
En la literatura posterior tenemos la Fábula de Acteón de Luis Barahona de Soto. Hemos dudado en ofrecerla aquí completa, ya que hubiéramos podido perfectamente, y quizá eso hubiera sido lo correcto, ofrecer un enlace al sitio de donde la hemos obtenido, pero, al final, hemos optado por ofrecerla en dos largas entregas.
I
con dos cuerpos, de hombre y fiera
y de otra alma que, regida
fue cual piedra endurecida, 5
de un milagro y de otro extraño
diré, y de un dolor tamaño, que pocos lo conocieron,
sino aquellos que supieron
II
¡Oh tú, que, para mi mal, 10
sola en el mundo naciste,
bella, cruel, desleal,
sabia, y que de todo fuiste
modelo y original,
oye lo que cantar quiero: 15
verás en ciervo ligero
mudado al señor de Tebas
do el tormento que en mí pruebas
fue figurado primero.
III
Con poco que estés atenta, 20
en sus trabajos verás
los de aquel que te los cuenta,
tu desamor y mi afrenta.
Verás sobre su divisa 25
los del que en su mal no avisa,
puestos para más despecho,
y, cual yo, el cuitado hecho
del mundo fábula y risa.
IV
No demandaré favor 30
a aquella musa que en vano
supo decir mi dolor;
mas al celoso Vulcano,
que es el padrastro (léase a partir del verso 266 del enlace) de Amor
La materia será el caso, 35

y su fragua mi Parnaso,
y sus golpes mis desmayos,
y mis palabras los rayos
de su fuego, en que me abraso.
V
Una muy copiosa fuente 40
muy alegre y fresca está
en la tierra cuya gente
le nació a Cadmo de la
quijada de una serpiente,
de un monte jamás rozado, 45
de sangre nunca manchado,
cercada al Austro y Poniente,
descubierta al sol de Oriente
y cubierta al cierzo helado.
VI
Y aunque, por larga costumbre, 50
de diversas ramas lleno,
que se tejen en la cumbre,
defiende el cerrado seno
del alegre sol la lumbre,
con las hojas compitiendo 55
el sol, a veces venciendo,
y a veces siendo medroso
va un claroescuro hermoso
de las sombras componiendo.
VII
Allí, gentil, largo y liso, 60
el nombre de Cipariso,
y el otro do se escondió
y aquel árbol que parece 65
que por Tisbe se entristece,
la fruta en sangre bañada,
que a la morisca Granada
con sus hojas enriquece.
VIII
Y otros árboles sin cuento, 70
de los que suelen poblar
la tierra con su cimiento,
y dividir y azotar
con sus pimpollos el viento.
De una lucha entre ellos brava 75
con el que entonces soplaba
siendo cada cual herido,
dulcísimo se escuchaba.
IX
El sol, en ellos hiriendo, 80
iba de varios olores
otro nuevo produciendo,
y de diversos colores
otro mejor componiendo;
y así, el viento, disfrazado 85
de un nuevo color, mezclado
nuevo olor, nuevo ruido,
hiciera alegre el sentido
del más triste enamorado.

X
Entre la arboleda estaba 90
de natural piedra viva
el agua que desde arriba
abajo se despeñaba.
Después ésta se vertía 95
sobre otra peña y corría
por un arco, parte a parte,
do natura venció al arte
y el arte a la fantasía.
XI
Y del verdor que a la par 100
crece estaba tan cubierta,
que pocos sabían hallar
la no frecuentada puerta
para el ameno lugar.
Y así la tierra, cavada 105
del agua en ella quebrada,
hecha pequeña laguna,
no se vio en edad alguna
del todo en lumbre bañada.
XII
El margen de césped vivo, 110
de nervosa y ciega trama
que, de tierra, al fugitivo
licor la ñudosa grama
hizo en su lugar nativo,
va las ondas terminando, 115
do esquivas cañas silbando,
con blandas ovas tejiendo,
iban su curso cegando.
XIII
Va desde aquí la corriente 120
del agua tan sosegada,
que apenas la vista siente
si corre, o si está parada;
si va a levante o poniente.
Limpia, clara, blanda y pura, 125
liviana, que se apresura
de la boca a las entrañas
de sabor y de marañas,
de olor y color segura.
XIV
Por la suave harmonía 130
que la frecuencia confusa
de los pájaros hacía,
parece que alguna musa
la concertaba y regía.
No goza esta fuente tal 135
el ganado pastoral:
que fuente, bosque y dehesa
es de Diana, princesa
XV
Aquí la diosa solía 140
en el caluroso estío
olvidar la montería
y en el líquido rocío
sus castos miembros metía.
Y siendo entonces llegada, 145
de sus ninfas rodeada,
arco y flechas a una dio
y otra el manto le tomó
con que vino cobijada.
XVI
Otra con blanco cendal 150
fue limpiando del sudor
la garganta de cristal,
que derritiera en amor
al más duro pedernal.
Otra le cogió el cabello, 155
tal, que no era tal como ello
madeja de oro crespada,
y en una y otra lazada
lo añudó, y [a] Amor entre ello.
XVII
Otra ninfa, diligente, 160
la ropa de grana y oro
le quitó liberalmente,
y descubriose un tesoro
más bello que el sol de Oriente:
descubriose el blanco pecho, 165
de masa celestial hecho:
de blanca nieve cuajada,
y el Amor allí deshecho.

XVIII
Dos le quitan el calzado, 170
y un color se descubrió
de leche y sangre, rosado,
que cuando al suelo tocó
hizo florecer el prado.
La pierna gruesa y ceñida 175
a Elena dejó vencida,
y el pequeño y blanco pie
con un solo puntapié
diera a mil Narcisos vida.

XIX
Y luego en el mismo instante, 180
doce de las más preciadas,
con amoroso semblante,
de sus ropas despojadas,
se le pusieron delante,
las cuatro con delicados 185
vasos de mirra colmados,
bálsamo, y ámbar, y enciensos,
de los nabateos collados.
XX
Las otras cuatro trajeron 190
varias suertes de conservas
que de las frutas hicieron
y de las mejores yerbas
que en todo el mundo cogieron.
Las otras, dulce comida 195
trajeron para la vida,
pues la conserva inmortal
aquella que es, por ser tal,
sólo a los dioses debida.
XXI
Comenzaron a verter 200
sobre aquel cuerpo divino
licores, y ellos a oler,
y ¡qué olor! pues dél les vino
más que ellos pueden tener.
¡Oh venturoso licor, 205
que tuvo tanto valor,
que mereciese tocar
do no mereció llegar
el gran poder del Amor!
XXII
De la conserva tomó 210
después desto parte poca;
no la tomó, mas la dio;
pues, metiéndola en su boca,
eterna la conservó.
Fue entre sus labios deshecha, 215
y, de serlo satisfecha,
con gran ventaja, pues que
della en breve espacio fue
la preciosa carne hecha.
XXIII
Miró sus miembros en vago 220
(que hicieron tal estrago),
y ella y todo su escuadrón
se echaron juntas al lago.
Iban todas de arrancada, 225
en escuadra concertada,
y así todo el lugar lleno,
cual por el cielo sereno
de grullas larga manada.
XXIV
¡Quién las viera libremente, 230
sin ropa al ojo importuna,
ir cortando la corriente
desde la balsa o laguna
al principio de la fuente,
donde, así como las caras, 235
las más preciadas y raras
partes que se pueden ver
no quisieron esconder
las aguas, cual vidrio claras!
XXV
Por lo más alto del cielo 240
iba el sol, y suspendió,
de gozoso, el curso y vuelo,
y, parándose, abrasó
con sus rayos todo el suelo.
Y el viento que iba soplando 245
fuese de nuevo esforzando
con la grande claridad,
y trajo tal sequedad,
que dejó el mundo anhelando.
XXVI
Solamente aquel lugar, 250
porque a Diana le place,
ella le hizo templar
con la virtud con que hace
El viento no le alcanzaba; 255
y el sol tan colado entraba,
que su furor y su brío
sólo de la peña el frío
le resistía y templaba.
XXVII
Allí Diana regía 260
sus corros, giros y danzas,
y cada ninfa hacía
las pruebas y las mudanzas
do más destreza tenía.
Cuál dellas nadó más trecho; 265
cuál dellas más a provecho;
cuál dellas se za[m]bulló,
y cuál el lago cercó,
vuelto al cielo el rostro y pecho.
XXVIII
Ya Filodoce tenía 270
cuando, con gran vocería
y aullidos, fue alborotada
la virginal compañía;
que, siendo entonces llegado, 275
de estío y sed fatigado,
el cazador Acteón,
causó grande turbación
en el colegio sagrado.
XXIX
Que unas dellas se escondieron, 280
en las aguas za[m]bullidas;
otras la espalda volvieron;
otras de ramas crecidas
de árboles se cubrieron.
A otras vieras sentar, 285
a otras, gritando, abrazar
a la diosa casta y clara,
y otras mirarle a la cara,
sin osarse menear.

XXX
Otras ante él se ponían, 290
porque la vista cebase
en lo que le descubrían,
y a Diana no mirase,
que era lo que más temían:
porque es punto de primor, 295
si de pena o de dolor
se halla el hombre cercado,
escoger, si es avisado,
de dos daños el menor.
XXXI
Otras, con ánimo puro, 300
estando en torno abrazadas
del cuerpo nada seguro,
hicieron encadenadas
un hermoso y bello muro.
Mas poco vale lo hecho; 305
que él la mira, a su despecho:
tan gentil Diana estaba,
que por cima las sobraba
con más que garganta y pecho.
XXXII
Cual suele en playa espaciosa 310
nave rica, con despojos
de una batalla famosa,
llevarse tras sí los ojos
sin parar en otra cosa,
así, de ninfas cercada, 315
ella sola fue mirada
del que por su mal la vio,
que en sólo aquesto acertó,
para no acertar en nada.
XXXIII
Acertola a conocer, 320
no del todo, por quien era;
que esto, a podello saber,
bien más acertado fuera
si no la acertara a ver.
Vido el rostro sin igual, 325
puestos por arte sutil,
el aljófar y el marfil,
la púrpura y el cristal.
XXXIV
De un brazo que alto tenía 330
vio el molledo blanco y grueso;
la mano, que al sol vencía,
alargaba y encogía.
Digo que miró la mano 335
mirola parte por parte;
que, aunque estaba puesto aparte,
pudo ganarle de mano.
XXXV
Vio el cabello atado y liento 340
y dejó enlazarse en él,
tras la vista, el pensamiento,
y éste se llevó tras dél
voluntad y entendimiento.
No supo mirar por sí, 345
hasta verse preso allí
de amor en el ciego abismo;
mas yo hiciera lo mismo
si la viera antes que a ti.
XXXVI
Finalmente, en ella vio 350
el extremo de belleza
que en ti sola se cifró,
y el extremo de aspereza,
después del que sufro yo.
Y, como yo lo hiciera, 355
comenzó, que no debiera,
con donaire y cortesía,
a decir lo que sentía,
y ojalá más no sintiera:

XXXVII
«Alma preciosa que digna 360
fuiste del cuerpo más bello
que la vista determina,
pudieras, sin ser divina;
o seas del sublime coro, 365
que por tal te creo y adoro;
o seas la virgen buscada
que fue de Plutón robada
entre Pachino y Peloro;
XXXVIII
o seas desta arboleda 370
ninfa, o de estas claras fuentes,
o la que en mudable rueda
sin jamás tenerla queda;
sé tú quienquiera que seas, 375
así entre tus manos veas
la cosa más deseada
si hay alguna tan sagrada
que desees y no poseas;
XXXIX
y así consigas Vitoria 380
del que causó turbación
algún tiempo en tu memoria,
si puede caber pasión
en almas llenas de gloria,
que…». Dijo, y quedose aquí; 385
que viéndole estar así,
con lo que otra se amansara,
la diosa volvió la cara,
cual de grana o carmesí.
XL
¿Quién vio el color que parece 390
cuando con vario arrebol
la ciega nube se ofrece
delante el dorado sol
que por partes la esclarece?
Y ¿quién vio en el alborada 395
la fresca aurora rosada?
Pues con gesto más galano
volvió el rostro soberano
la casta diosa enojada.
XLI
Aunque no dél vergonzosa, 400
estaba de su vergüenza
encogida y temerosa;
mas viendo su desvergüenza,
salió corrida y furiosa.
Cuando Acteón conoció 405
en qué y contra quién pecó,
quisiera no haber nacido,
que morir como murió.
XLII
Púsose el color robado, 410
y comenzaba a temblar
como aquel que está azogado,
o al modo que suele estar
el can ante el león echado.
Y ella le muestra el semblante 415
como la madre al infante
de quien ha sido enojada,
o como leona airada,
muertos sus hijos delante.
XLIII
Y dijo con voz sañuda 420
lo que las fatiga más
a las mujeres, sin duda:
«Traidor, no te alabarás
de que me viste desnuda.
Y la caza que deseas, 425
por quien mi fuente rodeas,
te daré por enemiga,
y que, para más fatiga,
sin ti y con ella te veas».
XLIV
Y como el arco ni jara 430
en la mano no halló,
con ella le roció
pecho y manos, pies y cara.
Iba sudando y, mojado, 435
quedó de súbito helado
y algún tanto temeroso;
mas el deseo amoroso
no por eso resfriado.
XLV
No sólo le resfrió, 440
que aquesto lo menos fue,
porque la agua en sí tomó
una fuerza, un no sé qué,
que más que fuego abrasó.
Convirtió de otro metal 445
toda la parte mortal;
comenzó el pecho a querer,
y el hígado a apetecer
cosas de otro natural.
XLVI
El corazón, que solía 450
las empresas peligrosas
buscar lleno de osadía,
en las muy pequeñas cosas
mostraba ya cobardía.
Y este mismo corazón, 455
que antes sirvió a la razón,
y el seso que fue su asiento,
ambos de un consentimiento,
XLVII
A la razón no dañó, 460
porque era parte inmortal;
que es la persona real
que fuerza y poder perdió.
De nadie ya obedecida, 465
de todos aborrecida,
¿qué vale sin gobernar,
entre la gente vulgar,
por sus vasallos regida?
XLVIII
Los afectos naturales, 470
odio, amor, ira y deseo,
miedo, esfuerzo y otros tales,
tienen el gobierno feo
todos conformes e iguales.
Ni entre sí tienen contienda, 475
ni en ellos hay quien se entienda,
uno loco, otro grosero,
y el que madrugó primero
XLIX
Luego, sin más dilatallo, 480
en diversa proporción
vieras al cuerpo mudallo;
que siempre la inclinación
del señor sigue el vasallo.
Cuando la razón regía, 485
el rostro alzado tenía;
mas luego que se perdió,
el rostro a tierra bajó;
que alzallo no merecía.
L
Los ojos abrió mayores 490
y más largo tendió el cuello;
percibió más los olores;
mudó en pelo el tierno vello,
teñido de dos colores;
las orejas se extendieron; 495
las carnes se endurecieron,
y adornaron su cabeza
dos cuernos que, a poca pieza,
































