución de los hombres: la perdición produce amor en un hombre. Pero (Leandro) nada de noche, es decir, arrostra el peligro en la oscuridad. Hero, también, es representada en la semejanza del amor. Lleva un candil, y ¿qué otra cosa es el amor, sino que lleve una antorcha e ilumine a su amado el peligroso camino? Pero pronto se extingue, porque el amor juvenil no dura mucho tiempo. Finalmente, (Leandro) nada desnudo ciertamente por esta causa, porque el amor puede desnudar a sus seguidores y arrojarlos al peligro como en el mar. Pues para ambos la muerte en el mar se produce por la extinción de la luz, y esto claramente significa que para cualquier sexo el deseo muere con la extinción del ardor de la juventud. Ciertamente, los muertos son llevados en el mar como en la humedad de la fría vejez: pues toda chispa de la juventud ardiente se enfría en el declive del entumecido letargo.

 

mitografosgriegos

En Mythographus Vaticanus 1, 28 y II, 262 se alude a las dos ciudades separadas por el mar, Sesto y Abido, el enamoramiento de los jóvenes en la fiesta y el trayecto de Hero durante la noche dirigido por la lámpara que un día se apaga. Leandro llega muerto a la costa y Hero se suicida precipitándose en el mar. En todas las fuentes grecolatinas tratadas en este trabajo hay una mención expresa al trayecto de Leandro desde Abido a Sesto. Este recorrido es real y posible. Lord Byron atravesó a nado el Helesponto en 1810.

I, 28: Historia Leandri et Herus.

[1] Sestios et Abidon urbes uicinae erant et interfluentis maris arto diuisae; una earum celebris extitit per Leandrum, pulcherrimum iuuenem, altera per [C]heron pulcherrimam mulierem. [2] Quibus absentibus amor imis concaluit mentibus; iuuenis autem impatiens ignis omni modo quaerebat premendae uirginis copiam, sed nullo ad Heron terra[m] aditu inuento, simul calore et audacia impulsus, se ponto tradidit sicque natando singulas noctes puellam adiit, oblato ex aduerso turris lumine puellae studio, quo nocturnum iter ad eam dirigere posset. [3] Quadam uero nocte cum acrius solito imminens uentus faculam extingueret, errando et inscius quo cursum teneret nando interiit. [4] Cuius corpus dum postero die eiectum <in> litore fluctibus Hero uidisset, dolore instincta culmi[mi]ne cecidit. [5] Sic cum quo sortita fuit partem mundanae uoluptatis, cum eo et pertulit damnum mortiferae acerbitatis.

Sesto y Abido eran ciudades vecinas y separadas por un estrecho del mar que entre ellas fluía; una de ellas fue célebre a causa de Leandro, joven bellísimo, la otra por Hero, mujer de gran belleza. Cuando estaban separados, el amor ardía en lo más interno de sus almas; el joven, ciertamente impaciente de pasión buscaba de cualquier modo oportunidad de estar ceca de la doncella, pero no hallando ningún acceso por tierra hacia Hero, impulsado a un tiempo por el ardor y la audacia, se lanzó al mar y así nadando todas las noches llegaba hasta la muchacha, con la ayuda de un candil que el afán de la muchacha mostraba desde la torre al otro lado del estrecho, para que pudiera dirigir su nocturno camino hacia ella. Pero cierta noche, cuando un repentino viento más fuerte de lo acostumbrado extinguió la antorcha, (Leandro) desoriéntandose y sin saber hacia dónde dirigir su carrera a nado, murió. Cuando, al día siguiente, Hero vió su cuerpo arrojado por las olas a la playa, herida de dolor se lanzó desde un acantilado. De este modo, con aquél con quien compartió el deseo mundano, con ése también soportó el daño de la mortífera amargura.

 

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Francisca Moya del Baño, en su trabajo final de licenciatura de 1965, El tema de Hero y Leandro en la literatura española, incicia así el apartado Historia del tema:

El poema de Hero y Leandro, citado por el bizantino Tzetzes en el siglo XII, es olvidado en la Edad Media y empieza a influir en la Moderna a finales del XV y en el XVI, dice M. Pelayo. No obstante, las Heroidas no habían dejado de leerse.

Es un hecho, pues, la extensión en el tiempo de estos amores y su éxito continuado en las más diversas épocas; suele presentar bastantes variantes, pero lo central pemanece.

Dice Menéndez Pelayo: “El tema poético tratado por las literaturas clásicas se encuentra con gran riqueza de formas en la poesía popular, sin que todas ellas puedan ser explicadas por imitación literaria. En la India existe una leyenda semejante y en el Penjab se enseña el sepulcro de dos amantes, cuya muerte fue igual a la de Hero y Leandro; pero no puede afirmarse si la leyenda procedía de Grecia, como otras tantas que de allí llegaron después de la expedición de Alejandro, o si es una antigua fábula aria que tuviese dos diversas manifestaciones en pueblos procedentes del mismo tronco. La primera versión completa que conocemos es el breve y lindo poema de Museo» Menéndez Pelayo plantea el problema siguiente: el bellísimo tema ¿pertenece al folklore universal, o a las literaturas clásicas, de donde por oscuras derivaciones pasó a los cantos populares? Podríamos añadir otra posibilidad cuestionable: ¿Pertenece a la literatura oriental?

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Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912). Foto del Centro de Documentación de la Imagen de Santander

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Grabado que representa a Dionisio de Halicarnaso sacada del Códice Ambrosiano

El breve repaso a las fuentes clásicas sobre las Sibilas nos lleva ahora a Dionisio de Halicarnaso, quien, en Historia Antigua de Roma, IV, 62, refiere también la anécdota que veíamos en Aulo Gelio (Noches Áticas I, XIX) sobre la mujer que se presentó ante Tarquinio (Prisco o Soberbio, no está claro) con nueve libros que, según ella, contenían los oráculos sibilinos:

Λέγεται δέ τι καὶ ἕτερον ἐπὶ τῆς Ταρκυνίου δυναστείας πάνυ θαυμαστὸν εὐτύχημα τῇ Ῥωμαίων ὑπάρξαι πόλει εἴτε θεῶν τινος εἴτε δαιμόνων εὐνοίᾳ δωρηθέν· ὅπερ οὐ πρὸς ὀλίγον καιρόν, ἀλλ´ εἰς ἅπαντα τὸν βίον πολλάκις αὐτὴν ἔσωσεν ἐκ μεγάλων κακῶν. Γυνή τις ἀφίκετο πρὸς τὸν τύραννον οὐκ ἐπιχωρία βύβλους ἐννέα μεστὰς Σιβυλλείων χρησμῶν ἀπεμπολῆσαι θέλουσα. Οὐκ ἀξιοῦντος δὲ τοῦ Ταρκυνίου τῆς αἰτηθείσης τιμῆς πρίασθαι τὰς βύβλους ἀπελθοῦσα τρεῖς ἐξ αὐτῶν κατέκαυσε· καὶ μετ´ οὐ πολὺν χρόνον τὰς λοιπὰς ἓξ ἐνέγκασα τῆς αὐτῆς ἐπώλει τιμῆς. Δόξασα δ´ ἄφρων τις εἶναι καὶ γελασθεῖσα ἐπὶ τῷ τὴν αὐτὴν τιμὴν αἰτεῖν περὶ τῶν ἐλαττόνων, ἣν οὐδὲ περὶ τῶν πλειόνων ἐδυνήθη λαβεῖν, ἀπελθοῦσα πάλιν τὰς ἡμισείας τῶν ἀπολειπομένων κατέκαυσε καὶ τὰς λοιπὰς  τρεῖς ἐνέγκασα τὸ ἴσον ᾔτει χρυσίον.

Se cuenta que durante el reinado de Tarquinio aconteció para la ciudad de Roma otro afortunado y muy admirable suceso, regalo de la benevolencia de algún dios o divinidad, y que no durante poco tiempo, sino muchas veces durante toda la vida de la ciudad, la ha salvado de grandes males. Cierta mujer extranjera se presentó ante el tirano con el deseo de vender nueve libros llenos de oráculos sibilinos. Como Tarquinio no consideró conveniente comprar los libros al precio que pedía, la mujer se marchó y quemó tres de ellos. No mucho tiempo después, trajo los seis restantes e intentó venderlos al mismo precio. Como se la consideró loca y fue objeto de burlas por pedir por menos libros el mismo precio que antes no había conseguido cobrar por mas, se marchó otra vez, quemó la mitad de los libros que le quedaban y, llevando los tres restantes, pidió la misma cantidad.

 

La traducción es de Almudena Alonso y Carmen Seco, en Gredos, que dicen en nota al pie:

Unos escritores sitúan este hecho en el reinado de Tarquinio el Soberbio y otros en el de Tarquinio Prisco.

(Los oráculos sibilinos) eran una recopilación de oráculos atribuidos a la Sibila de Cumas.

 

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Θαυμάσας δὴ τὸ βούλημα τῆς γυναικὸς ὁ Ταρκύνιος τοὺς οἰωνοσκόπους μετεπέμψατο καὶ διηγησάμενος αὐτοῖς τὸ πρᾶγμα, τί χρὴ πράττειν, ἤρετο. Κἀκεῖνοι διὰ σημείων τινῶν μαθόντες, ὅτι θεόπεμπτον ἀγαθὸν ἀπεστράφη, καὶ μεγάλην συμφορὰν ἀποφαίνοντες τὸ μὴ πάσας αὐτὸν τὰς βύβλους πρίασθαι, ἐκέλευσαν ἀπαριθμῆσαι τῇ γυναικὶ τὸ χρυσίον, ὅσον ᾔτει καὶ τοὺς περιόντας τῶν χρησμῶν λαβεῖν. Ἡ μὲν οὖν γυνὴ τὰς βύβλους δοῦσα καὶ φράσασα τηρεῖν ἐπιμελῶς ἐξ ἀνθρώπων ἠφανίσθη.

Tarquinio, admirado de la resolución de la mujer, hizo llamar a los augures, les expuso el asunto y les preguntó que debía hacer. Ellos, que por ciertos indicios se dieron cuenta de que se había rechazado un bien enviado por los dioses, declararon que era una gran desgracia que no hubiera comprado todos los libros y le aconsejaron pagar a la mujer el dinero que pedía y adquirir los oráculos que quedaban. La mujer entregó los libros y, después de recomendar que los custodiaran celosamente, desapareció de entre los hombres.

 

Ταρκύνιος δὲ τῶν ἀστῶν ἄνδρας ἐπιφανεῖς δύο προχειρισάμενος καὶ δημοσίους αὐτοῖς θεράποντας δύο παραζεύξας ἐκείνοις ἀπέδωκε τὴν τῶν βιβλίων φυλακήν, ὧν τὸν ἕτερον Μάρκον Ἀτίλιον ἀδικεῖν τι δόξαντα περὶ τὴν πύστιν καταμηνυθέντα ὑφ´ ἑνὸς τῶν δημοσίων, ὡς πατροκτόνον εἰς ἀσκὸν ἐνράψας βόειον ἔρριψεν εἰς τὸ πέλαγος.

Por su parte, Tarquinio, tras elegir a dos ciudadanos ilustres y asignarles dos esclavos públicos, les confió la custodia de los libros. A uno de los hombres, Marco Atilio, hallado culpable de deslealtad, después de haber sido denunciado por uno de los esclavos, lo arrojó al mar, como a un parricida, dentro de un saco de cuero cosido.

Almudena Alonso y Carmen Seco, en Gredos, dicen en nota al pie:

Parricida: La palabra parricidium se empleaba también, como aquí, para la traición a la patria. A los que se hallaba culpables de este crimen se les castigaba metiéndolos en un saco de cuero cosido con un perro, un gallo, una víbora y una avispa dentro y arrojándolos al mar.

 

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Μετὰ δὲ τὴν ἐκβολὴν τῶν βασιλέων ἡ πόλις ἀναλαβοῦσα τὴν τῶν χρησμῶν προστασίαν ἄνδρας τε τοὺς ἐπιφανεστάτους ἀποδείκνυσιν αὐτῶν φύλακας, οἳ διὰ βίου ταύτην ἔχουσι τὴν ἐπιμέλειαν στρατειῶν ἀφειμένοι καὶ τῶν ἄλλων τῶν κατὰ πόλιν πραγματειῶν, καὶ δημοσίους αὐτοῖς παρακαθίστησιν, ὧν χωρὶς οὐκ ἐπιτρέπει τὰς ἐπισκέψεις τῶν χρησμῶν τοῖς ἀνδράσι ποιεῖσθαι.

Tras la expulsión de los reyes, la ciudad asume el cuidado de los oráculos y designa para su custodia a los ciudadanos más distinguidos, que desempeñan este cargo de por vida y quedan exentos de prestaciones militares y de cualquier otra obligación ciudadana, y les asigna esclavos públicos en cuya ausencia no se permite a los hombres consultar los oráculos.

 

Συνελόντι δ´ εἰπεῖν οὐδὲν οὕτω Ῥωμαῖοι φυλάττουσιν οὔθ´ ὅσιον κτῆμα οὔθ´ ἱερὸν ὡς τὰ Σιβύλλεια θέσφατα. Χρῶνται δ´ αὐτοῖς, ὅταν ἡ βουλὴ ψηφίσηται, στάσεως καταλαβούσης τὴν πόλιν ἢ δυστυχίας τινὸς μεγάλης συμπεσούσης κατὰ πόλεμον ἢ τεράτων τινῶν καὶ φαντασμάτων μεγάλων καὶ δυσευρέτων αὐτοῖς φανέντων, οἷα πολλάκις συνέβη. Οὗτοι διέμειναν οἱ χρησμοὶ μέχρι τοῦ Μαρσικοῦ κληθέντος πολέμου κείμενοι κατὰ γῆς ἐν τῷ ναῷ τοῦ Καπιτωλίνου Διὸς ἐν λιθίνῃ λάρνακι, ὑπ´ ἀνδρῶν δέκα φυλαττόμενοι.

En una palabra, los romanos no guardan nada, ni sagrado ni profano, con tanto cuidado como los oráculos de la Sibila. Los consultan, por orden del Senado, cuando una revuelta se apodera de la ciudad, cuando en una guerra sobreviene una gran catástrofe o, como muchas veces ha sucedido, cuando se les aparecen grandes prodigios o visiones de difícil interpretación. Estos oráculos, hasta la llamada guerra marsia, permanecieron bajo tierra en el templo de Júpiter Capitolino, en una urna de piedra, vigilados por diez hombres.

 

Guerra marsia: la Guerra Social (91-88 a. C.)

Diez hombres: Decemviri. Estos diez hombres habían sustituido en el 397 a. C. a los dos (duoviri) de los primeros tiempos. Después de Sila, fueron quince (quindecimviri sacris faciundis). César elevó su número a dieciséis, y durante el Imperio eran corrientes los supernumerarios.

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Suetonius

Finalizábamos el anterior capítulo sobre autoepitafios con las últimas palabras de Rabelais en su lecho de muerte. Otras famosas palabras previas a la muerte son las de César Augusto.

Nos las ofrece el historiador romano Suetonio en Vida de los doce Césares II, 99:

Supremo die identidem exquirens, an iam de se tumultus foris esset, petito speculo, capillum sibi comi ac malas labantes corrigi praecepit, et admissos amicos percontatus, ecquid iis videretur mimum vitae commode transegisse, adiecit et clausulam:

εὶ δέ τι

Ἐπεὶ δὲ πάνυ καλῶς πέπαισται, δότε κρότον

Καὶ πάντες ἡμᾶς μετὰ χαρᾶς προπέμψατε.

Omnibus deinde dimissis, dum advenientes ab urbe de Drusi filia aegra interrogat, repente in osculis Liviae et in hac voce defecit: Livia, nostri coniugii memor vive, ac vale! sortitus exitum facilem et qualem semper optaverat. Nam fere quotiens audisset cito ac nullo cruciatu defunctum quempiam, sibi et suis εὐθανασίαν similem (hoc enim et verbo uti solebat) precabatur.

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Augusto de Prima Porta (siglo I d. C.), estatua de mármol blanco de 204 cm. Museos Vaticanos, Museo Chiaramonti, ala nueva.

El último día de su vida preguntó repetidas veces si había ya revuelo en las calles a causa de su estado. Después pidió un espejo, se hizo arreglar el cabello y afirmar las mejillas que le colgaban, y recibió a sus amigos a quienes preguntó si les parecía que había representado bien la farsa de la vida, añadiendo incluso el final consabido:

Si la comedia os ha gustado, concededle vuestro aplauso y, todos a una, despedidnos con alegría.

Luego los despachó a todos y, mientras interrogaba a unas personas recién llegadas de Roma sobre la enfermedad de la hija de Druso, expiró de repente en los brazos de Livia, pronunciando estas palabras: “¡Livia, conserva mientras vivas el recuerdo de nuestra unión! Adiós”. Alcanzó así una muerte dulce y a la medida de sus deseos, pues casi siempre, cuando oía que alguien había muerto rápidamente y sin dolor, pedía para él y para los suyos una similar εὐθανασία (ésta era, en efecto, la palabra que solía emplear).

La traducción es de Rosa Mº Agudo Cubas, en Gredos.

Nota: εὐθανασία= buena muerte

Desconocemos si la inscripción que sigue, que se halla en una tumba familiar en la pared izquierda del viejo camposanto castellonense, es epitafio o autoepitafio. Sea como fuere, es bello, pues se trata de una frase atribuida al escritor portugués Fernando Pessoa:

“El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables”.

En portugués es:

O valor das coisas não está no tempo que elas duram, mas na intensidade com que acontecem. Por isso existem momentos inesquecíveis, coisas inexplicáveis e pessoas incomparáveis.

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Epitafio en un panteón familiar; cementerio de San José, Castellón

Hablando de personas incomparables, y pasando a los epitafios, el de Nicolás Maquiavelo, que se puede contemplar en la basílica florentina de la Santa Croce, es breve, pero intenso:

Tanto nomini nullum par elogium

Ningún elogio es adecuado a tan gran nombre.

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Epitafio de Nicolás Maquiavelo, basílica de la Santa Croce, Florencia

En la propia Santa Croce podemos leer el epitafio de Galileo Galilei:

Galilaeus Galileius patric(ius). flor(entinus).

Geometriae astronomiae philosophiae maximus restitutor

nulli aetatis suae comparandus.

Hic bene quiescat

Galileo Galilei. Patricio Florentino

El mayor restaurador de la geometría, la astronomía y la filosofía

A ninguno de su tiempo es equiparable.

Aquí descansa en paz.

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Tumba de Galileo, basílica de la Santa Croce, Florencia

Otro epitafio famoso y contundente es el de Nikos Kazantzakis que se puede ver en su tumba de Heraklion, la capital de Creta:

Δεν ελπίζω τίποτα. Δε φοβούμαι τίποτα. Είμαι λεύφερος.

No espero nada. No temo nada. Soy libre.

 

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Tumba de Nikos Kazantzakis, Heraklion, Creta

El pintor Rafael Sanzio está enterrado en ese magnífico monumento que es el Panteón de Roma. Su epitafio, que se atribuye al cardenal Pietro Bembo, dice:

Ille hic est Raphael. Timuit quo sospite vinci rerum magna parens et moriente mori

Aquí yace Rafael. Cuando vivió, la naturaleza temió ser vencida por él, ahora que él ha muerto, teme morir.

Rafael, en efecto, la retó, tratando de superarla.

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Tumba de Rafael Sanzio. Panteón, Roma

“Libre por fin. Libre por fin. Gracias Dios Todopoderoso. Soy libre por fin.” Free at last, free at last. Thant God Almighty, I’, free at last. Éste es el epitafio de la tumba de Martin Luther King, además de las últimas palabras de su famoso discurso en Washington el 28 de agosto de 1963, que él se encarga de decir que es un viejo espiritual negro (old negro spiritual).

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Tumba de Martin Luther King. National Historic Site, Atlanta, Georgia, Estados Unidos

En griego clásico está el epitafio de la tumba de Jim Morrison, en el cementerio parisino del Père-Lachaise. Dice:

ΚΑΤΑ ΤΟΝ ΔΑΙΜΟΝΑ ΕΑΥΤΟΥ

Κατὰ τὸν δαίμονα ἑαυτοῦ

De acuerdo con su propio espíritu. Aunque la palabra griega δαίμων es difícil de traducir.

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Tumba de Jim Morrison en el cementerio parisino del Père-Lachaise.

The best is yet to come (Lo mejor está por llegar) es el epitafio de la tumba de Frank Sinatra.

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Tumba de Frank Sinatra. Sección B-8 del Desert Memorial Park en Cathedral City (California, Estados Unidos)

En la tumba de Enrique Jardiel Poncela puede leerse un curioso, pero acertado, epitafio:

Si buscáis los máximos elogios, moríos. Frase muy aplicable en España donde, por desgracia, sólo reconocemos a los grandes personajes, cuando mueren.

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Tumba de Jardiel Poncela. Patio de la Concepción, cementerio sacramental de Santa María; calle Comuneros de Castilla, 13. San Isidro, Carabanchel, Madrid

Billy Wilder, el gran director estadounidense, usó para una parte de su autoepitafio el final de su genial película “Con faldas y a lo loco” (Some like it hot): Nobody’s perfect.

El epitafio es: I’m a writer but then nobody’s perfect. Yo soy escritor, pero nadie es perfecto.

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Tumba de Billy Wilder. Cementerio Westwood Village Memorial Park, Los Ángeles, California, Estados Unidos

Mel Blanc fue un actor de voz estadounidense que trabajó en programas radiofónicos y estudios de animación como Hanna-Barbera y Warner Bros. Dio voz a personajes tan conocidos como el cerdo Porky, Piolín, Speedy González, el pato Lucas, el gato Silvestre, el gallo Claudio, el demonio de Tasmania, Pablo Mármol (Los Picapiedra), Correcaminos y Bugs Bunny. Por ello en su tumba se lee “el hombre de las 1000 voces” (man of 1000 voices) y, sobre todo, la frase con la que acababan los dibujos animados de la Warner: “That’s all, folks” (Eso es todo, amigos).

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Tumba de Mel Blanc. Hollywood Forever Cemetery, Los Ángeles, California, Estados Unidos