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Archive for 5/04/10

Cayó el otro día en mis manos un libro por el que tengo gran aprecio. Es de la editorial Bosch, serie Erasmo, textos bilingües, del año 1977 y la edición (texto, introducción, traducción y notas) se debe a José Alsina Clota, catedrático de griego de la Universidad de Barcelona.

El libro nos ofrece dos obras: la Poética (Περὶ ποιητικῆς) de Aristóteles, obra sobradamente conocida, y otra, no tan conocida, o eso creo, a la cual dedicaré algunos artículos; se trata de la obra anónima, a veces atribuida a Longino, Sobre lo Sublime (Περὶ ὕψους).

Mi idea es dar unas nociones generales sobre la obra y su autor, extraídas del libro de Alsina, y ofrecer una selección de fragmentos, que yo considero interesantes, en su original griego y en la traducción del ya citado José Alsina Clota. También aportaremos información sobre la obra sacada de La Literatura Griega de la época Helenística e Imperial, de Raffaele Cantarella, y de la Historia de la Literatura Griega de Albin Lesky.

Mi pretensión es, pues, meramente divulgativa y mi objetivo dar a conocer una obra muy interesante. Vamos allá.

Del apartado Personalidad literaria y originalidad del Anónimo en el libro de Alsina hacemos el siguiente resumen:

Los críticos de todos los tiempos están de acuerdo en poner de relieve la originalidad del autor del Tratado sobre lo sublime. Originalidad, por lo menos parcial, ya que el Anónimo se nutre de doctrinas platónicas, peripatéticas, y, especialmente, de las teorías de Teodoro de Gádara, retórico que fue maestro del futuro emperador Tiberio y que polemizó especialmente con Apolodoro de Pérgamo. Este último autor, que se había formado en la tradición peripatético-alejandrina, consideraba la Retórica como una auténtica ciencia que, con todo rigor, reducía a sistema las definiciones y reglas de la misma.

Teodoro, por el contrario, de formación pergamea y de tendencias filosóficas que enlazaban con los estoicos y los platónicos, concedía menos importancia al aspecto científico de la retórica. Según él, la inspiración original era básica, frente a la valoración que los apolodoreos hacían de los aspectos técnicos y a la formación del orador. Siguiendo esa misma tendencia, los teodoreos no eran tan rigurosos como sus rivales en lo que concierne a las partes del discurso, de modo que, a juicio de ellos, ninguna era esencial, si descontamos la argumentación.


La polémica entre las dos escuelas, iniciada en el siglo I, duró hasta bien entrado el siglo III p. C. y acabó con la victoria de los apolodoreos, es decir, de los partidarios del carácter científico, normativo, académico, de la literatura.

Es en el marco de esta polémica donde debemos situar el Tratado sobre lo sublime…

¿Dónde reside, pues, la originalidad del Tratado sobre lo sublime? Por lo pronto, y ése es sin duda su rasgo fundamental, resaltado por la mayoría de los estudiosos, es su íntima capacidad por gustar los pasajes de los autores, cuyos textos no sólo analiza, sino que los vivifica con un entusiasmo que contagia a los demás; en su neta concepción ética del estilo, claramente expuesta en varios pasajes del opúsculo.

“El efecto producido por un pasaje sublime –dice, por ejemplo, en los umbrales de su obra – no consiste en lograr la persuasión del auditorio, sino, más bien, en provocar su entusiasmo”. Y en los capítulos finales, cuando expone su tesis de que la causa de la decadencia de la oratoria debe buscarse en la relajación de la moral: “un hombre que se ha dejado sobornar en un proceso no podrá jamás emitir un juicio libre y honesto sobre lo que es justo e injusto… En suma, lo que causa la pérdida de nuestros talentos actuales es la apatía en medio de la cual, a excepción de unos pocos, vivimos, sin emprender nada, sin hacer nada si no es para ganarnos el aplauso y el deleite, jamás para algo digno de emulación y estima”…

En fin, nuestro autor resalta constantemente la superioridad absoluta de la sinceridad, de la autenticidad, frente a las recetas aprendidas en la escuela…

Mas no por ello es nuestro autor enemigo del arte, y en todo su trabajo domina, como leit-motiv, la tesis de que, sin arte, la misma naturaleza resulta difícilmente comprensible. El ideal, para nuestro autor, es que arte y naturaleza estén tan íntimamente fundidas, que resulte harto difícil distinguirlas: “Y es que el arte alcanza su punto culminante –leemos en el capítulo XX – cuando da la impresión de pura naturalidad, y la naturaleza, a su vez, consigue su plena perfección cuando imperceptiblemente encierra los principios del arte”.

El principio básico de la doctrina del método hunde sus raíces en las ideas helénicas sobre el καιρός. Fondo y forma, expresión y contenido, deben hallarse en íntima relación; cuando esta proporción mesurada entre los dos elementos de la producción literaria se rompe, rómpese igualmente la posibilidad de alcanzar la sublimidad. De ahí su doctrina del hipérbaton: romper el orden natural y lógico de la frase es síntoma de una emoción vehemente.

Su actitud ante los grandes genios literarios del helenismo no es, empero, la de un aplauso sin condiciones. Sabe reconocer los defectos de los genios, y toda la obra está llena de observaciones críticas dirigidas a los autores que a pesar de todo admira: a Platón, a Homero, a Tucídides, al propio Demóstenes. “Yo mismo he puesto sobre el tapete – dice en un memorable pasaje, capítulo XXXIII – no pocos defectos, tanto de Homero como de otros geniales escritores, defectos que no provocan precisamente mi entusiasmo; pero en vez de faltas intencionadas, prefiero considerarlos deslices accidentales”. Y es que, como apunta el mismo Anónimo, es algo inevitable que los espíritus mediocres, al no exponerse jamás a riesgo literario alguno, no caigan normalmente en fallos. En cambio los genios, precisamente porque se arriesgan, suelen caer, y no pocas veces. Pero ello no significa que debamos preferir la normalidad mediocre a la genialidad: “¡Quién es su sano juicio querría cambiar una sola pieza, el Edipo, por la obra completa de Ión?”


Tales son sus ideas generales, sus métodos al enfrentarse con los autores. En cuanto a su originalidad referida a las doctrinas concretas que aparecen a lo largo del opúsculo, cabe ya distinguir. Si hiciéramos un cuadro de los textos que le sirven de ejemplo con que ilustrar sus ideas, hallaríamos que muchos son patrimonio común de la retórica griega, y que no pocos de ellos han sido ya empleados antes. Que la lectura de los poetas es útil para la formación del orador (I, 3), es doctrina que, como ha señalado North, aparece con frecuencia antes del siglo I; las discusiones sobre si hay que conceder la primacía a la naturaleza o al arte, proceden, en última instancia de Platón (Fedro, 269d), y las hallamos asimismo en Isócrates (XV, 189); afirmar que errar, tratándose de una gran empresa, es noble yerro, como hace el autor en III, 3, es, de acuerdo con Russell, “un lugar común”…

En cambio, es posible distinguir como ideas propias algunas que aparecen a lo largo del opúsculo: su intención, que preside todo el Tratado, de exponer y señalar los medios con los cuales alcanzar la sublimidad, es posiblemente una aportación original del autor, si tenemos en cuenta que, en el umbral mismo de la obra, se echa en cara este defecto en el opúsculo de Cecilio, del que quiere ser una réplica nuestro Tratado. La distinción establecida entre hinchazón y sublimidad (capítulo III), con su arte polémico dirigido contra Cecilio, es seguramente otra originalidad del autor. Como se ha señalado con razón, para el Anónimo la sublimidad, más que un estilo especial, es un especial efecto que emana de un alma grande.

Finalmente, hay un procedimiento muy típico de nuestro autor que consiste en emplear el mismo efecto estilístico que está describiendo y estudiando. Así, en el capítulo XX, 1, el autor está exponiendo la naturaleza del asíndeton; pues bien, el Anónimo construye aquí sus frases asindéticamente.

Pero lo más notable es, sin duda, el amplio empleo de las metáforas tomadas de los campos más variados: el genio es una barquilla; abandonada a sí misma, sin áncora ni lastre, corre el peligro de hundirse (II, 2); la obra de arte, al reducirla a normas académicas, se convierte en un simple esqueleto (II, 2); los escritores que pretenden ser originales a toda costa, “encallan en los escollos del oropel y lo afectado” (III, 4); habla de las fuentes de la sublimidad (VIII, 2); la sublimidad es la resonancia de un espíritu señero (IX, 2); en X, 7, la noción de estructura literaria se realiza por medio de metáforas tomadas de la arquitectura; Demóstenes vive apostado en una abrupta sublimidad (XIII, 4); el estilo de Platón fluye sin estridencias (XIII, 1); hay unas rutas que conducen a la sublimidad (XIII, 2); una obra literaria, en fin, es un ser vivo (XIV, 3). Todos estos procedimientos dan vida al texto, y hacen que el lector se sienta impresionado y asimile con absoluta naturalidad las ideas expuestas por el autor.

Hasta aquí el extracto que hemos realizado del capítulo Personalidad literaria y originalidad del Anónimo.

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